Opinión

La dieta correcta para la igualdad de género

Ya no podemos tratar la discriminación de género y la desnutrición como cuestiones separadas. La desnutrición -en todas sus formas- es una causa y a la vez un efecto del profundo desequilibrio de poder entre los hombres y las mujeres.

La dieta correcta para la igualdad de género

En el transcurso del siglo pasado, la batalla para garantizar la igualdad para las mujeres y las niñas se ha librado en las aulas, en las urnas y en los directorios de las empresas de Fortune 500. Pero si alguna vez queremos acabar con la desigualdad de género, ya no podemos permitirnos ignorar una de sus principales causas y consecuencias: la desnutrición.

En este momento, nada más ni nada menos que 1.600 millones de personas en todo el mundo padecen anemia, una enfermedad estrechamente asociada con la deficiencia de hierro -y uno de los síntomas de una crisis de alimentación global que afecta desproporcionadamente a las mujeres-. De hecho, la anemia aqueja al doble de mujeres que de hombres -casi una de cada tres mujeres y niñas en todo el mundo- y contribuye a una quinta parte de todas las muertes maternas.

En 2012, la Asamblea Mundial de la Salud respaldó el objetivo de reducir la tasa de anemia en un 50% para 2025. Pero, al ritmo actual de progreso, no se podrá alcanzar este objetivo hasta 2124. A pesar de algunas victorias ganadas a duras penas a favor de las mujeres, seguimos un siglo atrasados en una cuestión que es esencial para su salud y desarrollo -y para el de sus hijos.

Pero hay esperanza. Si invertimos hoy en una mejor alimentación, podremos asegurar un futuro más alentador para las niñas y las mujeres en todas partes -para los próximos cien años y más.

Ya no podemos tratar la discriminación de género y la desnutrición como cuestiones separadas. Ambas están inextricablemente ligadas; se potencian mutuamente en un patrón que afecta a las mujeres en cada etapa de sus vidas. La desnutrición -en todas sus formas- es una causa y a la vez un efecto del profundo desequilibrio de poder entre los hombres y las mujeres.

La desigualdad de género empieza en el vientre. Cada año, 16 millones de niñas adolescentes dan a luz, la mayoría en países de ingresos bajos y medios. Si una madre vive en una zona donde las tasas de raquitismo son altas y ella se encuentra en la mitad de su adolescencia, su hijo tiene más probabilidades de ser raquítico -y, en consecuencia, es más susceptible a las enfermedades y a un subdesarrollo cognitivo en general irreversible, que afecta negativamente su capacidad para sacar provecho de la educación y alcanzar su pleno potencial.

Estos niños por lo general pasarán a ganar menos, lo que aumenta la probabilidad de que vivan en la pobreza, de estar mal alimentados y, como resultado de ello, de enfrentar un riesgo mayor de desarrollar enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión con el correr de los años. Y, dados los prejuicios sociales y económicos contra las mujeres en la mayoría de los países, estas circunstancias en los primeros años de vida colocan a las niñas en una desventaja aún más severa. El ciclo luego se repite; estas mujeres sin poder y desnutridas dan a luz a bebés raquíticos, lo que perpetúa el ciclo de la desigualdad.

Para mejorar los resultados de la alimentación para las niñas y las mujeres, necesitamos ampliar las intervenciones de nutrición probadas y garantizar que otros programas de desarrollo tengan en cuenta la alimentación. Es crítico, por ejemplo, que promovamos el amamantamiento temprano e inmediato -una herramienta increíblemente poderosa contra el raquitismo y también la obesidad.

Las políticas y programas de desarrollo también deben considerar los desequilibrios de género. Los programas de protección social que mejoran el control por parte de las mujeres de las transferencias de ingresos, por ejemplo, están asociados a mejores resultados de la alimentación para ellas y sus familias.

En muchos países, las mujeres son las últimas en comer en la familia, lo que reduce sus probabilidades de recibir la alimentación apropiada. Los planes de maternidad y lactancia también son deficientes, lo que dificulta la posibilidad de las mujeres de dar de mamar a sus hijos. Los programas de cambios actitudinales, la comunicación y los modelos de rol pueden ser útiles para combatir normas sociales nocivas en materia de alimentación y género.

Lograr esto exigirá un plan de acción política. El 14 de junio se lanzará globalmente el Informe Global de Nutrición 2016. El informe apunta a evaluar el progreso, mejorar la responsabilidad en cuanto al cumplimiento de los compromisos globales y recomendar acciones para el gobierno y los actores clave a fin de terminar con todas las formas de desnutrición para 2030.

La conversación debe empezar hoy. Esta semana tiene lugar en Copenhague la Conferencia Women Deliver 2016 -la mayor reunión de los defensores de las niñas y las mujeres en una década-. Más de 5.000 líderes globales, responsables de políticas y defensores de 150 países se congregan para discutir, entre otras cosas, cómo romper el ciclo de pobreza y desigualdad de género que mina la salud de las mujeres. El llamado a la acción para cortar el vínculo entre alimentación y desigualdad de género debe ser lo suficientemente ruidoso como para que resuene en todo el mundo.

Debemos eliminar todos los factores que perpetúen la desigualdad de género. Y eso empieza por una mejor alimentación para todos. El próximo siglo de progreso depende de ello.


Fuente: Project Syndicate

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