Tema central

Itinerarios del pentecostalismo chileno (1909-2017)

El rol de las mujeres en el pentecostalismo inicial, las divisiones sociales y los contextos históricos y étnico-culturales permiten reconstruir la historia del pentecostalismo chileno trazando sus particularidades nacionales y sus nexos con tendencias más generales. Un pentecostalismo autóctono convivió con un evangelismo de misioneros y dio forma a un movimiento que fue creciendo en el tiempo, fue tensionado por la dictadura militar y hoy forma parte, en sus expresiones conservadoras, de la lucha contra la denominada «ideología de género».

Itinerarios del pentecostalismo chileno (1909-2017)

En este artículo, se trata de mostrar, de una manera sintética y esquemática, el devenir del pentecostalismo chileno y su particularidad continental, especialmente el peso de un pentecostalismo autóctono. El análisis está dividido en ocho apartados en los que se destacan: el rol de las mujeres en el nacimiento del movimiento pentecostal chileno (1909-1910); la cuestión pentecostal (1910-1924); el crecimiento y la división (1925-1937); la pluralización y la visibilidad pentecostal (1938-1949); el pentecostalismo posfundacional (1950-1989) y, finalmente, el pentecostalismo liminal (1987-2017) y el doble estigma del pentecostalismo indígena (1911-2017). Por último, se incluye un breve apartado sobre los pentecostales y la política.

El rol de las mujeres en el nacimiento del pentecostalismo chileno (1909-1910)

La gran mayoría de las investigaciones sobre el pentecostalismo a escala mundial sitúan como orígenes únicos del pentecostalismo Gales (1904) o la calle Azusa, en Los Ángeles (1906). En Chile, el pentecostalismo nace como movimiento en 1909 y en 1910 surge como denominación la Iglesia Metodista Pentecostal. Entre las particularidades del pentecostalismo chileno, se destaca que no recibió influencia de Gales o Azusa, sino de la Misión Mukti, dirigida por Pandita Ramabai y proveniente de la India, en 1905. La misionera Minnie Abrams, ayudante de Ramabai, envió su folleto El bautismo del Espíritu Santo y fuego a Mary Ann Louise Hilton, esposa de Willis C. Hoover, pastor estadounidense de la Iglesia Metodista de Valparaíso1.

Un segundo y desconocido aspecto es la importancia que tuvieron las mujeres en el nacimiento del movimiento pentecostal. Su papel fue especialmente relevante en el centro y sur del país, concretamente en Concepción y Temuco: «las hermanas se trasladaron en el tren a Chiguayante (Concepción) para la obra del Señor, las cuatro hermanas siguientes, además de la esposa del pastor: Isabel Fernández de Núñez; Juana viuda de González; Rosa Fontena de Sepúlveda; Noemí de Kopmann»2. También, encontramos a Auristela Oliveira, Natalia de Arancibia y Remigia Arancibia. No obstante, dos mujeres cumplieron un notable rol: Elena Laidlaw y Laura Ester Contreras.

Laidlaw fue un emblema inicial del pentecostalismo chileno. El protagonismo fundante que tuvo en el movimiento y su expansión por el sur de Chile (septiembre de 1909 a febrero de 1910) fue una verdadera revolución religiosa y social. No obstante, el temor que produjo su liderazgo conllevó finalmente a su exclusión. En febrero de 1910, se organizó la Primera Iglesia Metodista Pentecostal y, en marzo de 1910, la Segunda Iglesia Metodista Pentecostal. Una vez que el movimiento se organizó, el rol testimonial y predicativo de las mujeres continuó, pero ya no en el nivel de liderazgo de Laidlaw. En segundo lugar, encontramos a Contreras, quien no fue predicadora como Laidlaw, pero sí fue escritora e ideóloga del movimiento en ciernes. En esta etapa, Contreras escribió siete cartas dirigidas al reciente grupo de pentecostalizados con el fin de motivarlos, dirigirlos y mantenerlos unidos. De igual modo, una vez organizado el movimiento, dejó de escribir. Finalmente, ambas mujeres fueron excluidas del pentecostalismo: Laidlaw fue expulsada y olvidada y Contreras fue integrada como esposa de un pastor, invisibilizada y, a la postre, también olvidada.

