Tribuna global

Europa, crisis e inconformismo

El sueño de una Unión Europea quedó empañado bajo la sombra de las políticas de austeridad y el arraigo de corrientes populistas y nacionalistas. Los electores dejan de ver a Europa como una salvación y la perciben ahora como una amenaza para sus respectivas sociedades: como se vio en las elecciones de mayo pasado, Europa ya no es sinónimo de paz y prosperidad sino de miedo al desempleo, de pérdida de soberanía y de inseguridad cultural. Las dos corrientes que presiden los destinos de la ue, liberales-conservadores y socialdemócratas, atraviesan una zona de escasa legitimidad política. A ambas se las asocia con la austeridad y la transformación del modelo de Estado de Bienestar en Estado liberal regido únicamente por los imperativos del mercado.

Europa, crisis e inconformismo

Las elecciones para renovar el Parlamento Europeo que se celebraron entre el 22 y el 25 de mayo en los 28 países de la Unión Europea pusieron término a una de las eurolegislaturas más críticas, al tiempo que inauguraron otra marcada igualmente por el signo de una crisis doble: la financiera, que persiste pese a la retórica optimista, y la que se cierne sobre el proyecto de construcción europea tal y como quedó planteado luego del Tratado de Maastricht de Unión Europea del 7 de febrero de 1992, que consagró el euro como moneda común. La legislatura saliente es la que gestionó la crisis financiera que azotó a la zona euro desde 2007 y puso de rodillas a países como Grecia, España, Portugal o Irlanda. La que se inicia arrastra todavía el tsunami financiero e incorpora un abanico de incertidumbres perfectamente reflejado en los resultados de las últimas elecciones. Por primera vez en la historia, un nítido arco gris se formó en el Parlamento europeo con la irrupción de movimientos de extrema derecha, eurófobos, euroescépticos o populistas. Los tres casos más claros y sorprendentes son los de Francia, Gran Bretaña y Dinamarca. En Francia, el ultraderechista Frente Nacional, dirigido por Marine Le Pen, se convirtió en el primer partido del país al obtener 26% de los votos –por delante de los conservadores de la Unión por el Movimiento Popular (UMP), que cosecharon el 20%, y del gobernante Partido Socialista, que solo obtuvo 13,94%–. En Gran Bretaña, el antieuropeo y populista Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) se impuso también a conservadores y laboristas con 29% de los votos. En Dinamarca, el ultranacionalista y xenófobo Partido Popular Danés salió primero con 23,1% por delante de las fuerzas políticas tradicionales. En suma, las extremas derechas del Viejo Continente ganaron una abultada legitimidad frente a los llamados «partidos de gobierno», o sea, conservadores, liberales o socialdemócratas.

Pero estos países no son los únicos que protagonizaron el ascenso de los movimientos anti-Europa. En Austria, el ultraderechista Partido por la Libertad (FPO, por sus siglas en alemán), pasó de 12,71% a 19,5%; en Finlandia, los nacionalistas del partido Los Verdaderos Finlandeses ascendieron de 9,7% a 12,9%; en Grecia, los neonazis de Amanecer Dorado ingresaron al Parlamento de Estrasburgo con 9,34%; en Hungría, la ultraderecha del partido Jobbik conservó su caudal electoral de 14,68%, mientras que en países bálticos como Letonia o Lituania se registraba igualmente un empuje de esta nueva ultraderecha europea. Por ser, junto con Alemania, la columna vertebral de la construcción europea, el caso de Francia es el más denso. Apenas se conocieron los resultados, el vespertino liberal Le Monde escribió: «El triunfo del Frente Nacional devasta el paisaje político francés». Esta afirmación no es compartida por muchos analistas, para quienes el avance de la extrema derecha era una evidencia modelada desde hacía mucho en las sucesivas elecciones (presidenciales, municipales) y los sondeos. En este contexto, el sociólogo Michel Wieviorka (director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París) argumenta que «es la destrucción de ese paisaje lo que mejor cuenta da del éxito del Frente Nacional». Desde luego, el terremoto provocado por los partidos xenófobos y antieuropeos no pone realmente en tela de juicio la gobernabilidad global del proyecto europeo. Nigel Farage, el excéntrico líder del UKIP británico, ya advirtió que «podremos divertirnos y crearle muchos problemas a Bruselas». De hecho, los cuatro núcleos proeuropeos: centroderecha, socialistas, liberales y verdes, se reparten entre sí 70% de los 751 eurodiputados. Con todo, el auge de la extrema derecha testimonia una desconfianza y un miedo profundo de los electores frente al europeísmo. El mismo diario Le Monde anotó al respecto: «Al cabo de cinco años de crecimiento cero y de aumento del desempleo, la victoria de Marine Le Pen es la derrota de una Europa en crisis que no supo defenderse». Esa «Europa en crisis» funciona con una extraña geometría variable cuando se mide la tasa de abstención. En Francia, la abstención alcanzó 56% del electorado; en Portugal, 66,2%; en Holanda, 37%; en Gran Bretaña, 36%; y en Italia, 40%. Los porcentajes son más contundentes en los países del este de Europa. En Eslovaquia, solo 13% de los electores fueron a las urnas; en República Checa, 18%, y en Polonia, 22%. Aunque las diferencias pueden ser abismales entre los países de la UE, el cuadro final arroja una evidencia: los euroelectores manifiestan un tímido interés por el proceso electoral interno a la Unión. A diferencia de hace una década, la sociedad ya no ve la Europa unida como una aventura humana y política ejemplar y prometedora, como un factor de progreso, sino como una amenaza. Las encuestas de opinión realizadas a escala del Viejo Continente testimonian este casi divorcio entre la sociedad y los eurodirigentes. Hay una doble dimensión: el ideal europeo permanece vivo, la confianza en quienes lo encarnan, ya no. Una encuesta de opinión encargada a mediados de mayo por la Comisión Europea revela el abismo existente: 59% de los europeos no tiene confianza en la UE (32% sí). Los países donde se registra el grado más alto son justamente los motores políticos de la UE, Francia y Alemania, con 63% y 59% de desconfianza respectivamente. En cuanto a las instituciones –Parlamento Europeo, Comisión, Banco Central Europeo–, las cifras del sondeo arrojan casi el mismo veredicto. La gestión de la crisis tal y como fue asumida por la Comisión Europea y los países de la eurozona dejó enormes cicatrices, rencores persistentes y una deuda social preponderante: el número de desocupados pasó de 20 a 26 millones de personas, mientras que la deuda pública pasó de 75% a 88,3% del PIB europeo. El economista francés Jean Pisani-Ferry resume sin benevolencia la herencia que dejaron estos años: «La gestión de la eurozona durante los últimos años será uno de los errores más grandes que se hayan visto en política económica».