Tribuna global

Europa, crisis e inconformismo

El sueño de una Unión Europea quedó empañado bajo la sombra de las políticas de austeridad y el arraigo de corrientes populistas y nacionalistas. Los electores dejan de ver a Europa como una salvación y la perciben ahora como una amenaza para sus respectivas sociedades: como se vio en las elecciones de mayo pasado, Europa ya no es sinónimo de paz y prosperidad sino de miedo al desempleo, de pérdida de soberanía y de inseguridad cultural. Las dos corrientes que presiden los destinos de la ue, liberales-conservadores y socialdemócratas, atraviesan una zona de escasa legitimidad política. A ambas se las asocia con la austeridad y la transformación del modelo de Estado de Bienestar en Estado liberal regido únicamente por los imperativos del mercado.

Europa, crisis e inconformismo

Las elecciones para renovar el Parlamento Europeo que se celebraron entre el 22 y el 25 de mayo en los 28 países de la Unión Europea pusieron término a una de las eurolegislaturas más críticas, al tiempo que inauguraron otra marcada igualmente por el signo de una crisis doble: la financiera, que persiste pese a la retórica optimista, y la que se cierne sobre el proyecto de construcción europea tal y como quedó planteado luego del Tratado de Maastricht de Unión Europea del 7 de febrero de 1992, que consagró el euro como moneda común. La legislatura saliente es la que gestionó la crisis financiera que azotó a la zona euro desde 2007 y puso de rodillas a países como Grecia, España, Portugal o Irlanda. La que se inicia arrastra todavía el tsunami financiero e incorpora un abanico de incertidumbres perfectamente reflejado en los resultados de las últimas elecciones. Por primera vez en la historia, un nítido arco gris se formó en el Parlamento europeo con la irrupción de movimientos de extrema derecha, eurófobos, euroescépticos o populistas. Los tres casos más claros y sorprendentes son los de Francia, Gran Bretaña y Dinamarca. En Francia, el ultraderechista Frente Nacional, dirigido por Marine Le Pen, se convirtió en el primer partido del país al obtener 26% de los votos –por delante de los conservadores de la Unión por el Movimiento Popular (UMP), que cosecharon el 20%, y del gobernante Partido Socialista, que solo obtuvo 13,94%–. En Gran Bretaña, el antieuropeo y populista Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) se impuso también a conservadores y laboristas con 29% de los votos. En Dinamarca, el ultranacionalista y xenófobo Partido Popular Danés salió primero con 23,1% por delante de las fuerzas políticas tradicionales. En suma, las extremas derechas del Viejo Continente ganaron una abultada legitimidad frente a los llamados «partidos de gobierno», o sea, conservadores, liberales o socialdemócratas.

