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La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

La derecha radical en Estados Unidos se encuentra en ebullición. El neoconservadurismo obsesionado con los «valores cristianos», el mercado y la dominación del orden mundial entró en crisis, y ese lugar lo ocupa hoy parcialmente un archipiélago denominado «derecha alternativa» (Alt-Right), del cual Donald Trump funge como un verdadero caballo de Troya. Discursos sobre clases medias enfrentadas a elites mundiales y locales, junto con abundantes dosis de racismo y sexismo y desdén por la democracia, dan forma a posicionamientos contradictorios entre sí, pero eficaces para construir imaginarios y movilizar al «pueblo blanco» de la nación.

La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

Donald Trump no es precisamente un intelectual, pero existen algunos intelectuales que piensan el trumpismo. «Primer diario académico de #trumpismo radical», el sorprendente Journal of American Greatness (jag) fue pionero al publicar, en marzo de 2016, artículos de fondo como el titulado «Hacia un trumpismo razonable y coherente» [«Toward a Sensible, Coherent Trumpism»] u otros con títulos intrigantes tales como «Paleostraussianismo, parte i: metafísica y epistemología» [«Paleo-Straussianism, Part i: Metaphysics and Epistemology»]. Lo que comenzó como una private joke anónima adquirió una dimensión inesperada, respondiendo manifiestamente a una demanda de teorización seria.

Más allá del personaje farsesco surgido de la telerrealidad, con su seguidilla de provocaciones y contradicciones, existiría una verdadera ideología trumpiana, que el jag resume de este modo: «el control de las fronteras, el nacionalismo económico, una política exterior basada en los intereses nacionales y la evaluación de cualquier medida gubernamental en función de un solo criterio: ¿ayuda o castiga a los estadounidenses?». Y serían efectivamente estas ideas las que le valdrían a Trump su éxito frente a una parte significativa de la clase media blanca. Al no ser el candidato republicano «capaz de reflexionar sobre el sentido de su popularidad y qué hacer con ella», otros deben hacer ese trabajo, escribe el jag.

La revista desapareció misteriosamente en junio de 2016, llevándose consigo todos sus archivos, pero numerosos sitios, como Radix Journal, Vdare, Occidental Observer, Counter-Currents, Arktos o incluso American Renaissance se esfuerzan en traducir el «conservadurismo visceral» del candidato republicano (y hoy presidente) en pensamiento político articulado. Pertenecen a la galaxia nacionalista de extrema derecha bautizada «Alt-Right», por alternative-right. El 25 de agosto, Hillary Clinton nombró a la bestia por primera vez. En un discurso en Reno, Nevada, acusó a su adversario de transmitir esa «ideología racista emergente» y señaló que, si bien existió siempre un «sector paranoico» y racista en el paisaje político, «es la primera vez que el candidato de un gran partido lo alimenta, lo fomenta y le sirve de megáfono nacional».

Al principio ocultos en los bajos fondos de la web, los adeptos al movimiento Alt-Right ganan en seguridad y visibilidad desde el ascenso del neoyorquino sulfuroso, cuyas promesas sobre la construcción de un muro en la frontera mexicana y la expulsión de 11 millones de inmigrantes validan sus sueños más locos. El sitio Counter-Currents, en el centro de esta galaxia, afirma, por ejemplo, haber alcanzado los 130.000 visitantes por mes. Y desde hace algunos meses, todos los grandes órganos de la prensa estadounidense han dedicado al menos una edición especial a comprender este fenómeno, cuya influencia es difícil de medir con precisión, pero que claramente tiene viento en popa.

Los «teóricos» de este movimiento de extrema derecha se llaman Kevin MacDonald, Jared Taylor, Greg Johnson o incluso Richard Spencer. Se esfuerzan en afinar la doctrina de una «derecha alternativa» llamada a reemplazar el conservadurismo considerado obsoleto de un Partido Republicano cuyas obsesiones librecambistas, presupuestarias y fiscales solo favorecerían a la elite internacional de Davos. Decididos a desafiar la «tiranía de lo políticamente correcto» para proclamar fuerte y claro un nacionalismo autoritario sin complejos, «estos autores se perciben como los intelectuales orgánicos del régimen que desean instaurar», explica Harrison Fluss, profesor de Filosofía en la Universidad de Stony Brook y especialista en la derecha estadounidense. «Mussolini tenía a Filippo Tommaso Marinetti, Hitler tenía al teórico Alfred Rosenberg, al filósofo Martin Heidegger y al jurista Carl Schmitt».

¿Cuáles son los contornos de este pensamiento de extrema derecha, aún marginal pero que no cesa de ganar terreno en favor de la candidatura de Trump a las presidenciales estadounidenses1? Si bien no todas las corrientes de esta nebulosa son tan favorables como el jag al programa del magnate inmobiliario, todas aprecian su potencial disruptivo del orden actual. En un extremo del espectro, se encuentran los «neorreaccionarios», ultralibertarios elitistas y ultracapitalistas que abogan por la supresión de la democracia. En el otro, se ubican los nacionalistas blancos de la Alt-Right, más estatistas y menos liberales desde el punto de vista económico, herederos del «paleoconservadurismo» de los años 1990. Todos tienen en común un rechazo por la «mentira igualitaria», como hecho y como valor, un gusto por el orden jerárquico, así como un esquema de lectura racial de la sociedad. Todos odian el progresismo (llamado liberalism) que contaminaría tanto al Partido Demócrata como al Republicano.

