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Karl Marx como escritor y literato

Karl Marx fue no solo un teórico excepcional, sino también un pensador capaz de revestir sus textos de elegancia literaria, y en gran medida su argumentación resulta tan convincente, y hasta irrefutable, por la forma y el lenguaje que utiliza en sus textos. Incluso quienes no leyeron su obra son capaces de identificar muchas de sus afirmaciones, popularizadas durante el siglo XX, que tomaron vida propia. Escritos como el Manifiesto comunista tienen un lugar de vanguardia entre los panfletos históricos.

Karl Marx como escritor y literato

Nota: la versión original de este artículo en alemán se publicó con el título «Der große Gesang: Karl Marx als Schriftsteller und Literat» en Neue Gesellschaft vol. 64 No 10, 2017. Traducción de Mariano Grynszpan.


Si se clasificara a los grandes filósofos por su calidad literaria y dominio lingüístico, probablemente habría que mencionar en primer lugar a Friedrich Nietzsche. Especialmente sus últimos textos –desde La gaya ciencia hasta Ecce homo– son obras cumbres de la prosa alemana, en las cuales se concreta lo que esperaba infructuosamente el autor del poema de Zaratustra: que el lenguaje fuera una danza. Del arte lingüístico y estilístico de Nietzsche surge un remolino que apunta a lo abrumador, tal como ocurre con la música de Richard Wagner y su sugerente arte de las transiciones. No cabe duda de que el poder de seducción de Nietzsche reside en gran medida en su dominio del estilo, que induce a omitir la verificación de las afirmaciones.No se puede decir lo mismo de Karl Marx, cuya filosofía siempre ha sido discutida y a veces denostada con vehemencia. Debido a su enorme peso específico, sus temas y contenidos nunca corren el riesgo de ser considerados y evaluados en primera instancia como un fenómeno estético. Más allá de ello, Marx también se caracterizó por su gran estilo literario. Estaba dotado de un excepcional talento para formular enunciados convincentes y de la capacidad para desplegar una sátira aguda, que atraviesa todos sus escritos e incluso brilla una y otra vez en El capital, su monumental obra tardía. En ningún otro lugar aparecen estas cualidades con mayor fuerza que en su obra más famosa, el Manifiesto comunista, que da comienzo con una frase célebre: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo».

El Manifiesto es una mezcla de panfleto político y análisis histórico-filosófico. Está escrito en un lenguaje que, según una de sus descripciones, «combina el estricto rigor de una orden castrense con la infalible precisión de un razonamiento matemático». Este documento programático debía definir los principios del comunismo en el sentido de un «credo». Por lo tanto, cuando Marx y su coautor Friedrich Engels lo redactaron en 1847, pensaron al comienzo en un catecismo comunista que siguiera el modelo del Catecismo menor de Martín Lutero. Aunque esa intención pronto fue desestimada, el Manifiesto conservó el propósito inicial de conjugar el esclarecimiento científico con la agitación política. Sobre la base de un borrador de Engels, Marx plasmó con relativa rapidez –en pocas semanas– el documento, que se convirtió en «su trabajo más cohesionado, con mayor solidez y mejor conformado». Así lo califica Richard Friedenthal, biógrafo de Marx, quien agrega: «Un libelo combativo también debe tener ‘forma’. En este caso, forma significa (…) orden, estructura, articulación, supresión de lo irrelevante y lenguaje conciso». Esto le asegura al Manifiesto un lugar a la vanguardia entre los panfletos históricos; con excepción de El mensajero rural de Hesse de Georg Büchner, no hay otro en el siglo xix que lo iguale.

«El gran estilo poético»

Stephan Hermlin fue un exponente de la poesía lírica de la República Democrática Alemana (rda) nacido en Chemnitz, ciudad que más tarde llevaría durante casi cuatro décadas el nombre, precisamente, de Karl-Marx-Stadt (Ciudad de Karl Marx). En su relato autobiográfico Crepúsculo, escribió Hermlin: «A los 13 años leí por casualidad el Manifiesto comunista; y tuvo consecuencias. Me atrapó el gran estilo poético, además de la coherencia de lo que se exponía». La coherencia aparece mencionada en segundo lugar. En efecto, en algunos pasajes el Manifiesto se asemeja un poco a un gran cántico, con la calidad de un himno. Su prosa imponente, definida y firme irradia una fascinación peculiar, casi podría decirse poética, que ha sido compartida por muchos lectores de generaciones anteriores:

Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.1

En gran medida, la argumentación de Marx resulta tan convincente, prácticamente irrefutable, debido a la forma y al lenguaje que emplea. Tras el prefacio general, el primer capítulo del Manifiesto comienza con la siguiente frase: «La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases». Marx es, como lo había sido antes de él Jean-Jacques Rousseau, un maestro del inicio triunfal. Aquí formula de manera sucinta la idea central, vinculada a la importancia primordial de la economía en la historia. La economía no solo configura la base de todas las relaciones sociales, sino que atraviesa la estructura social en su conjunto y penetra hasta en las más finas ramificaciones del sistema político y judicial, así como en la vida cultural e intelectual. Diez años después, en Contribución a la crítica de la economía política, Marx expresó ese concepto de la historia con las siguientes palabras: «No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia».

