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Giro a la izquierda y regreso del populismo

El clima ideológico en América Latina ha cambiado. En algunos países donde existían partidos progresistas arraigados, esto ha posibilitado la llegada al gobierno de fuerzas de izquierda democrática. En otros, en cambio, ha tomado la forma de populismo. La Venezuela de Hugo Chávez es el caso más notable del regreso del populismo en su forma tradicional redistribuidora. El artículo argumenta que, con una visión exagerada de su protagonismo regional y apoyado en las rentas del gas y del petróleo, Chávez corre el riesgo de convertirse en un elemento desestabilizador que proyecte la polarización de la sociedad venezolana al resto de América Latina.

Giro a la izquierda y regreso del populismo

El Consenso de Washington hace agua

A partir de 1998, bajo el impacto de dos choques externos –la crisis asiática y la bancarrota rusa– el dinamismo que había caracterizado a las economías de América Latina en los primeros años de la década del 90 –con la excepción de las consecuencias del «efecto tequila» en México, Argentina y Uruguay en 1995– dio paso a un cierto estancamiento. Aunque en 2000 la región alcanzó 3,8% de crecimiento y recuperó el resultado de 1996, la tónica general en el cambio de siglo fue la de un «lustro perdido», en expresión del entonces secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), José Antonio Ocampo.La gravedad de la crisis de la deuda había extendido a finales de los 80 –la «década perdida»– la idea de que era imprescindible cambiar el modelo económico, en la medida en que el anterior, el modelo proteccionista centrado en la intervención y el gasto público, no solo había dejado de funcionar, sino que parecía crecientemente inviable. Por ello, el giro radical que suponían las reformas estructurales fue ganando aceptación, respaldado por la fuerza de los hechos. Y hasta 1997 el crecimiento había generado cierto optimismo sobre el resultado de esas reformas, codificadas en el llamado «Consenso de Washington». Pero el nuevo estancamiento de la economía hizo que el optimismo se disipara. Los costos sociales de la crisis de la deuda y de las reformas posteriores, que la continuidad del crecimiento económico debería haber restañado, no solo se hicieron más patentes, sino que se agravaron. Tras la disminución de la pobreza y la indigencia que se había producido entre 1990 y 1997, en 2002 ambos indicadores volvieron a crecer hasta 44% y 19,4%, respectivamente. De esa manera se extendió la percepción de que el Consenso de Washington no era capaz de cumplir sus promesas.

La elite política y económica comenzó a discutir la necesidad de una segunda generación de reformas, y a finales de 1999 una conferencia organizada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre el tema planteó, como era inevitable, la vulnerabilidad del nuevo modelo a los choques financieros externos, origen de los nuevos problemas de la región. Además, se redescubrió la importancia de las instituciones como marco imprescindible para el buen funcionamiento de los mercados. Por esta vía regresó a la agenda política el papel del Estado en la sociedad y la economía, y se hizo evidente que en América Latina había existido una desmesurada presencia del Estado y, a la vez, un escandaloso déficit de Estado.

La crisis económica y política en Argentina, en diciembre de 2001, marcó probablemente el fin del Consenso de Washington. El FMI había presentado durante demasiado tiempo a este país como el mejor ejemplo del nuevo modelo económico, y la convertibilidad arrastró en su colapso la credibilidad de esta institución y de los organismos multilaterales. Lo que no deja de ser paradójico, si se tiene en cuenta que la convertibilidad no formaba parte del decálogo de Washington, y que muchos de los que defendían las reformas habían señalado sus graves riesgos al menos desde 1996.

La victoria de Luiz Inácio «Lula» da Silva en las elecciones presidenciales de 2002 fue otro momento decisivo en el giro de la región hacia posiciones hostiles a las ideas neoliberales. Hay una nueva paradoja en ello, pues la política económica brasileña ha mantenido un control plenamente ortodoxo de la estabilidad monetaria, en clara contradicción con las críticas que el Partido de los Trabajadores (PT), desde la oposición, había formulado contra la gestión de Fernando Henrique Cardoso. Pero simbólicamente la elección de Lula, como la derrota de Carlos Menem frente a Néstor Kirchner en Argentina en 2003, fue la señal del cambio de clima político e ideológico en la región.