Silicon Valley contra la democracia

La neorreacción es un movimiento poco difundido, a la vez antimoderno y futurista de libertarios desilusionados, nacido en 2007 con el blog Unqualified Reservations del programador Curtis Yarvin, alias Mencius Moldbug. Para Yarvin, quien se nutrió de la literatura reaccionaria del historiador contrarrevolucionario escocés Thomas Carlyle, el pensador elitista y antimoderno italiano Julius Evola y el filósofo estrella de la «revolución conservadora», el alemán Oswald Spengler, 1789 marca el comienzo de un prolongado ocaso cultural, únicamente disimulado por el progreso tecnológico. Producto catastrófico de la modernidad, la democracia sería un régimen «subóptimo» e inestable, orientado hacia el consumo en vez de la producción y la innovación, que conduce siempre a una mayor tributación y redistribución. Recogiendo las críticas del filósofo y economista estadounidense de origen austríaco Hans-Hermann Hoppe, quien se considera a la vez «anarcocapitalista» y «realista», la neorreacción señala también la inadecuación de la breve temporalidad del ritmo electoral para la consecución de objetivos civilizatorios de envergadura... El único remedio para restaurar el orden y el progreso sería un elitismo oligárquico bien entendido, ya que el papel del gobierno no debería ser representar la voluntad de un pueblo irracional, sino gobernarlo correctamente. «Los estadounidenses deberán superar su fobia a los dictadores», advirtió Yarvin en una «conferencia Bil» ofrecida en California en 2012.

Si bien los libertarios clásicos lamentan la ineficacia de los gobiernos democráticos, incitados a satisfacer los deseos fluctuantes de un pueblo «obtuso» sistemáticamente opuesto a la «virtuosa» desregulación de los mercados, no ofrecen demasiadas soluciones alternativas y se conforman con preconizar una hipotética desaparición del Estado. Yarvin propone, en cambio, tratar los Estados como empresas: los países serían desmantelados en pequeñas compañías competidoras administradas por directores generales competentes y las acciones soberanas estarían en manos de la elite, lo que reflejaría el poder y la utilidad de los diferentes grupos dominantes. «Los habitantes serían como clientes en un supermercado. Si no están contentos, no discuten con el gerente, se van a otro lado», nos explica el ex-profesor de Filosofía de la Universidad de Warwick, el británico Nick Land. «Si se consideran las tres célebres opciones de Albert Hirschman frente a una situación política, Exit, Voice o Loyalty [salida, voz o lealtad], apostamos al mecanismo del Exit, mientras que la democracia se basa en el derecho de Voice», precisa el autor del ensayo The Dark Enlightenment, principal referencia de la neorreacción.

Los textos largos y enrevesados de Yarvin se vuelven poco accesibles para el gran público. Pero, después de todo, si el proyecto es quitarles el poder a las masas, no hay ninguna necesidad de convencerlas de su pertinencia. De hecho, Yarvin se dirige a sus colegas superdotados de Silicon Valley, a los que vería bien llevando las riendas. Si bien se asume generalmente que los tecnoemprendedores californianos están cerca del Partido Demócrata, una parte de ellos se ve atraída por esta vena más libertaria. El cofundador de Google, Larry Page, ¿no contó acaso su fantasía de disponer de «un territorio desregulado en el mundo donde sería posible experimentar todo»? Un sueño que Patri Friedman se esfuerza por concretar. Gran lector de Unqualified Reservations, Friedman, nieto del fundador de la Escuela de Chicago Milton Friedman, cofundó el Seasteading Institute, un proyecto de plataformas flotantes autónomas liberadas de toda influencia estatal. Uno de los principales inversores del proyecto impulsado por el joven activista libertario es Peter Thiel, el célebre cofundador libertario de PayPal, quien invirtió también en una startup de Yarvin.

De todos los actores de la economía 2.0, Thiel es quien va más lejos en la tentación neorreaccionaria. Campeón de ajedrez, diplomado en Filosofía y Derecho, escribió en un ensayo publicado en 2009 que «ya no creía que la democracia y la libertad fueran compatibles». Y por «libertad» debía entenderse «capitalismo», algo que lamentablemente «no tuvo mucho éxito entre las masas», ese «demos no pensante». El millonario parece maduro para aceptar la idea de un despotismo tecnológico de naturaleza corporate. «La verdad es que las startups y sus fundadores se inclinan por el lado dictatorial, porque eso funciona mejor», desliza en una conferencia ofrecida en Stanford en 2012. El vínculo de subordinación del asalariado respecto de su empleador, reconocido en el Código Laboral, reflejaría la naturaleza desigual del funcionamiento de la empresa. La conclusión de Yarvin y Thiel no es que se necesitaría más democracia en las empresas, sino que se la necesita menos en los Estados. Al igual que para Nick Land, «los dragones asiáticos [Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán] ofrecen modelos preferibles de regímenes capitalistas y autoritarios eficaces».

Desde luego, este autoritarismo puede parecer incompatible con el antiestatismo y la defensa de las libertades individuales generalmente asociados a la ideología libertaria. En la práctica, sin embargo, «el libertarismo se adapta muy bien a los regímenes dictatoriales», recuerda Harisson Fluss. «El fundador de la Escuela Austríaca, Friedrich Hayek, apoyó, por ejemplo, al coronel Augusto Pinochet en Chile». En todo caso, la contradicción no parece perturbar a Thiel, quien invirtió simultáneamente en Leafly, una aplicación que vincula a vendedores y consumidores de cannabis –proyecto promercado y libertario si los hay–, y en Palantir, un agregador de datos personales vendido especialmente a agencias gubernamentales.

