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Feminismos: una revolución que Marx no se pierde

La relación entre el marxismo y el feminismo ha sido abordada al menos desde dos lógicas: la del amor romántico y la de la supuesta ceguera de Karl Marx sobre la cuestión de género. La celebración del bicentenario de su nacimiento ofrece una oportunidad de revisar esas figuras y explorar nuevas lecturas de un vínculo de indudable productividad. Es necesario, para eso, sortear los reduccionismos que acechan a ambas tradiciones (marxista y feminista).

Feminismos: una revolución que Marx no se pierde

En el centenario del nacimiento de Karl Marx, Antonio Gramsci renegaba de la celebración del gran pensador como mesías o como pastor. «Nuestro Marx», decía, es demasiado grande para reducir sus ideas a una parábola o sintetizar su obra en un credo de ocasión1. Su afán no está lejos del de Michel Foucault, que propuso un Marx lector revolucionario que, junto con Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche, fundaría una nueva discursividad para Occidente2. Ambos buscan sustraer a Marx de las lecturas acotadas, parciales, tranquilizadoras, y restituyen cierta noción de totalidad o, al menos, de impacto general e ineludible en el modo en que se interpreta el mundo contemporáneo.

Bastante distinto parece el paisaje del bicentenario; aun sin pretender hacer una evaluación exhaustiva, se observa en las conmemoraciones un Marx puesto en relación con un sinfín de temas específicos. El paroxismo de esa tendencia se evidencia en la cantidad de mesas y paneles que, desde hace algún tiempo, suman intervenciones del tipo: «Marx y las mujeres», «Marx y el feminismo», «Marx y el género» o, sin vacilación, «Marx y la Mujer». En el peor de los casos, suena a una suerte de cupo temático. Mujeres específicas en mesas específicas hablamos de cuestiones, en apariencia, muy específicas. Invitaciones que pueden ser genuinas o, apenas, pruebas de la necesidad de mostrarse a tono con una vanguardia hecha de feminismos, movimientos de mujeres y activismos lgbtiq.

En el mejor de los casos esa cuota, sugerida en tan escuetos títulos, permite entrever muchos y diversos Marx. El marido de la abnegada Jenny, compañera del derrotero del exilio y la miseria. El obstinado en una empresa revolucionaria que estaba siempre por encima de su familia. El que, aun pecando de anacronismo, bien merecería la acusación de homofóbico. Aquel que hizo teoría sobre la situación de la mujer en términos antropológicos, históricos y políticos. Y también ese Marx que acompañó el crecimiento de tres hijas políticas y escritoras y que, cuando eso no era nada común, tomaba en serio la pregunta de una mujer (es sabido que le llevó muchos borradores responder a Vera Zasúlich sobre la viabilidad de una revolución en la atrasada Rusia zarista). Si, en esas ocasiones, se evita el error común de tomar el «género» como un sinónimo del término «mujer», puede asomar el Marx que nace varón, con su poderío y sus limitaciones. Primogénito tras la muerte de su hermano. El novio joven que elige a una mujer un poco mayor. El decidido escritor que disputa a otros varones el liderazgo y la toma de la palabra. El proveedor irregular y endeudado. El padre que procrea dentro y fuera del matrimonio. El viejo y las enfermedades que fragmentan su obra siempre inconclusa.

