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Feminismo y neoliberalismo en América Latina

¿Es aplicable a las realidades materiales y culturales de América Latina la hipótesis planteada por Nancy Fraser sobre una afinidad electiva entre el feminismo contemporáneo y el neoliberalismo? En diálogo crítico con esta hipótesis, este artículo analiza los cambiantes significados de las estrategias de liberación y la lucha por la autonomía de las mujeres en una época de economía de libre mercado y oenegización. Al mismo tiempo, busca captar las especificidades culturales de los feminismos latinoamericanos, así como ponderar su afinidad con los proyectos neoliberales.

Feminismo y neoliberalismo en América Latina

Nota: este artículo fue publicado originalmente en New Left Review No 96, 1-2/2016.

Los legados feministas están siendo sometidos hoy a un examen creciente en muchas partes del mundo1. En Reino Unido, un informe reciente plantea si la justicia de género no habrá sido hasta ahora un mero «relato de progreso de las clases medias», en el que los avances en los estratos superiores han estado unidos a una indiferencia hacia las dificultades experimentadas por la mayoría de las mujeres2. En América Latina, África y buena parte del sur y el sureste de Asia, los ambiguos avances en los objetivos de las mujeres parecen inadecuados ante la devastación provocada por los programas de ajuste estructural. Hay, más en concreto, una creciente preocupación por la convergencia entre ciertas formas de feminismo y los objetivos del capitalismo neoliberal. Hester Eisenstein fue una de las primeras en analizar lo que describió como la «relación peligrosa» exis­tente entre el capitalismo contemporáneo y un feminismo liberal ahora dominante. Nancy Fraser ha sugerido que la segunda ola del feminismo ha aportado «inadvertidamente» un ingrediente clave al nuevo espíritu del capitalismo neoliberal, al dejar a un lado las cuestiones de igualdad material y redistribución política y económica para favorecer las luchas por el reconocimiento de la identidad y la diferencia. En una respuesta a Fraser, Meg Luxton y Joan Sangster señalan también al feminismo liberal, no al feminismo de segunda ola en general, sosteniendo que su compatibilidad con el neoliberalismo no se basa en una «afinidad sub­terránea» entre los dos, como ha sugerido Fraser, sino que es explícita y estructural3.

Este trabajo explora la problemática del feminismo y del neoliberalismo en el contexto de las formas de capitalismo realmente existentes –historizadas y culturalmente específicas– y toma como objeto de investigación las experiencias propias del feminismo latinoamericano. El despliegue del desarrollo capitalista y la difusión de las ideas feministas no son procesos evidentes en sí mismos, cuyos resultados puedan darse por sentados, como implícitamente asumía el debate hasta ahora. Si bien ciertas tendencias generales pueden basarse en la lógica del capitalismo contemporáneo, esto no justifica un enfoque idéntico para todos. Las dinámicas distintivas del capitalismo neoliberal se desarrollan en contextos sociales históricamente determinados y generan una multi­plicidad de formas localizadas que, a su vez, han experimentado su propia evolución contradictoria, pasando de articulaciones experimentales a otras consolidadas o maduras y afrontando por el camino diferentes procesos de protesta. De modo similar, adoptar una explicación simple y difusio­nista del avance feminista oculta la pluralidad de las experiencias de las mujeres y sirve para entorpecer una potencial teoría feminista crítica para nuestro tiempo. En estas páginas exploraré, por lo tanto, si la explicación de Fraser, en particular, se adecúa a este marco, tomando mi investigación en Chile como point d’appui empírico.

¿Un modelo universal?

El argumento planteado por Fraser en «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia» se basa en una triple periodización: la época de posguerra, la de la «sociedad capitalista organizada por el Estado»; una época neoliberal, desde la década de 1980 hasta 2008 y, esperemos, una nueva era poscrisis, que conocerá una renovada radicalización. Este esquema, subraya Fraser, no solo es aplicable a los Estados de Bienestar for­distas de los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde), sino también a los Estados desarrollistas ex-coloniales de lo que entonces se denominaba el «Tercer Mundo», cuyo objetivo era «propulsar el crecimiento económico nacional mediante políticas de sustitución de importaciones, inversión en infraes­tructuras, nacionalización de sectores industriales clave y gasto público en educación»4. El feminismo de segunda ola, sostiene Fraser, emergió de la nueva izquierda antiimperialista y del fermento mundial contra la Guerra de Vietnam a finales de la década de 1960 como un reto a la naturaleza de este capitalismo «organizado por el Estado», dominado por hombres. Durante este periodo, el movimiento feminista apuntó a cuatro dimensiones interrelacionadas del orden social domi­nante: su «economicismo», o la ceguera ante las formas de injusticia no distributivas (familiares, sexuales, racializadas); su androcentrismo, estructurado por la división del trabajo por sexos, el salario familiar y la desvalorización del trabajo de cuidados; su étatisme burocrático, cues­tionado en nombre de la democratización y el control popular; y, por último, su westfalianismo, que remite al orden interestatal existente. En todas estas dimensiones –sostiene Fraser–, el feminismo de segunda ola luchó por una transformación sistémica que fuese a un tiempo econó­mica, cultural y política; no pretendía simplemente sustituir el salario familiar por una familia con dos proveedores, sino revaluar los cuidados en función de un criterio igualitario; no quería liberar los mercados del control estatal, sino democratizar el Estado y el poder económico.

