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Hacia una ruralidad fragmentada La desagrarización del campo mexicano

Si bien existen muchos estudios sobre los efectos de la aplicación de las tecnologías de información y comunicación (TIC) en los sectores productivos, de servicio y financieros, así como sobre la transformación de la vida de la población urbana, son muy pocos los trabajos que aluden a su penetración en el espacio. No obstante, en las últimas décadas la vida rural ha evolucionado profundamente, lo que provocó una mutación de los actores sociales y el surgimiento de nuevos conflictos. Por eso es necesario analizar cómo y con qué profundidad estas tecnologías se han difundido en el campo y qué transformaciones se han dado en el espacio de vida de la población.

Hacia una ruralidad fragmentada / La desagrarización del campo mexicano

La desagrarización y las transformaciones del empleo rural

Históricamente, pero en especial a partir de la Revolución Industrial, se dio una clara tendencia hacia la separación entre el espacio rural y el espacio urbano gracias a la concentración de la industria y los servicios en la ciudad, mientras se quedaron en el campo las actividades primarias (agricultura, ganadería, forestación y minería)1. Sin embargo, la aplicación masiva de las tecnologías de información y comunicación (tic) tanto en los procesos productivos como en todos los ámbitos de la vida, desde los años 70 del siglo pasado, tuvo dos consecuencias complementarias que rompieron con la situación anterior. Por un lado, se desarrolló un modelo productivo en red que permitió la descentralización de importantes partes de los procesos productivos hacia pequeñas ciudades, incluso hacia zonas rurales2. El aspecto más conocido de esta nueva tendencia es la subrogación por parte de las empresas transnacionales de las partes menos tecnificadas del proceso productivo hacia países en vía de desarrollo, proceso comúnmente conocido como deslocalización u offshorización. Además, este mismo proceso de descentralización de la producción industrial y de los servicios se replicó en el interior de cada país con la descentralización de la producción industrial y los servicios desde las grandes ciudades hacia ciudades más pequeñas (las famosas ciudades intermedias) e incluso hacia zonas rurales bien comunicadas. Esta dinámica se conoce como «descentralización en cascada»3.

Esta reorientación de los mercados de trabajo gracias a las tic no significa un incremento del empleo total, sino simplemente un nuevo reparto espacial para este que favorece la creación de nuevos mercados de trabajo en las pequeñas ciudades y en las zonas rurales4. La descentralización productiva ha permitido el crecimiento del empleo rural no agrícola (erna), gracias a la diversificación del empleo rural.

Por otro lado, el desarrollo de los transportes y de los medios electrónicos de comunicación ha incrementado exponencialmente la movilidad de la población, lo que le permite adaptarse a las nuevas condiciones de los mercados de trabajo precario y flexible, propios del actual proceso de industrialización posfordista. Es debido al tránsito de un mercado laboral que ofrecía, hasta cierto punto, empleos seguros, a otro insuficiente, precario y flexible, que la migración definitiva a la ciudad se ha debilitado. Actualmente se combina con un nuevo esquema migratorio basado en desplazamientos temporales de corta o larga duración5.

Así, al igual que en el resto de los países latinoamericanos, el empleo rural en México se ha modificado profundamente en los últimos 30 años6. Ha pasado de ser un empleo esencialmente agrícola a un empleo predominantemente desempeñado en los sectores secundarios y terciarios. Esta situación se refleja en la transformación de los hogares rurales. En ellos se incrementa la pluriactividad (actividades fuera de la finca familiar) como resultado de estrategias de supervivencia para contrarrestar los efectos negativos de la crisis agrícola. Sin embargo, un segundo efecto mucho más importante por sus consecuencias en la transformación de la sociedad rural es el aumento de los hogares que no trabajan en la agricultura ni como productores ni como asalariados, pero que permanecen en su localidad de origen mientras sus miembros buscan ubicarse en el mercado de trabajo vía procesos migratorios cada vez más complejos. El crecimiento de la población rural se debe al impresionante incremento de estos hogares no campesinos7. Ambos procesos provocan la desagrarización del campo, entendida como la disminución del empleo (y por lo tanto del ingreso) agrícola en el empleo rural total8. Mientras el proceso de construcción del campesinado mexicano duró unos 70 años, del inicio de la reforma agraria en 1915 hasta su término en 1992, su proceso de deconstrucción tomó menos de dos décadas9. Se ha dado con una velocidad tal que no logramos vislumbrar aún sus verdaderas consecuencias.

La importancia del proceso de desagrarización

Cuantificar estos procesos a escala nacional no es tarea sencilla debido a la falta de herramientas estadísticas adecuadas. Según las fuentes utilizadas, los resultados pueden variar sensiblemente. La mejor metodología es medir la composición de los ingresos de los hogares, en particular el ingreso rural no agrícola. Los primeros estudios sobre el erna constataron que existía una relación entre la cercanía a la ciudad y la posibilidad de conseguir empleos asalariados no agrícolas; se trataba entonces de un fenómeno esencialmente periurbano10. El erna dependía de la posibilidad de trasladarse de la localidad rural a la ciudad en el mejor de los casos diariamente, pero a menudo viviendo en la ciudad para regresar los fines de semana al hogar. Esta situación recuerda los planteamientos hechos por Karl Kautsky cuando estudió, a finales del siglo xix, la importancia de las actividades «complementarias» –según su propia expresión– de las familias campesinas alemanas fuera de sus fincas11. Para este autor se trataba de una situación de transición hacia la proletarización de los campesinos pobres, previa a su migración definitiva a la ciudad.