Se ha acuñado así, desde entonces, la idea de un giro a la izquierda en América Latina. Y, más allá de la valoración que se pueda hacer de los diferentes líderes y de sus programas, parece evidente que el triunfo de Tabaré Vázquez en Uruguay, en 2004, de Evo Morales en Bolivia, en 2005, y los de Michelle Bachelet en Chile y Alan García en Perú, en 2006, configuran una tendencia regional y no pueden considerarse simples coincidencias, aunque a la vez existan excepciones a esa tendencia tan notables como la reelección de Álvaro Uribe en Colombia. Sin embargo, dentro de los gobiernos que podemos considerar de izquierda existe una llamativa divergencia en el discurso político, en la postura respecto al proceso de globalización y en la interpretación de las instituciones democráticas y sus reglas de juego. La única coincidencia explícita es el hincapié en la política social y en la búsqueda de un modelo económico que no solo produzca crecimiento, sino también resultados sociales: creación de empleo, mejora de la educación y la salud, reducción de la pobreza y la indigencia. El giro a la izquierda está, por lo tanto, muy lejos de configurar hoy un modelo económico alternativo al Consenso de Washington.

Existe sin embargo otra coincidencia, más notable en un momento en que los gobiernos de Venezuela, Argentina y Bolivia son calificados con bastante frecuencia de populistas. Aunque el gobierno de Morales está aún en sus comienzos, tanto el de Chávez como el de Kirchner han demostrado ya una marcada preocupación por la estabilidad monetaria, que no permite encasillarlos en lo que Rudiger Dornbusch y Sebastian Edwards llamaron «populismo macroeconómico». Uno de los principios fundamentales del Consenso de Washington, la estabilidad macroeconómica y monetaria, parece haberse incorporado al sentido común y a la práctica de los gobiernos que más critican el neoliberalismo de los años 90.

¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo?

Si no estamos de nuevo ante un populismo económico caracterizado por la irresponsabilidad fiscal, ¿de qué hablamos cuando hablamos de populismo? Hay un primer sentido en el que se podría hablar de «discurso populista». Este discurso denuncia a la elite política anterior y al conjunto de los partidos políticos tradicionales como traidores a los intereses populares, para presentar a los nuevos gobernantes como verdaderos representantes de esos intereses. Y por ello pide el máximo respaldo social para evitar que la oposición bloquee la acción del gobierno desde las instituciones democráticas. Parece evidente que Chávez y Morales comparten ese discurso, y que Kirchner no tuvo más que navegar en la corriente desatada por la crisis política de finales de 2001 y la consigna «que se vayan todos». Pero también es obvio que ese discurso tiene antecedentes muy próximos en los estilos de liderazgo de Menem y Alberto Fujimori. El nuevo discurso populista no sería más que una edición actualizada de lo que Guillermo O’Donnell llamó «democracia delegativa». En nombre de los intereses populares, el gobernante reclama poderes excepcionales y trata de escapar al control de las «viejas» instituciones. Hay, sin embargo, una diferencia sustancial. El populismo de Menem y Fujimori trataba de realizar una agenda económica neoliberal, combinándola con políticas sociales clientelares para obtener a la vez el apoyo del empresariado, las clases medias y las clases populares. El «nuevo populismo» que preocupa a los observadores no comparte esa agenda neoliberal, aunque mantenga el principio de responsabilidad fiscal. Por el contrario, hace gala de un agresivo nacionalismo y de un estilo confrontacional con los inversores extranjeros, sean empresarios o simples ahorristas. Curiosamente, solo Chávez, cuyo triunfo electoral en 1998 puede considerarse el origen del nuevo populismo, ha centrado su estilo confrontacional en los empresarios nacionales. Parece lógico pensar, en este sentido, que lo que ha cambiado en los últimos años es el clima ideológico, por decirlo de alguna manera. El Consenso de Washington ha perdido gran parte de su credibilidad y se ha producido una reacción en contra de las ideas que lo respaldaban, de lo que podríamos llamar el «paradigma neoliberal». Este cambio de clima ha favorecido a los candidatos de izquierda –como Lula, Tabaré o Bachelet– en aquellos lugares en los que estas opciones existían y tenían credibilidad como alternativas de gobierno.