Pero estos países no son los únicos que protagonizaron el ascenso de los movimientos anti-Europa. En Austria, el ultraderechista Partido por la Libertad (FPO, por sus siglas en alemán), pasó de 12,71% a 19,5%; en Finlandia, los nacionalistas del partido Los Verdaderos Finlandeses ascendieron de 9,7% a 12,9%; en Grecia, los neonazis de Amanecer Dorado ingresaron al Parlamento de Estrasburgo con 9,34%; en Hungría, la ultraderecha del partido Jobbik conservó su caudal electoral de 14,68%, mientras que en países bálticos como Letonia o Lituania se registraba igualmente un empuje de esta nueva ultraderecha europea. Por ser, junto con Alemania, la columna vertebral de la construcción europea, el caso de Francia es el más denso. Apenas se conocieron los resultados, el vespertino liberal Le Monde escribió: «El triunfo del Frente Nacional devasta el paisaje político francés». Esta afirmación no es compartida por muchos analistas, para quienes el avance de la extrema derecha era una evidencia modelada desde hacía mucho en las sucesivas elecciones (presidenciales, municipales) y los sondeos. En este contexto, el sociólogo Michel Wieviorka (director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París) argumenta que «es la destrucción de ese paisaje lo que mejor cuenta da del éxito del Frente Nacional». Desde luego, el terremoto provocado por los partidos xenófobos y antieuropeos no pone realmente en tela de juicio la gobernabilidad global del proyecto europeo. Nigel Farage, el excéntrico líder del UKIP británico, ya advirtió que «podremos divertirnos y crearle muchos problemas a Bruselas». De hecho, los cuatro núcleos proeuropeos: centroderecha, socialistas, liberales y verdes, se reparten entre sí 70% de los 751 eurodiputados. Con todo, el auge de la extrema derecha testimonia una desconfianza y un miedo profundo de los electores frente al europeísmo. El mismo diario Le Monde anotó al respecto: «Al cabo de cinco años de crecimiento cero y de aumento del desempleo, la victoria de Marine Le Pen es la derrota de una Europa en crisis que no supo defenderse». Esa «Europa en crisis» funciona con una extraña geometría variable cuando se mide la tasa de abstención. En Francia, la abstención alcanzó 56% del electorado; en Portugal, 66,2%; en Holanda, 37%; en Gran Bretaña, 36%; y en Italia, 40%. Los porcentajes son más contundentes en los países del este de Europa. En Eslovaquia, solo 13% de los electores fueron a las urnas; en República Checa, 18%, y en Polonia, 22%. Aunque las diferencias pueden ser abismales entre los países de la UE, el cuadro final arroja una evidencia: los euroelectores manifiestan un tímido interés por el proceso electoral interno a la Unión. A diferencia de hace una década, la sociedad ya no ve la Europa unida como una aventura humana y política ejemplar y prometedora, como un factor de progreso, sino como una amenaza. Las encuestas de opinión realizadas a escala del Viejo Continente testimonian este casi divorcio entre la sociedad y los eurodirigentes. Hay una doble dimensión: el ideal europeo permanece vivo, la confianza en quienes lo encarnan, ya no. Una encuesta de opinión encargada a mediados de mayo por la Comisión Europea revela el abismo existente: 59% de los europeos no tiene confianza en la UE (32% sí). Los países donde se registra el grado más alto son justamente los motores políticos de la UE, Francia y Alemania, con 63% y 59% de desconfianza respectivamente. En cuanto a las instituciones –Parlamento Europeo, Comisión, Banco Central Europeo–, las cifras del sondeo arrojan casi el mismo veredicto. La gestión de la crisis tal y como fue asumida por la Comisión Europea y los países de la eurozona dejó enormes cicatrices, rencores persistentes y una deuda social preponderante: el número de desocupados pasó de 20 a 26 millones de personas, mientras que la deuda pública pasó de 75% a 88,3% del PIB europeo. El economista francés Jean Pisani-Ferry resume sin benevolencia la herencia que dejaron estos años: «La gestión de la eurozona durante los últimos años será uno de los errores más grandes que se hayan visto en política económica».

Miserias de la Europa liberal

Muchos europeos identifican la construcción europea con el desempleo, la inmigración y la pérdida de soberanía. El economista Michel Santi, autor del libro Splendeurs et miseres du libéralisme [Esplendores y miserias del liberalis-mo], constata que los «ciudadanos se dieron cuenta de que nada se decide a escala nacional». Es en ese triángulo donde el discurso de una extrema derecha renovada, desculpabilizada, desdiabolizada, populista e impune encuentra su eco. Las ultraderechas han recuperado el voto joven y popular en los países centrales. El ejemplo de Francia es apabullante. Entre un Partido Socialista gobernante despreciado por quienes lo votaron, sin aliento ni ideas, una derecha destruida por las luchas intestinas y los casos de corrupción, una extrema izquierda prácticamente inaudible y unos ecologistas en pleno ocaso, la ultraderecha terminó apareciendo como una propuesta de ruptura. Según una encuestadora, en Francia, el Frente Nacional atrajo 48% del voto obrero, 37% de los empleados, 38% de los desempleados y 30% de los menores de 35 años. La izquierda socialista asistió impotente a esta mudanza electoral: solo 8% de los obreros, 16% de los empleados y 15% de los menores de 30 años votaron de manera progresista. Los bastiones sociales de la izquierda se trasladaron a la ultraderecha, y el Frente Nacional levantó la bandera que lo identifica como el partido de los jóvenes y las clases populares.