El problema de esta etapa fue que el rol de la mujer no se definió como parte del liderazgo formal, pastoral o administrativo, dado que las mujeres que lideraron esta etapa eran esposas de pastores y de líderes –excepto Laidlaw, que era soltera y que quizás por eso mismo quedó aislada y luego fue expulsada–. De este modo, el liderazgo de la mujer quedó invisibilizado y subyugado en la «ayuda idónea» tras el líder masculino, porque en última instancia era la pastora o esposa del pastor quien administraba la iglesia cuando el pastor no estaba, se enfermaba o salía en misión.

La cuestión pentecostal (1910-1924)

El pentecostalismo nació como parte de la protesta popular, luchando por el derecho a participar en el trabajo religioso, no solo como «obrero», sino también como «pastor» (patrón). Representó un requerimiento de movilidad social ascendente en el trabajo religioso y un reclamo de inclusión de las expresiones, los símbolos y las costumbres populares en la liturgia protestante. Desde ahí, el pentecostalismo será entendido como religión de los pobres, en la cual las mujeres tendrán una alta participación como predicadoras de la Palabra en la calle, en el proceso de sanación, oración, profecías, sueños y ayunos, y serán las encargadas de expandir el pentecostalismo hacia los barrios. Es la época en que todos predican en la calle: niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres.

Las mujeres son expertas en predicar en las puertas de bares y tabernas. Los hombres no van cerca de estos lugares porque corren un doble riesgo: ser golpeados por los parroquianos o atrapados por el vicio. Por consiguiente, eran las mujeres las que estaban dispuestas a ir y «dar las buenas nuevas a estos encarcelados». Los motivos son principalmente tres: ellas son las más beneficiadas por la liberación de «sus» hombres (padre, marido o hijos) del «infierno» que era el alcoholismo para la familia; no corrían el riesgo del hechizo del alcohol, porque una esposa y madre no frecuentaba esos lugares; y corrían menos riesgo de ser violentadas físicamente. Por contraste, el púlpito era (y es) un espacio de hombres dado por Dios: las mujeres deben callar en la congregación mientras haya predicadores varones o pastores; si no los hay, pueden predicar, pero no desde el púlpito, sino desde el llano. Un tema central fue la oferta de sanidad. En el discurso sanador, la mujer cumple un rol fundamental en tres aspectos: transgrede los prejuicios hacia el pentecostalismo y busca ayuda, propone la oferta sanadora y colabora en todas las técnicas terapéuticas posibles de la religión (oración, ayuno, imposición de manos y vigilias), para que el paciente y la familia reciban la promesa de sanidad. Además, cumple un rol activo en el crecimiento del pentecostalismo en los sectores populares. En esta primera etapa, el rol de la mujer fue fundamental para la extensión y el arraigo del pentecostalismo en barrios pobres y espacios de miseria.

Crecimiento y división (1925-1937)

En 1925 se aprueba en Chile una nueva Constitución que establece la separación del Estado de la Iglesia católica. No obstante, los pentecostales siguieron siendo agredidos en sus predicaciones callejeras y sus templos eran apedreados. En esta época también comienzan en Chile el caudillismo y las intervenciones militares en la política, que darán lugar a una duradera cultura golpista. Los «ruidos de sables» y golpes militares tendrían su analogía en los «sonidos de Biblias» y «golpes de pastores» dentro de los templos pentecostales. Esto se evidencia a partir de 1923: la tónica predominante en el pentecostalismo es su carácter cismático y sus constantes luchas internas.

En esta época tiene lugar una competencia interna por crecer y legitimar el discurso cismático de las distintas denominaciones; será la lucha oculta entre las dos denominaciones que se autodefinen como continuadoras del pensamiento pentecostal fundacional: la Iglesia Evangélica Pentecostal (iep) y la Iglesia Metodista Pentecostal (imp). En 1909, el pentecostalismo contaba solo con tres grupos. En 1911 ya tenía por lo menos diez. En 1929, al adquirir personería jurídica, bajo el nombre de Corporación Iglesia Metodista Pentecostal de Chile, tenía por lo menos 22 congregaciones en diversos barrios y pueblos3.En 1932, la Corporación Iglesia Metodista Pentecostal de Chile experimentará uno de los mayores cismas de su historia: el nacimiento, desde su seno, de la Iglesia Evangélica Pentecostal (iep). Esta división incrementó la competencia no solo intereclesial, sino también dentro de las iglesias, por la consecución de criterios e indicios de poder (cantidad de conversos y templos). La competencia religiosa nace al alero de dos paladines del pentecostalismo: Manuel Umaña, al frente del metodismo pentecostal (imp), y el patriarca Hoover, al frente de los evangélicos pentecostales (iep), y no se limitó a Chile, sino que se extendió a Bolivia y Argentina.

