Opinión

Guillermo Marín Vargas: «La centroizquierda chilena debe interpretar las demandas de la ciudadanía con un nuevo programa reformista»

La centroizquierda chilena no es ajena a la crisis generalizada de la política. Si quiere seguir dirigiendo los destinos del país, debe atreverse a desarrollar liderazgos y programas que interpelen a una ciudadanía cada vez más crítica.

Guillermo Marín Vargas: «La centroizquierda chilena debe interpretar las demandas de la ciudadanía con un nuevo programa reformista»

Entrevista de Mariano Schuster


La presidenta Bachelet asumió la presidencia hace cuatro años con un ambicioso programa de reformas. También tomó posesión desde una nueva coalición política (la Nueva Mayoría) que se presentaba como superación por izquierda de la Concertación de Partidos por la Democracia, debido a la incorporación del Partido Comunista. Sin embargo, tanto el programa reformista como la propia coalición, parecen haber entrado en crisis. ¿Cuáles son, a su juicio, las razones más profundas de ese proceso?

A pesar de que se trata de un proceso todavía en curso, diría que existen dos dimensiones que grafican el momento de la Nueva Mayoría. La primera tiene relación con el contexto en que la coalición debió asumir la conducción del país. Tras 20 años de gobiernos de centroizquierda se evidenciaba un importante desgaste del proyecto de la Concertación. Este desgaste se transformó en derrota y triunfo de la derecha. Desde la centroizquierda se interpretó el momento como un «fin de ciclo» y de crisis de la Concertación. Junto a esto, el país vivía uno de los momentos más álgidos de la transición en lo que respecta a movilización social. Los estudiantes lograron sacar a millones de ciudadanos a las calles en todo el país con la consigna «educación, pública, gratuita y de calidad», lo que expresaba la necesidad de avanzar en un proceso de desmercantilización efectiva, haciendo retroceder el modelo neoliberal impuesto durante la dictadura.

La Nueva Mayoría nació como una coalición en cuyo imaginario se destacaba la tarea central de canalizar esa energía transformadora con políticas públicas que lograran dar cuenta de las demandas emanadas desde la ciudadanía. Desde el campo intelectual se interpretaba ese momento político como el inicio de un nuevo ciclo de gobiernos reformistas, que lograría terminar con la herencia institucional de la dictadura y restablecer el vínculo virtuoso entre partidos, Estado y ciudadanía. Sin embargo, la alta expectativa puesta en el desempeño del gobierno, y las dificultades que ha tenido finalmente para impulsar las reformas estructurales comprometidas –en parte, a causa de la desaceleración económica que disminuyó los recursos con los que inicialmente contaba– generó un desajuste entre la esperanza refundacional y los resultados obtenidos. Este desajuste fue generando que poco a poco las energías de cambio fueran transformándose en cierta sensación de decepción al interior de la élite.

Asimismo, la aparición de escándalos de corrupción relacionados con el financiamiento irregular de las campañas políticas que incluyó tanto al oficialismo como a la oposición, ha generado una agudización del malestar y pérdida dramática de la confianza en las instituciones. El efecto de esta situación es que las las mediciones de opinión pública han sido desastrosas para el gobierno y para los diversos actores políticos del país. Las reformas estructurales también se vieron afectadas por ese proceso. Desde la derecha se han usado estas cifras para afirmar que la ciudadanía no está de acuerdo con las reformas y que se debe volver atrás. Sin embargo, su argumentación es miope, pues las mismas cifras de desaprobación a estas medidas son acompañadas por percepciones negativas de la institucionalidad de pensiones, salud, educación, prefiriendo el cambio a la continuidad.

El cuadro político de la coalición es de alta incertidumbre respecto de su futuro. Se han expresado diversas interpretaciones sobre cómo continuar, imprimiendo diferentes acentos y formas. El desafío de la coalición está en lograr acuerdos respecto de las formas de relacionamiento, fórmulas de resolución de conflictos y de coordinación de cara al futuro. Además, debe definir algo más que un listado de ideas. Lo que precisa es establecer prioridades sobre los desafíos del país, no sólo para dar cierre a este gobierno y pensar en cómo lograr ganar el próximo, sino más bien, para poder continuar con el ímpetu reformista en un contexto como el actual. La coalición debe lograr convocar a la ciudadanía a creer en un proyecto transformador desde la centroizquierda y diseñar e implementar reformas que se sostengan en el tiempo en base a la valoración que generen por parte de la ciudadanía. Es decir, pensar un proyecto para los próximos 20 años. Pero la tarea resulta difícil en un momento como este.