La voluntad de aplicar la ultrarracionalidad económica a la mejora «apolítica» de los modos de gobierno no es ajena a la ambición de otro movimiento, también en boga entre los tecnoentusiastas de Silicon Valley: el transhumanismo. Avatar del eugenismo del siglo xx, preconiza el derecho a servirse de la tecnología para incrementar las capacidades físicas y mentales del ser humano. Antes de lanzar Unqualified Reservations, Yarvin colaboraba además con Overcoming Bias, el blog del investigador Eliezer Yudkowsky dedicado a la inteligencia artificial, los sesgos cognitivos y la psicología evolucionista. En cuanto a Thiel, quien dice estar «en contra de los impuestos confiscatorios, los colectivos totalitarios y la ideología de la inevitabilidad de la muerte de todos los individuos»2, es sabido que financia las investigaciones sobre la prolongación de la vida del biogerontólogo Aubrey de Grey, toma hormonas de crecimiento y consideraría la posibilidad de hacerse transfusiones de sangre de personas más jóvenes.

En su búsqueda de perfeccionamiento de la humanidad, los neorreaccionarios se interesan naturalmente en lo que denominan púdicamente la «biodiversidad humana»; en realidad, el «darwinismo aplicado a la raza humana», traduce Nick Land. Adhieren a las teorías pseudocientíficas sobre la desigual inteligencia entre las razas, que se encuentran por ejemplo en la obra The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life [La curva de la campana. Inteligencia y estructura de clase en la vida estadounidense], publicado en 1994. Las cuestiones raciales no son sin embargo centrales para los neorreaccionarios, cuya prioridad sigue siendo el reemplazo de la democracia por un régimen elitista más eficaz. Son, en cambio, ineludibles para sus «primos» de extrema derecha, los nacionalistas blancos, núcleo duro de la Alt-Right.

Make America White Again

Los nacionalistas blancos comparten numerosas referencias intelectuales con los neorreaccionarios, especialmente entre los autores reaccionarios críticos del liberalismo político y la democracia. Pero si bien los neorreaccionarios simpatizan con el nacionalismo blanco, no se identifican con él: «La Alt-Right y el trumpismo son demasiado políticos, estatistas, nacionalistas, democráticos, populistas y a menudo críticos del capitalismo como para que nos gusten», resume Nick Land. «El régimen que deseamos se basa en Exit; el romanticismo y el tribalismo del nacionalismo blanco están más bien relacionados con la Loyalty [lealtad]». Aun cuando rechace el universalismo de las Luces, el nacionalismo no es por ello menos producto de la época moderna, al igual que la democracia o el socialismo, lo que lo desacredita inmediatamente a los ojos de los neorreaccionarios. Las fronteras son sin embargo bastante porosas, tal como lo ilustra la decisión de Thiel de apoyar oficialmente a Trump. «Muchos adeptos a la Alt-Right son ex-libertarios que apoyaban a Ron Paul3», nos explica el nacionalista blanco Greg Johnson, a su vez proveniente del libertarismo. «Cuando se observa a los libertarios, se percibe rápidamente que son todos blancos. Es una ideología implícitamente blanca».

El movimiento nacionalista blanco se concibe como abierto y heteróclito y recibe todo tipo de sensibilidades o corrientes más antiguas, a menudo cercanas pero a veces contradictorias, entre las cuales se encuentran identitarios, supremacistas blancos, neopaganos, tradicionalistas, eugenistas, nativistas, monárquicos y masculinistas. Una misma persona suele reconocerse en varias tendencias a la vez... Pero el nacionalismo blanco es innegablemente lo que los une a todos. Obsesionados en mayor o menor medida, según las tendencias, por los diversos «complots judíos» y la influencia de Israel en la política estadounidense, todos los nacionalistas blancos sueñan con restaurar la grandeza de la civilización occidental, hoy atrapada en la mediocridad igualitaria, consumista y multicultural.

Una de las figuras más visibles de la Alt-Right se llama Richard Spencer. Presidente desde 2011 del National Policy Institute, un think tank nacionalista blanco fundado en 2005, fue el creador en 2010 del sitio Alternativeright.com, que dio su nombre al movimiento. Feliz de expresarse en los medios de comunicación y de contar su recorrido intelectual, este fan de Friedrich Nietzsche y Carl Schmitt se mostró sumamente cordial durante las dos horas de conversación que mantuvimos vía Skype.

Cursé mis estudios a comienzos de los años 2000, en pleno «fin de la historia», cuando el consenso tanto a izquierda como a derecha era que se habían resuelto todos los problemas: todos podían hacer las compras en Wal-Mart, recibir prestaciones sociales, ver porno gratis, tomar drogas o antidepresivos. Se había creado una masa mundial de humanidad indiferenciada satisfecha por el mercado o el Estado benefactor. Ahora bien, yo rechazaba visceralmente esta idea. Quería que la Historia retomara su curso.Por eso se emociona ante la promesa de Trump: «Make America great again!». Para la Alt-Right, esta promesa de un futuro radiante remite muy concretamente al imaginario conquistador de la exploración espacial. «La novela que más me influyó no es El manantial de Ayn Rand, sino Dune de Frank Herbert», cuenta Greg Johnson, doctor en Filosofía y fundador de la editorial nacionalista Counter-Currents. En este clásico de la ciencia ficción, una humanidad mentalmente superior ha conquistado gran parte del universo, sobre la cual el emperador Shaddam iv ejerce un poder de tipo feudal. Johnson recuerda con fervor los «valores arcaicos» que vehiculiza el libro: «la identidad, el ethos aristocrático y el ethos guerrero».

Si bien Johnson no sigue a la neorreacción en su rechazo absoluto de la democracia, la república que anhela es todo menos inclusiva e igualitaria. «Como la ‘vieja derecha’ fascista y nazi, la ‘nueva derecha’ estadounidense aspira a crear una sociedad de orden jerárquico, homogénea y unificada desde el punto de vista racial y cultural», nos explica seriamente. «Pero de la misma manera en que la nueva izquierda no tiene ninguna dificultad en condenar las atrocidades de la vieja izquierda estalinista conservando sus ideales, la ‘nueva derecha’ se construye sobre un rechazo explícito del totalitarismo, el imperialismo y el genocidio». Entre los inspiradores estrellas de los intelectuales de la Alt-Right figuran Alain de Benoist y Guillaume Faye, los pensadores de la Nueva Derecha francesa reunidos en el Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés), que trabajó para reconstruir una extrema derecha presentable tras su deslegitimación después de la Segunda Guerra Mundial.