Pluralización y visibilidad pentecostal (1938-1949)

El pentecostalismo no solo se diversificó a través de los acontecimientos cismáticos, sino también con la llegada del pentecostalismo misionero. En 1937 arribaron a Chile las Asambleas de Dios Autónomas, de origen sueco; luego, provenientes de eeuu, las Asambleas de Dios (1941), la Iglesia del Evangelio Cuadrangular (1945) y la Iglesia de Dios (1950). Dos aspectos diferencian el pentecostalismo misionero y el nacional: en el primero, los pastores rinden cuentas financieras y eclesiásticas a su denominación; además, los pastores tienen la posibilidad de ser remunerados por la denominación y los cargos de liderazgo regionales y nacionales se extienden por periodos elegidos y decididos por los mismos pastores.

En esta etapa nacerán otras tres denominaciones pentecostales significativas a escala nacional. Dos de ellas se originan en la imp: la Iglesia Pentecostal Apostólica, fundada en 1938 por un pequeño grupo disconforme con su iglesia de origen, y la Iglesia Pentecostal de Chile, fundada en 1947. También en esta época se funda la Iglesia Misión Pentecostal. Esta última, junto con la Iglesia Pentecostal de Chile, integrará el Consejo Mundial de Iglesias en 1961, un acontecimiento de gran relevancia para el pentecostalismo chileno, ya que lo ubica como parte de una organización mundial caracterizada por el ecumenismo y el progresismo religioso. Esto se verá reflejado en una carta de protesta que ambas denominaciones envían al dictador Augusto Pinochet en 1986.

El pentecostalismo misionero mantuvo la misma dinámica del pentecostalismo criollo y se extendió desde el centro hacia el sur del país. Pero mientras el primero se constituyó como un pentecostalismo urbano, el segundo alcanzó también las áreas rurales. Asimismo, compartirán prácticas musicales, producto de las influencias campesinas en los himnarios y coritos religiosos. Como señala Juan Sepúlveda, la música pentecostal está influenciada por el «gusto campesino de la zona central y el campesinado sureño con clara influencia mexicana y un folclore con característica lastimosa y sufriente»4.

El pentecostalismo, como expresión comunitaria, era un espacio de refugio5, de participación y solidaridad, es decir que permitía construir un capital comunitario para los «campesinos urbanos» no sindicalizados, que no tenían empleo o lo tenían esporádicamente. Estos evangélicos pertenecían a familias con marcadas carencias, a menudo con muchos hijos, que vivían hacinadas en viviendas insalubres; generalmente, eran analfabetos y la mayoría había sufrido la ausencia de un padre proveedor responsable, no tenían identidad de clase y, por tanto, no participaban de las convocatorias revolucionarias de cambio social y político predicadas por varios partidos políticos. Estos grupos despreciados, cuando se convertían al pentecostalismo, le encontraban sentido a su situación a través de una teodicea del sufrimiento y el discurso de la compensación diferida. Los nuevos conversos expresaban su dolor y desilusión del mundo y del pasado mediante la predicación, en testimonios y en canciones locales, que expresaban que «la finalidad del hombre en la vida es salvar su alma, y para salvarla debe vivir con santidad, y para vivir con santidad debe renunciar a todos los placeres de la vida, debe trabajar, humillarse, sufrir y ser misericordiosos»6. Solo que la mayoría de los pentecostales no tenían mucho a qué renunciar, porque venían de la pobreza y la miseria social.

El pentecostalismo posfundacional (1950-1989)

En esta etapa surge un nuevo tipo de pastor, el obispo, que se distancia del feligrés corriente, vive en condiciones de vida que superan la media de la congregación y transgrede la utopía pentecostal inicial, donde todos eran iguales. Los obispos y los superintendentes pasan a ocupar los cargos de manera vitalicia y, en algunos casos, estos cargos son dinásticos. El imaginario del pastor como un hombre pobre y sin morada, que dona todos sus recursos para la construcción del templo, es reemplazado por un pastor pequeño burgués que con su casa pastoral y su templo construido se parecerá más a un profesor de escuela pública, pero seguirá defendiendo el ser «obrero de Dios», con la expresión «siervo de Dios». Pero este pasa a ser un título honorífico: un obrero que es digno de su salario. En este proceso se pueden destacar tres etapas: la de competitividad intrapentecostal, la de estancamiento y redefinición, y la de tránsito del anonimato a la visibilidad.

