Coyuntura

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. La factibilidad y necesidad de un nuevo organismo regional

En la Cumbre de Cancún, los países de la región anunciaron la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. El artículo sostiene que, lejos de una iniciativa aislada, se trata de parte del proceso de acercamiento regional consolidado en los últimos años. El desafío es crear un organismo que le permita a la región discutir sus problemas en sus propias instancias, pero hacerlo de manera tal de no generar un aislamiento y no añadir dificultades a las relaciones con otros países, en especial con Estados Unidos.

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. La factibilidad y necesidad de un nuevo organismo regional

La II Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo (CALC) celebrada a fines de febrero en Cancún, México, constituye un importante hito en la política regional contemporánea. La Cumbre representa más que la simple continuidad del esfuerzo político de los jefes de Estado para rescatar un sentido de comunidad en América Latina, iniciado en la primera CALC convocada por Brasil y realizada en Bahía a fines de 2008. La Cumbre de Cancún, y el anuncio de la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que espera consolidarse como el principal referente y foro multilateral para el tratamiento de temas claves de la política regional y para la concertación de los países frente a los retos políticos que provienen también del ámbito global, responden a un objetivo: revalorizar los elementos históricos, sociales, culturales, políticos e identitarios que le permitan a la región desarrollar sinergias y convergencias para lograr una actuación más proactiva en los principales espacios de negociación y de toma de decisiones internacionales. La iniciativa contribuye así a llenar un vacío en cuanto a la existencia de un foro de diálogo político latinoamericano, función que han cumplido, con sus altibajos y limitaciones, el Grupo de Río (desde su creación en 1986) y las diversas cumbres subregionales, regionales e interregionales que proliferaron desde los años 90.

Antecedentes

La propuesta de creación de un nuevo organismo regional ha sido interpretada como la culminación de un esfuerzo sostenido a lo largo de la presente década, de modo más claro en los últimos años, para fortalecer a la región a partir de la recuperación de un sentido de identidad y comunidad de América Latina y el Caribe. La búsqueda de este sentido estuvo presente, con mayor o menor énfasis, en distintos momentos de la historia política de la región, y ha inspirado diversos movimientos políticos y la estrategia exterior de varios países. Sin embargo, el interés de los países latinoamericanos en su propia región se había debilitado en el contexto de la Posguerra Fría. Esto fue resultado, por un lado, del protagonismo de Estados Unidos en los 90 y de su énfasis en el hemisferio como espacio de referencia para las políticas multilaterales y regionales. Y, por otro, fue consecuencia de la fragmentación que han generado en América Latina las iniciativas y propuestas estadounidenses, las distintas estrategias de desarrollo y de inserción internacional en curso en la región y, más recientemente, los rasgos políticos e ideológicos a partir de los cuales cada país ha planteado sus posiciones y respuestas a los desafíos políticos, económicos y de seguridad, tanto en el ámbito nacional como internacional.

Así, mientras América Latina se fragmentaba como referente identitario y político para los países que la integran, surgían otras formas y expresiones de organización y movilización en distintos niveles subregionales, como el G-3 formado por México, Colombia y Venezuela, el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), el Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y, más recientemente, la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN) y su sucedánea, la Unasur, con su Consejo Sudamericano de Defensa, y la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA). En este contexto de dispersión de los mecanismos de integración y de cooperación, el Grupo de Río logró subsistir como el único espacio en el cual la idea o el anhelo de América Latina todavía lograba algún reconocimiento, aunque la relevancia de la entidad haya sido fuertemente cuestionada en distintas ocasiones. Al mismo tiempo, la resistencia de algunos importantes países al sesgo hemisférico con el cual EEUU procuraba reafirmar regionalmente su condición hegemónica en el contexto de la Posguerra Fría, así como el rechazo a las políticas económicas, comerciales y de seguridad impulsadas por Washington, hicieron que la pérdida de importancia de América Latina como referente no se compensara necesariamente con el ascenso del hemisferio como sustituto fundamental para las políticas nacionales y regionales, como deseaba Washington. En efecto, las dificultades para revitalizar la Organización de los Estados Americanos (OEA) y lograr consensos en su seno en torno de los desafíos prioritarios de seguridad, así como la denuncia del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) por parte de México y, finalmente, el rotundo fracaso de las negociaciones para la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), ponen de relieve los muchos límites y resistencias que enfrentó el intento de consolidar el hemisferio como referente principal para el multilateralismo regional.

Por otro lado, hay que señalar el ascenso de las izquierdas, con sus distintos matices, en la presente década, que abrió espacio para el replanteo de vínculos políticos, dentro de América Latina, que trascendieran los espacios vecinales o subregionales. Así, gradualmente, América Latina comenzó a reaparecer, en el cálculo político de los países que la integran, como una referencia funcional para la reformulación de sus estrategias regionales y de inserción internacional.

En ese sentido, la Cumbre de Cancún puede ser considerada la expresión, aunque circunstancial, de un largo proceso de reconstrucción identitaria, en el cual se han manifestado tensiones entre dinámicas de fragmentación y de integración dentro de la región, intentos de afirmación de liderazgo regional, las no menos controvertidas políticas e iniciativas de EEUU y el incentivo a la integración proveniente de la Unión Europea, entre otros factores. En este complejo contexto, que todavía incluye importantes tendencias contrarias al acercamiento regional, la Cumbre celebrada en febrero implica un hito positivo, construido sobre la base de una importante convergencia en torno de la necesidad de lograr, por medio del diálogo y la concertación política, una mayor autonomía de América Latina en la política internacional. Pero al mismo tiempo es un desarrollo que encuentra límites tanto en la volatilidad política interna de los países como en las diversas formas de vulnerabilidad externa que siguen presentes en la región.