Ensayo

Feminismo y descolonización. Notas para el debate

El gobierno boliviano ha incorporado una novedosa Unidad de Despatriarcalización a la institucionalidad estatal dependiente del no menos sorprendente Viceministerio de Descolonización. Pero aunque ello representa un avance hacia mayores posibilidades emancipatorias, este ensayo sostiene que la relación entre patriarcado y colonialidad es menos lineal de lo que el discurso oficial deja ver. Y que la idea de que la despatriarcalización es mera consecuencia de la descolonización –como se desprende de ciertos textos gubernamentales– puede limitar las posibilidades abiertas por la nueva Constitución.

Feminismo y descolonización. Notas para el debate

Vivimos tiempos de «des» y de «antis». Pese a que en gran parte de América Latina estamos transitando procesos de cambio político y social, aún no parece perfilarse una teoría o un discurso con nombre propio que dirija la práctica política hacia algún propósito común. Ello ocurre no solo en Bolivia sino en el resto del mundo, donde los movimientos sociales manifiestan su «indignación» frente a sinnúmero de motivos –con justas razones– e incluso se proclaman antineoliberales, antiimperialistas, antiautoritarios e incluso anticapitalistas, y un largo etcétera.

En Bolivia, al asumir la Presidencia Evo Morales en 2006, se inició un periodo con numerosas promesas de cambios profundos para el pueblo boliviano, en el marco de la llamada «revolución democrática y cultural». Bajo este nuevo clima de época se planteó el ambicioso objetivo de modificar la estructura del Estado desde los cimientos para construir una sociedad sin excluidos ni excluidas, con ciudadanía plena para todos y todas, particularmente para los pueblos indígenas, originarios y campesinos, con el fin de revertir las condiciones de exclusión, negación y subordinación a las que fueron sometidos desde la invasión colonial. La gestión gubernamental quedó marcada así por dos tareas gigantescas: la «descolonización» del Estado boliviano –a través de la Asamblea Constituyente– y la reversión de los efectos del neoliberalismo mediante la «recuperación» de los recursos naturales, en especial mediante la nacionalización de los hidrocarburos, decretada el 1 de mayo de 2006. Pero el proceso de «refundación» de Bolivia incluyó en su agenda un objetivo novedoso, y no menos ambicioso que los anteriores: la «despatriarcalización», para la cual se creó la Unidad de Despatriarcalización en el marco del Viceministerio de Descolonización puesto en marcha durante el gobierno de Morales.

Todavía no se sabe a ciencia cierta de qué trata en concreto la despatriarcalización tal como se la entiende desde el gobierno, pero queda claro que se articula con el ideario «des» aplicado a muchas otras cosas: desandar la historia nacional, deconstruir discursos, deshabitar un pasado que se presenta en cada calle, en cada esquina, en cada chacra donde moramos y desde donde proyectamos nuestras vidas. Por ello, cuando se trata de dar contenido y proyección a la propuesta de despatriarcalización, nada más pertinente que aproximarnos al concepto de patriarcado para entender sus horizontes de sentido.

Acerca del patriarcado

Actualmente, el patriarcado forma parte de la estructura de poder en todas las sociedades del planeta aunque, por cierto, no se expresa de la misma manera en todas las culturas. Quizás por el hecho de que la cultura occidental se ha expandido por todo el orbe a través de diversos procesos más o menos violentos (entre ellos, el de colonización), se encuentran en su tradición más antigua los sentidos y significados del patriarcado, lo que no implica que allá donde llegó no haya encontrado un ambiente propicio para arraigarse de forma definitiva.

La tradición aristotélica que «natu-raliza» el predominio masculino y que se imprime en el ámbito doméstico se sigue sosteniendo hasta nuestros días y con matices diferentes, pero hoy se expresa más en el ámbito simbólico y consuetudinario de las relaciones entre mujeres y hombres que en las normas jurídicas impuestas y consentidas de la sujeción. En cambio, la consideración del origen «natural» de la capacidad de mando de los hombres, que se extiende también al ámbito público, viene cediendo al impulso de los movimientos feministas del mundo entero: en nuestros días las mujeres gozan (al menos en las normas de las democracias de corte occidental) del estatus de ciudadanas de pleno derecho.

Aunque se sostiene sobre ese «sentido común» básico –la «natural» primacía masculina–, el patriarcado se resignifica permanentemente. En cada época y en cada lugar donde se establece adquiere las formas y condiciones que la sociedad le permite y se expresa en los múltiples sistemas y estructuras que constituyen una formación social dada: en las relaciones económicas y sociales, en los sistemas jurídicos, ideológicos y políticos que la sustentan, en las reglas no escritas de la convivencia humana, en las culturas que la expresan.

Ahora bien, cuando se disecciona con cuidado ese sentido «universal» del predominio masculino, se descubre enseguida que quien lo representa no es un «hombre cualquiera». El patriarcado imprime en los hombres un sentido de masculinidad expresado en mandatos específicos. Un «verdadero hombre» tiene el deber ser del guerrero, del sabio, del proveedor, del protector, debe tener vocación de poder y portar un falo imponente. En consecuencia, cuando de relaciones de poder se trata (en el ámbito público), resulta que no a todos los hombres les está dado ejercerlo; unos aparecen mejor dotados que otros para asumir tal condición y en la mayoría de ellos se descubre –al menos en apariencia– a un hombre adulto, heterosexual, económicamente «exitoso», socialmente dominante y políticamente poderoso. Esos atributos, que configuran la masculinidad dominante, son precisamente los que terminan enajenando al ser humano masculino para convertirlo en un patriarca que, aun cuando no alcance la gloria del poder en la sociedad, tendrá siempre en su propio hogar (en el ámbito privado) el espacio donde le estará permitido ejercer ese «don natural» al que hacíamos referencia. Ahí, el padre de familia es «por naturaleza» el jefe de familia, aquel por quien pasan –en última instancia– todas las decisiones, desde las más cotidianas y domésticas hasta las más trascendentales.

El patriarcalismo es, además, adultista y homofóbico, es constructor de jerarquías excluyentes, es guerrerista y autoritario, es negador de diferencias entre los seres humanos; en consecuencia, no afecta solo a las mujeres: se impone al conjunto de la sociedad donde se establece. Se trata, entonces, de una condición que funda, estructura y constituye las relaciones sociales, tanto en el ámbito público como en el privado. Por este motivo, cuando hablamos de patriarcado nos estamos refiriendo a una estructura de poder que atraviesa todas las fronteras, las sociales, las históricas, las territoriales y las simbólicas, y no a una característica específica de algún sistema político en particular o de alguna estrategia de dominación, como la del colonialismo.