Competitividad intrapentecostal. El 26 de febrero de 1950, en una conferencia realizada en Tomé, región del Biobío, el entonces superintendente Manuel Umaña fue ascendido a obispo pentecostal; fue el primero elegido en el país7. El pentecostalismo denominacional vino a satisfacer una nueva necesidad: una movilidad meritocrática para acceder a posiciones de liderazgo, que en otras instituciones sociales era inexistente o imposible, pues la gran mayoría de los pastores eran adultos, más bien mayores para escalar en otras instituciones, semianalfabetos y pobres. Predicar, construir casas pastorales, poner en pie templos e ir de una ciudad a otra fueron los nuevos desafíos pastorales, pues había que albergar a nuevos miembros, y por sobre todo, darles espacio a los nuevos líderes que llegaban. Esto se logró construyendo «iglesias madres» e «iglesias hijas».

El pastor seguía siendo el siervo de Dios, pero la expresión perdía su asociación inicial con el ser último de la escala social de la iglesia; aquel que «lava los pies de su feligresía» lo hace como jefe, maestro o dirigente de la iglesia. Ser pastor se constituyó en el gran y máximo deseo de los nuevos feligreses. Luego, este nuevo tipo de pastor será muy criticado y resistido por otros que sentían una nostalgia por el «pastor de antes», el pastor del pentecostalismo fundante.

También aparece en escena el misionero pentecostal. No se trata solo de aquel que va de una ciudad a otra por el interior del país, sino de aquel que viaja a países vecinos como Bolivia o Argentina, que fueron los destinos más solicitados –en especial el centro y sur de Argentina–. Las migraciones en busca de trabajo a Argentina fueron utilizadas por los misioneros para levantar iglesias pentecostales chilenas. De esta forma, el trabajo de misionero también fue otra vía de movilidad social y geográfica que incentivó a los potenciales líderes, así como a los jóvenes pentecostales, a trascender el pastorado local8. El misionero adquirirá connotaciones de héroe y de mártir, aquel que se sacrifica y es a veces vilipendiado e incluso encarcelado por causa de la prédica del Evangelio.

Sin embargo, desde el pentecostalismo misionero aparece una nueva figura mucho más atractiva, que conlleva otra forma de movilidad social. Nos referimos al evangelista, modelo inventado por los ingleses en el siglo xviii y popularizado por los estadounidenses en el siglo xix, que resultará inmensamente atractivo en Chile. El 2 de febrero de 1952, llegó a Chile el evangelista estadounidense Clifton Erickson, cuya labor dejó huellas indelebles en las Asambleas de Dios del país. Donde la campaña de Erickson habría de lograr un efecto más notable y trascendente fue en Valparaíso. Estas campañas evangelistas harían del pentecostalismo un fenómeno muy notorio, producto de la masividad que concentraría en los estadios locales9, y permitirían unificar, por ejemplo, criterios y creencias doctrinales como la sanación, el cielo, el infierno y el apocalipsis, etc. De este modo, el obispo será el máximo logro de un pentecostalismo nacional, aunque el espacio es más cerrado y selectivo. En cambio, el modelo evangelista del pentecostalismo misionero será más accesible y masivo, incluso prestigioso y admirado. Esto generará una influencia recíproca entre ambos tipos de pentecostalismo, aunque internamente seguirán distinguiéndose y rechazándose.

Los pentecostales criollos no reconocían a los pentecostales misioneros como verdaderos pentecostales por dos motivos: no llevaban el «apellido» pentecostal en sus denominaciones y, además, como señalan algunos autores, no se daban los tres glorias a Dios o no danzaban en el Espíritu. Por otro lado, los pentecostales misioneros rechazaban a los «criollos» porque no preparaban el sermón, sino que abrían la Biblia «con el dedo gordo derecho» (pulgar), algo que veían como un acto supersticioso. Pero también había un rechazo a los cultos, que se consideraban desordenados porque la oración se hacía en alta voz o porque se danzaba, etc. Sin embargo, esto intensificaba la identidad pentecostal. Los de origen misionero se sentían pentecostales distintos por su origen estadounidense, que los hacía sentirse mejores, más cultos, mejor formados que los «nacionales»; por otro lado, los nacionales se hacían ver «más espirituales» por las danzas, las oraciones en alta voz, etc. Sin embargo, cualquier visitante profano no vería diferencias entre cultos pentecostales: todos serían desordenados, grotescos, carnavalescos y folclóricos. Además, aunque todos los predicadores pentecostales tuvieran capacitación bíblica o teológica, sus predicaciones eran anecdóticas, testimoniales, con fuerte uso de las emociones y el autoritarismo.

