Opinión

Gritar «¡Fascistas!» no alcanza

Es necesario que los partidos progresistas discutan la política radical de la derecha y ofrezcan una contrapropuesta convincente. La última elección de Suecia puede aportar una lección al respecto. Frente a los extremistas, la socialdemocracia debe asumir un discurso político claro que proyecte un futuro mejor.

Gritar «¡Fascistas!» no alcanza

En una democracia, cualquier partido que logra triplicar sus apoyos dentro de sus primeros ocho años en el Parlamento debería ser tomado como un contrincante político serio, sobre todo cuando los partidos tradicionales han perdido tanto apoyo en el mismo lapso que ya no pueden formar gobiernos de mayoría. Esta es precisamente la situación que enfrenta Suecia en sus elecciones del 9 de septiembre de 2018. Mientras se espera que los Demócratas de Suecia (SD, por sus siglas en sueco), de extrema derecha, obtengan entre 17% y 20% de los votos, es probable que el Partido Socialdemócrata Sueco (SAP) logre una leve ventaja, con 25%, y se pronostica que el Partido Moderado, conservador, conseguirá menos de 20%.

Esto hará que armar un gobierno resulte tan complicado como lo fue en Alemania luego de la elección de 2017. Más aún, está dentro del rango de las posibilidades que el SD participe, cuanto menos para respaldar a un gobierno de minoría de centroderecha. Esto plantea la cuestión de cómo, a pesar del sólido desempeño económico de Suecia de los últimos años, la pérdida de confianza en los partidos tradicionales ha permitido que la derecha dura haya podido convertirse en el segundo partido más grande en la Riskdag (Asamblea Legislativa del Reino de Suecia).

«Enfrentamos una crisis de identidad tan profunda como la que sufrió Estados Unidos cuando Trump ganó la Presidencia», dice Åsa Linderborg, jefa de la sección de cultura de Aftonbladet, un importante diario de izquierda con conexiones históricas con el sindicalismo. El manifiesto del SD impulsa que Suecia se niegue a aceptar el ingreso de más refugiados. El partido también está a favor de abandonar la Unión Europea y lanzaría un referéndum sobre el tema, aun cuando la mayoría de los suecos está a favor de permanecer en la agrupación multilateral.

Menos extranjeros, más seguridad social

Sin embargo, los Demócratas de Suecia no se quedan en eso, y su manifiesto, sus afiches y sus discursos abarcan temas de otras áreas de política, como la educación y la salud. «Lo que hace el partido es conectar estas cuestiones de seguridad social con la inmigración», explica Tobias Etzold, un experto en Europa del Norte del Instituto Alemán para Asuntos Exteriores y de Seguridad (Stiftung Wissenschaft und Politik, SWP).

Esto implica que los demás partidos tienen que dejar en claro en qué ámbito y de qué manera no funciona la ecuación «Menos extranjeros significan más Estado de Bienestar», engañosamente sencilla: en el área de salud, por ejemplo, Suecia de hecho necesita inmigrantes para cumplir las tareas que los nativos hoy prefieren evitar; una posición más estricta respecto a la inmigración tampoco reduciría el crimen a cero.

Al mismo tiempo, es extremadamente importante que los partidos tradicionales sean sinceros respecto a que la inmigración con frecuencia causa problemas. No hay suficiente debate sobre cómo integrar mejor a los recién llegados: también en Suecia hay inmigrantes que siguen sin poder hablar el idioma del país donde viven incluso después de décadas. Esta carencia de habilidades lingüísticas les dificulta acceder a empleos bien remunerados. Suecia no debería tener temor de imponer exigencias claras a los inmigrantes, y hacerlo podría ayudar a limitar los brotes de violencia que han marcado una y otra vez las áreas suburbanas desfavorecidas del país (con quema de automóviles, tiroteos entre bandas, etc.).

Demonizar al SD no ayuda

Respecto de la violencia: a pesar del conservadurismo que ostentan actualmente, el linaje de los Demócratas de Suecia se remonta a tropas de matones extremistas y racistas. «El SD se originó en los camisas pardas de las SA; eso no se puede recalcar lo suficiente», dice el periodista Linderborg. «Sin embargo, limitarse a gritar ‘¡Fascistas!’ no alcanza; cualquiera que esté en contra del racismo debe estar dispuesto a criticar la plataforma política del partido».