Los socialistas entre quienes Marx y Engels forjaron el Manifiesto comunista no eran ajenos al ideario de la emancipación de la mujer que recorría Europa. Quienes a fines del siglo xix pasaron la cuestión en limpio fueron August Bebel y Friedrich Engels, responsables de legar al mundo esas biblias infaltables en las bibliotecas socialistas y anarquistas: La mujer y el socialismo y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Ambos siguen premisas rectoras del propio Marx desperdigadas en textos publicados y en notas inéditas. Es, tal vez, esa falta de análisis sistemático lo que inspira la conocida sentencia de que Marx fue «ciego al género». Tal veredicto resulta muy poco afortunado por varias razones. En principio, supone pensar que algo como «el género» estaba allí, disponible, a la vista, como una mesa. Desconoce el laborioso proceso de producción teórica feminista que elaboró el concepto a lo largo del siglo siguiente. Tanto como olvida lo mejor del autor: el intenso trabajo teórico que va de una simple mesa a esas páginas maravillosas sobre el fetichismo de la mercancía. Mucho más que una colección de temas o problemáticas, Marx es una máquina lectora, una potencia crítica. Otra pregunta recurrente por estos tiempos: ¿cómo lo leyeron las mujeres? Sin entrar en finísimas disquisiciones sobre esencias o singularidades históricas, a ese interrogante debería contraponerse de inmediato otro: ¿cómo leyeron los varones a Marx? Me dirán (y hay muchos especialistas) que los hombres lo interpretaron en claves muy diversas, en comunión o en disputa con ideas previas, en tensión y en camaradería con otros lectores, a contrapelo, siguiendo una corriente o reinventándolo. Del mismo modo, todo eso hicieron las mujeres lectoras de Marx. Las reconocidas no son tantas, como no son tantas las intelectuales célebres ni las que llegaron a los panteones de las izquierdas (todavía queda mucho por hacer en cuanto a reconstrucciones biográficas y revoluciones de cánones); sin embargo, sabemos que tomaron múltiples caminos. Para hacer un recorrido veloz, dentro de los partidos socialistas y comunistas siguieron, a grandes rasgos, los mandamientos de Bebel y Engels: la subordinación es histórica, las obreras necesitan organizarse, la mujer debe librarse del trabajo doméstico, la revolución emancipará a la mujer, etc. Pero, como resulta que hay mucho más bajo el sol Marx que lo que socialdemócratas y comunistas supieron convertir en manual, hubo mujeres que prestaron atención a lo que Marx hace, lo vieron ver la mesa y por eso en distintos contextos históricos, con mayor fuerza en los años setenta, lo tomaron de las barbas y entonces sí, a la par de otros feminismos no marxistas, tradujeron la dominación patriarcal en teorías, en conceptos, en revoluciones personales, en prácticas políticas.

Por fuera del «matrimonio»

Con esta pretensión de contrariar fórmulas persistentes, pasemos a revisar esa figura según la cual marxismo y feminismo (en ese orden) habrían atravesado todo el arco de relaciones de pareja. En innumerables intervenciones se cuentan noviazgos, coqueteos de ocasión, matrimonios felices y fallidos, divorcios escandalosos, abandonos, infidelidades y tiernas reconciliaciones. Esas imágenes suponen entidades que podrían lograr una fusión perfecta, del tipo que promete el reencuentro de una naranja partida al medio. Desde esa perspectiva, el marxismo carecería de algo que el feminismo puede ofrecerle y viceversa. En la versión más llana, uno aportaría el análisis de «clase» y el otro, el de «género». Basta con que se crucen, es decir, se encuentren en una intersección. Si bien esos cruces han deparado varios resultados productivos, es vital explorar por fuera del imaginario dictado por el amor romántico en pos de resistir el embate de los reduccionismos que acechan a ambas tradiciones. En un artículo en el que evalúa la relación de la obra de Marx con el pensamiento utópico, Fredric Jameson enuncia de una manera muy clara su potente maniobra desmitificadora de la naturaleza humana, operación que no se distancia, precisa el autor, de las propuestas constructivistas y antiesencialistas más cercanas en el tiempo que descartan una esencia humana preexistente: «dado que la naturaleza humana es histórica y no natural, dado que es un producto de los seres humanos y no está inscrita de manera innata en los genes o en el adn, los seres humanos pueden cambiarla, es decir, no es una condena o un destino, sino, por el contrario, el resultado de la praxis humana»3.

Una autora como Silvia Federici encuentra en esa luminosa aportación de Marx una de las claves de recuperación de su legado por parte del feminismo. En tanto método histórico materialista, habría colaborado en demostrar que las identidades y jerarquías de género son construcciones sociales dinámicas y trastocables4. Sin embargo, es tan indudable que Marx desmontó de manera radical la supuesta naturaleza eterna de lo humano, como encontrar ese mismo gesto en las precursoras del feminismo. Las mujeres que bregaban por superar la subordinación a la que se encontraban sometidas se veían en la obligación de discutir una «naturaleza» fija e inamovible según la cual no estaban capacitadas para la vida pública. En consonancia con lo más disruptivo de la filosofía de la Ilustración, denunciaban un destino «natural» que, en rigor, se había forjado al calor de las costumbres, las normas y los credos durante siglos. En sus proclamas, la exigencia de educación para las mujeres era más que un pedido de participar de los saberes del mundo; fue, sobre todo, una herramienta para demostrar la posibilidad de una mujer nueva y una transformación cultural radical que sacara a la humanidad del oscurantismo. Olympe de Gouges leída por Mary Wollstonecraft, leída a su vez por Flora Tristán y Emma Goldman. Un hilo de argumentación que pasa por Virginia Woolf y llega hasta Simone de Beauvoir, por nombrar solo algunos eslabones insignes. Laboriosas picapedreras de esa mina de falacias que es la «naturaleza humana». Topos que horadan el suelo tranquilo del Occidente varonil, tanto como aquel viejo topo de la revolución que esperanzaba a Marx.

