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Hugo Chávez y los liderazgos en América Latina

A diferencia del pasado, cuando los liderazgos surgían de las armas y las revoluciones, hoy son consecuencia del poder de representación otorgado por las elecciones. A pesar de ello, no es posible hablar de verdaderos líderes latinoamericanos. Hugo Chávez tiene un fuerte impacto mediático y ha logrado interpretar las aspiraciones de algunas elites latinoamericanas. Sin embargo, está lejos de interpelar a los pueblos de la región. De hecho, los datos de las encuestas indican que es menos conocido y no tan valorado como George W. Bush. Por eso, antes de hablar de verdaderos liderazgos conviene tener en cuenta que lo que realmente reclaman los latinoamericanos no es más izquierda, sino más democracia y mejores condiciones de vida.

Hugo Chávez y los liderazgos en América Latina

En América Latina, los liderazgos se han basado, muchas veces, en mitologías construidas en torno de personajes históricos. Los dictadores ya son parte de estos mitos, tal como demostró el escritor peruano Mario Vargas Llosa en su novela La fiesta del Chivo, donde el dominicano Rafael Trujillo, declarado el dictador más demente de la región, se convierte en un verdadero antilíder. A él le siguen, con distintos grados de importancia, Anastasio Somoza, Fidel Castro y Augusto Pinochet. Esos liderazgos, negativos o positivos, pueden ser creados por la literatura o los medios de comunicación. Sus acciones terminan siendo casi irrelevantes, pues lo que domina su definición es la creencia de que lo son, que se transforma en realidad. Otro tipo de liderazgo lo personifica Ernesto «Che» Guevara, quien interpretó los sueños de un continente oprimido por la pobreza.

Pero la región se encuentra hoy en otro momento histórico, en el que los liderazgos ya no surgen de la revolución, ni de las armas, sino a partir del poder representativo otorgado por las elecciones. La legitimidad de origen de esos liderazgos es radicalmente distinta de la de antes.

Desde esa perspectiva, se podría definir un gran espectro conformado por distintos tipos de liderazgos. En un extremo se sitúan quienes se transforman en líderes por su presencia en los medios de comunicación, es decir quienes ejercen un liderazgo por «estrellato». En el otro, quienes tienen ideas que les permiten interpretar a las grandes masas: un liderazgo de contenido, no necesariamente mediático. En el primer grupo se ubican las estrellas de cine o los goleadores de fútbol. En el segundo, figuras como Dalai Lama o Gandhi. Y existen también los antilíderes, como puede serlo, por ejemplo, una persona odiada por muchos de manera silenciosa. El diablo es un antilíder temido silenciosamente por una gran cantidad de personas.

Pero, más allá de la definición, es necesario medir los liderazgos para poder analizarlos. En primer lugar, es preciso determinar el nivel de conocimiento que el público en general tiene acerca de un líder. Éste necesita ser conocido por la población, ya que sin conocimiento, evidentemente, no hay liderazgo. Hay distintos niveles de conocimiento, algunos más difusos que otros. Lady Di, por ejemplo, era ampliamente conocida, pero de manera difusa: bastaba con saber que era princesa.

Desde luego, el liderazgo político, que no está dado por un cargo vitalicio sino que es conferido por un tiempo determinado, es distinto. En el análisis de los niveles de conocimiento político de los pueblos, el Estudio Comparado de Sistemas Electorales ha medido el conocimiento sobre las personas con cargos políticos, de la misma manera que conocemos, a través de Latinobarómetro, el conocimiento y la confianza en los presidentes. Sabemos que el nivel de conocimiento depende de la cantidad de tiempo que los políticos ejercen un determinado cargo y de su presencia en los medios de comunicación.También sabemos que en América Latina los presidentes tienen un peso muy importante en el sistema político y que de ellos depende en buena medida la legitimidad del Estado. En general, tienen alto grado de conocimiento: cerca de 90% de los ciudadanos conoce a su presidente cuando éste lleva más de un año en su cargo. Esto desmiente el mito de la falta de interés en la política. ¿Para qué tomarse la molestia de conocer a alguien que no interesa? En la Inglaterra de mediados del siglo, como muestra Seymour Lipset en su famoso libro El hombre político, solo la mitad de la población conocía el nombre del primer ministro.