La principal razón por la que el feminismo de segunda ola, no obstante, acabó prosperando en la era del capitalismo neoliberal, a partir de la década de 1980 –sugiere Fraser–, es que estos objetivos fueron «resig­nificados». La crítica feminista al economicismo evolucionó hacia un hincapié sesgado en la cultura y la identidad, desligadas del anticapi­talismo; el ataque al concepto androcéntrico de varón proveedor fue asumido por la «nueva economía», que recibió de buen grado el tra­bajo remunerado de las mujeres, que permitía ampliar la tendencia hacia una mano de obra flexibilizada y de bajos salarios y normalizaba la familia con dos proveedores. La crítica del feminismo a la burocracia podía alinearse con el ataque neoliberal contra el Estado y la promoción de las organizaciones no gubernamentales (ong); su internacionalismo encajaba bien en la maquinaria de la «gobernanza planetaria», por dedicada que esta estuviese a la reestructuración neoliberal. Fraser no abordaba corrientes o prácticas feministas específicas, sino, por el contrario, el «giro sutil» en la valencia de las ideas feministas: en otro tiempo francamente emancipadoras, bajo el neoliberalismo se habían «sobresaturado de ambigüedad» y hecho suscepti­bles de servir a las necesidades de legitimación del capitalismo.

¿En qué medida es este modelo aplicable a América Latina? En esta región, el Estado capitalista de la década de 1970 no fue la burocracia despolitizada que Fraser describe sino más a menudo una brutal dictadura militar, con una fuerte connotación de género y dirigida a erradicar físicamente a la oposición de izquierdas y a defender relaciones de propiedad rigu­rosamente desiguales. Los movimientos feministas de la década de 1970 emergieron en el transcurso de luchas revolucionarias contra regímenes fuertemente represivos: juntas militares detentaron el poder en Brasil desde 1964, en Bolivia desde 1971, en Uruguay y Chile desde 1973 y en Argentina desde 1976 e instituyeron dictaduras tecnocráticas que usaron la tortura, las desapariciones y el asesinato para eliminar a la izquierda, destruir los sindicatos y desmovilizar a la sociedad civil. Y el desarro­llismo latinoamericano de sustitución de importaciones tampoco fue nunca plenamente fordista; el salario familiar –varón proveedor, mujer encargada de la casa– siguió siendo privilegio de una diminuta minoría de trabajadores calificados, incluso en Argentina, México y Venezuela. En contraste con el «ama de casa» de posguerra típica de los países de la ocde, las latinoamericanas trabajaban en su mayoría –ya fuese en la tierra o como empleadas domésticas–, mientras las mujeres de la elite eran liberadas del trabajo doméstico por sus criadas. El desarrollismo fue incapaz –en buena medida, por la ausencia de una reforma agraria redistributiva– de mitigar la pobreza y la desigualdad que sustentaron la militancia de la década de 1960 en la región. Y esa militancia fue la que las dictaduras militares intentaron aplastar.

Una crítica obvia que se puede hacer a la explicación de Fraser es que el homogéneo «feminismo de segunda ola» al que ella alude nunca exis­tió; los movimientos de mujeres en la década de 1970 fueron siempre múltiples y a menudo estuvieron de hecho profundamente divididos5. La experiencia de América Latina nos sugiere una imagen mucho más compleja. Los movimientos feministas que emergieron en la región no eran meramente imitativos de las experiencias estadounidenses; a menudo suponían reconfiguraciones de corrientes preexistentes –socialista, anarquista, católica, liberal– con tradiciones de activismo, investigación e intervenciones culturales que se retrotraían al siglo xix6.

América Latina es en sí, por supuesto, una abstracción, una abreviatura de una enorme variedad de experiencias y tendencias subregionales. Pero si bien los nuevos movimientos estuvieron modelados por la hetero­génea composición social y cultural de los diferentes países, también desarrollaron características y dinámicas compartidas. Una importante capa de feministas procedía de los movimientos revolucionarios que habían surgido en la década de 1960 como respuesta a la desigualdad económica y a las intervenciones imperialistas de Estados Unidos, con la Revolución Cubana, sin duda, como inspiración fundamental. Estos gru­pos atrajeron a una nueva generación de mujeres muy preparadas, que no se contentaban con ser colaboradoras de los revolucionarios varones. Si bien las mujeres siguieron siendo una minoría como miembros formales de los partidos comunistas y otras organizaciones militantes, participaron activamente en una amplia gama de actividades. Estas jóvenes militantes de la izquierda revolucionaria se convirtieron en «las fervientes feministas de la década de 1970»7, que a menudo asumieron una «doble militancia», activa tanto en partidos de izquierda como en grupos de mujeres.

Pero quizá igualmente importante en el largo plazo fue el significativo aumento del activismo católico. Las narrativas feministas latinoameri­canistas insisten en gran medida en hacer una interpretación laica del activismo de las mujeres, pero la historia de movilización social del continente deja claro que el pensamiento y la práctica católicos fue­ron significativos desde finales de la década de 1950. Ello asumió su forma más radical en la Teología de la Liberación, que influyó en una nueva generación de católicos laicos, así como en monjas y sacerdotes jóvenes. Los llamamientos a la acción en nombre de los pobres efectua­dos en la Conferencia Episcopal de 1968 en Medellín hablaban de la educación popular como herramienta para el cambio y de la «concientización» como medio de liberación, y pedían «el despertar y la organización de los sectores populares de la sociedad» para exigir proyectos socia­les8. A pesar de todas sus contradicciones, esta demostraría ser una dimensión importante para la solidaridad entre clases, en especial en las movilizaciones sociales de los movimientos indígenas. Mucho más que en Europa y Norteamérica, la agitación feminista en América Latina durante este periodo se caracterizó por la integración de activistas inte­lectuales y de clase media en las luchas por los derechos básicos y la igualdad, bajo regímenes represivos. A las feministas socialistas y radi­cales se les unieron las «feministas populares», mujeres pertenecientes a la clase obrera presentes en asociaciones eclesiásticas o vecinales, que se organizaban contra las dictaduras.