Esos y otros nombres casi desconocidos nos permitirían ofrecer una lectura de Marx de mayor contacto con el siglo que lo vio nacer. No como consorte de un feminismo que busca el mejor candidato, sino a contrapunto con sus contemporáneas. Abrir, por ejemplo, esa cita celebratoria que habría dedicado a Tristán –«precursora de altos ideales nobles»– y sopesar su aporte al marxismo con la misma dedicación con que se revisa el legado de los llamados socialismos utópicos. Sin dudas, surgiría una autora menos canónica, más matizada, lúcida en su vocación temprana de unir a obreros y obreras del mundo. Y también surgiría otro Marx (que como los espectros de Derrida, son legión) menos ciego, más polifónico, en diálogo con uno de los temas centrales de su época. Eso implicaría no solo releer los textos conocidos, sino recorrer otros poco transitados, como se ha hecho gracias a la reciente traducción al castellano de los artículos que componen el volumen Acerca del suicidio5. No, por supuesto, para sumarse a esos concursos de quién fue más pionero, sino para sacarle brillo al filo crítico del feminismo. Porque si Marx, Freud y Nietzsche son maestros de la sospecha –como los caracterizó Paul Ricoeur– o fundadores de discursividad –como los entronizó Michel Foucault– es, en parte, porque estaban en debate amable o belicoso con las maestras de la sospecha más insidiosa de aquellos tiempos: la de que la mitad de la humanidad quedaba al margen de eso que la modernidad estaba pariendo.

Esta manera de leer exigiría explorar textos perdidos y autoras que fueron doblemente marginadas, primero por los cánones hegemónicos masculinistas y heterocentrados y, después, por la selectiva recuperación e instauración de unas pocas célebres que se reeditaron. También invita a revisitar a las canonizadas con actitud reflexiva y no condescendiente, con la confianza en la fortaleza que supo conseguir la crítica feminista. De un modo similar, leer a Marx hoy, no como novio ataviado para la ocasión, sino como interlocutor todavía presente, implica aceptar el juego mismo de interpretaciones que no lo dejarán nunca impoluto ni intacto. Por estos días, paredes de barrio y muros virtuales están advirtiendo: «Eso que llaman amor es trabajo no pago». Afín espíritu revelador a aquella otra advertencia de Marx: «Eso que llaman una mesa son relaciones sociales». Ese Marx transmutado circula por muchas vías, a través de caminos que no terminan en la academia y que se internan en los barrios y los movimientos populares. La misma Federici, a quien puede atribuirse el sentido de la frase, deambula en carne y hueso o en forma de libros y fotocopias por las más diversas geografías locales. Las materialistas francesas circulan en cuadernillos de confección casera, mientras que las exitosas reediciones de textos de Marx conviven con las lecturas incontrolables que depara el ciberespacio. No será el Marx más ajustado a la exigencia de la historia intelectual o al purismo del militante, pero con sus ecos hace honor a esa tesis que pide a la filosofía menos devaneo teórico y más compromiso con la transformación. Aunque, en apariencia, no estarán esos retazos de marxismo tirando abajo grandes estructuras, sí acompañan una revolución de la subjetividad que, lejos del hombre nuevo, continúa poniendo en jaque la tan mentada universalidad de lo humano.