Raza e identidad

Inscribiéndose en esta línea, Spencer se presenta como un nacionalista «identitario». «La cuestión más importante, antes que la economía o la política exterior, es la de la identidad. Ahora bien, la identidad blanca se define como la herencia biológica y cultural de Europa». Le gusta señalar las supuestas incoherencias de una izquierda dispuesta a todas las contradicciones para escapar al «tabú de la raza»: «las razas serían iguales, pero los blancos oprimirían a los demás... excepto que las razas no existen, razón por la cual, ¡se necesitaría una mayor diversidad racial!», parodia en su sitio Radix. Finge así ignorar la distinción entre la existencia de razas como construcciones sociales que producen efectos concretos sobre los «racializados» y la inexistencia de la raza como concepto genético y biológico válido. Al igual que el «etnodiferencialista» Alain de Benoist, los identitarios estadounidenses desarrollan una argumentación bastante sofisticada para darle un aspecto serio a su «realismo racial» antiigualitario y rechazan toda acusación de racismo. Al ser la genética de poca ayuda, ya que se demostró que todos los individuos tienen en un 99,5% el mismo genoma, recurren a los dudosos hallazgos de la biología evolucionista y las ciencias cognitivas para afirmar la existencia de diferentes razas, así como la preferencia natural e inevitable que tendría cada individuo por la suya, «como un niño prefiere a su padre por sobre otros hombres», explica De Benoist en una entrevista concedida a Éléments.

Sin embargo, evitan afirmar inmediatamente que la raza blanca sería superior a las demás: «ninguna raza es superior en todos los aspectos», escribe Spencer. «Todo depende del contexto. (...) Los africanos del oeste pueden ser ‘superiores’ en el sprint, otras razas pueden tener mayor facilidad en otros campos». Se adivina el deslizamiento riesgoso que se perfila... Tras haber reconocido graciosamente los talentos atléticos de los negros, tiene derecho a preguntarse sobre las virtudes de otras razas. Según él, los blancos y los asiáticos serían más inteligentes que los negros porque sus ancestros, los cazadores-recolectores que sobrevivieron a los inviernos más fríos del Norte, fueron los más inteligentes y previsores, mientras que los ancestros de los africanos no tuvieron necesidad de desarrollar tales facultades en el trópico. «No es ni justo, ni injusto, es simplemente el resultado de la evolución», escribe. Y si los asiáticos son «más inteligentes que los blancos», son sin embargo más «conformistas», lo que explicaría que en la época moderna, «la inmensa mayoría de las grandes realizaciones en la historia sea obra de hombres blancos que viven en Europa y, más recientemente, en América del Norte». Y es así como la desigualdad racial, descartada en la introducción, regresa tranquilamente en el cuerpo del texto.

Es, además, en gran medida en nombre de esta desigualdad como Spencer toma distancia del cristianismo y se distingue así de la derecha religiosa estadounidense encarnada especialmente por el Tea Party. «Culturalmente, la civilización blanca europea es cristiana, y la defenderemos como tal si es atacada. Pero no somos particularmente creyentes y somos sobre todo escépticos en cuanto al mensaje igualitarista, individualista y universalista de Jesús, que puede ser visto como protoizquierdista y protomulticultural», nos explica. «Contrariamente a lo que la gente suele pensar, el liberalismo y el cristianismo no están en conflicto, al contrario». Una vez afirmada la grandeza de la «raza blanca», resta pues escapar a la «disolución» demográfica y a la «catástrofe» de una sociedad multirracial, que conduce «ineluctablemente a la competencia, la envidia, el resentimiento o el genocidio», según Spencer.

Por una «depuración lenta»

En términos de política concreta, la Alt-Right milita pues por una limitación drástica de la inmigración y por la expulsión de todos los ilegales. «Estados Unidos no es una nación de inmigrantes», escribe el jag. «Somos una nación de colonos, que decidimos después aceptar inmigrantes, luego no hacerlo y podemos decidir abrir o cerrar nuestras puertas a nuestro criterio». Greg Johnson nos explica que, a corto plazo, «un objetivo razonable sería volver a la situación anterior a 1965, cuando 90% de los estadounidenses era de origen europeo». Para ello, preconiza nada menos que una «depuración lenta», que consiste en «incitar suavemente» a los descendientes de segunda o tercera generación a regresar a su país de origen. «La gente acepta mudarse cuando pierde un empleo o cuando los alquileres son demasiado caros debido a la especulación inmobiliaria. ¿Por qué aquello que uno acepta hacer como consecuencia del capitalismo no lo haría por una razón mucho más noble e importante? El proceso puede llevar unos 50 años, pero si se lo pusiera en marcha, se sabría de ahora en más que nuestro futuro está a salvo», nos explica.

Este es el objetivo «razonable» a corto plazo. Pero Spencer y Johnson ven más lejos. Ya que, para lograr una sociedad realmente homogénea, es necesario además purgarla de sus ciudadanos negros. ¿La solución? El separatismo, con la creación de un Estado negro en el sur de eeuu. «Después de todo, ya se creó Liberia. Creo en la negociación. Debería ser posible convencer a los negros de que esta solución también los beneficia», piensa Spencer. Sería casi un alivio enterarse de que su prioridad es, sin embargo, «no tanto formular medidas precisas como promover una conciencia racial y un cambio de paradigma».

