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La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

La derecha radical en Estados Unidos se encuentra en ebullición. El neoconservadurismo obsesionado con los «valores cristianos», el mercado y la dominación del orden mundial entró en crisis, y ese lugar lo ocupa hoy parcialmente un archipiélago denominado «derecha alternativa» (Alt-Right), del cual Donald Trump funge como un verdadero caballo de Troya. Discursos sobre clases medias enfrentadas a elites mundiales y locales, junto con abundantes dosis de racismo y sexismo y desdén por la democracia, dan forma a posicionamientos contradictorios entre sí, pero eficaces para construir imaginarios y movilizar al «pueblo blanco» de la nación.

La derecha «alternativa» que agita a Estados Unidos

Donald Trump no es precisamente un intelectual, pero existen algunos intelectuales que piensan el trumpismo. «Primer diario académico de #trumpismo radical», el sorprendente Journal of American Greatness (jag) fue pionero al publicar, en marzo de 2016, artículos de fondo como el titulado «Hacia un trumpismo razonable y coherente» [«Toward a Sensible, Coherent Trumpism»] u otros con títulos intrigantes tales como «Paleostraussianismo, parte i: metafísica y epistemología» [«Paleo-Straussianism, Part i: Metaphysics and Epistemology»]. Lo que comenzó como una private joke anónima adquirió una dimensión inesperada, respondiendo manifiestamente a una demanda de teorización seria.

Más allá del personaje farsesco surgido de la telerrealidad, con su seguidilla de provocaciones y contradicciones, existiría una verdadera ideología trumpiana, que el jag resume de este modo: «el control de las fronteras, el nacionalismo económico, una política exterior basada en los intereses nacionales y la evaluación de cualquier medida gubernamental en función de un solo criterio: ¿ayuda o castiga a los estadounidenses?». Y serían efectivamente estas ideas las que le valdrían a Trump su éxito frente a una parte significativa de la clase media blanca. Al no ser el candidato republicano «capaz de reflexionar sobre el sentido de su popularidad y qué hacer con ella», otros deben hacer ese trabajo, escribe el jag.

La revista desapareció misteriosamente en junio de 2016, llevándose consigo todos sus archivos, pero numerosos sitios, como Radix Journal, Vdare, Occidental Observer, Counter-Currents, Arktos o incluso American Renaissance se esfuerzan en traducir el «conservadurismo visceral» del candidato republicano (y hoy presidente) en pensamiento político articulado. Pertenecen a la galaxia nacionalista de extrema derecha bautizada «Alt-Right», por alternative-right. El 25 de agosto, Hillary Clinton nombró a la bestia por primera vez. En un discurso en Reno, Nevada, acusó a su adversario de transmitir esa «ideología racista emergente» y señaló que, si bien existió siempre un «sector paranoico» y racista en el paisaje político, «es la primera vez que el candidato de un gran partido lo alimenta, lo fomenta y le sirve de megáfono nacional».

Al principio ocultos en los bajos fondos de la web, los adeptos al movimiento Alt-Right ganan en seguridad y visibilidad desde el ascenso del neoyorquino sulfuroso, cuyas promesas sobre la construcción de un muro en la frontera mexicana y la expulsión de 11 millones de inmigrantes validan sus sueños más locos. El sitio Counter-Currents, en el centro de esta galaxia, afirma, por ejemplo, haber alcanzado los 130.000 visitantes por mes. Y desde hace algunos meses, todos los grandes órganos de la prensa estadounidense han dedicado al menos una edición especial a comprender este fenómeno, cuya influencia es difícil de medir con precisión, pero que claramente tiene viento en popa.

Los «teóricos» de este movimiento de extrema derecha se llaman Kevin MacDonald, Jared Taylor, Greg Johnson o incluso Richard Spencer. Se esfuerzan en afinar la doctrina de una «derecha alternativa» llamada a reemplazar el conservadurismo considerado obsoleto de un Partido Republicano cuyas obsesiones librecambistas, presupuestarias y fiscales solo favorecerían a la elite internacional de Davos. Decididos a desafiar la «tiranía de lo políticamente correcto» para proclamar fuerte y claro un nacionalismo autoritario sin complejos, «estos autores se perciben como los intelectuales orgánicos del régimen que desean instaurar», explica Harrison Fluss, profesor de Filosofía en la Universidad de Stony Brook y especialista en la derecha estadounidense. «Mussolini tenía a Filippo Tommaso Marinetti, Hitler tenía al teórico Alfred Rosenberg, al filósofo Martin Heidegger y al jurista Carl Schmitt».

¿Cuáles son los contornos de este pensamiento de extrema derecha, aún marginal pero que no cesa de ganar terreno en favor de la candidatura de Trump a las presidenciales estadounidenses1? Si bien no todas las corrientes de esta nebulosa son tan favorables como el jag al programa del magnate inmobiliario, todas aprecian su potencial disruptivo del orden actual. En un extremo del espectro, se encuentran los «neorreaccionarios», ultralibertarios elitistas y ultracapitalistas que abogan por la supresión de la democracia. En el otro, se ubican los nacionalistas blancos de la Alt-Right, más estatistas y menos liberales desde el punto de vista económico, herederos del «paleoconservadurismo» de los años 1990. Todos tienen en común un rechazo por la «mentira igualitaria», como hecho y como valor, un gusto por el orden jerárquico, así como un esquema de lectura racial de la sociedad. Todos odian el progresismo (llamado liberalism) que contaminaría tanto al Partido Demócrata como al Republicano.

Silicon Valley contra la democracia

La neorreacción es un movimiento poco difundido, a la vez antimoderno y futurista de libertarios desilusionados, nacido en 2007 con el blog Unqualified Reservations del programador Curtis Yarvin, alias Mencius Moldbug. Para Yarvin, quien se nutrió de la literatura reaccionaria del historiador contrarrevolucionario escocés Thomas Carlyle, el pensador elitista y antimoderno italiano Julius Evola y el filósofo estrella de la «revolución conservadora», el alemán Oswald Spengler, 1789 marca el comienzo de un prolongado ocaso cultural, únicamente disimulado por el progreso tecnológico. Producto catastrófico de la modernidad, la democracia sería un régimen «subóptimo» e inestable, orientado hacia el consumo en vez de la producción y la innovación, que conduce siempre a una mayor tributación y redistribución. Recogiendo las críticas del filósofo y economista estadounidense de origen austríaco Hans-Hermann Hoppe, quien se considera a la vez «anarcocapitalista» y «realista», la neorreacción señala también la inadecuación de la breve temporalidad del ritmo electoral para la consecución de objetivos civilizatorios de envergadura... El único remedio para restaurar el orden y el progreso sería un elitismo oligárquico bien entendido, ya que el papel del gobierno no debería ser representar la voluntad de un pueblo irracional, sino gobernarlo correctamente. «Los estadounidenses deberán superar su fobia a los dictadores», advirtió Yarvin en una «conferencia Bil» ofrecida en California en 2012.

  • 1.

    Este artículo se escribió con anterioridad al triunfo de Trump [n. del e.].