Las últimas elecciones municipales evidenciaron tanto el ascenso de la derecha como el crecimiento de una nueva izquierda no tradicional vinculada a movimientos ciudadanos y sociales. ¿Hay posibilidades de acercamiento entre esas izquierdas y la Nueva Mayoría en un contexto crítico para la coalición gobernante? ¿Cree que existen puntos de confluencia que permitirían articular una coalición superadora de la actual?

En primer lugar, no calificaría la situación de la Nueva Mayoría como crítica. La sensación de crisis no se asocia únicamente a este referente político, pues es transversal. La coalición pasa por un momento de cambio y ajuste. Tal como otras coaliciones de gobierno amplias y diversas, las interpretaciones y formas de aproximarse a la realidad política han sido diferentes dependiendo del partido y su posición de poder al interior de la coalición, lo que ha generado desajustes en las formas de coordinación. En términos electorales, tal momento crítico también tiene matices, pues efectivamente la Nueva Mayoría tuvo merma en su votación pero todas las fuerzas políticas sufrieron el efecto de la baja participación electoral.

Respecto de la posibilidad de acercamiento y de conformación de una coalición amplia, me parece que hay un problema estructural. Estas nuevas fuerzas políticas han vinculado su origen a movimientos ciudadanos –en particular al estudiantil– intentando representar el hartazgo de la sociedad con las políticas impulsadas por el gobierno de derecha de Sebastián Piñera y críticos de la transición y el rol de la Concertación.

Su narrativa política se relaciona con la identificación de un conflicto entre élite y ciudadanos. Este punto de partida configura cierta ética de lo nuevo frente a la podredumbre moral de lo anterior. Es decir, su gran diferencia con otras formaciones de izquierda tradicional es la adopción de esta nueva «moral ciudadana» que tiene en su centro el hastío y enojo con la «clase política» chilena. Del otro lado, los partidos de la Nueva Mayoría deben cargar con su historia, sus momentos de gloria y sus profundas crisis. Esta situación condiciona la capacidad de sus liderazgos de hacer borrón y cuenta nueva y mostrarse como una alternativa fresca que logre convocar a nuevos sectores de votantes jóvenes.

La contradicción entre lo nuevo y lo viejo –o lo limpio y lo corrupto– ha sido uno de los elementos más relevantes usados por los movimientos y partidos políticos nuevos en sus campañas y despliegue comunicacional. La promoción de este nuevo clivaje hace que una alianza entre estos nuevos movimientos y la Nueva Mayoría sea muy difícil, pues la apuesta es reemplazar a los actores viejos por lo nuevos en la representación electoral de la centroizquierda. A pesar de este elemento, es posible observar ciertos lugares comunes en lo programático entre algunos de los actores de ambos lados. Quizás este pueda ser un buen punto de partida.

En los últimos tiempos, y particularmente durante el proceso de las elecciones municipales, apareció con claridad una crítica a la llamada «clase política». ¿En que se fundamenta esa crítica? ¿Se debe solo a los casos de corrupción o existen también posiciones que afirman la existencia de una dirigencia anquilosada y enrocada en los principales puestos directivos del país?

Los escándalos de corrupción dejaron al descubierto una sospecha que estaba en el sentido común del país: el vínculo espurio entre el mundo privado y la política. Se descubrió el velo acerca de las formas de financiamiento de campañas, comprobando la frase popular de «políticos vendidos». Esta situación, junto al creciente malestar de la sociedad chilena, configuró un escenario de sensación de hastío y enojo respecto de los representantes elegidos por la ciudadanía, pues si un parlamentario es financiado por un empresa, ¿representará los intereses de aquellos que votaron por él o ella, o el de quienes lo financiaron?