Estancamiento y redefinición (1964-1973). De una u otra forma, el pentecostalismo en esta etapa ha cambiado, aparecen discursos renovadores, como el de la participación y el compromiso social aún incipiente. Se aprecia un cambio en la concepción del trabajo y la educación, que ya no son solo formas de movilidad social, sino además maneras en que los creyentes pueden contribuir más y de mejor manera con sus diezmos y ofrendas a la construcción de templos, para así pasar de la casa-templo al templo propiamente tal.

Aunque en esta época los templos eran pequeños y precarios, estaba cambiando la mentalidad del espacio, el tiempo social y la historia entre los pentecostales. Los barrios marginales, donde se habían construido los primeros templos, comenzaban a urbanizarse, y surgían la necesidad y el deseo de construir instalaciones más grandes. Es decir, se desarrollaba algo propio de un grupo que intentaba ser tomado en cuenta política y socialmente. En esta etapa no se construyeron los grandes templos, pero sí se soñaron, pensaron e imaginaron, por ejemplo, la Catedral Evangélica que fue iniciada a fines de 1967.

Del anonimato a la visibilidad (1973-1986). En septiembre de 1973, Pinochet tomó el poder en Chile mediante un golpe militar y la simbiosis simbólica entre Iglesia católica y Estado sufrió una fisura irremontable. Pinochet, molesto por la condena de la jerarquía católica a las violaciones a los derechos humanos, buscará su legitimación en la iglesia pentecostal más grande de Chile: la imp.

En un momento, el pentecostalismo fue un canal de expresión para los campesinos, los obreros, los indígenas y el subproletariado, porque, como señala Cristian Parker, «presentó ciertos rasgos de protestas implícitas contra las condiciones de miseria y opresión en que vivían los nuevos contingentes de obreros y subproletarios»10. Pero esa protesta y rebeldía serán invisibilizadas durante la dictadura. No obstante, sí se manifestaría en el nacimiento de cientos de nuevos grupos y denominaciones pentecostales. Pese al llamado a obedecer al pastor, al mismo tiempo se rebelaban contra él, produciendo cismas y llevando una parte de la iglesia como base para levantar una nueva. De este modo, la obediencia a la dictadura derivó en una desobediencia a la figura del pastor-patrón-militar. La obediencia política derivó en rebeldía religiosa, la sumisión al Estado resultó en insumisión a la iglesia. Esto se expresa en el sostenido crecimiento de iglesias evangélicas, especialmente pentecostales, que pasaron de unas 500 denominaciones a comienzos de la década de 1970 a más de 1.500 a fines de 1980. Toda nueva iglesia se constituye a partir de una división de la iglesia original. Un pastor se erige contra el antiguo pastor. Así, la división y el levantamiento contra el pastor se reproducen una y otra vez.

El pentecostalismo liminal (1987-2017)

El cuadro que se incluye en la página siguiente presenta porcentajes de evangélicos sobre la población chilena total sin ofrecer datos específicos sobre los pentecostales. Sin embargo, permite deducir aspectos cualitativos. El pentecostalismo crece en épocas de crisis estructurales y por efecto de ellas (1940-1960; 1970-1989). En ese marco, a) el pentecostalismo se presentó como alternativa comunitaria y como un nexo entre campo y ciudad y entre sociedad tradicional y sociedad modernizada, en el contexto del capitalismo exportador de recursos primarios (salitre, carbón) y de la crisis de la sociedad campesina; b) el pentecostalismo se presenta como alternativa proteccionista, participativa e identitaria de frontera sociorreligiosa en contextos de modelo estatista y ausencia de la democracia. Sin embargo, cuando la sociedad chilena habilita otros espacios de participación popular, la identidad pentecostal entra en crisis. Así, desde la segunda mitad de la década de 1980, el movimiento entró en una etapa de crisis de definición.