Sería muy apresurado afirmar que Francia y Europa se han endurecido políticamente. Hay, desde luego, una tendencia resumida en las urnas, pero esta refleja, más que una adhesión política plena, un hartazgo frente a lo que podría llamarse la similitud. La socialdemocracia europea y la derecha son un calco perfecto. Solo se diferencian en los momentos de gran retórica de masas, es decir, durante las campañas electorales. Luego, una vez en el poder, la indistinción es el signo constante: la izquierda gobierna más a la derecha que los conservadores y hasta osa reformas que estos nunca se hubiesen animado a llevar a cabo. «Las etiquetas políticas han perdido su sentido. Y como fueron violentadas y descredibilizadas, las extremas derechas crecen: la gente ha perdido sus referencias», comenta Santi. Socialdemocracia y derechas de gobierno empalagan a la sociedad con los mismos referentes. Uno de ellos, el principal, se ha vuelto la biblia que trajo consigo una revolución política y cultural de grandes proporciones: la austeridad. A partir de 2008, la crisis financiera empujó a los dirigentes de la UE a adoptar una respuesta única. Primero, salvar a las instituciones financieras de la quiebra y, por añadidura, al sistema bancario europeo. Segundo, aplicar un plan de austeridad centrado en el equilibrio presupuestario y la reducción de déficits, con la meta de restaurar la confianza de los mercados y reactivar así el mercado laboral. La crisis fue pagada por la sociedad. A los millonarios rescates bancarios se sumó un megaplán de austeridad con regalos fiscales a las empresas, medidas fiscales penalizantes para las clases medias, drástica reducción de los gastos, en especial en los servicios públicos, en la educación, la salud y la protección social, y aumento del IVA. Esto desencadenó un trastorno cultural mayor, tanto dentro de las sociedades europeas como en la misma UE. De ahí derivó una fractura interna y otra Norte-Sur con países como Grecia, España, Italia o Portugal como emblemas negativos de esa dualidad.

En 2011, en Europa había 120 millones de personas que vivían en el umbral de la pobreza. Las proyecciones apuntan a que de aquí a 2025 podría haber entre 15 y 25 millones de personas suplementarias si las políticas de austeridad siguen su curso. En todos los países europeos el desempleo rompió su piso histórico, sobre todo entre los jóvenes. En España y en Grecia, se multiplicó por tres entre 2007 y 2011, de 8,3% a 24,5%. Más de la mitad de las personas que están sin trabajo en Europa llevan dos años de desempleo. En cuanto a los jóvenes, los índices son alarmantes: 42% en Portugal, 56% en España, 59% en Grecia, 39% en Italia, 23,6% en Francia.

La fractura se mide también en el paralelismo de los beneficios: mientras la pobreza y la precariedad aumentan, suben los ingresos de los más ricos. En el periodo que va de 2008 a 2010, la riqueza global de las diez personas más ricas de Europa sobrepasó el costo total de las medidas adoptadas en la UE para reactivar la economía, 217.000 millones de euros contra 200.000 millones. Los cinturones se apretaron sin que ello arrojara los resultados esperados. Como lo señala Raymond Torres, director del Instituto Internacional de Estudios del Trabajo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), «la estrategia de la austeridad mostró que era contraproducente para alcanzar sus dos objetivos: generar confianza y reducir los déficits presupuestarios».

La Europa de la legislatura que comienza sigue siendo la Europa del cinturón apretado, la Europa donde manda Alemania y donde la austeridad es la piedra filosofal de la derecha y de los socialdemócratas. El poder de decisión nacional está supeditado a los tratados que ligan a los miembros de la UE. El texto fundador de la UE, el Tratado de Maastricht adoptado en febrero de 1992, estipula una serie de reglas de «convergencia»: los países miembros no pueden tener un déficit público superior a 3% y su deuda pública no debe sobrepasar el 60% del PIB. Ambos objetivos son ilusorios para muchos países: Francia tiene, por ejemplo, una deuda equivalente a 93,5% de su PIB y en 2013 su déficit llegó a 4,3%. Alemania, Suecia, Dinamarca o Italia son los mejores alumnos en materia de cuentas públicas. España bajó su déficit de 10,6% a 7,1% entre 2012 y 2013, mientras que Portugal lo llevó de 6,4% a 4,9% en el mismo periodo. La deuda pública de los Estados creció entre estos años de 85,2% a 87,1% en la UE y de 90,7 a 92,6% en los países de la llamada eurozona (allí donde circula la moneda única). El Tratado de Maastricht no es la única camisa de fuerza que pone un cerco a la disciplina presupuestaria. De fuerte inspiración alemana, el tratado presupuestario europeo adoptado en 2012 también fija límites estrictos a lo que los Estados pueden hacer con los presupuestos de sus administraciones (déficit no superior a 0,5%).

Esta interdependencia de conductas y criterios técnico-financieros en nombre de un solo fin es la que, junto con la crisis, hizo ver a Europa como una entidad que no atiende más allá del mercado y de los bancos, sin proyecto político, social, cultural y humano. Los temas previos a las elecciones europeas, sus posteriores resultados, la sensación que tienen los europeos sobre el gran proyecto común son los picos visibles de una megatransformación. Christophe Barbier, director de la redacción del semanario de derecha liberal L’Express, anota: «La Unión está podrida de la cabeza. Y si no tiene ni estrategia monetaria, ni ambición industrial, ni programa social, ni armonización presupuestaria, ni eficacia diplomática, ni existencia militar, ni sueño cultural, ni proyecto educativo, se debe a que su gobernabilidad es mala, a que los tratados (europeos) inventaron una aberración: el poder impotente».