Como suele suceder, el conservadurismo, en tanto reacción a los movimientos progresistas, recoge consciente o inconscientemente las ideas o tácticas de sus adversarios. La Alt-Right no es una excepción. La «nueva derecha norteamericana», como la llama Johnson, debe imitar el recorrido de la izquierda. Explica:

tras la Segunda Guerra Mundial, la nueva izquierda renuncia a organizar un proletariado movilizado mucho más eficazmente por el fascismo y el nazismo. Se lanza pues a otro terreno: la batalla intelectual. Piensa representar los intereses de los trabajadores, pero su estrategia es elitista: se trata de influir en la clase media instruida que, a su vez, tiene una mayor influencia a través de la educación, los medios de comunicación y la cultura popular. Resultado: el comunismo está muerto, el capitalismo ha triunfado y sin embargo, en la esfera cultural, los valores antiblancos y prodiversidad de izquierda se volvieron completamente hegemónicos. ¡Debemos tratar con una oligarquía izquierdista!

La estrategia de la Alt-Right es pues actualmente «extender su soft power y convencer, a través de los textos, podcasts y videos, de que el etnonacionalismo está en el interés general».

Además de una política racial separatista, el nacionalismo blanco se traduce, en política exterior, en un aislacionismo diametralmente opuesto al imperialismo democrático y mesiánico de los neoconservadores de segunda generación que accedieron al poder después del 11 de septiembre de 2001. El trumpismo es sin duda menos categórico en el rechazo de cualquier intervencionismo militar pero, al igual que la Alt-Right, fustiga las ruinosas empresas «de exportación de la democracia» a Afganistán e Iraq. En la esfera económica, el nacionalismo blanco promueve el cuestionamiento de los tratados de libre comercio y la imposición de aranceles aduaneros proteccionistas, especialmente a los productos chinos. «El neoliberalismo (el capitalismo mundializado) y el comunismo tienen en común ser ideologías esencialmente internacionalistas», analiza un tal Dota, colaborador regular y anónimo de Alternativeright.com. «Nadie tiene la menor lealtad hacia su nación. Donde nosotros vemos naciones, los neoliberales ven mercados. Donde nosotros vemos pueblos, ellos ven mano de obra». El «capitalismo nacionalista» a la japonesa que él anhela favorece al sector privado pero «sin la obsesión por la desregulación». Para que la riqueza permanezca en la nación, retoma el modelo fordista que consiste en pagar correctamente a los trabajadores y preconiza la relocalización de la producción. En su blog Tradyouth, el tradicionalista Matthew Heimbach llega hasta considerarse «anticapitalista», aduciendo que el capitalismo es una fuerza «deshumanizante» de la que «se sirven los proglobalización para anular la identidad étnica, religiosa y cultural» de los pueblos. Citando a Noam Chomsky, considera que tras haber promovido una ideología racista para «esclavizar al Tercer Mundo», el capitalismo es actualmente antirracista para favorecer la inmigración.

El regreso del paleoconservadurismo

Esta redefinición de la división política fundamental en torno de la rehabilitación de las fronteras es una herencia del precursor de la Alt-Right: el paleoconservadurismo. Esta corriente nacionalista, proteccionista y aislacionista encarnada por el periodista Pat Buchanan, candidato a las presidenciales en 1992, 1996 y 2000, fue teorizada por su asesor, Samuel T. Francis (1947-2005). Para el jag, este ensayista es «lo que más se acerca a la fuente del pensamiento trumpiano». El autor de un extenso artículo titulado «From Household to Nation» [Del hogar a la nación], publicado en Chronicles Magazine, explica allí en 1996 que la mundialización tan alabada por los dos partidos en el gobierno beneficia en gran medida a una pequeña elite global y un poco a los estadounidenses más pobres que acceden a productos económicos, pero castiga enormemente a la clase media estadounidense, que sufre la deslocalización de sus empleos y la competencia de los inmigrantes. El consejo de Francis a Buchanan para captar estos votos es pues el siguiente: abandonar los mantras sobre las virtudes del libre mercado y la importancia de la religión y prometer más bien combatir la oligarquía transnacional, para devolverle al estadounidense medio el lugar que le corresponde en su país. El paleoconservadurismo propone así recuperar ciertos principios de la vieja derecha estadounidense, aislacionista hasta la designación de Dwight Eisenhower para la candidatura republicana en 1952 contra Robert Taft, y más tarde proteccionista hasta la elección de Ronald Reagan en 1981.

Siguiendo en parte sus consejos, Buchanan ganó las primarias en cuatro estados en 1996 sobre la base de un programa hostil al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (tlcan). Pero el mensaje era aún prematuro: las consecuencias de la mundialización apenas comenzaban a hacerse sentir. Cuando Trump habla de retomar el control de las fronteras, se dirige a una clase media que sufrió la deflagración de la Gran Recesión de 2008. Reactivando la herencia del paleoconservadurismo, la Alt-Right busca acelerar la recomposición del campo político en curso, donde las «guerras de fronteras» estarían reemplazando a las «guerras de valores», resume Michael Lind, politólogo del think tank New America.

Desde el fin de la Guerra Fría y la desaparición del enemigo soviético que permitía unificar todas las tendencias, el Grand Old Party (gop) –como se denomina al Partido Republicano– trató de reinventarse sobre la base de una cruzada moral, especialmente abrazando los combates de la derecha religiosa. El triunfo de Trump –conocido por sus posiciones proaborto– en las primarias de los estados del Sur firma el fracaso de esta estrategia. «Trump y la Alt-Right parecen comprender que las guerras culturales sobre el aborto y el matrimonio homosexual son contraproducentes. (...) El futuro, en eeuu y en el mundo, será definido por la oposición entre mundialistas y antimundialistas», predice un joven doctorando llamado Peter Calautti, en un artículo publicado en el sitio Vox y titulado «I’m a phd Student, and I can’t Wait to Vote for Donald Trump». [Soy doctorando y estoy ansioso por votar a Donald Trump].