A partir de fines de la década de 1980, las fronteras identitarias se tornan difusas y ambiguas: los grupos pentecostales se preguntan quiénes son, qué quieren ser, hacia dónde mirar. Unos miran hacia el pasado, reconstruyen la memoria y mitifican a sus fundadores. Otros se preocupan por el presente, pero pocos por el futuro escatológico. Es decir, las doctrinas troncales del pentecostalismo, como el infierno, el cielo, el premilenarismo o el diablo comienzan a declinar, y empiezan a predominar temáticas como la salud, la prosperidad, la vivienda, el trabajo o la educación. Se rompen las fronteras entre sagrado y profano: lo sagrado se profana y lo profano se sacraliza. Ya no existe la idea clásica «trabajo para el Señor» y «trabajo para el mundo», ahora, «el trabajo es del Señor y para el Señor». No existe conciencia de peregrinos, ni de oposición a otros grupos religiosos11.

La secularización impactó sobre el pentecostalismo. Fenómenos socioculturales como el regreso de la democracia, el neoliberalismo, la globalización y el posmodernismo lo afectaron profundamente. Se registra una menor asistencia de los pentecostales a los templos, principalmente la segunda generación (aquellos nacidos en hogares pentecostales). Aunque esto afecta a todos los grupos religiosos, los pentecostales aparecen como los más resentidos, habituados a asistir más de una vez a la semana al templo. Esta secularización es interna: se observa en el descenso en la frecuencia de reunión (y la aparición de pentecostales «domingueros»), en el surgimiento de nuevas experiencias religiosas y en los cambios en las creencias, en la moral y en los rituales, con la influencia neopentecostal. Los énfasis del pentecostalismo en el mesianismo y el milenio, el cielo y el infierno, han disminuido. Los líderes pentecostales no solo han traicionado el ethos surgido del mito fundacional (el pastor como siervo de Dios), sino que también se han generado distintas polémicas que han aparecido en la prensa como denuncias de enriquecimiento ilícito. Por otro lado, los pastores son criticados y son concebidos por la nueva generación de jóvenes evangélicos universitarios como analfabetos o poco formados; esto provoca o bien deserción o bien traslado del pentecostalismo al protestantismo misionero (metodistas, presbiterianos, bautistas, etc.). De igual modo, las nuevas generaciones discrepan con la concepción homofóbica y con las posturas contra el aborto o contra las adopciones homoparentales.

El pentecostalismo consolidado detenta templos en espacios céntricos, pastores influyentes en las ciudades y en el gobierno, está jerarquizado y ha reemplazado la escala meritocrática por la herencia de cargos. No obstante, en las cúpulas pentecostales se expresan características más generales de la sociedad chilena: centralismo, machismo y traspaso de posiciones de poder. A estos espacios de poder no llegan mujeres ni indígenas; incluso algunos espacios son directamente herencias familiares. En algunas iglesias-catedrales, los pastores reciben diezmos millonarios: es el olvido y la traición al fundacionalismo que predicaba la libertad y la igualdad social, uniendo la propuesta política derechista (libertad) e izquierdista (igualdad), algo que hoy es solo remembranza de un pasado que estos líderes nunca vivieron. Este pentecostalismo incursionó en política en la década de 1990, pero le fue mal:

A mediados de los años 90, surgió entre estos cristianos un movimiento político, la Alianza Nacional Cristiana. En 1996, este grupo firmó un acuerdo electoral con Renovación Nacional. Su convenio facilitó la elección de cuatro concejales en las elecciones municipales de ese año. Dicho acuerdo no pudo ser renovado en la siguiente elección (2000), lo que impidió la reelección de sus candidatos. Uno de los esfuerzos importantes en materia de inclusión política evangélica fue la precandidatura presidencial del pastor Salvador Pino (1999).12

Han establecido redes de ayuda social: trabajo carcelario y hospitalario, hogares de rehabilitación de drogadictos y alcohólicos, hogares de ancianos, escuelas y liceos. Fueron beneficiados con la Ley de Igualdad Religiosa (1999) y su posterior aplicación en distintas reparticiones de gobierno, y así varios pastores se transformaron en funcionarios gubernamentales. En regiones y alcaldías han alcanzado visibilidad mediante la Unidad de Pastores Comunales y consiguieron cercanía y poder negociador significativo. El gobierno ha reconocido, a través del Senado, un pastor de cada región de Chile como hijo ilustre de la ciudad. Los alcaldes han reconocido póstumamente a pastores, preferentemente pentecostales, y bautizaron calles con sus nombres.

