Tema central

Huntington y la "invasión latina"

El más reciente libro de Samuel P. Huntington, dedicado a definir la identidad de Estados Unidos, tiene interés, sobre todo, como síntoma. Es indicio de un clima de opinión dominante entre los conservadores de ese país que piensa el mundo en términos de identidades culturales rígidas, incompatibles, enemigas. Lo más notable y lo más conocido es la construcción de un estereotipo delIslam como enemigo de Occidente.El libro de Huntington, en un giro peligroso, busca al enemigo en casa, concretamente, en los inmigrantes latinoamericanos y sobre todo mexicanos que son, según su argumento, inasimilables y por lo tanto representan una amenaza para la seguridad de Estados Unidos.

Huntington y la "invasión latina"

Introducción

Se puede hablar interminablemente sobre la identidad, la de cualquier grupo. Siempre será un tema confuso, discutido, difícil de manejar, no porque sea en sí mismo más complejo que otros, sino porque las identidades son por definición imaginarias y pueden construirse echando mano de cualquier cosa. El problema puede resumirse en una frase: hablar sobre la identidad es hacer política. Se sepa o no, se haga o no con esa intención, enunciar una identidad, definirla o defenderla es hacer política en el sentido más básico de la palabra: se trata de establecer lo que nos separa de los otros, lo que nos hace diferentes de ellos; la identidad se define siempre en un campo estratégico donde lo que importa son las fronteras. Eso no es en sí mismo malo, pero es necesario tenerlo presente.

Ninguna identidad colectiva es natural ni definitiva; pueden proponerse muchas: de base religiosa, lingüística, jurídica, y cada una significa una agrupación diferente. Todas tienen un adarme de verdad o, al menos, todas son verosímiles en alguna medida, todas son engañosas también porque omiten algo –mucho, tal vez– de lo que tenemos en común con ellos, los otros, y oscurecen a la vez todas o casi todas las diferencias que hay entre nosotros. No es más natural ni más obvio sentirse americano, latinoamericano, mexicano, indígena u otomí, que sentirse cristiano, de izquierda u obrero; uno no es esencialmente nada de eso. Ahora bien: esa misma precariedad hace que las identidades se afirmen de manera beligerante, tanto más cuanto más problemática sea la frontera entre ellos y nosotros.

No digo nada nuevo. En el fondo, es posible que toda política sea una política de identidad, incluso cuando apela a los puros intereses individuales de los consumidores, los contribuyentes, los ciudadanos; después de todo, su eficacia depende de que los individuos se reconozcan efectivamente como consumidores, contribuyentes o ciudadanos. Pero no es eso lo que me interesa, sino la tendencia reciente a pensar en términos de identidades étnicas, nacionales o religiosas, identidades culturales que se refieren –se supone– a rasgos fundamentales e inmodificables que constituyen un modo de vida, un modo de ser. Identidades reificadas, pensadas como una cosa sólida, de fronteras perfectamente claras, con una existencia objetiva e indiscutible. Se escucha hablar con toda naturalidad de civilizaciones, nacionalidades y culturas con un lenguaje que parece traído de los años 30 del siglo pasado, y es un lenguaje que tiene éxito. Tampoco hay en ello un gran misterio: resulta muy sencillo pensar mediante estereotipos, lo mismo que resulta atractivo sentirse parte de una comunidad real, sustantiva.

Si uno se pone trágico, ese nuevo auge de las identidades culturales puede señalar el ocaso de los ideales de la Ilustración. Es verdad. También es una derivación impensada de esos mismos ideales: de la igualdad de derechos, de la soberanía popular. En todo caso es, con plena justicia, el tema de nuestro tiempo.

Crónica de un fracaso (editorial) inesperado

El profesor Samuel P. Huntington ha contribuido al clima culturalista de los últimos años sobre todo con una expresión que ha hecho fortuna: la de «choque de civilizaciones». Su último libro, ¿Quiénes somos?, prometía ser tan escandaloso y popular como los anteriores. No ha sido así, no ha cuajado en la opinión pública con la facilidad de los otros. Es un estudio sobre la «identidad» de Estados Unidos, escrito de acuerdo con la misma fórmula: una mezcla de trabajo académico, literatura de divulgación y gesticulación panfletaria. En comparación con sus demás libros, éste ha pasado casi inadvertido. No es ni mejor ni peor, no le ha faltado publicidad, solo parece haber sido inoportuno. Tal vez acusa también la debilidad básica de la retórica identitaria: es mucho más sencillo señalarlos a ellos, reducirlos a un estereotipo, que definirnos a nosotros.

Huntington es una de las grandes celebridades del star system intelectual de EEUU: es profesor en Harvard, donde fue director de la Academia de Estudios Internacionales, pero se ha destacado sobre todo por la publicación de libros, si no estrictamente de divulgación, sí dirigidos al gran público y que han tenido un impacto apreciable en la opinión estadounidense. Es uno de los intelectuales más prestigiosos del conservadurismo de su país: partidario de una definición unilateral de la política exterior, enemigo desde luego del Tribunal Penal Internacional, pero también del resto del sistema de la Organización de las Naciones Unidas. Contribuyó como pocos a la construcción del Islam como enemigo inconciliable de la «civilización occidental» y, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, ha lanzado este voluminoso alegato en defensa de la identidad estadounidense.

El libro es una secuela, incluso una consecuencia lógica de los anteriores. Está escrito, según dice el prólogo, con intención patriótica, para contribuir a la recuperación de los valores estadounidenses en el contexto del «choque de civilizaciones». Lo que le preocupa a Huntington es la decadencia de la cultura estadounidense, incluso el riesgo de que se pierda, de que desaparezca su identidad. De acuerdo con su idea, la cultura de EEUU fue creada a fines del siglo XVIII y es, en sus valores y en su definición, blanca, británica y protestante; quienes arribaron más tarde, quienes no eran blancos, británicos ni protestantes, han llegado a ser estadounidenses asimilándose a esa cultura. Puede parecer una caricatura, pero no lo es. Son los argumentos del autor, con sus propias palabras.

La mitad del libro está dedicada a describir y explicar la cultura de EEUU; la otra mitad se ocupa de los peligros a los que se enfrenta en nuestros días. Por una parte, señala la amenaza de unas elites desarraigadas, que menosprecian los valores estadounidenses: funcionarios, gerentes de empresas, nuevos ricos que se sienten cosmopolitas e intelectuales para los que es un signo de distinción no compartir las ideas ni las emociones de la gente vulgar. Por otra parte, identifica la amenaza de la inmigración proveniente de países hispanohablantes y, muy especialmente, de México. Hay motivos para pensar que ése es el tema básico, el que más preocupa a Huntington: no solo por la cantidad de páginas que le dedica, el tono apocalíptico de algunas descripciones o los rasgos verdaderamente siniestros de su estereotipo del «hispano» o del mexicano, sino porque el avance que se publicó en la revista Foreign Policy como publicidad para el libro se titulaba precisamente «El desafío hispano». De eso se trata el libro, ésa es la frontera que quiere trazar.