Hace siete años, Anders Hellström, un politólogo de la Universidad de Malmö, acuñó la expresión «pánico moral» para describir el reflejo de retroceso frente al ascenso de los Demócratas de Suecia, quienes con 5,7% de las bancas habían entonces logrado apenas superar el umbral de 4% necesario para lograr representación parlamentaria. Según Hellström, los partidos tradicionales no han podido dar una respuesta política al manifiesto partidario ni analizar por qué los votantes optaron por ellos. En cambio, prefirieron demonizar a los Demócratas de Suecia y ponerse en el lugar de la «buena gente», sin dejar nada para aquellos atrapados en el medio.

La vecina Dinamarca muestra en qué medida este tipo de enfoque de «blanco o negro» puede de hecho ayudar a la extrema derecha a acumular apoyo. Por muchos años, el Partido Popular Danés (Dansk Folkeparti, DF) fue considerado tabú; hoy, es el segundo mayor partido en el Parlamento y tolera a un gobierno conservador de minoría. «El DF es una fuerza poderosa cuyas ideas son adoptadas por otros partidos», dice Etzold. Y hay que agregar que no solo por los partidos de centro derecha, sino también por los Socialdemócratas daneses. De hecho, ambos partidos se han vuelto muy similares en los últimos años, tanto en su retórica como en sus políticas.

Bajo Helle Thorning-Schmidt, los Socialdemócratas daneses participaron en las elecciones de 2015 con el siguiente eslógan: «Si vienes a Dinamarca, tienes que trabajar». Ni siquiera «Podrás trabajar», o algo positivo como «Todos deberían tener acceso al Estado de Bienestar, y la oportunidad de financiarlo». No, los Socialdemócratas decidieron estigmatizar a los extranjeros, a quienes, por supuesto, no se les permitía votar, lo que hacía aún más absurdo que la campaña electoral los interpelara directamente. Con Mette Frederiksen actualmente al mando, los Socialdemócratas y el DF han desarrollado lazos personales tan cercanos que la cooperación parlamentaria entre ambos partidos ya no es impensable.

Esto demuestra lo ingenuo que es asumir que los votantes van a desencantarse con los partidos de la derecha dura a medida que estos crezcan en influencia o accedan al gobierno. En Noruega, por ejemplo, el Partido del Progreso (Fremskrittspartiet, FP) perdió efectivamente apoyo luego de entrar por primera vez en una coalición, pero solo por un tiempo; ahora está bien posicionado en las encuestas y cumple su segundo mandato en el gobierno. No obstante, la plataforma política y el estilo retórico del partido, así como sus antecedentes, están mucho más enraizados en el liberalismo que los del DF o, particularmente, los del SD.

Presentar una contraoferta convincente

El enfoque más sensato para explicar el ascenso de los Demócratas de Suecia sería examinar por qué los votantes se están alejando de los partidos tradicionales que compiten entre sí en un sistema democrático basado en reglas. En lugar de demonizar a los votantes que trasladan su adhesión a la extrema derecha, los partidos comprometidos con el orden democrático deben estar dispuestos a discutir las políticas radicales de derecha y a ser capaces de presentar una contrapropuesta convincente.

Sin embargo, deben hacerlo sin aceptar o adaptar posturas retóricas extremas, ya que al hacerlo pueden transformar el alarmismo en una profecía autocumplida: «La estigmatización de los extranjeros, tanto en términos de vocabulario como simbólicos, conduce a un clima de intolerancia creciente en el que los de afuera son considerados un problema, y en el que las cuestiones específicas reales creadas por la inmigración ya no se enfrentan», explica Knud Lindholm Lau, quien ha analizado el uso del lenguaje en la extrema derecha danesa. Toma como ejemplo a Inger Støjberg, la ministra danesa de Inmigración, Integración y Vivienda del supuestamente liberal partido Venstre (llamado «la Izquierda» por razones históricas): al anunciar por quincuagésima vez que se endurecerían las leyes de control de la inmigración, lo celebró con una gran torta de crema decorada con una bandera danesa y el número 50.

Si esto les recuerda la broma de mal gusto que el ministro del Interior alemán Horst Seehofer hizo recientemente –«Justo el día de mi sexagésimo noveno cumpleaños, 69 personas fueron deportadas a Afganistán. ¡No es que haya sido mi deseo de cumpleaños, por supuesto!»–, sobran los motivos.


Fuente: https://www.ips-journal.eu/topics/democracy/article/show/screaming-fascists-is-not-enough-2963/

Traducción: María Alejandra Cucchi

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