En consecuencia, el pentecostalismo abandonó el discurso de protesta social y simbólica: los demonios son enfrentados mediante textos psicológicos (spiritual coaching), los enfermos van a las clínicas, los cismas se enfrentan en los tribunales de justicia y no «a la buena de Dios»; los templos se construyen con créditos hipotecarios, préstamos bancarios o cheques y transacciones electrónicas de los «hermanos bendecidos», y en su edificación, la prestación de servicios ha desplazado a los trabajos voluntarios; la atención pastoral está mediada por el trabajo de secretarias y agendas mensuales; los pastores, especialmente los obispos, ya no van acompañados de ujieres sino de guardaespaldas; los predicadores ya no predican en las calles sino que son conferencistas internacionales, y cuando viajan de iglesia en iglesia, no se hospedan en casa de hermanos sino en hoteles; la moda es que los nombres de pastores, obispos o superintendentes sean desplazados por el de «apóstol» o «profeta». Estos «personeros» de Dios aparecen ahora en los mass-media, en portadas de diarios y en reuniones con representantes del gobierno. La sociedad chilena ya no es suciedad, como antes predicaban, sino un pequeño cielo y una sombra milenaria para disfrutar, por lo cual el discurso del cielo es para funerales; el infierno pasó de moda y el Diablo es metaforizado. Los pentecostales lo llaman el «tiempo de la cosecha».

Pentecostalismo indígena: el doble estigma

Los indígenas chilenos, como los de toda América Latina, eran y son grupos de personas estigmatizadas. Son vistos como pobres, alcohólicos, sucios, flojos y sin interés por la movilidad social. Esto ha sido el fundamento para la expropiación de sus tierras y el desprecio de su lengua nativa y de toda su cultura (alimenticia, educacional, indumentaria, habitacional, mitos y líderes). Sin embargo, los grupos indígenas encontraron en el pentecostalismo una esperanza de redefinición identitaria, aunque por ello fueran doblemente estigmatizados: como indios y como «canutos», como se llama en Chile a los protestantes.

El movimiento pentecostal comenzó a vincularse tempranamente con el mundo mapuche: tomó contacto con ellos en 1911. El contacto no se originó como resultado de misiones pentecostales a territorios con gran población indígena, sino por la migración de los indígenas a las ciudades (Concepción y Temuco), donde encontraron a los pentecostales en sus propios lugares de residencia, barrios pobres y marginales, donde poseían sus templos, o también en las calles y caminos cuando salían a predicar. Cada vez que algún indígena se convertía al pentecostalismo, era conminado rápidamente por este movimiento a regresar a su tierra para llevar la nueva religión, especialmente a su núcleo familiar13.

En cuanto al pentecostalismo y su vínculo con los aymaras, primero llegó en 1938 al altiplano boliviano de la mano del pastor Manuel González, mientras que al altiplano chileno llegó en 1957 a través del converso y luego pastor Braulio Mamani, quien comenzó a predicar en lengua aymara en Cariquima (Chile) y llegó hasta Sabaya (Bolivia). Durante los primeros años, su crecimiento fue muy lento, pero se fue acelerando a partir de la década de 1970 con la asunción del liderazgo indígena local. Mamani destacó que, en 12 años de trabajo, había levantado más de 40 locales (iglesias pequeñas) en esta frontera chileno-boliviana. Utilizó su testimonio para llegar hasta sus hermanos aymaras; una vez que estos se convertían, se sellaba entre ellos una doble hermandad: indígena y pentecostal. La supuesta desventaja de la lengua se constituyó en el motor de la conversión, junto con otros elementos significativos, como los sueños y las interpretaciones de las enfermedades como signos del llamado de Dios14.

La comunidad indígena, desestabilizada por los acelerados procesos de modernización (urbanización, crisis económica, crisis política, etc.), habría visto en el pentecostalismo una forma de comunidad sustituta que le permitía reproducir el orden tradicional propio de las poblaciones indígenas rurales, actuando como una especie de refugio sociocultural. En esta propuesta, para el caso urbano, el concepto de comunidad remitía a una entidad unitaria, autosuficiente, clausurada, fuente de valores (o antivalores) y ajena a las hibridaciones. No obstante, en el mundo rural e indígena ocurrió todo lo contrario: emergieron comunidades familiares, híbridas, indígenas, dirigidas por indígenas y alejadas del control metropolitano. Lo que importaba a la dirigencia urbana era la cantidad de conversos y bautizados y según esta medida, se trataba de un crecimiento exitoso; por lo tanto, el evangelismo del mundo rural no era controlado, vigilado, intervenido ni obstaculizado. Ya sea que se tratara de la comunidad mapuche-pentecostal o aymara-pentecostal, en realidad se trataba predominantemente de una comunidad indígena pentecostal, en tanto sus valores y prácticas identitarias solían estar alineadas con la religión pentecostal, pero teniendo como base y fundamento el horizonte indígena. En este escenario, más allá de las limitaciones socioculturales estructurales, los sujetos pudieron desplegar paulatinamente una serie de prácticas y creencias, lo que en última instancia haría más efectiva y dinámica la conversión, su pertenencia al movimiento religioso y a su etnia, y finalmente su identificación identitaria. De este modo, el pastor era considerado un «hulmen» entre los mapuches o un «jilakata» entre los ayamaras.