Esta famosa frase muestra a un ser humano que no es autónomo y soberano, sino que actúa como esclavo de las relaciones sociales. Por lo tanto, tampoco es amo de la historia: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio», se señala al comienzo de El 18 brumario de Luis Bonaparte. Este texto analiza incisivamente el golpe de Estado de diciembre de 1851, por el cual el sobrino de Napoleón se convirtió en el emperador de Francia y que, como destacó burlón Marx, permitió que «el cuartel y el vivac, el sable y el mosquetón, el bigote y la guerrera (...) descargaran por completo a la sociedad burguesa del cuidado de gobernarse por sí misma». En este libro, que luego reapareció de manera recurrente como punto de partida para abordar el fenómeno de la «toma del poder», Marx adquiere un gran dominio de la polémica, que no distorsiona en modo alguno su análisis; por el contrario, lo agudiza y profundiza: «en nombre de la calma, una agitación desenfrenada y vacua; en nombre de la revolución, los más solemnes sermones en favor de la tranquilidad; pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos; un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario»2.

Teoría y práctica política

Al referirse a Michel de Montaigne, el gran crítico literario francés Charles-Augustin Sainte-Beuve escribió: «El estilo es un cetro de oro al que se aferra, en definitiva, el reino de este mundo». ¿Puede decirse lo mismo sobre Marx? Y en tal caso, ¿dónde deberían buscarse las raíces de ese talento? Desde niño fue un lector apasionado, que abrevó tempranamente de las fuentes más ricas. A la hora de mencionar sus preferencias, incluía a poetas como Esquilo, Dante Alighieri, William Shakespeare y Johann Wolfgang von Goethe, y a escritores como Denis Diderot, Gotthold Ephraim Lessing y Honoré de Balzac. Imposible buscar algo superior. Una carta enviada por el filósofo Moses Hess al poeta y escritor Berthold Auerbach atestigua el enorme influjo que ya ejercía el joven Marx en su entorno: «Disponte a conocer al mayor, quizás el único filósofo genuino vivo (...) Imagínate a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel reunidos en una sola persona –digo reunidos, no amontonados– y entonces tendrás al Dr. Marx». Durante sus años transcurridos en París a partir de 1843, Marx mantuvo un estrecho contacto con Georg Herwegh, Mijaíl Bakunin y Heinrich Heine. Fue una época de gran efervescencia intelectual y tumultuoso desarrollo filosófico; alentada sobre todo por Ludwig Feuerbach, surgió cada vez con más fuerza la idea de «dar vuelta» la filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, escrita en 1843, el eje central es la religión: «Es el opio de los pueblos (…). La crítica de la religión es, pues, en germen, la crítica de este valle de lágrimas del cual la religión es la imagen sagrada»3. Una vez más, con poderosas formulaciones que aparecen como la quintaesencia de complejos procesos mentales, Marx logra dejar una impronta única como un simple aguijón.

Para entonces, Marx se encaminaba a superar el rol tradicional del filósofo para trasladar su conocimiento a la realidad y la práctica políticas. Poco después, en la última de sus Tesis sobre Feuerbach, lo expresó con una inimitable concisión: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». El filósofo y escritor Arnold Ruge, con quien compartió su estadía en París, decía que Marx era un hombre «nacido para ser un absoluto erudito, pero echado a perder por completo por ser periodista». En cualquier caso, lo que era cierto es que Marx emprendía su dura actividad con la mayor seriedad, esforzándose sin cesar por ampliar y profundizar su conocimiento. Desde 1849 y durante las tres décadas de su exilio en Londres, se lo ve inclinado sobre los libros en la biblioteca del Museo Británico, al servicio del análisis económico. Para él eso no implicaba contradicción alguna. De acuerdo con sus escritos, la teoría se convierte en una fuerza material cuando prende en las masas. En gran medida Marx evitó los escenarios de las luchas políticas, aunque participó en ellas a la distancia como un periodista fulminante. Y en ese rol también fue único; nadie logró estar a su altura.