La enseñanza alfabetizadora y la pedagogía autoemancipadora populari­zadas por el educador brasileño Paulo Freire influyeron enormemente en el trabajo solidario de las feministas latinoamericanas de esta época, al igual que en la izquierda militante más en general y, de hecho, en la Teología de la Liberación. Los movimientos activistas adaptaron las meto­dologías de educación popular crítica y las combinaron con un programa feminista básico –entre cuyas cuestiones podrían incluirse la sexuali­dad de las mujeres, el derecho, las relaciones padres-hijos, el desarrollo personal– para usarlas en el trabajo educativo con las mujeres de las áreas urbanas y rurales pobres. Las técnicas pedagógicas de Freire se convertirían de hecho en la lingua franca para los proyectos de desarrollo de género emprendidos por las ong feministas en la década de 1980; y siguen siendo utilizadas en toda la región para llegar a las mujeres de zonas rurales, incluidas las de comunidades indígenas. En 1981 las feministas latinoamericanas establecieron una red continental de edu­cación popular, la Red de Educación Popular entre Mujeres de América Latina y el Caribe (Repem), dedicada al progreso social, político y econó­mico de las mujeres mediante la pedagogía crítica.

Fraser sostiene que la división del trabajo por sexos, en el lugar de tra­bajo remunerado y en el hogar, era el principal blanco de las feministas en la década de 1970, tanto en el Norte como en el Sur. Quizá la idea más importante para el feminismo latinoamericano, sin embargo, fuese la de la autonomía personal, tanto material como psicológica. El escritor Carlos Monsiváis aludía a este concepto clave del léxico feminista lati­noamericano cuando declaró que «la tesis del feminismo está presente en la conducta de las mujeres» de México9.

La autonomía era una noción crucial, tanto en los talleres destinados a promover la conciencia feminista y el desarrollo personal entre las mujeres pobres y de clase trabajadora que surgieron en todo el conti­nente en las décadas de 1970 y 1980, como en los debates planteados en las reuniones nacionales y regionales, los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe, organizados con regularidad desde 198110. El discurso allí elaborado se centraba en el llamamiento a que las mujeres se convirtiesen en actores autónomos por derecho propio, que lograran «ser para sí mismas», liberadas de las formas de feminidad centradas en la maternidad que las reducían a «ser para otros» y las encerraban en una función subordinada. Estas posiciones iban asociadas a una nueva militancia feminista comprometida, que emergió del activismo feminista de las mujeres de izquierdas. Pero la crítica a la maternidad como principal impedimento para la autonomía de las mujeres –el hincapié en crear un espacio propio, no solo física sino también emocional y psicológica­mente, rompiendo con la feminidad tradicional–, presentado en general por feministas jóvenes con formación universitaria, iba en contra de las posiciones maternalistas adoptadas por los grupos eclesiásticos, que a menudo movilizaban a las mujeres en cuanto madres. Para muchas mujeres negras e indígenas, asimismo, la maternidad seguiría cons­tituyendo un importante espacio para efectuar reivindicaciones. «Las mujeres de Chiapas no queremos seguir dando hijos ni para alimentar ejércitos, ni para justificar la violencia y las guerras (…). Tampoco quere­mos seguir proporcionando fuerza de trabajo barata para las empresas neoliberales», declaraba un encuentro de 500 mujeres en San Cristóbal de las Casas11.

Las prácticas feministas latinoamericanas siguieron así entrelazadas con las relaciones sociales jerárquicas, y la solidaridad adoptó a menudo la forma de una relación pedagógica en la que las activistas con educación formal buscaban ayudar a otras mujeres a alcanzar su propia autonomía. Inevitablemente, esto corría el riesgo de reproducir desigualdades estructurales de raza y clase, y los conflictos entre las diversas tendencias feministas estuvie­ron presentes desde el comienzo, al igual que los intentos de visibilizar las exclusiones racistas y clasistas del movimiento. En el Encuentro Feminista organizado en Lima en 1983, mujeres indígenas y afrodescen­dientes organizaron un taller sobre racismo que exigió introducir esta cuestión en todos los encuentros posteriores. Cuando la cuestión racial se dejó a un lado, en el encuentro organizado en El Salvador en 1993, las mujeres indígenas y negras lucharon por volver a situarla en la agenda del Encuentro de Cartagena, Chile, de 1996, con un taller sobre «El lado oscuro y discriminado del feminismo en el ser y hacer feminista» que introdujo con fuerza su voz en el debate12. En otras palabras, los feminismos latinoamericanos estuvieron siempre marcados por las dinámicas sociales, políticas y económicas de la región en general. Estos fueron los contex­tos en los que tomaron forma las relaciones, a menudo contradictorias, con las ideas feministas del Norte.

