Coyuntura

Hacia un sistema político moderno y secularizado

Las elecciones presidenciales de Brasil consolidaron la tendencia a la modernización y estabilización del sistema político, manifestada en el fortalecimiento de un bipartidismo a escala nacional, el ocaso electoral de las oligarquías estaduales, el equilibrio del voto entre los diferentes niveles de gobierno y la lógica centrista de los principales actores. Estos rasgos, en esencia positivos, explican el contexto del triunfo de Lula en la segunda vuelta, donde prevaleció la evaluación positiva de su gestión económica por sobre las consideraciones éticas.

Hacia un sistema político moderno y secularizado

Las elecciones presidenciales de Brasil, cuya segunda vuelta se realizó el 29 de octubre, confirmaron la reelección del actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, con más de 60% de los votos. La quinta elección presidencial brasileña en poco menos de 17 años ubicó al país a contramano de la mayoría de las democracias latinoamericanas. Su dirección, de acuerdo con varios indicadores tradicionales del análisis político, es la de una gradual modernización político-electoral. No me refiero con esto a algunas señales concretas, como la informatización exitosa del procesamiento de los votos (sistema exportado inclusive a algunos países de la región), ni tampoco a la democratización desde el punto de vista del género. Pienso más bien en una modernización tanto de las relaciones entre los electores y el sistema político, como en el grado de normalización de la dinámica organizacional dentro de éste.

En muchos sentidos, la celebración de sucesivas elecciones ha significado cambios favorables, festejados como señales de madurez democrática y estabilidad política. Podemos señalar como algunos de sus rasgos más importantes la emergencia de un bipartidismo a escala nacional que simplifica el proceso de representación e identificación; el ocaso electoral de las oligarquías estaduales y la crisis de representatividad de la derecha premoderna, anclada en el clientelismo y el caudillismo; la consolidación de una dinámica competitiva centrípeta que ha hecho que los grandes partidos no asumieran posiciones extremas; la adopción de un voto equilibrado o estratégico en el ámbito subnacional, cuya consecuencia es la desconcentración de poder y el fortalecimiento del sistema de pesos y contrapesos; y la cristalización de una racionalidad electoral anclada en un voto retrospectivo, de orientación principalmente económica, que permite llegar a una conclusión rápida y eficaz sobre a quién votar.

El avance hacia la secularización institucional implica que la arena electoral y política brasileña tiene hoy características muy distintas de las que tenía durante la transición, al promediar los 80, cuando la dictadura abdicó en favor de un gobernante civil, José Sarney, quien lideró la fase final de la apertura democrática. El repaso de algunos de estos rasgos ilustrará la singularidad del rumbo seguido por Brasil y permitirá comprender mejor las implicancias políticas de la reciente elección.

De la fragmentación multipartidaria a un sistema bipartidista

La primera elección presidencial posdictadura, en 1989, fue disputada por ocho partidos, ninguno de los cuales logró reunir un tercio de los votos, lo cual subrayó la naturaleza multipartidista del escenario político brasileño. Un año antes, 21 partidos discutieron y votaron la nueva Constitución. Todo esto dejaba en claro que la representación política estaba atomizada y que era inútil pensar la política brasileña como articulada y organizada en líneas partidarias capaces de aglutinar un sinnúmero de intereses particulares (antes que universales). En contraste, Argentina, Venezuela, Uruguay y hasta el mismo Perú exhibían una vitalidad partidaria con una sólida estructuración política basada en dos grandes fuerzas.

Casi dos décadas después, los sistemas políticos de esos países son irreconocibles en sus variadas expresiones de pulverización institucional y astillamiento partidario. Brasil, en cambio, dejó atrás, al menos a escala nacional, la fragmentación inicial y hoy parece haberse ordenado a partir de dos grandes conglomerados partidarios. Uno, liderado por el Partido de los Trabajadores (PT), con sus satélites: Partido Socialista (PSB), Partido Comunista (PCB), Partido Republicano (PRB) y Partido Liberal (PL). Y otro, comandado por el Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB) y su principal aliado, el Partido del Frente Liberal (PFL).

Varios indicadores electorales apuntan en ese sentido. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de octubre, ambos partidos concentraron más de 90% de los votos. En 1989, era necesario sumar el caudal de siete partidos para llegar a ese porcentaje. Otra evidencia es la capacidad de retener votos de las dos grandes fuerzas, lo que indica una fuerte identificación partidaria: de 2002 a 2006, el PT consiguió mantener 64% de su apoyo, y el PSDB, 53,5%. La situación opuesta fue rarísima: solo 13% de los que votaron al PT en 2002 optaron por el PSDB en 2006, y 16% hizo el recorrido opuesto. Esto indica que, pese a las críticas, la continuidad en la política macroeconómica que caracterizó a la primera gestión de Lula no logró desdibujar las disposiciones partidarias que ya existían. En otras palabras, las identificaciones políticas ganaron suficiente autonomía y peso como para resistir con éxito el carácter ideológicamente difuso de las políticas de gobierno.

Una última señal de la consolidación de un bipartidismo a escala nacional se encuentra en las encuestas que indagan en la opinión del electorado acerca de qué fuerzas políticas (o candidatos) son más capaces de resolver los principales problemas del país. En situaciones de fragmentación, cada partido consigue proyectarse electoralmente como capaz de resolver solo uno o dos problemas clave. Un caso típico es el de las fuerzas de extrema derecha, que ascienden debido a su posición frente al crimen o la defensa de la moral; otro ejemplo son las agrupaciones de izquierda, que se consagran por su oposición al capital extranjero o el repudio a la deuda externa. En Brasil, semejante diversificación de expertise programática parece cosa del pasado. Evaluados en su competencia para resolver diferentes asuntos –delincuencia, corrupción, desempleo, educación, ambiente–, solo los dos grandes agrupamientos partidarios son valorados por la mayoría de los ciudadanos.

El ocaso de las oligarquías estaduales y la crisis de representatividad de la derecha

Una característica universal de los sistemas políticos premodernos es la construcción de lazos entre gobernados y gobernantes a partir de instituciones definidas por la desigualdad entre ambos y su justificación sobre la base de argumentos extrapolíticos. Quienes gobiernan lo hacen no para defender valores o representar intereses, sino en función de virtudes personales, gratitud particular o mandatos religiosos o supersticiosos. El clientelismo, el personalismo y el culto a la supremacía de un clan o una familia son tres de estas formas tradicionales de construcción de poder y relación entre electores y elegidos. En Brasil, esas formas consolidaron el poder de oligarquías familiares –sobre todo en el Nordeste– y abonaron el éxito electoral de buena parte de las fuerzas de derecha durante décadas.