Tema central

La diáspora como fuente y desafío

Hasta ahora, la mayoría de los estudios tendían a investigar la influencia de las culturas nacionales, coloniales y neocoloniales en los enclaves diaspóricos urbanos. Aquí se propone el camino inverso: este ensayo nos lleva en la guagua aérea, de vuelta a los lugares de origen, desde Nueva York hasta Puerto Rico, para analizar el equipaje cultural y musical que los migrantes llevan consigo en su retorno. La salsa de Willie Colón o el hip-hop aprendido en las calles de El Barrio y el Bronx son parte de estas remesas, que están redefiniendo las tradiciones culturales del Caribe

La diáspora como fuente y desafío

La guagua aérea

La azafata suelta un helado grito de terror al ver a un par de jueyes hampones pavoneándose por el pasillo central del avión. Es uno de esos escandalosos vuelos entre San Juan y Nueva York, repleto hasta el último asiento de puertorriqueños de todas clases. La «paniqueada» azafata es descrita como una gringa jincha «angelical e inocente (...) gélida blonda como fue la Kim Novak en sus días de blonda gélida». ¿Qué es esto, una travesura o un secuestro? ¿Quiénes son estos jueyes terroristas? La histeria se propagó por la tripulación y los pasajeros, aunque entre los boricuas había unas risitas implícitas y persuasivas, esa jocosidad familiar asociada con la ironía que los puertorriqueños llaman «jaibería», o el arte de bregar con la situación. Está listo el escenario para un dramático choque cultural.

Los estudiantes de las culturas caribeñas contemporáneas fácilmente podrán reconocer esta memorable escena de las páginas iniciales del fantástico y creativo ensayo del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, titulado La guagua aérea, una entretenidísima y sugestiva historia que se escenifica en el aerobús conocido por la mayoría de sus compatriotas. El ensayo se ha tornado canónico desde su publicación en 1983, pues captura el sentimiento existencial de un pueblo atrapado en un proceso implacable de migración circular, en el cual sus integrantes cargan sus imborrables atavíos culturales de ida y vuelta entre la amada pero problemática patria, y el frío y hostil, pero de cierto modo también muy familiar, escenario urbano de Estados Unidos. La historia golpea la fibra de su público con tanta fuerza que ha sido publicada incontablemente en una amplia variedad de idiomas; su lectura es requerida en muchas escuelas y universidades en la isla, EEUU, América Latina y el Caribe; fue motivo de un guion de una anunciada película; y sirve de metáfora-guía para dos libros sobre el Puerto Rico actual, significativamente titulados The Commuter Nation y Puerto Rican Nation on the Move. Solo con su irresistible título, La guagua aérea se ha asegurado su lugar como la obra más conocida de la literatura puertorriqueña contemporánea.

En la actualidad, la migración ya no es un trauma de una vez en la vida sino una excursión cotidiana; como si se cogiera la guagua o el subway y se llegara a un destino igual de familiar. En la historia del libro, el sentimiento en el divertidísimo y nervioso viaje es tan rutinario que los pasajeros pierden la noción de hacia dónde se dirigen y se preguntan si van a llegar a Nueva York o a San Juan. Ambos destinos se tornan intercambiables; tanto es así, que los jueyes atrapados en Bayamón seguramente encuentran su lugar en una olla en el Bronx sin preguntárselo. Sin peligros serios de perder su cultura por haber estado fuera de la isla, están en casa en Nueva York, Nueva Jersey, Chicago o Florida. ¡Cuán flexible y cuán inmutable el «arte de bregar», cuán irradicable la famosa mancha de plátano! Los temores de la esquizofrenia nacional o del genocidio cultural son mitigados por el confortable sentido de equilibrio translocal.

Sin embargo, cuando se observa de cerca la guagua aérea en el conocido ensayo, es posible comprobar que solo se mueve en una dirección: el viaje migratorio, presentado como uncommute, es todavía en un solo sentido. Esto quiere decir que el equipaje cultural a bordo del vuelo es el de la isla: los muy familiares y casi estereotipados atavíos de las tradiciones nacionales, emblematizados por los chocantes cangrejos y omnipresentes en los gestos, el humor y las gregarias y chismosas formas de conducta de los pasajeros. La otra parada, el ambiente neoyorquino y su vida cultural, el Bronx, El Barrio y otros lugares familiares son mencionados, pero solo como lugares para el despliegue y la preservación de los modos tradicionales de vida de la isla; no como escenarios que son, de hecho, el hogar y la base cultural primaria para la mitad de esos viajeros (commuters) binacionales. El rico espacio liminal entre la cultura hogareña y la diáspora se convierte apenas en una zona cultural de autentificación, mientras que la prominencia cultural y humana de ese «otro» hogar es reducida a las ansiedades de una azafata gringa encopetada, plagada de pesadillas de King Kong trepado al Empire State Building.

Este ensayo formula una pregunta clave: ¿cuál es el equipaje cultural que viaja en la otra dirección, cuáles son las experiencias y las expresiones aprendidas y forjadas en la diáspora que hacen su regreso a la patria, para allí impactar sobre tradiciones y estilos de vida que cambian aceleradamente? A pesar de la proliferación de estudios dedicados a los cambios culturales provocados por las migraciones modernas, los flujos transnacionales y las comunidades diaspóricas, se ha prestado muy poca atención a la experiencia de la población de migrantes que regresan y las consecuencias de este retorno y del de sus hijos crecidos en la diáspora. Por demasiado tiempo, en forma acrítica, se asumió que el flujo cultural principal, y especialmente la línea principal de resistencia cultural, se dirige de las naciones coloniales o poscoloniales hacia los enclaves diaspóricos en las metrópolis, y que el flujo en el otro sentido, de la metrópolis a la colonia/poscolonia, es únicamente «desde arriba», desde las estructuras hegemónicas que refuerzan la imposición y la dominación cultural. Estos supuestos han estado muy presentes en la discusión acerca de la música caribeña, y pueden perpetuar una concepción engañosa de las dinámicas de los cambios e innovaciones musicales del Caribe y, por lo tanto, del lugar y la función de la música en las comunidades caribeñas contemporáneas. En algunos escritos recientes, comienza a plantearse la discusión acerca del «transnacionalismo desde abajo» y las «remesas sociales». Se trata de líneas de pensamiento que pueden ayudar a una mejor comprensión de la música caribeña, especialmente en nuestros tiempos. Los invito a seguirme, entonces, en la guagua aérea, y viajar en la otra dirección: desde la diáspora hacia la isla.