El neoliberalismo del Sur

¿Y qué se puede decir respecto a la segunda fase del argumento de Fraser, las metamorfosis del feminismo bajo el neoliberalismo? Fraser distingue entre las aplicaciones del neoliberalismo en el Primer Mundo y en el Tercer Mundo, con estas últimas «impuestas a punta de deuda» a medida que las instituciones financieras internacionales obligaban a cumplir los planes de ajuste estructural, instando a los Estados a ven­der activos y reducir el gasto público. Chile, por supuesto, siguió una senda diferente, por tratarse del laboratorio de los primeros experi­mentos neoliberales durante la dictadura militar de Augusto Pinochet; a partir de entonces el modelo se extendió de la extrema derecha a los gobier­nos nacionalistas –en Bolivia, el programa del Fondo Monetario Internacional (fmi) fue aplicado en la década de 1980 por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr), líder en 1952 de la revolución popular que nacionalizó las minas– y a los de centroizquierda13. Crucialmente, en países como Brasil y Argentina las políticas neoliberales fueron aplicadas por los regímenes posdicta­toriales. Esta simultánea transición al neoliberalismo y a la democracia liberal en la mayor parte de América Latina tuvo un claro significado político: la victoria de la democratización, por la que la izquierda había luchado, señaló también la derrota de las alternativas de izquierda a las relaciones sociales capitalistas. En esto influyeron tanto la geopolítica de la región –en particular, las intervenciones directas e indirectas de eeuu– como el triunfo global de Occidente en la Guerra Fría y el hundimiento del socialismo real, que condujo más en general a una pérdida de legitimidad o factibilidad para el imaginario poscapitalista. Fue este el contexto en el que la emancipación de las mujeres pasó a considerarse en función de su participación en el mercado. Porque, como señala Fraser, el feminismo ha prosperado en la era del neo­liberalismo; ha pasado de ser «un movimiento contracultural radical» a convertirse en «un fenómeno social de masas», que transforma opiniones sociales y remodela las percepciones predominantes sobre la familia, el trabajo y la dignidad14. El neoliberalismo ha sido, de hecho, un fenómeno con profundas connotaciones de género. La participación de las mujeres en la economía remunerada en cifras históricamente insólitas ha sido fun­damental en las estrategias de flexibilización laboral. Las mujeres han sido también el objetivo de los renovados esfuerzos reguladores de las normas de género por parte del Estado, dirigidos a «preparar» para la empleabili­dad a aquellas que no están aún en el mercado laboral y convertirlas en una reserva de potenciales trabajadoras. Los legados feministas han destacado en estas políticas. Ambos extremos del espectro, como indica Fraser, están inscritos en la «aventura feminista»: En un extremo, los cuadros femeninos de las clases medias profesionales, decididos a romper el techo de cristal; en el otro, las temporeras, las trabajadoras a tiempo parcial, las empleadas de servicios con bajos salarios, las empleadas domésticas, las trabajadoras del sexo, las migrantes, las maquiladoras y las solicitantes de microcréditos, que no solo buscan rentas y seguridad material, sino también dignidad, avance y liberación frente a la autoridad tradicional. En ambos extremos, el sueño de la emancipación de las mujeres va atado al motor de la acumulación capitalista.15

¿Cómo y por qué se enredaron las feministas en el proyecto del neolibe­ralismo? De acuerdo con Fraser, el ascenso del neoliberalismo cambió drásticamente el terreno en el que operaba el feminismo; el efecto fue el de «resignificar» los ideales feministas, un término tomado de Judith Butler16. Aspiraciones que habían tenido una clara carga emancipadora asumieron en la era neoliberal un significado más ambiguo; adoptaron una nueva valencia. Esto coincide mucho con la experiencia latinoame­ricana. En especial, el concepto feminista clave de autonomía material y psicológica de las mujeres, realizado mediante prácticas pedagógicas de empoderamiento, desempeña ahora en América Latina una función crucial en el proyecto cultural del neoliberalismo. Se ha integrado en los programas sociales para pobres dirigidos por las burocracias estatales y sus ong subcontratadas17. El desarrollo personal es, de hecho, un requi­sito de formación explícito en los programas chilenos y colombianos contra la pobreza, cuyo objetivo es promover una nueva identidad feme­nina cuestionando una subjetividad en apariencia pasiva, equiparada a una permanente orientación hacia los demás, por ejemplo, como madres o amas de casa. Esta institucionalización de la búsqueda de autonomía –o «empoderamiento»– feminista ha creado sin duda un nuevo espacio para las mujeres, aunque también las ha atrapado en nuevas relaciones de opresión y a menudo de explotación. La autonomía proporcionada por el modelo neoliberal de familia con dos salarios y trabajo «flexible» tiene sus costos: la emancipación sirve para alimentar el motor de la acumulación capitalista, como señala Fraser, mientras que el trabajo de cuidados sigue recayendo en gran medida en las mujeres18.

Esa expectativa se integra en los programas de «transferencias mone­tarias condicionadas» de la región, mecanismos contra la pobreza supuestamente dirigidos a las «familias», pero que realmente se cen­tran en las mujeres. Bajo los auspicios de Bolsa Família en Brasil, Oportunidades en México o Programa Puente y Chile Solidario en Chile, las mujeres reciben ayudas en efectivo con la condición de que garanticen que sus familias cumplen con los requisitos establecidos por el programa en áreas como la escolarización, la atención sanitaria y la empleabilidad19. Como los planes de microcrédito que los acompañan, estos programas de transferencias monetarias condicionadas apelan al sentido de la «responsabilidad» de las mujeres –tanto a su sobriedad presupuestaria como, respaldándola, a la preocupación general por el bienestar emo­cional y material de sus familias y hogares–, a pesar de que la carga de trabajo de las mujeres se ha intensificado20. En cuanto técnicas para «conducir la conducta», asocian los deseos de autonomía y autotrans­formación de las mujeres a lo que Jacques Donzelot ha denominado la «responsabilización» de la sociedad, bajo el nuevo imperativo del empo­deramiento femenino. Lo novedoso es que el riesgo social se transfiere directamente a las mujeres que viven en condiciones precarias, girando en torno del llamamiento a la emancipación femenina.