Entre los hechos más graves está el vínculo que se estableció entre candidatos del mundo progresista y el financiamiento del yerno del dictador Pinochet. Si hubiese financiado a los herederos de la dictadura se hubiese entendido, pues comparten lugares comunes, pero por el contrario financiar a militantes de aquellos partidos que el dictador persiguió de manera brutal, generó sensación de desconcierto y decepción. Así, si los empresarios financian a ambos bandos, se configura este discurso según el cual «son todos iguales» y se deriva en «que se vayan todos» y en el desprecio generalizado a la llamada «clase política».

La Nueva Mayoría debe ahora proponer candidato. Sin embargo, la candidata natural del Partido Socialista, la senadora Isabel Allende, acabó renunciando a optar por la presidencia. Hoy, solo Ricardo Lagos y Alejandro Guiller, se muestran como favoritos en una coalición que, según dicen muchos, carece de un proyecto claro y unificador. ¿Cuáles son, según su punto de vista, las principales virtudes y los principales déficit de los candidatos? ¿Creé que la coalición todavía no ha definido un programa y que por ello, al día de hoy, se encuentra por debajo de la derecha en intención de voto de cara a las presidenciales?

En primer lugar, efectivamente Isabel Allende representó para las y los socialistas una muy buena alternativa para representar al Partido en las primarias de la Nueva Mayoría, pues encarna la historia y tradición del socialismo chileno, pero también una frescura de ideas y de formas de relación con la ciudadanía. Su decisión de no competir dejó un espacio de incertidumbre respecto de la decisión presidencial, en especial para el Partido Socialista.

En ese marco los candidatos Ricardo Lagos y Alejandro Guillier se han transformado en los mejor evaluados de la Nueva Mayoría según los sondeos de opinión pública. A la vez, al interior del Partido Socialista se levantaron candidaturas de militantes del partido: el ex Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza y, por otro lado, el académico Fernando Atria. Este escenario ha generado la puesta en marcha de diversas estrategias para definir la mejor forma de elegir el candidato del socialismo. Sin embargo, existe cierto consenso sobre que ese mecanismo debe ser democrático y se vislumbra la realización de una consulta ciudadana.

Ricardo Lagos representa, sin lugar a dudas, uno de los referentes más importantes de la centroizquierda chilena. Su rol en dictadura como destacado dirigente político en contra de Pinochet y luego como Presidente de la República lo hace uno de los mejores representantes la cultura política del mundo socialdemócrata. Sin embargo, su despliegue en campaña ha sido muy complejo. No ha logrado interpretar las características del escenario actual, para revertir las bajas cifras de aprobación expresadas en las encuestas en relación a Alejandro Guillier, y al más aventajado y candidato de la derecha, Sebastián Piñera. Asimismo, ha sido muy complejo para su equipo contar con apoyos en los partidos, pues la aparición de candidatos competitivos han dispersado las fuerzas que supuestamente podrían haberlo apoyado.

Por otro lado, Alejandro Guillier ha surgido como un referente nuevo al interior de la centroizquierda, con alto nivel de conocimiento producto de su anterior trabajo como conductor de televisión. Su despliegue en campaña ha traído buenos réditos, pues según los estudios de opinión pública es el candidato con mayores posibilidades de ganarle a la derecha. Los cuestionamientos a su candidatura se han relacionado con la falta de definiciones programáticas e incertidumbre de lo que podría ser su gobierno.

De esta forma, la Nueva Mayoría se encuentra en un dilema. Un candidato que representa la tradición e historia de la centroizquierda, con ideas claras pero con baja adhesión, y un candidato con alta adhesión ciudadana, que representa la renovación de liderazgos, pero que presenta dudas acerca de sus definiciones e ideas para gobernar.

Respecto del programa, considero que no es el principal motivo por el que la derecha ha logrado superar a los candidatos de la Nueva Mayoría. La construcción de un programa es un proceso que ya comenzaron los partidos, cada cual con sus métodos y acentos. Las próximas primarias serán el espacio donde cada candidato y los movimientos y partidos que le den soporte deberán desplegar sus ideas. Luego, el vencedor, deberá intentar una integración de equipos y programas en un lugar común de la centroizquierda de la forma más democrática y participativa posible a tono con los signos de los tiempos.

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