En gran medida, los ciudadanos le reprochan a la dirigencia europea ocuparse más de los bancos que de ellos, dejarse envolver en una interminable tecnocracia o estar sometida a los grupos de presión. Existe, de hecho, la sospecha de que una suerte de tecnooligarquía europea opera contra las democracias que componen la Unión y, por consiguiente, contra los pueblos. Hay una suerte de triple rebelión: una, la de los ya conocidos movimientos de extrema derecha y sus plataformas neonacionalistas que promueven la salida del euro y la restauración de las fronteras; dos, la de los partidos históricos que pertenecen a la izquierda de la izquierda; tres, la de los indignados por la austeridad, los anti-Alemania y anti-troika (compuesta por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión de Bruselas). Anni Podimata, vicepresidenta del Parlamento Europeo –del Partido Socialista griego (Pasok)– reconoce que «el proyecto europeo se encuentra ante un gran peligro. El sentimiento antieuropeo se agrava cada vez más».

Como lo demuestran las repetidas encuestas de opinión realizadas a escala continental, el ideal europeo no ha muerto, pero sí la confianza en quienes detentan las riendas de los destinos de Europa. Un país tan decisivo como Francia en la edificación de la paz y la promoción del Viejo Continente atraviesa una zona de densas dudas. Un sondeo realizado en mayo revela la profundidad de los temores que despierta ahora lo que, hace apenas una década, era un sueño: 70% de los encuestados dicen tener miedo de las consecuencias económicas y sociales derivadas del proyecto europeo, 63% teme que se sacrifique la protección social en nombre de Europa, 60% tiene miedo de que Europa signifique más inmigración, y 52%, de que la identidad nacional se diluya. En los países más golpeados por la crisis, esos temores se traducen en sanciones electorales a los partidos que promueven la austeridad. Por ejemplo, durante las elecciones municipales celebradas en Portugal en septiembre de 2013, el Partido Social Demócrata, el partido de gobierno de centroderecha que ejecutó uno de los planes de austeridad más fuertes que haya conocido Europa, fue castigado duramente en las urnas en beneficio de la oposición socialista. En Francia, después de dos años en el poder y de una serie de ajustes de corte liberal, el Partido Socialista sufrió también una de las peores derrotas de su historia en las elecciones municipales de abril. En suma, cada partido cuyo programa se ve asociado a las políticas neoliberales o a los programas de austeridad teledirigidos desde Berlín o Bruselas paga el tributo en las urnas.

Alain Lamassoure, eurodiputado fran-cés del Partido Popular Europeo (de derecha), desmenuza con acierto las contradicciones que atraviesan la modernidad: «Desde la crisis de la deuda, los países del Sur están persuadidos de que Berlín tiene la culpa de lo que les ocurre, mientras que los países del Norte estiman que es por culpa de Bruselas que tienen que dar dinero a los del Sur». El proyecto europeo aparece así estancado. El gran proyecto cultural, el gran sueño, se empañó bajo la mecánica de la unión monetaria (el euro), los dictámenes del BCE y la medicina mayor que consiste en el control de los déficits públicos en detrimento de un proyecto social. Nadie propone otra alternativa, a no ser la del miedo por partida doble: el miedo de quienes promueven a Europa como una amenaza y el miedo de quienes arguyen que sin Europa no hay otra cosa que el abismo. En una columna publicada por el vespertino Le Monde, el presidente francés, François Hollande, escribió: «Salir de Europa es salir de la historia». Ante este discurso, los electores identifican al oficialismo comunitario como el responsable del estancamiento, o sea, a la derecha del Partido Popular europeo, a los socialdemócratas y a los liberales.