Al mismo tiempo, este Marx desmañado, leído en fragmentos (como en fragmentos se dio a conocer su escritura), es un buen antídoto contra las versiones liberales del feminismo, aquellas que pueden enarbolar una cara reivindicación como el aborto legal y, a la vez, pugnar por compartir la cima con el compañero burgués. Porque así como podemos distinguir varios Marx, el feminismo devino múltiple. Sin embargo, habrá que conjurar la falsa tranquilidad que da el plural y fortalecer la variante que esté a la altura de los tiempos. No será, por cierto, el consabido feminismo liberal, ni aquel que no tiene dudas sobre la Mujer como categoría trascendente y esencial. Será, con su propia diversidad, esa parte del feminismo que se atrevió a discutir el sujeto de su emancipación (a fuerza de voces obreras, negras, lesbianas y periféricas), a deshacerlo en altísimas disquisiciones filosóficas, a volver a desarmarlo a la luz de la producción teórica trans, a torcer su segura identidad en las calderas de la teoría queer y, por supuesto, a acuñar y criticar y convertir el concepto de género en una categoría nunca detenida. De modo que, como afirma Sara Ahmed: «cuando ya no se dirige a una crítica del patriarcado ni está asegurado por las categorías de ‘mujer’ o ‘género’ es cuando el feminismo está haciendo su trabajo más ‘movilizador’». Y es por eso que: «La pérdida del objeto, más que su creación, es lo que permite que el feminismo se convierta en un movimiento, en tanto que abre posibilidades de acción que no están limitadas por aquello en contra de lo cual luchamos en el presente»6.

Aguda lección para las izquierdas marxistas, por lo menos aquellas urgidas porque el sujeto político por excelencia –el proletariado, la clase– sufre una irreversible inestabilidad estructural y política. La teoría feminista ofrece una cantera de críticas y estrategias de la cual aprender, en lugar de procurar un conveniente y sereno matrimonio en el que algunos todavía se sueñan maridos a cargo.

Marx con frutas y verduras

Una de los numerosas actividades dedicadas al bicentenario en Buenos Aires, Marx nace7, dispuso un programa que recorrió varios textos de Marx desde múltiples lenguajes y perspectivas. Entre los escritos menos conocidos, la Columna Durruti leyó en clave performática Escorpión y Félix, novela satírica inconclusa de un muy joven e insolente Marx8. Por turnos, un actor y una actriz leían ante un busto de arcilla fresca que iba recibiendo primero suaves y luego furiosas incrustaciones de frutas y verduras. La cara más reconocida del filósofo, con su pelo largo y su barba densa, se deformaba con cada banana o melón aplastados contra la masa blanda, al ritmo de algunas carcajadas que provocaba su texto burlón. Vegetal y colorido, el acto culminaba con un prócer de Giuseppe Arcimboldo un poco vejado por los dos fervientes y ya semidesnudos lectores que brincaban a horcajadas sobre su nariz. A pesar de que el humor iconoclasta era evidente, las risas sonaban algo quebradas, como si el público no se sintiera del todo seguro de su reacción. El clima de la sala era de alta expectación: ¿qué, qué más harán con ese rostro que ya lleva una zanahoria por cuerno? ¿cuántos cachetazos toleran esa masa plástica y nuestro apego a ese perfil barbudo? ¿es posible reír mientras me salpican los jugos de esta destrucción?

Más allá de estos salvoconductos con los que el arte jaquea la solemnidad del pensamiento político, la reflexión en torno de la herencia marxiana no suele estar ligada al humor o a la risa. Al contrario, priman los sentimientos negativos y más bien oscuros. Tras la caída del Muro de Berlín, símbolo del cierre de la experiencia de las sociedades no capitalistas, proliferaron esperables evaluaciones ligadas al fracaso y la derrota. Incluso esas emociones embargan la crítica, ya sea que se analicen o se intente superarlas. Por caso, un libro que pone gran parte de la producción teórica crítica contemporánea en perspectiva histórica abre con un primer capítulo de inicio contundente: «Todo comienza con una derrota»9. Si bien las conclusiones de su autor, Razmig Keucheyan, buscan resaltar las tareas pendientes para un futuro de transformación social radical, no dejan de estar bajo el espíritu de la afirmación de Perry Anderson que toma como epígrafe: «la derrota es una experiencia dolorosa que uno siempre tiene la tentación de sublimar».