Bajo esta visión, el Partido Republicano, cuyo «único caballito de batalla son los beneficios fiscales para los ricos y las guerras sin fin en Medio Oriente», debe ser «destruido, ya que no representa a nadie excepto a la clase de sus aportantes», concluye. En esta perspectiva, Trump es «un arma. Voto por él ante todo para castigar a los republicanos».

A la defensiva, los conservadores estadounidenses observan con preocupación el avance de estos nuevos invasores. «Al principio, la Alt-Right estaba confinada a la sección de comentarios de diversos sitios de internet, luego se trasladó a Twitter, luego creó sus propios sitios, y ahora sus ideas ¡se publican y defienden en sites vinculados al movimiento conservador y al Partido Republicano!», señala molesto el periodista conservador Matthew Continetti en Commentary Magazine. De hecho, la publicación conservadora The Federalist publicó «Una defensa intelectual de Trump».

Los guardianes del templo conservador, desarmados

Continetti añora la época en que las fronteras del conservadurismo estadounidense «legítimo» estaban bien cuidadas, en particular por el ensayista William F. Buckley. Lanzada en 1955 en medio de la Guerra Fría, su National Review sirvió entonces de matriz para la refundación de un conservadurismo moderno que fusionaba el liberalismo económico movilizado desde la década de 1930 contra el New Deal con el tradicionalismo de los valores morales y el anticomunismo. En la historia idealizada del conservadurismo tal como la relata Continetti, la mítica revista supo a la vez expulsar a los reaccionarios, los conspiracionistas y los antisemitas que pululaban a la derecha, recibiendo a «nuevos conversos» del otro lado, tales como la primera generación de neoconservadores anticomunistas que abandonaron un Partido Demócrata considerado demasiado complaciente con la Unión Soviética. Mientras que este nuevo movimiento conservador se apoderó del Partido Republicano en 1964, con la designación de Barry Goldwater como candidato a las presidenciales, la National Review siguió haciendo de árbitro, defendiendo especialmente a Richard Nixon contra el populismo sudista del candidato George Wallace en 1968.

Incluso después de que el conservadurismo moderno llegara al poder con la elección de Reagan en 1981, la revista no cesó en su trabajo de «vigía», excluyendo especialmente a los paleoconservadores demasiado antibelicistas en las décadas de 1990 y 2000. Lógicamente, la revista icónica tomó posición «contra Trump», tal como lo indica el dossier del número de febrero de 2016 que se esfuerza en demostrar que el millonario neoyorquino no es un «verdadero conservador». «Pero ¿qué peso tiene una revista en la era de internet?», se desespera Continetti. «Durante mucho tiempo, el conservadurismo se pareció a la Iglesia católica: el papa Buckley publicaba bulas y excomulgaba a los herejes. Pero hoy el conservadurismo se parece más al islam, con un número ilimitado de mulás que difunden fetuas contradictorias».

En realidad, la afirmación según la cual la Alt-Right o el trumpismo constituirían una ruptura inédita con el «verdadero conservadurismo» moderado, pragmático y tolerante, muy apreciado por la National Review, es altamente discutible. El conservadurismo tan respetable de su fundador, Buckley, no estaba exento de racismo y antidemocratismo. En su editorial «Por qué el Sur debe dominar», de 1957, fustiga al movimiento por los derechos civiles y el sufragio universal en estos términos: «¿Tiene derecho la comunidad blanca del Sur a tomar las medidas necesarias para dominar política y culturalmente allí donde no domina numéricamente? La respuesta simple es sí; porque, por el momento, es la raza avanzada». Y la revista que critica hoy el «populismo» de Trump nada tenía en 2008 contra el de Sarah Palin, actualmente defensora entusiasta del millonario.

La National Review, en realidad, siempre hizo malabares entre las diferentes tendencias de la derecha. Si bien se sumó finalmente al bando de los neoconservadores, los paleoconservadores aislacionistas pudieron expresarse allí durante mucho tiempo. E incluso tras su «expulsión», el nacionalismo blanco resurgió en sus columnas bajo otras firmas. Algunos de los colaboradores movilizados en el dossier «contra Trump» no son mucho menos racistas y conspiracionistas que él, empezando por Glenn Beck, el polemista estrella del Tea Party que logró hacerse despedir de Fox News debido a sus reiterados derrapes. La misma convivencia ideológica se percibe en el seno del Partido Republicano, enfrentado a un dilema similar: ¿defender el conservadurismo «ideológico» ultraliberal de sus aportantes o el más «populista» de los electores? En 2008, el compromiso había sido designar a Palin como vicepresidenta, en la boleta con John McCain.

«Si los republicanos detestan tanto a Trump, no es porque traicione los fundamentos ideológicos del conservadurismo o porque tenga un estilo demasiado provocador, sino porque hicieron, en 2006, un análisis lúcido de su ocaso electoral. Comprendieron que, en un país donde los blancos serán pronto minoría, el nacionalismo blanco es una estrategia condenada al fracaso que está acabando con el partido», nos explica el militante socialista Paul Heideman, doctor en Estudios Estadounidenses. «Pero sus ideas se inscriben perfectamente en la historia de la derecha de eeuu».

