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¿Europa se desintegra?

Hace una década y media, sin duda podía verse el horizonte de Europa con más optimismo que hoy. El «Brexit» fue un balde de agua fría para quienes buscan un continente más integrado y cooperativo. Pero ya antes emergieron problemas en la zona euro, en parte debido a un diseño inadecuado. Lo que se veía originalmente como una posibilidad de convergencia entre el centro y la periferia europeos no se concretó, el antieuropeísmo creció en el propio centro y la ola populista se desarrolló en varios países.

¿Europa se desintegra?

Si me hubieran sometido a congelación criogénica en enero de 2005, me habría ido a mi temporal descanso siendo un europeo feliz. Con la ampliación de la Unión Europea para incluir a varias democracias poscomunistas, el sueño de la «vuelta a Europa» que tenían mis amigos centroeuropeos en 1989 estaba convirtiéndose en realidad. Los Estados miembros habían acordado un tratado constitucional, al que se referían vagamente como la «Constitución europea». El proyecto sin precedentes de una unión monetaria de Europa parecía refutar el profundo escepticismo que yo y tantos otros habíamos expresado anteriormente1. Era increíble viajar sin restricciones de una punta a la otra del continente, sin controles fronterizos dentro de la zona cada vez más amplia formada por los Estados que adherían al Acuerdo de Schengen y con una única moneda en el bolsillo para usar en toda la eurozona.

Madrid, Varsovia, Atenas, Lisboa y Dublín parecían bañados por la luz del sol que entraba por las ventanas por primera vez abiertas de antiguos y oscuros palacios. La periferia de Europa convergía, en apariencia, con el núcleo histórico del continente: Alemania, los países del Benelux, Francia y el norte de Italia. Jóvenes españoles, griegos, polacos y portugueses hablaban con entusiasmo de las nuevas oportunidades que les ofrecía «Europa». Incluso Gran Bretaña, célebremente euroescéptica, abrazaba su futuro europeo bajo el gobierno del primer ministro Tony Blair. Y luego se produjo la Revolución Naranja en Ucrania, abiertamente proeuropea. Mientras observaba a la gente manifestarse pacíficamente en Kiev y agitar la bandera europea, con las estrellas amarillas sobre el fondo azul, podía tararear para mis adentros el himno europeo, la melodía de Beethoven para el Himno a la alegría2.

Si hubiera sido reanimado criogénicamente en enero de 2017, habría vuelto a morir al instante por el shock. Porque ahora, hasta donde alcanza la vista, todo es crisis y desintegración: la eurozona es crónicamente disfuncional, la soleada Atenas está sumida en la miseria, los jóvenes españoles con doctorados se ven obligados a trabajar como meseros en Londres o Berlín, los hijos de amigos portugueses buscan trabajo en Brasil o Angola y la periferia de Europa se está alejando del núcleo. No hay Constitución europea, ya que en 2005 fue rechazada en sendos referendos en Francia y los Países Bajos. La gloriosa libertad de movimiento para los jóvenes polacos y otros europeos del centro y del Este contribuyó en gran medida a los resultados de un referéndum impactante votado por mi propio país, Gran Bretaña, en favor de abandonar completamente la Unión Europea. Y en el trigésimo aniversario de 1989, el «Brexit» acarrea la posibilidad de que pierda mi ciudadanía europea.

Un joven héroe liberal de 1989, Viktor Orbán, es hoy un populista nacionalista que conduce a Hungría hacia el autoritarismo y que alaba de forma explícita el ejemplo «iliberal» de la China de Xi Jinping y la Rusia de Vladímir Putin. Se reimpusieron los controles fronterizos entre los países del espacio Schengen (desde luego, solo «temporalmente»), en respuesta a la marea de refugiados de Siria, Irak y Afganistán, regiones en las que la autodenominada «política exterior europea» probó ser poco más que cháchara. Y para coronar el conjunto, un valiente intento de completar la Revolución Naranja en Ucrania fue recompensado con la anexión unilateral y por la fuerza de Crimea por parte de Rusia, y con la intervención violenta que aún continúa en el este de Ucrania, acciones que evocan la Europa de 1939 antes que la de 1989. ¡Icabod! ¡Icabod! La gloria ha sido desterrada de nuestra casa europea.