Adicionalmente, sabemos que, al final del mandato de un gobierno, la probabilidad de que los ministros sean conocidos por más de 50% de la población es baja. Los políticos que llegan a ser conocidos por entre 50% y 60% de la población son muy pocos. Algunos pueden sobresalir si se convierten en candidatos. Naturalmente, a muchos les cuesta creerlo, y argumentan que salen todos los días en el diario. Pero ocurre que menos de 10% de la población latinoamericana lee el diario, y el 50% que mira con alta frecuencia las noticias en la televisión no presta demasiada atención a ellas. Todo esto depende del grado de educación y, si se considera que el promedio de educación de la región es de solo seis años, lo anterior no parece tan sorprendente.

Por otra parte, sabemos que el nivel de conocimiento que en general tiene la población sobre materias que no hacen a su vida diaria –a su conocimiento experiencial– es muy escaso. La gente apenas conoce sus derechos y mucho menos sus obligaciones. Un ejemplo de ello son los estudios específicos en diferentes países de la región que dan cuenta de cómo las personas que llegan a la edad de jubilarse desconocen lo que han aportado y a lo que tienen derecho.

En cuanto al conocimiento de las cuestiones internacionales, sabemos que en general la población latinoamericana solo está familiarizada con algunos tratados que la afectan o la han afectado de alguna manera. Lo que los ciudadanos de la región más conocen es Estados Unidos, en especial su cultura, sus productos y su desarrollo. En ese sentido, el sueño dorado del latinoamericano promedio es vivir en Miami.Con ese bajo nivel de conocimiento, y con una referencia política centrada casi exclusivamente en el presidente del propio país, es como se deben observar los liderazgos en América Latina.

Chávez y el liderazgo latinoamericano

En realidad, a la luz de estos datos, resulta iluso pensar que pueda existir un líder regional capaz de movilizar a las masas cuando, como ya señalamos, apenas existen líderes nacionales. En efecto, los presidentes con altos niveles de aprobación no han sido más de tres últimamente: en México, Vicente Fox, quien al inicio de su gobierno llegaba a 70%; en Colombia, Álvaro Uribe, y en Chile, Ricardo Lagos, quienes obtenían porcentajes superiores a 70% al final de sus mandatos. En el otro extremo se encuentra Alejandro Toledo, de Perú, con un mínimo histórico de 4% de aprobación durante un periodo prolongado. Y, por cierto, también hay que considerar a aquellos mandatarios que fueron expulsados de sus cargos: en total, 14 presidentes latinoamericanos durante la última década.

Respecto de Chávez, 36% de la población de América Latina no lo conoce. Del 64% que sí lo conoce, 41% lo evalúa positivamente. Es decir, del total de los ciudadanos de la región, solo 26% lo evalúa de modo positivo. Esto significa que, para el público en general, el de Chávez es un liderazgo débil, ya que menos de tres de cada diez personas lo evalúan positivamente, cuatro de cada diez no lo conocen y tres de cada diez lo evalúan negativamente.

Desde luego, se podría argumentar que este nivel de aprobación es alto para un líder latinoamericano si se considera que prácticamente no tiene competencia. La verdad es que no se han medido todos y que, por lo tanto, no sabemos cuán conocidos son los demás presidentes, ni qué porcentaje de aprobación tienen. Hoy, además de Chávez, probablemente Michelle Bachelet, por ser mujer, tenga un alto nivel de conocimiento, y quizás más aprobación que el presidente de Venezuela, aunque no se haya planteado la posibilidad de un liderazgo regional.

En América Latina, solo 14% de la población confía en los partidos políticos, 28% en los parlamentos y apenas 49% dice estar satisfecho con la manera en que se conduce su país. En ese contexto, ¿qué motivos hay para que Chávez sea un líder latinoamericano? ¿Qué problemas ha solucionado, cuando en Venezuela sigue habiendo todavía altas tasas de pobreza? Aunque ha logrado crear bienes políticos demandados por los ciudadanos de su país y ha obtenido una alta recompensa política por ello, está lejos de poder cantar victoria: Venezuela, como el resto de la región, sigue siendo un país subdesarrollado.

Los líderes son aquellos que logran penetrar en el imaginario y las expectativas de la gente, no por su posición política sino porque interpretan las aspiraciones de los pueblos. En ese sentido, Chávez interpreta muy bien a la elite latinoamericana que proviene de los viejos movimientos revolucionarios de los 60. Ha tenido la osadía de oponerse abiertamente a EEUU, lo que le ha ganado la simpatía de todas las elites cansadas de la arrogancia de ese país: mientras más lejos del Río Grande se está, mientras más educación se tiene, más crítico se es de EEUU.