El lenguaje de reivindicación se ha transformado así en herramienta de regulación: «autonomía» e «igualdad» se redefinen ahora mediante un discurso liberal de derechos individuales que se centra en el empode­ramiento a través del mercado y en el que las mujeres son impulsadas a implicarse más como productoras, prestatarias y consumidoras. Esta exigencia de responsabilidad es, al mismo tiempo, contradictoria: el llamamiento a las mujeres en cuanto individuos autónomos en la ciuda­danía liberal va unido a las suposiciones tradicionales sobre su función de madres: la expectativa de que no solo sigan responsabilizándose del bienestar de sus familias, sino también de que asuman la carga añadida de supervisar la buena integración social de los marginados económi­cos y lleven a la familia a un viaje de automejoramiento. Dadas las verdaderas condiciones de intensificación de la precariedad económica y social, estos programas contra la pobreza sensibles al género, que se justifican en términos de autoempoderamiento e inclusión, operan también en la práctica como mecanismos de exclusión. La «responsabilización» de las mujeres, en particular en América Latina, ha ido de la mano de un drástico aumento de la criminalización de la pobreza –y de la pobreza masculina en especial– a través de la policía y los tribunales y de los siste­mas carcelarios crecientemente privatizados. Los hombres expulsados por la reestructuración del capitalismo son blanco desproporcionado de estrategias de contención coercitivas21. De nuevo Chile es ejemplar porque tiene uno de los niveles de encarcelamiento más elevados de la región en relación con la población total, con un nuevo sistema de cár­celes privadas construidas durante los gobiernos de la Concertación de los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

¿Agentes?

Lo que falta en la interpretación que Fraser hace de la resignificación de los ideales feministas en el neoliberalismo, sin embargo, es un concepto de agencia política. Su estudio se basa primordialmente en el modo pasivo: el feminismo (singular) ha «sido recuperado» por el neolibera­lismo, o «atraído a» un vínculo con él, o «es instrumentalizado» para legitimar la mercantilización y la reducción del Estado22. Pero el ascenso de un feminismo institucionalizado supuso no solo la transformación de ideas, sino también el movimiento activo de cuerpos, prácticas y discursos, desde los espacios de la oposición política a los organismos de gobierno, incluidos los centros de investigación y los grupos de análisis con ten­dencia política. Estos procesos no se restringieron, ni mucho menos, a América Latina, aunque el fenómeno fue allí muy visible. La década de 1990 contempló en la región la consolidación de un «feminismo de lo posible», que enlazó una política de mujeres liberal y pragmática con la agenda más en general de la democratización cautelosa, que operaba dentro de los límites establecidos por las relaciones capitalistas locales e internacionales. Este giro, potenciado por programas de modernización institucional neoliberal generosamente financiados, permitió a algunas mujeres convertirse en voces dominantes del feminismo y en interlocu­toras legítimas de los organismos gubernamentales y transnacionales, mientras otras quedaban marginadas o silenciadas. Determinó quiénes se convertirían en intermediarias en los esfuerzos de la Organización de las Naciones Unidas (onu) para promover una agenda transnacional de igualdad de las mujeres, basada en el despliegue del género como un concepto técnico y enmarcada en el lenguaje de los derechos humanos liberales. Ayudó a definir quié­nes serían las ganadoras y quiénes las perdedoras en la transformación, que Sonia Alvarez ha descrito como la oenegización de los feminismos lati­noamericanos23, un proceso en el que activistas convertidas en burócratas aplicaron sus conocimientos feministas a la experiencia política, mientras sus hasta entonces hermanas más pobres eran alistadas como clientes de programas sociales que las clasifican como sujetos empoderados de derechos a los que deben acceder en el mercado.

Así, en Chile, por ejemplo, la Oficina Municipal para las Mujeres denegó una subvención a una propuesta de talleres para mujeres organizados por grupos vecinales de La Granja (un suburbio obrero en la periferia sur de Santiago) porque las participantes carecían de calificación pro­fesional. Desde la década de 1990 ha habido puertas giratorias entre las oficinas del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), ong bien establecidas y departamentos de estudios de género en las universidades, todos los cuales compiten a menudo por las subvenciones de ayuda exterior fuertemente condicio­nadas que el gobierno asigna a proyectos sociales relacionados con el género, diseñados para aliviar la miseria creada por sus propias políti­cas neoliberales24. En la nueva democracia, estos proyectos han hecho hincapié en los «resultados» medibles, no en la concientización general. Las ganadoras han sido aquellas que pudieron demostrar un conoci­miento especializado, en beneficio de los donantes extranjeros (agencias de ayuda escandinavas, fundaciones estadounidenses, institutos de parti­dos alemanes, ong internacionales con sede en Reino Unido, etc.). Las perdedoras han sido las activistas obreras carentes de habilidades o credenciales para redactar proyectos; es posible que las mujeres de los barrios más pobres, las denominadas «poblaciones», desconociesen incluso su existencia.

En línea con las exigencias de los donantes, los proyectos del Sernam estaban estrictamente dirigidos a grupos de mujeres específicos; daban prioridad a las familias encabezadas por la madre o empleadas por cuenta propia, por ejemplo, y causaban en consecuencia tensiones e indignación entre las excluidas. En lugar de crear espacios colectivos en los que las mujeres pudiesen articular sus propias exigencias –como intentó hacer el movimiento feminista autónomo durante la dictadura–, estos proyectos de desa­rrollo de género institucionalizados tendían a tratar a las mujeres como individuos aislados, con problemas que pueden resolverse mediante formas de clientelización diferencial. En los pasados 25 años de política social sensible al género, este patrón de exclusión y clienteli­zación se ha afianzado. No se trata solo de ideales feministas que están siendo «resignificados», sino también de feministas profesionales, que buscan activamente el patrocinio de los poderes neoliberales.