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Este giro espectacular de la luz a la oscuridad plantea cuestiones interesantes sobre la periodización histórica y el modo en que los historiadores se ven influidos por la época en que escriben. Una de las mejores obras históricas sobre la Europa del siglo xx, La Europa negra de Mark Mazower, publicada por primera vez en 1998, es una excepción parcial, ya que fue escrita de forma consciente contra el liberalismo triunfalista de la década de 1990. Pero incluso Mazower concluía que «en comparación con otras épocas históricas y otras partes del mundo, hoy los habitantes del continente [Europa] disfrutan de una notable combinación de libertad individual, solidaridad social y paz».

Pocos historiadores podrían haber sido más escépticos que Tony Judt frente a los clichés autocomplacientes del europeísmo liberal. Él los diseccionó y cuestionó en una serie de conferencias publicadas originalmente en 1996 bajo el nombre de ¿Una gran ilusión? Aun así, Judt también cerraba el último capítulo de su magistral historia de Europa desde 1945, Postguerra, publicado en ese momento de aparente triunfo en 2005, con estas palabras claramente optimistas: «Pocos lo habrían podido predecir 60 años atrás, pero todavía es posible que el siglo xxi pertenezca a Europa».

Siempre tuve mis dudas sobre la periodización sugerida en el título de Judt, que implicaba que el periodo de «posguerra» se extendía desde 1945 hasta 2005. Los procesos de cada época tienen causas y consecuencias a plazos más largos que lo que indica cualquier límite temporal tajante, pero a mí me parece más adecuado fechar el periodo de posguerra desde 1945 hasta 1989, o como mucho hasta 1991, cuando colapsó la Unión Soviética.

La etapa de la historia europea posterior a la caída del Muro de Berlín en 1989 podría ser denominada, brevemente, como «posmuro». Pero entonces enfrentamos otra pregunta: ¿seguimos todavía en ese periodo? ¿O la era posmuro terminó durante mi imaginado sueño criogénico, en algún momento entre el pico de principios de 2005 y el piso actual? Los límites temporales siempre son polémicos, pero parece plausible sostener que la crisis financiera de 2008-2009, que empezó en Estados Unidos pero se extendió con rapidez a Europa, inició un nuevo periodo caracterizado por tres crisis más amplias: la del capitalismo, la de la democracia y la del proyecto de integración europea.

  • 1.

    Timothy Garton Ash: es profesor de Estudios Europeos, ocupa la cátedra Isaiah Berlin en el St. Antony’s College, Oxford, y es investigador emérito en la Hoover Institution, Stanford. Es autor, entre otras obras, de Historia del presente. Ensayos, relatos y crónicas de la Europa de los 90 (Tusquets, Barcelona, 2000). Su libro más reciente es Libertad de palabra. Diez principios para un mundo conectado (Tusquets, Barcelona, 2017).Palabras claves: democracia, integración, liberalismo, neoliberalismo, populismo, Europa.Nota: la versión original de este artículo en inglés se publicó en The New York Review of Books, 19/1/2017. © 2017 The New York Review of Books. Distribuido por The New York Times Syndicate. Traducción de Ignacio Barbeito. . V. mi dura advertencia sobre el impacto divisorio de la unión monetaria en «Europe’s Endangered Liberal Order» en Foreign Affairs, 3-4/1998, incluido en mi libro Historia del presente. Ensayos, retratos y crónicas de la Europa de los 90 (Tusquets, Barcelona, 2000).

  • 2.

    V. «El país me convocó» y «La Revolución Naranja en Ucrania» (coescrito con Timothy Snyder), en mi libro Los hechos son subversivos. Ideas y personajes para una década sin nombre (Tusquets, Barcelona, 2011). El último ensayo se publicó originalmente como «The Orange Revolution» en The New York Review of Books, 28/4/2005.