Pero hay que tener cuidado con estas aseveraciones, porque los líderes a menudo corren el riesgo de no interpretar correctamente a sus propios pueblos. La mayoría de la población de la región siente una gran simpatía por EEUU; contrariamente a la elite ilustrada, les gusta ese país, su cultura, su economía y su promesa de movilidad social. El sueño americano es también el sueño latinoamericano. Así, muchos ciudadanos latinoamericanos esperan que sus gobernantes generen condiciones que permitan alcanzar ese sueño.

Por eso, las posturas contra EEUU de Chávez no son parte de la aspiración de los pueblos, sino de sus elites. La batalla para superar la pobreza es la batalla de los pueblos y, cuando ambas van aparejadas en el mismo discurso, se puede confundir el apoyo a una con el respaldo a la otra. La mayor parte de la población de la región no quiere una pelea de barrio contra EEUU; lo que quiere es prosperidad.

La guerra de Iraq sin duda afectó la imagen de EEUU en la región, pero no en el sentido que muchos creen, sino más bien como la queja de la amante dejada de lado, que queda en el olvido. El rechazo a la guerra no fue solo moral, sino también motivado por celos a causa de la desatención hacia la región.

Si se considera todo esto, no es extraño que George W. Bush sea más conocido que Hugo Chávez en América Latina: solo 28% ignora quién es; del 72% que sí lo conoce, 36% lo evalúa positivamente. Si se considera el total de la población encuestada, 30% evalúa a Bush de manera negativa, 12% mantiene una postura neutral y 29% le otorga una calificación positiva. Los datos surgen de una muestra de 20.000 entrevistas, cuyo margen de error es menor a 1%, por lo que la diferencia es muy significativa: Bush no solo es conocido por más gente que Chávez, sino que hay más personas que lo evalúan positivamente. Si nos basamos en estas cifras, el líder de América Latina debería ser Bush y no Chávez.

Sin embargo, en los medios de comunicación, en la agenda informativa, la situación es exactamente la contraria: Bush aparece como el antilíder y Chávez, como el referente de la izquierda emergente de la región. Evidentemente, las dos situaciones contrastan y demuestran que la agenda informativa está lejos del imaginario colectivo que reflejan las encuestas.

La izquierda en América Latina

Despejado el tema del liderazgo, podemos comenzar a analizar ahora el mito de la izquierda. Si uno se rige por los medios de comunicación y la adscripción ideológica de varios presidentes –Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, y antes Ricardo Lagos– pareciera que la izquierda ha copado América Latina. Pero habría que preguntarse cómo se define un presidente de izquierda: ¿por formar parte de un partido de izquierda? ¿Por llevar adelante una política de izquierda? ¿Por ser apoyado por un electorado de izquierda? Si la clave pasa por pertenecer a un partido de izquierda, casi todos quedan descalificados; si pasa por aplicar políticas de izquierda, habría que descontar el neoliberalismo económico. Y, si lo fundamental es el electorado, los datos que tenemos no calzan.

Los datos muestran que la adscripción a la izquierda ha aumentado, de 18% en 2001 a 27% en 2004. En esta escala izquierda-derecha, 39% de la población se ubica en el 4 y el 5 (centroizquierda), mientras que 12% lo hace entre el 6 y el 7 (centroderecha). Esto se ha mantenido así durante una década, por lo que nos encontramos ante una población mayoritariamente moderada que no ha cambiado sustancialmente su posición ideológica. Lo que ha cambiado es la oferta de la elite: los recambios ofrecidos son más contestatarios, en contra de las viejas elites, y se ha creado consenso hacia la izquierda apoyándose en los votos del centro.

Estos nuevos liderazgos nacionales, que implican una alternancia en la elite, son vistos mediáticamente como de izquierda, pero aplican políticas reformistas en el marco del estado de derecho. Esto significa que, como sucedió con Lula, sus políticas terminan interpretando a sectores más amplios, ubicados en el centro político. En ese sentido, América Latina funciona con la máscara de Octavio Paz: no todo lo que brilla es oro, ni todo lo que parece ser es.

En este contexto, la única gobernante de la verdadera izquierda es Michelle Bachelet. Elegida presidenta en enero de 2006, Bachelet pertenece a un partido de izquierda, ganó las elecciones con las banderas de la izquierda y fue apoyada por una coalición que lleva 16 años en el poder. El suyo es el único gobierno de una coalición de centroizquierda liderado por una socialista.