Esta propuesta apunta, sin embargo, a religar la teoría crítica contemporánea con su pasado teórico y político (aunque alcanzaron mayor estado público tras 1989), tanto como a conectarla con acontecimientos que renovaron la crítica social y política (como las protestas en Seattle contra la Organización Mundial del Comercio en 1999 o el Primer Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001). En cierto modo, se procura resignificar el sentido de la derrota y, sobre todo, puntear algunas tareas en vistas a un futuro de cambio social. Ahora bien, a las que se enumeran en las conclusiones –la cuestión estratégica en interacción con los movimientos políticos y sociales, la cuestión ecológica, mayor atención a los pensamientos críticos por fuera de los centros geográficos hegemónicos– se podría sumar una dimensión que el autor señala sin profundizar: una insistente reflexión teórica en torno de la producción de la subjetividad, sin desdeñar una evaluación política de las modalidades subjetivas neoliberales. Pocas tradiciones han acumulado tanta reflexión en ese sentido como los feminismos; una crítica radical de izquierda no puede prescindir de ella, así como tampoco excusarse en su indiferencia por considerar que se trata de un aporte parcial o «de género». Si algo puede recuperarse en estos tiempos de fragmentación y departamentalizaciones es la apuesta general y totalizante de la crítica y la utopía feministas.

En otro intento por repasar la memoria de la historia de las izquierdas, Enzo Traverso propone examinar el carácter de las derrotas y la vitalidad del duelo de las revoluciones que no fueron10. Esa línea que alcanza, entre otros nombres, a Rosa Luxemburgo y, por supuesto, a Walter Benjamin, puede enlazar de manera muy productiva con las elaboraciones feministas en torno de la pérdida, la melancolía y el poder paradojal de lo débil. Contra el efecto paralizante de la derrota y la frustración, bien vale la efervescencia feminista. Movimiento que no desdeña ni el dolor ni la rabia, pero que está mucho menos enamorado de los recios y masculinos relatos de la gran gesta, de la toma de palacios o de las estratagemas militares que resultan amargos cuando no terminan en triunfo. Numerosas son las plumas y activistas feministas y queer que han sabido explorar otros frentes de batallas, valorar otros laureles y especular sobre la potencialidad de los sentimientos negativos y las distopías11.

En suma, «como mujeres», hemos hecho de todo con Marx y sin él, hasta decir que no somos mujeres y convocar a una revolución de lo humano. Esa transformación está en marcha y Marx no se la pierde. Porque el panorama mundial y un contexto local de recrudecimiento de las políticas neoliberales –con su estela de envilecimiento de la democracia, pobreza y represión– claman por nuevas lecturas. Hay que medir los riesgos, puede resultar un Marx de góndola de supermercado, expuesto como una opción ideológica más. En ese caso, volvamos a su gesto adusto, no está dispuesto a la «revolución de la alegría» que hoy prometen algunas derechas latinoamericanas. No era un conciliador, ni un tipo amable. No estaba contento. Las feministas que leemos a Marx, tampoco.

  • 1.

    A. Gramsci: «Nuestro Marx», 1918. Hay una traducción disponible en https://gramscilatinoamerica.wordpress.com/2018/03/14/nuestro-marx/.

  • 2.

    M. Foucault: Nietzsche, Freud, Marx, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1995.

  • 3.

    F. Jameson: «La política de la utopía» en New Left Review No 25, 2004.

  • 4.

    S. Federici: El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Traficantes de Sueños, Madrid, 2018.

  • 5.

    K. Marx: Acerca del suicidio, Las Cuarenta, Buenos Aires, 2012.

  • 6.

    S. Ahmed: La política cultural de las emociones, PUEG, Ciudad de México, 2015, pp. 267-268.

  • 7.

    Este artículo retoma algunos pasajes de mi intervención en la mesa que compartí con Emilio de Ípola y Horacio Tarcus en el marco de Marx nace, en el Teatro Nacional Cervantes (Buenos Aires, 7 de abril de 2018), del que participaron el Instituto Goethe y la Fundación Rosa Luxemburgo.

  • 8.

    La «lectura performático-iconoclasta-archimboldeana» fue realizada por Emilio García Wehbi y Maricel Álvarez, con la asistencia de Martín Antuña.

  • 9.

    R. Keucheyan: Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Siglo Veintiuno, Madrid, 2013.

  • 10.

    E. Traverso: Mélancolie de gauche. La force d’une tradition cachée (XIXE-XXIE Siècle), La Découverte, París, 2016; «Memoria del futuro. Sobre la melancolía de izquierda» en Nueva Sociedad No 268, 3-4/2017, disponible en www.nuso.org.

  • 11.

    Procuramos establecer algunas de esas conexiones en el seminario de posgrado que dictamos con Nayla Vacarezza: «Izquierdas, feminismos y otros proyectos apasionados. Herramientas teóricas y controversias políticas» (Cedinci/Unsam, 2018).