Estudios recientes muestran que esa situación inicial evolucionó hacia la expansión del trabajo no agrícola incluso en las localidades marginadas y distantes de la ciudad.

Un trabajo del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social confirma esta tendencia hacia la generalización de la desagrarización en todo el espacio rural. Su encuesta a hogares rurales de México (enchor), levantada en 2013, apuntala un fenómeno novedoso, que marca un cambio fundamental en la relación campo-ciudad12. En los municipios rurales más pobres, si bien la población ocupada se concentra en la producción agropecuaria propia (producción campesina de subsistencia), en términos de ingresos el trabajo asalariado, esencialmente fuera de la agricultura, aporta la mayor cantidad de dinero a los hogares13. Dicho de otra manera, la población rural más pobre dejó de ser esencialmente campesina para transformarse en trabajadora asalariada, en especial en los sectores secundarios o terciarios y probablemente en actividades informales.

  • 1.

    Si bien la manufactura rural marcó un momento importante en el desarrollo hacia el capitalismo, correspondió a una fase inicial de la producción fabril (siglos xiv-xviii) que encontró sus límites con la Revolución Industrial. H.C. de Grammont: «El empleo rural no agrícola en México: el caso de la industria de la confección» en Alberto Riella y Paola Mascheroni (coords.): Asalariados rurales en América Latina, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales / Departamento de Sociología / fcs / udelar, Buenos Aires, 2015.

  • 2.

    Robert Castel: Las metamorfosis de la cuestión social, Paidós, Buenos Aires, 1997; Pierre Veltz: Mondialisation, villes et territoires, puf, París, 1996.

  • 3.

    En los países industrializados anglófonos se habla esencialmente de un proceso de contraurbanización; en los francófonos, de un proceso de industrialización difusa hacia las zonas rurales. H.C. de Grammont: «El empleo rural no agrícola en México», cit.

  • 4.

    En México, al igual que en muchos otros países, el ejemplo más claro de esta reorganización espacial se encuentra en la industria maquiladora de la confección, que ha penetrado profundamente en las regiones rurales en las que prevalece una población rural pobre.

  • 5.

    Sara María Lara Flores: «Los territorios migratorios como espacios de articulación de migraciones nacionales e internacionales. Cuatro estudios de caso en México» en Política y Sociedad vol. 49 No 1, 2012.

  • 6.

    Para los trabajos más recientes sobre América Latina, v. entre otros: Sergio Schneider: «La pluriactividad en el medio rural brasileño: características y perspectivas para la investigación» en H.C. de Grammont y Luciano Martínez (comps.): La pluriactividad en el campo latinoamericano, Flacso, Quito, 2009; Silvia Gorenstein, Martín Napal y Mariana Olea: «Territorios agrarios y realidades rururbanas. Reflexiones sobre el desarrollo rural a partir del caso pampeano bonaerense» en Eure vol. 33 No 100, 2007; Elizabeth Jiménez Zamora: «La diversificación de los ingresos rurales en Bolivia» en Iconos. Revista de Ciencias Sociales No 29, 2007; Flávio Sacco dos Anjos y Nádia Velleda Caldas: «Pluriactividad y agricultura familiar en Brasil: el caso de Rio Grande do Sul» en Revista de la Cepal No 93, 2007; Paola Mascheroni y Alberto Riella: «La pluriactividad en el medio rural uruguayo» en A. Riella (comp.): Globalización, desarrollo y territorios menos favorecidos, Universidad de la República, Montevideo, 2006; Carla Gras: «Pluriactividad en el campo argentino: el caso de los productores del sur santafecino» en Cuadernos de Desarrollo Rural No 51, segundo semestre de 2003.

  • 7.

    En 1921 la población rural era de 10 millones (68% de la población total); en 1950, de cerca de 15 millones (58% de la población total); en 2010, de 26 millones (23% de la población total).

  • 8.

    Utilizamos indistintamente las expresiones «hogares campesinos», «hogares agrícolas» u «hogares de pequeños productores». Asimismo, con los «hogares no agrícolas» y «hogares no campesinos». H.C. de Grammont: «La evolución de la producción agropecuaria en el campo mexicano: concentración productiva, pobreza y pluriactividad» en Andamio, vol. 7 No 13, 2010; H.C. de Grammont: «La desagrarización del campo mexicano» en Convergencia. Revista de Ciencias Sociales año 16 Nº 50, 2009.

  • 9.

    Formalmente, el reparto agrario se inició durante la Revolución Mexicana con la Ley Agraria de 1915 y se terminó con la promulgación de la Ley Agraria de 1992.

  • 10.

    Caridad Araujo, Alain de Janvry y Elisabeth Sadoulet: «Spatial Patterns of Non-Agricultural Employment Growth in Rural Mexico During the 90s» en Territorio y Economía No 5, 2004.

  • 11.

    K. Kautsky: La cuestión agraria: análisis de las tendencias de la agricultura moderna y de la política agraria de la socialdemocracia, Siglo xxi, Ciudad de México, 1968.

  • 12.

    Esta encuesta es representativa de los hogares en localidades de 500 a 2.500 habitantes a escala nacional y permite comparar el monto y la composición de los ingresos de los hogares correspondientes a los 400 municipios rurales más pobres del país con los hogares del resto de los municipios rurales. Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social: «Características productivas de los hogares rurales en México», 2014.

  • 13.

    En los 400 municipios rurales más pobres, la producción agrícola propia representa 12% del ingreso total de los hogares mientras los salarios suman 57% (20% de salarios en la agricultura más 37% fuera de la agricultura). Por su lado, las remesas constituyen 6% del ingreso familiar.