Los pentecostales y la política

Los pentecostales hicieron cuatro intentos de que uno de los suyos accediera a la Presidencia y no les fue bien: el primero fue en 1938, con Genaro Ríos («el hermano Genaro»); el segundo fue en 1970, con el pastor Manuel Vergara de la Iglesia Evangélica del Pesebre Humilde de Cristo, quien no logró las firmas exigidas para candidatear. El tercero fue Salvador Pino Bustos en 1999. Un cuarto intento, con menos suerte aún, fue en 2017.

Hasta noviembre de 2017, se creía que el único diputado evangélico había sido Edmundo Salas, quien ejerció su cargo por el Distrito 45 (Región del Biobío) entre 1990 y 2006. Según Salas, fue evangélico desde niño y se hizo militante del Partido Demócrata Cristiano en 1967. No obstante, en las últimas elecciones presidencial y parlamentaria (2017), la intervención de los pentecostales en política junto con otras tradiciones evangélicas y protestantes fue notoria, y actualmente hay tres diputados pertenecientes al partido Renovación Nacional (rn), de tradición derechista. Todos fueron elegidos con un discurso vinculado a la ideología del «ombliguismo», es decir, la permanente oposición de las iglesias evangélicas, en particular de las pentecostales, a los proyectos del Estado en relación con las libertades sociales, como la ley de aborto, la ley de diversidad sexual, la ley de identidad de género, etc., en línea con batallas conservadoras más globales contra la denominada «ideología de género».

  • 1.

    W. Hoover: Historia del avivamiento pentecostal en Chile, Imprenta Excélsior, Valparaíso, 1948.

  • 2.

    Chile Evangélico [Concepción], 13/11/1909, p. 3.

  • 3.

    L. Orellana Urtubia: El fuego y la nieve. Historia del movimiento pentecostal en Chile 1909-1932, CEEP, Concepción, 2008.

  • 4.

    J. Sepúlveda: De peregrinos a ciudadanos. Breve historia del cristianismo evangélico en Chile, Fundación Konrad Adenauer / Comunidad Teológica Evangélica de Chile, Santiago de Chile, 1999, p. 108.

  • 5.

    Christian Lalive d’Epinay y Narciso Zamanillo: El refugio de las masas. Estudio sociológico del protestantismo chileno, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1968.

  • 6.

    Victor Turner: El proceso ritual. Escritura y antiescritura, Taurus, Madrid, 1988, p. 202.

  • 7.

    Víctor Sepúlveda: La pentecostalidad en Chile, CEEP, Concepción, 2009.

  • 8.

    L. Orellana, Nicolás Panotto y Zicri Orellana: «El pentecostalismo chileno en Argentina. El trabajo misionero de Elías López en Mendoza» en Intus-Legere Historia vol. 12 No 2, 2018.

  • 9.

    Eduardo Carreño: Clifton Oliver Erickson, s/e, Santiago de Chile, 1952.

  • 10.

    C. Parker: La otra lógica en América Latina: Religión popular y modernización capitalista, FCE, Ciudad de México, 1996, p. 254.

  • 11.

    M. Mansilla: La buena muerte. La cultura del morir en el pentecostalismo, UNAP / RIL, Santiago de Chile, 2016.

  • 12.

    María Francisca Caldeón: «En busca de la tierra prometida... Cultura política de líderes evangélicos», tesis de maestría en Ciencia Política, Universidad de Chile, 2008.

  • 13.

    M. Mansilla, Wilson Muñoz y L. Orellana: «Los dilemas comunitarios y étnicos y religiosos. Las investigaciones antropológicas del pentecostalismo aymara y mapuche en Chile (1967-2012)» en Estudios Atacameños vol. 49, 2014.

  • 14.

    M. Mansilla y Wilson Muñoz Henríquez: «¿Evangélicos o aymaras? Dinámicas de las representaciones culturales de los evangélicos aymaras (Chile)» en Estudios Atacameños. Arqueología y Antropología Surandinas No 54, 2017.