Así, el nacionalismo blanco no es sino una forma entre otras del conservadurismo estadounidense. «Algunos conservadores critican el libre mercado, otros lo defienden. Algunos se oponen al Estado, otros lo protegen. Algunos creen en Dios, otros son ateos. Algunos son localistas, otros nacionalistas y otros incluso internacionalistas. Algunos, como Burke, son las tres cosas a la vez. Pero se trata de improvisaciones históricas –tácticas y sustanciales– sobre un mismo tema», escribe Corey Robin en su obra The Reactionary Mind [La mentalidad reaccionaria]4. ¿Cuál es el tema? «La idea de que algunos son más capaces de gobernar a los demás y que deberían hacerlo», escribe. «La tarea contrarrevolucionaria de la derecha sigue siendo la misma: contra el llamado a la libertad y a la igualdad de los revolucionarios o reformistas de izquierda, reforzar las murallas del privilegio. De la Revolución Francesa al New Deal, del movimiento por los derechos civiles a la liberación de las mujeres, los conservadores defendieron siempre las jerarquías sociales, otorgando derechos a algunos y deberes a la gran mayoría».

¿Cómo sumar a las masas a un proyecto elitista que las perjudica? En esto radica la dificultad del conservadurismo en un régimen democrático. La respuesta sigue siendo la misma desde el siglo xix: creando o reforzando otras jerarquías, de razas o de género, ya sea en la fábrica, en el campo o en el seno de la familia. «Con nosotros, las dos grandes divisiones de la sociedad no son los ricos y los pobres, sino los blancos y los negros», afirmaba ya el esclavista John C. Calhoun. El militante por los derechos civiles W.E.B. Du Bois lo formulaba de otra manera cuando consideraba que en los tiempos de la esclavitud incluso el blanco más pobre cobraba un «salario psicológico», producto de su superioridad respecto de los negros.

Los cuckservatives en la mira

El «verdadero conservadurismo» puede hacerse el asustado, pero siempre se alimentó de sangre nueva, movilizando una retórica populista y radical contra la incuria de las elites. Burgués, irlandés y católico, el padre del conservadurismo moderno angloestadounidense, Edmund Burke, era un outsider del establishment británico del siglo xviii. El propio Buckley se hizo conocer lanzando ataques virulentos contra la hipocresía del establishment progresista y presentando el conservadurismo como una rebelión contra el orden establecido.

«El talón de Aquiles del conservadurismo es su victoria», resume Corey Robin. «Cuando derrota a la izquierda, pierde su energía agresiva». Ahora bien, no solo el fin de la Guerra Fría eliminó a su adversario comunista, sino que prácticamente ya no tiene adversarios en la izquierda con la conversión del Partido Demócrata a la mayoría de sus dogmas presupuestarios, librecambistas y securitarios bajo el mandato de Bill Clinton. Desde entontes, el Partido Republicano no dejó de ampliar su ventaja. «El partido no dejó de derechizarse desde la ‘revolución republicana’ de 1994, año en el que arrasó con 54 bancas en la Cámara de Representantes bajo la dirección de Newt Gingrich», explica Pap Ndiaye, director del Departamento de Historia del Instituto de Estudios Políticos de París. «Incorporó primero a los extremistas de la derecha religiosa, luego en 2010 dio un nuevo salto a la derecha absorbiendo a los radicales del Tea Party».

He aquí la paradoja: el triunfo del conservadurismo lo vuelve vulnerable al torbellino de estos nuevos outsiders combativos, cuyo terreno de juego son, prioritariamente, las redes sociales. Ya que si bien la extrema derecha norteamericana tiene sus cabezas pensantes, también tiene su ejército de trolls. Abiertamente racistas, homofóbicos y misóginos, estos jóvenes ciberactivistas anónimos no se toman la molestia de reforzar sus raídes digitales y sus montajes photoshop con argumentos pseudocientíficos o filosóficos. Los «intelectuales» los consideran sin embargo una fuerza de choque indispensable para librar su batalla cultural contra lo políticamente correcto.

En tanto subcultura web, la historia de la Alt-Right es así indisociable de la de los imageboards, esos foros con imágenes anónimas, el más famoso de los cuales es 4chan. La ausencia de moderación y el anonimato que distingue a 4chan de las redes sociales habituales transformó el sitio inicialmente concebido para recibir discusiones relativas al animé (los dibujos animados japoneses) en un vertedero misógino, racista y homofóbico. Laboratorio de memes y hormiguero de complots, el sitio que vio nacer a los anonymous y los lolcats se convirtió rápidamente en semillero de reclutamiento para los supremacistas blancos. Escenario de burlas crueles, 4chan desarrolla nuevas técnicas de ciberacoso, que se dejaron ver de manera espectacular en agosto de 2014, durante el «Gamergate», cuando la desarrolladora Zoe Quinn y la feminista Anita Sarkeesian fueron atacadas por la nebulosa geek-machista debido a su denuncia de la misoginia en la industria de los videojuegos. Finalmente expulsados de 4chan, los gamergaters se trasladaron a un sitio aún menos regulado, 8chan, donde reciben la adhesión y el apoyo de reaccionarios y masculinistas de toda calaña. La controversia inicial se terminó aplacando, pero la maquinaria de guerra Alt-Right está lista para la batalla.

¿Su adversario? La neorreacción lo llama «la Catedral»; la Alt-Right, «la Sinagoga». Denominan así al complejo cultural compuesto por las prestigiosas universidades de la Ivy League, el New York Times y Hollywood, que organizaría el consenso universal-igualitarista en el debate público. En otras palabras, serían los productores de lo políticamente correcto los que impedirían difundir «la verdad» sobre el fracaso de la democracia, la influencia de los judíos, el peligro musulmán o la importancia de la raza.