En América Latina, los líderes de izquierda se han adueñado de las banderas de la democracia. Esto ocurre en un momento en que la población demanda los postulados de la vieja izquierda: igualdad ante la ley, más empleo, menos pobreza, más acceso a las oportunidades y, por supuesto, educación, salud y vivienda. Es una simbiosis entre la demanda y la oferta de democracia. Pero los ciudadanos no demandan más izquierda, sino más democracia, pluralismo, libertad de expresión y movilidad social. La izquierda se ha vestido de democracia, pero no queda claro que la democracia se quiera vestir de izquierda. En países como Chile, la palabra democracia está emparentada con la Concertación de Partidos por la Democracia, la coalición entre el Partido Socialista y la Democracia Cristiana, y se identifica como una bandera política. El apoyo a la democracia se relaciona con el apoyo al gobierno, algo que no sucede en otros países.

La democracia trae consigo una promesa de libertad que mueve a los pueblos a demandar más democracia. Por primera vez, las masas forman parte activa de las ciudadanías en los países y votan masivamente. Aunque algunos digan que son pocos los que votan, en realidad nunca antes lo han hecho tantos, de todos los estratos sociales y edades. El voto universal ha generado un cambio: los pueblos están empezando a aprender cómo y qué se vota y han probado entre las ofertas que tienen, aunque a veces la clase política ofrezca poco.

Es entonces el reclamo de democracia lo que persiste. Se vota a un presidente, a otro, hasta encontrar a uno que satisfaga. Esto es así aunque no se respeten del todo las reglas, lo cual no debería llamar la atención, ya que los latinoamericanos estuvieron durante décadas acostumbrados a cambiar a sus presidentes al son de los cañones. Ahora, en cambio, es al son de las protestas y de las elecciones.

América Latina busca desesperadamente líderes que sepan interpretar las aspiraciones de sus pueblos. Evidentemente, hay un vacío de liderazgo. En muchos países, las viejas elites están siendo reemplazadas por otras, nuevas e inexpertas; algunas de ellas no pasan la prueba de fuego y son desechadas por movilizaciones masivas. Debido a este vacío, la figura de Chávez aparece con fuerza. Las elites de la región y los medios se deleitan con una historia de liderazgo mediático, que tiene sin cuidado a la población, que necesita hechos y no palabras.

Los análisis sobre América Latina muchas veces confunden el pasado con el presente. Hoy, la promesa es la democracia, no la izquierda. Lo que en el pasado se identificaba con la izquierda forma parte de las demandas de hoy. La democracia es, hoy, el sueño americano que a todos les gustaría alcanzar; una promesa de dignidad próspera. ¿Un sueño americano con las demandas de la vieja izquierda, reclamado por una población ubicada en el centro del espectro político, y con una política económica neoliberal? Imposible, diría cualquiera. Quizás solo posible en América Latina.

Conclusión

Más allá de todo lo señalado, lo cierto es que Chávez es el primer gobernante de la región que levanta la voz en nombre de América Latina y sus pueblos. Ha producido noticias y puso los puntos sobre muchas íes, más que lo que han hecho muchos. Podemos predecir que ahora vendrán sus emuladores, los futuros líderes mediáticos de la región, quienes quieren seguir sus pasos: Evo Morales, Alan García, Michelle Bachelet. Pero cuando aparezca un verdadero líder, será tan evidente que solo hablaremos de las consecuencias de su liderazgo. La elección de Alan García en Perú y la de Felipe Calderón en México desmienten los pronósticos acerca de una región tomada por la izquierda. En estos países, Chávez no obtuvo el apoyo de la población, ya que los candidatos que él respaldó fueron derrotados. De todos modos, se podría decir que Chávez ha creado la necesidad de un liderazgo de la región, y que habrá competencia por ello.

Con 18 países y más de 500 millones de habitantes, América Latina es una región compleja. Guardemos entonces las proporciones, mesuremos lo que realmente se necesita para ser declarado líder y reconozcamos que la mayor parte de las noticias simplistas, reductoras y monoexplicativas no pueden sino estar equivocadas. Los líderes son, precisamente, los que tienen que apearse de la fantasía para poder vislumbrar las sorpresas que aún quedan por descubrir. Medir a América Latina con la vara de otras latitudes ha probado ser poco acertado: ni los liderazgos, ni las izquierdas, ni la democracia parecen seguir los pasos de otras regiones, y tampoco significan lo mismo que en otros momentos de la historia.