Disputa

Mientras que Fraser sugiere que el movimiento de las mujeres cambió en bloque hacia posiciones neoliberales, el ascenso de este «feminismo de lo posible» en América Latina fue duramente criticado en los sucesi­vos encuentros regionales, como lo señalan Alejandra Restrepo y Ximena Bustamante. En el Encuentro Feminista organizado en 1993 en El Salvador se produjeron fuertes divisiones en relación con de las propuestas de la ocde para financiar la asistencia de los países en vías de desarrollo a la Conferencia Mundial sobre la Mujer que la onu organizaría en Pekín en 1995. Muchas se opusieron drásticamente a la propuesta de que los burócratas de Usaid determinasen y financiasen cinco grupos de ong para que actuasen como entidades locales de México, Centroamérica, los países andinos, Brasil y el Cono Sur, con el foco centrado en el tema denominado «violencia y participación política». La coordinadora de las ­regionales nombrada por la onu para la conferencia de Pekín –donde recibiría un premio Unifem– sostenía que las feministas deberían celebrar la oportunidad de modular los documentos gubernamentales y ser oídas en un influyente foro internacional. Otras alegaban que las latinoamericanas deberían reunirse democráticamente para seleccionar sus propios temas y representantes25­. Las discusiones entre feministas «autónomas» e «institucionalizadas» se intensificaron en el Encuentro Feminista de 1996 en Cartagena. En la reunión de 1999 en República Dominicana se produjeron acalorados debates sobre la oenegización y la financiación del Encuentro Feminista en sí (por Oxfam, Unifem, la Fundación Heinrich Böll y la Global Foundation, entre otros). Las feministas autónomas sostenían que el movimiento debería volver a sus raíces críticas y subversivas: «con la política de lo posible quizá ten­gamos un poder compartido, pero ese poder puede ser un espejismo». En Costa Rica, tres años después, la defensa de las maquilas por parte de la feminista dominicana Magaly Pineda, con el argumento de que ofrecían independencia económica a las mujeres, fue atacada de pleno por la tra­bajadora hondureña Daisy Flores: «Las maquilas son lugares de tortura y no significan una alternativa de trabajo digno para las mujeres». La declaración final del encuentro atacaba a los gobiernos «donantes» que simultáneamente libraban guerras e imponían políticas neoliberales que reforzaban un mundo de violencia y miseria­. Claramente, algunos valores de las feministas no habían sido resignificados26.

La crítica latinoamericana al «vínculo» del feminismo con el neolibera­lismo ciertamente es comparable con la de la anglosfera. Desde Brasil, Mary Garcia Castro señalaba hace más de una década que «el género y el feminismo han dejado de ser adversarios de las autoridades y se han vuelto temas preferidos, objeto de discursos, políticas y estadísticas ofi­ciales, cosas que huelen a autoritarismo y perversidad social en lo que a las condiciones de vida de los pobres y de la clase trabajadora se refiere»:

Cuando movimientos sociales que han sido conocidos por su espontanei­dad, flexibilidad y democracia y por la oportunidad que han proporcionado a la participación de base y a la acción directa se institucionalizan, no se convierten en un nuevo «Tercer Estado», un elemento de representación popular dentro de la estructura de poder existente. Pueden convertirse en tipos de poder, dependientes de la financiación aportada por organismos internacionales, que tienden a la rigidez burocrática y competidores entre sí. Como otras instituciones, son vulnerables a todos los vicios de las burocra­cias, incluido el uso de su poder para fines privados.27

Sonia Alvarez, antigua encargada de uno de los programas de la Fundación Ford en Río de Janeiro, ha analizado las presiones locales e internacionales que impiden a las ong feministas superar «los rígi­dos parámetros de las democracias realmente existentes en América Latina» y sostiene que el «género» se ha convertido en parte del léxico de la planificación técnica, en un indicador de «modernidad» y «desa­rrollo» neutral en lo que al poder se refiere, en lugar de ser un campo de relaciones desiguales entre mujeres y hombres cargado de poder. Maruja Barrig ha abordado un terreno similar en sus investigaciones sobre los «descontentos» del feminismo en América Latina. El traslado a los pasillos del poder –escribe acerca del feminismo pragmático en Perú– significó inevitablemente eliminar las críticas al capitalismo y a las desigualdades de cla­se28.

De manera más importante, quizá, las políticas meliorativas de la agenda feminista liberal en América Latina se han mostrado incapaces de cuestionar las crecientes diferencias por razones de clase y de raza entre las mujeres de la región. Los recientes avances capitalistas, en especial la creciente presencia de industrias extractivas y agroempresas, con sus devastadores efectos sobre las comunidades rurales y el medio ambiente, han exacerbado las divisiones entre los diferentes grupos de mujeres en la región y ampliado el abismo entre ganadoras y perde­doras. A medida que los efectos del capitalismo desposeedor se hacen sentir por igual en áreas rurales y urbanas, algunas voces han articulado desde los márgenes sociales sus propias visiones y planteado sus pro­pias exigencias. Para las feministas «populares», así como para muchas mujeres indígenas y de ascendencia africana, las exigencias de justicia de género derivan de la propia situación material. Sus luchas nunca han perdido de vista la crítica de la economía política. «No ignoramos que la pobreza y la violencia, que tanto han afectado nuestras condiciones de vida y nuestra dignidad de mujeres y de nuestras familias, se relacionan estre­chamente con la desestructuración de la economía campesina», escriben las feministas del Movimiento Independiente de Mujeres de Chiapas:

El creciente apoyo del gobierno a las inversiones extranjeras en la agroin­dustria, en la bioprospección, el turismo «ecológico», la industria petrolera y de la producción de energía eléctrica ha dañado a las mujeres aumen­tando la precariedad y el temor a ver afectada su existencia y la vida de sus familias por desalojos, expropiaciones, ventas forzadas (...).29

Esta política no puede incluirse en la noción planteada por Fraser de que el centro de las luchas feministas se trasladó de la redistribución al reco­nocimiento; y tampoco se corresponde, por cierto, con las categorías, en otro tiempo influyentes, de intereses feministas «prácticos» frente a los «estratégicos» planteadas por Maxine Molyneux30. El destino de los feminismos latinoamericanos en el siglo xxi no puede separarse de la dinámica más amplia que estructura las desigualdades sociales, econó­micas y raciales de la región. Un feminismo crítico renovado, capaz de contribuir a un proyecto emancipador más amplio, deberá emprender un examen que investigue la historia del feminismo liberal dominante en los pasados 25 años. Este es el contexto en el que necesi­tamos situar la inquietante convergencia entre los proyectos para la emancipación de las mujeres y el capitalismo neoliberal.

  • 1.

    Una versión anterior de este artículo se publicó con el título «Die Spezifik lateinamerikanischer Feminismen im Kontext neoliberaler Regulierung» en Das Argument vol. 308 No 3, 2014; en diciembre de 2013 se presentó un borrador en la Freie Universität de Berlín. Agradezco a Kathya Araujo, Debra Bergoffen, Tony Calcagno, Julia Roth, Ina Kerner, Pradeep Bandyopadhyay y Malcolm Blincow sus útiles comentarios a borradores previos.

  • 2.

    Tess Lanning: «Great Expectations: Exploring the Promises of Gender Equality», Institute for Public Policy Research, 31 de marzo de 2013.

  • 3.

    H. Eisenstein: «A Dangerous Liaison? Feminism and Corporate Globalization» en Science and Society vol. 69 No 3, 7/2005, y Feminism Seduced: How Global Elites Use Women’s Labour and Ideas to Exploit the World, Paradigm, Boulder, 2009; N. Fraser: «Feminism, Capitalism and the Cunning of History» en New Left Review No 56, 3-4/2009, incluido también en Fortunes of Feminism: From State-Managed Capitalism to Neoliberal Crisis, Verso, Londres, 2013 [hay edición en español: «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia» en New Left Review No 56, 5-6/2009; en la presente traducción se cita la edición de New Left Review en castellano]; M. Luxton y J. Sangster: «Feminism, Cooptation and the Problems of Amnesia: A Response to Nancy Fraser» en Socialist Register vol. 49, 2013, p. 289. En el mismo número de Socialist Register, Johanna Brenner y Nancy Holstrom ofrecen un estudio de algunas prácticas socia­listas-feministas contemporáneas en el artículo «Socialist-Feminist Strategy Today».

  • 4.

    N. Fraser: «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia», cit., p. 90.

  • 5.

    Ver M. Luxton y J. Sangster: ob. cit., pp. 293-294.

  • 6.

    Los primeros feminismos latinoamericanos variaban con la misma amplitud: el anarquismo era la principal influencia en México y Argentina, y los movi­mientos sufragistas, en Brasil y Chile. El primer congreso feminista regional se organizó en Buenos Aires en 1910. Ver Alejandra Restrepo y Ximena Bustamante: Diez encuentros feministas latinoamericanos y del Caribe. Apuntes para una historia en movimiento, El Grito de las Brujas, Ciudad de México, 2009, pp. 9-10.

  • 7.

    Francesca Miller: Latin American Women and the Search for Social Justice, University Press of New England, Hanover, 1991, pp. 145-148.

  • 8.

    Renato Poblete: «From Medellín to Puebla: Notes for Reflection» en Daniel Levine (ed.): Churches and Politics in Latin America, Sage Publications, Beverly Hills, 1979.

  • 9.

    Marta Lamas: Feminismo: transmisiones y retransmisiones, Taurus, Ciudad de México, 2006, p. 45.

  • 10.

    A. Restrepo y X. Bustamante: ob. cit., p. 15.

  • 11.

    Mercedes Olivera: «El movimiento independiente de mujeres de Chiapas y su lucha contra el neoliberalismo» en Nouvelles Questions Féministes: Revue Internationale Francophone vol. 24 No 2, edición especial en castellano: «Feminismos disidentes en América Latina y el Caribe», 2005, p. 106.

  • 12.

    A. Restrepo y X. Bustamante: ob. cit., pp. 19-20, 33 y 38. El taller de Cartagena analizó también las experiencias de las feministas lesbianas, un tema constante desde los primeros encuentros.

  • 13.

    Como observa Emir Sader, en países como Brasil, Uruguay y Argentina, partidos con raíces en movimientos sociales antineoliberales «han empezado a expre­sar resistencia al neoliberalismo en el campo político», pero «no han puesto en práctica políticas posneoliberales. Han permanecido dentro del modelo, atemperándolo con políticas sociales compensatorias» (E. Sader: «Post-Neoliberalism in Latin America» en Development Dialogue vol. 51, 1/2009, p. 177). La entrevista de Michael Fox a Yanahir Reyes («Women and Chavismo: An Interview with Yanahir Reyes» en nacla Report on the Americas, verano de 2013), aporta una meditada reflexión sobre las mujeres y el proceso bolivariano en Venezuela, sobre los continuos problemas de violencia y sexismo, a pesar de algunos avances jurídicos y sociales, y sobre el aumento de la autoestima de las mujeres. ­

  • 14.

