Opinión

Iván Duque: ¿ruptura o continuidad con el uribismo?

En las últimas semanas, Iván Duque ha intentado mostrar algunas diferencias con Álvaro Uribe. Sin embargo, no parece probable que Duque sea un nuevo Juan Manuel Santos que rechace a su mentor político. Lo más probable es que el nuevo presidente colombiano oscile entre la distancia y la fidelidad a Uribe, con la pretensión de hacerse fuerte en la derecha colombiana.

Iván Duque: ¿ruptura o continuidad con el uribismo?

Apenas faltan unas semanas para que Iván Duque asuma oficialmente la presidencia de Colombia. Mientras espera el ansiado 7 de agosto, el presidente electo se encuentra conformando su gabinete. Sin embargo, hay un interrogante que sigue en pie en las más diversas conversaciones: ¿será Duque un delfín del ex-presidente Álvaro Uribe o, por el contrario, se erigirá como un candidato autónomo y relativamente distante de éste?

Cuando se formula esta pregunta, automáticamente se piensa en el precedente de Juan Manuel Santos. Santos fue ministro de Defensa de Álvaro Uribe entre 2006 y 2009, y se caracterizó por su beligerancia al mando de dicha cartera. Luego, disputó la presidencia con el ex-alcalde de Bogotá, el progresista Antanas Mockus. En esa contienda, reafirmó una senda continuista con la llamada «política de seguridad democrática» y con la «mano dura» contra las guerrillas encabezada por Uribe. Sin embargo, tras ganar las elecciones giró su política radicalmente. Tanto que fue el presidente que consiguió una normalización de las relaciones con Ecuador y Venezuela, alcanzó un acuerdo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y comenzó las negociaciones de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Si se observan los últimos gestos de Duque en la campaña electoral, es posible apreciar una relativa distancia con Álvaro Uribe. Sin embargo, no debe olvidarse que si Duque ha llegado a la presidencia de Colombia ha sido, sin lugar a duda, gracias al respaldo del ex-presidente colombiano. También, en los primeros compases de Iván Duque fuera de Colombia –tanto en Estados Unidos como en España– se le ha podido escuchar en no pocas ocasiones su intención de poner distancia con respecto a quien fue mandatario de Colombia entre 2002 y 2010, y quien sigue siendo, a pesar de todo, la figura política más importante del país cafetero.

Verdaderamente, Duque tiene ante sí una difícil tarea si lo que quiere es consolidarse como un activo político autónomo, joven y valedor de una nueva política en Colombia. La tradicional democracia secuestrada por élites ajenas a los problemas del país, unida a la imposibilidad de reelección presidencial y a un nuevo tablero político-partidista que está por reconfigurarse, son elementos que determinarán las posibilidades reales de que Duque se pueda erigir como un referente político distanciado de quienes han hecho posible su elección o si, por el contrario, mantendrá relativa cercanía con sus valedores políticos.

Es cierto que Duque, a pesar de encajar en el partido político más recalcitrante y conservador de la arena política colombiana como es el Centro Democrático, integra un aire rejuvenecido, más moderado y liberal que, en cierta manera, le enfrentan a los nombres clásicos tanto del uribismo en particular como del conservatismo en general, y que nunca terminaron por aceptar con agrado su postulación como candidato a la jefatura del gobierno. Esta es una cuestión nada baladí, pues cualquier apropiación de la maquinaria partidista que le ha impulsado a la presidencia, a día de hoy, parece imposible aceptar cualquier nombre que no sea el de Álvaro Uribe. Un líder casi mesiánico en Colombia que personifica a la perfección la oligarquía de hierro del partido político con más apoyos electorales del país y que comienza y termina en su persona.

Es decir, resulta cuando menos difícil pensar en un Iván Duque autónomo y distante de Álvaro Uribe, desmarcado de las posiciones más conservadoras, en donde Marta Lucía Ramírez y el Partido Conservador, y el mismo Uribe y el Centro Democrático le tienen «comido» todo el espacio ideológico. No obstante, un viraje al centro podría conectar con terceras posibilidades como Cambio Radical, el Partido Liberal o el Partido de la U, de una manera similar a la política que llevó a cabo Juan Manuel Santos en el año 2012, aunque con una importante diferencia. Y es que el capital político y el liderazgo de uno y otro, así como su capacidad de influencia fuera del uribismo son muy diferentes y parece impensable que Iván Duque tenga la influencia suficiente como para recomponer por sí mismo un Legislativo sin el respaldo de Uribe y con miras a la centralidad.

Además, desmarcarse de Uribe y proyectarse sobre un hipotético centro político, le debilitaría notablemente en el flanco derecho y le obligaría, de inmediato, a resignificar el centro ideológico y partidista, lo cual le aproximarían peligrosamente a un progresismo que, en torno a nombres como Sergio Fajardo, Claudia López o Gustavo Petro, limitan, por el otro costado, la capacidad de aglutinar capital y redito político-parlamentario. Más, si lo que cabe esperar de Colombia es un reordenamiento de los ejes izquierda/derecha, una vez superado el clivaje fundamental de la violencia, y prever un escenario que visibilice una nueva agenda pública con mayores reivindicaciones sociales y económicas, así como mayores posibilidades y espacios para la interlocución y la protesta social frente a ciertas necesidades tradicionalmente desatendidas.

Es de esperar que, de algún modo, los ejes izquierda/derecha se amplíen y, por ende, el sistema de partidos colombiano se torne más centrífugo de lo que tradicionalmente ha sido. He aquí las dos opciones que se albergan para Duque. De un lado, la de erigirse como aglutinador de un conservatismo y, por qué no, de un uribismo renovado que le permita ser una figura de referencia en la derecha, a tenor de una necesidad regeneracionista frente a los viejos apellidos de la derecha como Ordóñez, Ramírez, Pastrana o el mismo Uribe. De otro, la de emular el movimiento de Santos en 2010, y tratar de componer un centro derecha político que, eventualmente, puede ser el mejor freno al incremento de protagonismo del progresismo colombiano. Esta segunda opción se torna difícil si se tienen en consideración las redes clientelares, el personalismo político o el marcado acervo conservador que caracteriza al sistema político colombiano, toda vez que ha de considerarse que mantener el statu quo de una política que, tradicionalmente, ha desatendido a millones de colombianos y a buena parte de la periferia territorial del país, puede desembocar indefectiblemente en un relevo partidista y en un cambio de color ideológico en 2022.

Por todo lo anterior, lo más probable, especialmente, viendo la primera composición gubernamental de ministros, y asumiendo una relativa racionalidad en el mantenimiento y ampliación en el ejercicio del poder, que Iván Duque se moverá entre las dos opciones descritas. Esto es, manteniendo el capital político y electoral que le ha permitido ser presidente, lo que supone aceptar el respaldo y un cierto nivel de influencia de Álvaro Uribe en algunas decisiones –especialmente, las que tienen que ver con el Acuerdo de Paz, la negociación con el ELN o la política exterior y buscar un rejuvenecimiento de la política y una mayor frescura en otras aristas de la agenda pública, en donde la inversión social y la reducción de las brechas económicas y territoriales debe resultar prioritaria.

Así, cualquier distanciamiento rupturista con el uribismo parece inviable e improcedente si de lo que se trata, sobre todo, es de entender que la presidencia de Iván Duque solo será por cuatro años, que el rediseño de la arquitectura partidista y electoral será progresivo, y que la experiencia por recomponer un centro ideológico-partidista, como hizo Juan Manuel Santos, se muestra hoy muy alejada de cualquier atisbo de realidad.

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