Opinión

La inseguridad de la guerra contra las drogas La violencia aumenta en Filipinas al ritmo de la guerra contra el narco

La cruzada filipina contra los narcotraficantes hace que la seguridad disminuya.

La inseguridad de la guerra contra las drogas / La violencia aumenta en Filipinas al ritmo de la guerra contra el narco

Entre el 1 de julio y el 19 de agosto de 2016, la policía de Filipinas mató –según lo informado por su jefe, Ronald de la Rosa– a 712 personas. En el mismo lapso fueron asesinadas por desconocidos otras 1.067. Se supone que los victimarios son escuadrones de la muerte y que las víctimas son presuntos adictos y traficantes de drogas. 80% de los asesinados fueron hallados con carteles que los sindicaban como traficantes.

De la Rosa, que brindó esta información en una audiencia del Senado filipino el 22 de agosto y actualizó la cantidad de asesinados el día siguiente con 137 más, fue nombrado jefe de policía de Filipinas por el presidente, Rodrigo Duterte. Duterte fue elegido presidente el 9 de mayo de 2016 por una clara mayoría de votos y asumió en su cargo el 30 de junio. Una de sus promesas de campaña fue declararle la guerra a la narcocriminalidad.

El presidente, quien antes fue fiscal, se desempeñó también y durante más de 20 años como alcalde de la importante ciudad de Davao, en el sur del país. Durante su mandato, supuestos escuadrones de la muerte asesinaron a unos 1.700 narcotraficantes y criminales. El ahora presidente se jactó expresamente de ello en la campaña electoral, al tiempo que hacía notar las bajas tasas de criminalidad de Davao en comparación con el resto del país. Mientras fue alcalde, De la Rosa fue también jefe de policía de esa ciudad.

Indudablemente, el problema de las drogas –se trata generalmente de metanfetaminas («shabú»)– ha crecido en los últimos años, a punto tal que, según algunos, puede hablarse de un verdadero descontrol. Se estima que entre 60% y 80% de todos los crímenes del país se vinculan a las drogas. Según el jefe de policía, de un total de 104 millones de habitantes, consumen drogas ilegales 3,7 millones.

Más de 10.000 detenciones

Según afirman fuentes policiales, después de la declaración de guerra a las drogas y de la amenaza concreta a quienes «trafican con la muerte», se entregaron a las autoridades 660.000 personas y fueron apresadas otras 10.153. La población «recibe con alegría y respalda» la política antidrogas del gobierno, dice De la Rosa.

En julio, la tasa de criminalidad retrocedió 31% en comparación con igual mes del año anterior, afirma el jefe de policía. Los observadores adjudican estos resultados a la gran presencia de uniformados en la vía pública. Sin embargo, advierten que el énfasis en el combate contra las drogas ha generado un descuido policial ante delitos menos importantes, como los robos. Los homicidios y asesinatos han aumentado un 56%. Se trata de un proceso que causa preocupación.

De la Rosa declaró que el objetivo no es matar narcotraficantes y drogadictos. Las personas asesinadas –dice– atacaron a policías para evitar se aprehendidos y la policía solo reaccionó. Si hubiese indicios de comportamientos inadecuados por parte de los agentes, serán investigados, sigue De la Rosa. Pero esto es dudoso. De la Rosa admite que hay policías criminales. Señala que 11 de ellos han muerto en razzias, 130 fueron declarados consumidores tras habérseles practicado un test de drogas y 20 fueron detenidos. El mismo Duterte ha reconocido que mientras ejerció el cargo de fiscal se fabricaron «pruebas» para poder denunciar a personas.

Asesinatos por lista

La política de ejecuciones en la guerra antidrogas puede usarse como excusa para asesinar por otros motivos. Según los medios, han sido asesinadas personas que estaban al tanto de los enredos ilegales de la policía. Asimismo, diversos informes demuestran que la policía ejecutó a ciudadanos que se habían entregado voluntariamente. Además, se afirma que habría facilitado los nombres y direcciones para «listas de asesinatos». Y las listas de narcotraficantes oficialmente elaboradas por el gobierno y la policía resultaron ser erróneas. En ellas había, por ejemplo, nombres de personas que habían muerto hacía tiempo o confusiones de personas.

Con la ola actual de asesinatos, ocurre exactamente lo que Duterte –con su lenguaje provocador y tosco, que a muchos les recuerda al candidato a presidente de Estados Unidos, Donald Trump– había anunciado durante la campaña electoral como una suerte de «venganza del hombre común». Es por ello que nadie puede estar realmente sorprendido. Al contrario, los electores de Duterte pueden alegrarse de que sus palabras fueron seguidas por hechos coherentes.

En las siete semanas que mediaron entre la victoria de Duterte y su asunción, la cantidad de presuntos narcotraficantes asesinados aumentó. Evidentemente, los escuadrones de la muerte se sintieron estimulados por su triunfo. No pocos filipinos ven en esto una medicina que, si bien tiene gusto amargo, sería el mal menor en comparación con la narcocriminalidad.

Los filipinos tienen una historia de conflictos sociales violentos y de problemáticas vinculadas a la posesión de armas legales e ilegales. La pobreza, otro signo característico del país, no ha mermado a pesar del crecimiento económico experimentado durante el mandato del anterior presidente, Benigno Aquino III. La sociedad civil, sin embargo, es activa. Sobre todo, después de la experiencia de la corrupta dictadura de Ferdinand Marcos (1972-1986), de su pacífica superación y del regreso a la democracia liberal. Pero el sistema político, que muchos califican como una «democracia de elites», es dominado por tradicionales clanes familiares y algunos personajes mediáticos. La ciudadanía, que no encuentra posibilidades reales de participación, manifiesta una postura cínica hacia él. Es que a pesar de las muchas iniciativas progresistas, hay reformas políticas y sociales fundamentales que no se han implementado.

Tal como lo demuestran los éxitos electorales de la familia Marcos –el hijo del fallecido dictador estuvo a punto de ser elegido vicepresidente en mayo de 2016–, los tiempos del autoritarismo son idealizados por muchos. También el populista Duterte prometió un liderazgo fuerte. Frente a problemas complejos como la narcocriminalidad, ofrece soluciones supuestamente sencillas. Nunca ha ocultado a nadie su admiración por Marcos.