    N. Fraser: «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia», cit., p. 96.

  • 15.

    Ibíd., p. 99.

  • 16.

    Ibíd., p. 96; v. tb. J. Butler: «Contingent Foundations» en Seyla Benhabib, J. Butler, Drucilla Cornell y N. Fraser: Feminist Contentions: A Philosophical Exchange, Routledge, Londres, 1994.

  • 17.

    Las técnicas pedagógicas de Freire siempre han sido una herramienta política­mente ambivalente, no solo usada en el trabajo solidario, sino asumida también por los gobiernos como parte de sus propios proyectos de integración social. Así, Freire fue contratado por el gobierno cristianodemócrata de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) en Chile para proporcionar apoyo técnico a su programa de reforma agraria.

  • 18.

    V. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud): Informe sobre desarrollo humano. El ascenso del Sur: Progreso humano en un mundo diverso, Naciones Unidas, Nueva York, 2013.

  • 19.

    En «La asistencia social en el siglo xxi» (en New Left Review No 84, 1-2/2014), Lena Lavinas ofrece un estudio crítico y comparativo de los tan celebrados programas de transferencias monetarias condicionadas en América Latina. Un reciente estudio de la ocde sobre Chile siembra dudas sobre la eficacia de las transferencias mone­tarias condicionadas, en comparación con las directas, para reducir los niveles de pobreza extrema: Estudios económicos de la ocde Chile, 2012, cap. 1.

  • 20.

    Sylvia Chant: «Re-thinking the ‘Feminization of Poverty’ in Relation to Aggregate Gender Indices» en Journal of Human Development vol. 7 No 2, 7/2006.

  • 21.

    V., por ejemplo, Markus-Michael Müller: «The Rise of the Penal State in Latin America» en Contemporary Justice Review vol. 15 No 1, 3/2012; Lucía Dammert y Mary Fran T. Malone: «Does It Take a Village? Policing Strategies and Fear of Crime in Latin America» en Latin American Policies and Society vol. 48 No 4, invierno de 2006; Paul Chevigny: «The Populism of Fear: Politics of Crime in the Americas» en Punishment and Society vol. 5 No 1, 2003.

  • 22.

    N. Fraser: «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia», pp. 100-102.

  • 23.

    S. Alvarez: «Advocating Feminism: The Latin American ngo boom» en International Feminist Journal of Politics vol. 1 No 2, 9/1999.

  • 24.

    El Sernam fue establecido en 1991 como organismo ministerial con delegaciones regionales y municipales. Los siguientes párrafos se basan en la investigación que he efectuado a lo largo de las pasadas tres décadas en organizaciones populares de mujeres en Santiago de Chile, donde he contemplado desde abajo, por así decirlo, la institucionalización del feminismo y la transforma­ción de discursos y prácticas de emancipación en recursos para la reestructuración neoliberal. Esta ubicación ofrece una perspectiva muy distinta del relato oficial sobre la necesaria evolución del feminismo hacia una búsqueda pragmática de la justicia de género; por el contrario, se hace visible un relato de inclusiones y exclusiones, de pérdida de voz y, sobre todo, de transformación de hermanas en clientes. Refleja también los cambios culturales y políticos del país más en general: un distanciamiento del pensamiento crítico y de los valores de solidaridad y colectividad, como ha señalado la escritora chilena Raquel Olea. Analizo con más detalle la trayectoria de la práctica feminista en Chile en «Empowering ‘Consumer Citizens’ or Governing Poor Female Subjects? The Institutionalization of ‘Self- Development’ in the Chilean Policy Field» en Journal of Consumer Culture vol. 7 No 2, 2007; y en «New Subjects of Rights? Women’s Movements and the Construction of Citizenship in the ‘New Democracies’» en S. Alvarez, Evelina Dagnino y Arturo Escobar (eds.): Cultures of Politics/Politics of Cultures. Re-Visioning Latin American Social Movements, Westview Press, Boulder, 1998.

  • 25.

    A. Restrepo y X. Bustamante: ob. cit., pp. 33-34. La coordinadora de la onu de las ong para América Latina y el Caribe, Virginia Vargas, adoptaría más tarde una posición más crítica. Esas evoluciones se sitúan fuera del alcance de la obra de Restrepo y Bustamante.

  • 26.

    Ibíd., pp. 37, 43, 45 y 49-50.

  • 27.

    M. Garcia Castro: «Engendering Powers in Neoliberal Times in Latin America: Reflections from the Left on Feminisms and Feminisms» en Latin American Perspectives vol. 28 No 6, 11/2001.

  • 28.

    S. Alvarez: ob. cit.; M. Barrig: «Los malestares del feminismo lati­noamericano: una nueva lectura» en Mujeres en Red, 2013, disponible en www.mujeresenred.net, y «La persistencia de la memoria: feminismo y Estado en el Perú de los 90» en Aldo Panfichi (ed.): Sociedad civil, esfera pública y democratización en América Latina: Andes y Cono Sur, fce, Ciudad de México, 2002.

  • 29.

    M. Olivera: ob. cit., pp. 111-112.

  • 30.

    N. Fraser: «El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia», cit., p. 97; M. Molyneux: «Mothers at the Service of the New Poverty Agenda: Progresa/Oportunidades, Mexico’s Conditional Transfer Programme» en Social Policy & Administration vol. 40 No 4, 8/1986.