Filosofía y literatura

Fue necesario esperar 50 años después de la muerte de Marx para que vieran la luz sus Manuscritos económico-filosóficos, que habían sido redactados en París hacia 1844 y sin intención de ser publicados. Se trata de textos asombrosos, en los cuales se entremezclan la filosofía, la economía, la antropología y la historia. Constituyen una fuente de inspiración, como una caldera en constante borboteo, enriquecida además con un lenguaje vivo, ilustrativo y muchas veces chispeante. Para ello basta con mencionar un solo ejemplo vinculado al dinero, ese poder misterioso por el cual el ser humano se aliena. Aplicando el concepto hegeliano de alienación al trabajo habitual de los seres humanos, Marx llega a la conclusión de que el trabajo es externo al trabajador y, en esencia, es «forzado»; pertenece a otro, que se apropia de su resultado y establece así la propiedad privada. Desde su perspectiva, el producto del trabajo adquiere el carácter de mercancía como fuerza esencial cosificada del ser humano, que en el dinero se potencia al máximo y encuentra su expresión más fuerte: «El dinero, en tanto que posee la propiedad de comprar todo, en tanto que posee la propiedad de apropiarse de todos los objetos, es, pues, el objeto por excelencia. La universalidad de su propiedad es la omnipotencia de su ser; por eso, vale como ser todopoderoso». Marx ilustra lo dicho con una cita del Fausto de Goethe, que pone estas palabras en boca de Mefisto:

¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies, y cabeza y trasero son tuyos! Pero todo esto que yo tranquilamente gozo, ¿es por eso menos mío? Si puedo pagar seis potros, ¿no son sus fuerzas mías? Los conduzco y soy todo un señor. Como si tuviese veinticuatro patas.

Continúa diciendo Marx:

Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilado por el dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura 24 pies, luego no soy tullido; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? (…) ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario? Si el dinero es el vínculo que me liga a la vida humana, que me liga a la sociedad, que me liga con la naturaleza y con el hombre, ¿no es el dinero el vínculo de todos los vínculos? ¿No puede él atar y desatar todas las ataduras?4

Con otra cita literaria, tomada esta vez de Timón de Atenas de Shakespeare, Marx desarrolla el pensamiento hasta sus últimas consecuencias refiriéndose a la omnipotencia del oro, el «esclavo rojo»:

¿Oro? ¿Oro precioso, rojo, fascinante?… Con él, se torna blanco el negro y el feo hermoso; virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin… Y retira la almohada a quien yace enfermo; y aparta del altar al sacerdote. Sí, este esclavo rojo ata y desata vínculos consagrados; bendice al maldito. Hace amable la lepra; honra al ladrón y le da rango, pleitesía e influencia en el consejo de los senadores; conquista pretendientes a la viuda anciana y encorvada; …¡Oh, maldito metal, vil ramera de los hombres, que enloquece a los pueblos!… Estas analogías respaldan, refuerzan y profundizan la argumentación filosófica, y otorgan así al texto una calidad literaria propia. Marx tenía siempre a disposición en su memoria un enorme bagaje literario. Según su hija Eleanor, «podía recitar textualmente rapsodias enteras de Homero de principio a fin y sabía de memoria, tanto en inglés como en alemán, la mayoría de los dramas de Shakespeare».

El dilema de la teoría estética

Si se recogieran las diversas expresiones de Marx sobre literatura y arte, podrían llenarse fácilmente dos gruesos volúmenes. Es dudoso que los aportes en cuestión permitan desarrollar una teoría estética cerrada, aunque nunca han faltado los intentos. Esas teorías son tan variadas como los numerosos marxismos surgidos después de la muerte de Marx, que están vinculados a nombres como Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Georg Lukács, Ernst Bloch y Walter Benjamin, hasta la «teoría crítica» de la Escuela de Fráncfort. Indudablemente, la teoría marxista se ha convertido desde entonces en un instrumento indispensable del análisis estético, ya que aguza la mirada sobre los contextos históricos de las obras de arte y sobre sus condiciones materiales, así como sobre su producción y estructura interna.

Por cierto, planteada en términos absolutos, esta teoría condujo a menudo a un dogmatismo estético (como el que se le conoció a Lukács en su etapa tardía) o a una política cultural que buscaba someter el arte al estrangulamiento de un «realismo socialista». Nietzsche, de quien hemos partido, era para Lukács un «destructor de la razón» y un autor prohibido en la rda. Stephan Hermlin, defensor de esa rda hasta las últimas instancias, intentó proteger a Nietzsche y evitar su ostracismo: «No solo fue un destructor de la razón, sino también, seguramente, uno de sus inspiradores, un fermentador de la revolución». ¿Acaso fue una figura complementaria de Marx? En lo que respecta a las obras de arte, quizás podría cubrir esas brechas que la estética marxista jamás logró cerrar por completo.

  • 1.

    K. Marx y F. Engels: Manifiesto del Partido Comunista en K. Marx: Antología, sel. e intr. de Horacio Tarcus, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2015.

  • 2.

    K. Marx: El 18 brumario de Luis Bonaparte en Antología, cit., pp. 168 y 174-175.

  • 3.

    K. Marx: Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel en Antología, cit., p. 92.

  • 4.

    K. Marx: Manuscritos: economía y filosofía, Altaya, Barcelona. 1993, pp. 182-183.