Favorito del Gamergate y seguidor incondicional de Trump, Milo Yiannopoulos, el joven periodista exuberante del sitio conservador Breitbart, antepone además el deseo lúdico de rebelarse contra ese reino de lo políticamente correcto para minimizar la naturaleza realmente racista del movimiento: «Así como a los jóvenes de los años 1960 les gustaba escandalizar a sus padres con la promiscuidad, el cabello largo y el rock and roll, las jóvenes brigadas de memes de la Alt-Right escandalizan a las viejas generaciones con caricaturas ultrajantes. ¿Son verdaderos extremistas? No más que los fans del death metal de los años 1980 eran verdaderos satanistas», relativiza en su «guía» sobre la Alt-Right para conservadores del establishment titulada An Establishment Conservative’s Guide to the Alt-Right. Palabra de conocedor: el provocador profesional, expulsado en julio de 2016 de Twitter por haber impulsado la campaña de ciberacoso contra la estrella de la película Cazafantasmas Leslie Jones, había dado una conferencia en abril de ese año titulada «El feminismo es un cáncer», tras haber sido llevado al escenario en un trono por estudiantes con gorras con la leyenda «Make America Great Again». Convertido en una suerte de embajador mediático del movimiento, Yiannopoulos asegura que los verdaderos supremacistas fanáticos no representan sino un sector minoritario, utilizado para desacreditar al movimiento. Ello no implica que aun cuando los militantes abiertamente neonazis sean efectivamente marginales, los sitios supuestamente más frecuentados estén también llenos de «pruebas científicas» de la desigualdad racial y de «complots judíos».

Pero casi más que las feministas, los judíos y los árabes, los objetivos privilegiados de la Alt-Right son los conservadores modernos, asustados por Trump y aterrorizados por la idea de ser acusados de racismo, a quienes considera intoxicados por las mentiras izquierdistas sobre la igualdad de sexos y razas. Inventaron un insulto para ellos: «cuckservative». Tomado de una escena del género pornográfico en la que aparece un hombre generalmente blanco mirando a su mujer generalmente blanca acostarse con un hombre generalmente negro, este neologismo nacido de la fusión entre «cornudo» [cuckold] y «conservador» designa al conservador que mira, impotente, cómo la civilización blanca es engañada por lo políticamente correcto y el multiculturalismo.

El desprecio por los tibios de su propio bando y la admiración por las estrategias victoriosas de sus adversarios progresistas son rasgos que suelen encontrarse en la historia del conservadurismo. En sus Consideraciones sobre Francia (1797)5, el padre de la filosofía contrarrevolucionaria, Joseph de Maistre, dividía a la aristocracia en dos categorías: los traidores y los idiotas, mientras que mostraba su respeto por la voluntad y la fe de los jacobinos. En La conciencia de un conservador, Barry Goldwater dirigía su cólera no contra los demócratas sino contra la cobardía del «establishment republicano» que se siente «obligado a disculparse por su instinto conservador»6. Del mismo modo, Greg Johnson no duda en afirmar que «el episodio más glorioso de la historia estadounidense es el de su movimiento obrero», mientras que Richard Spencer no tiene palabras lo suficientemente duras como para deplorar el antiintelectualismo de los conservadores: «Para estimularme intelectualmente comencé leyendo a los autores del pensamiento crítico, Marx, Gramsci, la Escuela de Fráncfort, Adorno», cuenta quien califica a Buckley de loser, evocando la irreductible diferencia genética entre judíos y no judíos...

Sin embargo, desempeñar el papel del outsider iconoclasta que hace tambalear el orden establecido no basta para lanzar un movimiento conservador. Es necesario además poder interpretar el papel de la víctima desposeída de un bien, un estatus o una autoridad. En efecto, la experiencia o el temor de la pérdida es el estado afectivo fundamental sobre el cual se construye la ideología conservadora, formulada como promesa de recuperación y restauración. ¿El eslogan del Tea Party? «Take it back». El sentimiento de pérdida suele ser provocado por los avances de un movimiento de protesta y emancipación: «Es lo que sentían los empleadores en los años 1930, los supremacistas blancos en los años 1960 y los maridos en los años 1970», escribe Corey Robin. Sin ser de una dimensión comparable, el nacimiento en 2013 del movimiento antirracista Black Lives Matter [Las vidas de los negros importan] contra la violencia policial energiza hoy a los nacionalistas blancos, que dominan perfectamente la figura retórica de la inversión victimaria: «Solo a los blancos se les pide no preferir su propia raza. Los negros, los mexicanos, los judíos y los demás tienen derecho –y son incluso alentados– a formar organizaciones exclusivas y perseguir sus intereses particulares», se queja Richard Spencer en su sitio. «Solo los blancos son denunciados como ‘racistas’ si lo hacen. Se les pide a los blancos ceder unilateralmente en un mundo competitivo y hostil». Los militantes de Black Lives Matter que reclaman la igualdad efectiva ante la policía y la justicia son considerados «directamente responsables de actos de terrorismo», mientras que los hombres blancos heterosexuales instruidos de la Alt-Right que sueñan con la depuración étnica y la restauración del orden social serían «herejes» perseguidos por una oligarquía izquierdista bien pensante. ¿Quién dijo que la victimización era patrimonio de la izquierda?

  • 1.

    Este artículo se escribió con anterioridad al triunfo de Trump [n. del e.].

  • 2.

    P. Thiel: «The Education of a Libertarian» en Cato Unbound, 13/4/2009.

  • 3.

    Precandidato a la Presidencia por el Partido Republicano en 2008 y 2012 y discípulo de Ayn Rand, ícono de los libertarios estadounidenses [n. del e.].

  • 4.

    C. Robin: The Reactionary Mind: Conservatism from Edmund Burke to Sarah Palin, Oxford University Press, Oxford, 2013.

  • 5.

    Rialp, Madrid, 1955.

  • 6.

    B.M. Goldwater: La conciencia de un conservador: el ocaso de la libertad en Estados Unidos, Jus, Ciudad de México, 1962.