Recesión, crisis, restauración de las fronteras, inmigración, eurofobia, partidos socialdemócratas en plena mudanza liberal, empuje de la extrema derecha, miedos y rechazo a las directivas de la Comisión Europea: el cóctel es complejo y peligroso. Apenas 51% de los franceses están a favor de que Francia pertenezca a la UE. Hace diez años, el porcentaje era de 67%. Poco antes de las elecciones europeas, Le Monde elaboró una síntesis sobre lo que llamó «las siete plagas de la UE». En ese informe, eurodiputados, economistas o candidatos del Norte y del Sur plasman racionalmente el malestar que se desprende de los sondeos. Erik Wesselius, candidato holandés del Partido Socialista, critica por ejemplo el hecho de que «el actual presupuesto de la Unión es demasiado elevado, los gastos están mal controlados y el dinero se desperdicia. (…) Los déficits y las deudas deben ser asumidos, pero limitarse estrictamente a la norma del 3% priva a los Estados de la necesaria flexibilidad para reaccionar ante los acontecimientos económicos». Nicolas Dupont-Aignan, diputado francés del partido La República de Pie, retoma en su observación el temor central expresado por las sociedades europeas que votan por los extremos, sean de izquierda o de derecha: «El contrasentido de Europa radica en que se trata de una unión construida contra los pueblos y contra las naciones. Cuando se transfieren a Bruselas los cuatro elementos de la soberanía, la ley, el presupuesto, la moneda y las fronteras, se están transfiriendo los cuatro elementos estructurantes de la democracia. Ya no hay más democracia posible». Laurent Wauquiez, diputado francés de la UMP, fundada por el ex-presidente Nicolas Sarkozy, estima que una Europa con 28 miembros es un gigante inmóvil, atravesado por diferencias insalvables: «Se construyó una Europa donde los países miembros tienen cada vez más menos cosas en común. La diferencia de salarios varía de uno a seis entre Rumania y Alemania, las cargas sociales son tres veces más elevadas en Francia que en Polonia». Hans-Werner Sinn, presidente del IFO, un instituto alemán de investigaciones económicas, impugna el desmesurado papel que tiene el BCE. Para este economista, «el BCE ha usurpado su poder». Mark Pritchard, diputado conservador de Gran Bretaña, se inscribe en la lógica ultraliberal de su país: «Si queremos ser competitivos en la carrera económica mundial, frente a China, la India, Brasil o Indonesia, debemos ser más eficaces, reducir nuestra estructura de costos. (…) En las cuestiones sociales, ambientales, la semana laboral, todo es más pesado. Europa frena nuestra economía». Rena Dourou, diputada de la izquierda radical del partido griego Syriza, recoge en su análisis otra de las constantes que aparecen en los sondeos:

La regla de oro presupuestaria reemplazó los valores básicos del trabajo, de la solidaridad, de la cohesión social. La UE se estropeó: sus mecanismos se vuelven contra las sociedades, no las protegen. Esa es la razón por la cual se constata el retorno de la extrema derecha, de la xenofobia. No hay una Europa en general. Hay una elite dirigente que decide, lejos del control ciudadano, sin consultar a las sociedades, e impone de manera antidemocrática políticas que arruinan las conquistas sociales.

François Heisbourg, consejero de la Fundación para la Investigación Estratégica, cierra el abanico de observaciones apuntando hacia el congelamiento del proceso de una Europa federal: «La falta de federalismo provoca una situación económica de división, de estancamiento. Todo se articula en torno de una moneda única que no produce ni prosperidad, ni estabilidad. Si queremos que Europa funcione como una potencia, hacen falta instituciones, una diplomacia, una defensa, el euro».

Este resumen explica en buena medida el terremoto que sacudió los cimientos de la UE con el «golpe» democrático que dieron los partidos populistas, de extrema derecha y nacionalistas hostiles al proyecto en curso, así como el protagonismo que adquirieron las izquierdas radicales, sobre todo en Grecia y España. Ambas ofertas políticas funcionaron como protectores ante una Europa que los electores ven a través del prisma de la desprotección. Hubo un tiempo en que los líderes de movimientos políticos como el Frente Nacional en Francia, el UKIP en Gran Bretaña o el FPO en Austria eran tratados de «enfermos mentales» en el Parlamento Europeo. Las cartas se han distribuido ahora de manera muy distinta porque, cada uno en su país, esos partidos dominan la vida política y, en las elecciones, desplazaron a un segundo plano a las fuerzas de gobierno. En términos globales, la composición del Europarlamento se ha modificado sin dar por ello un vuelco decisivo. La socialdemocracia fracasó una vez más en sus intentos de controlar el Parlamento de Estrasburgo, la derecha es mayoritaria al mismo tiempo que los partidos de ultraderecha o extrema izquierda irrumpen con peso en el escenario parlamentario. Con los resultados obtenidos en Grecia con Syriza y en España con Podemos, la izquierda radical sobrepasó su techo histórico y pasó de 35 diputados a 47. Al mismo tiempo, los Verdes, que fueron la primera fuerza rebelde del Europarlamento, se mantuvieron estables. Muchos son los analistas que piensan que el llamado «euroescepticismo» no es más que la manifestación de una fatiga o un rechazo profundo a las elites y al manto tecnocrático que recubre la Europa de la Unión. El historiador belga David Van Reybrouck, autor del provocador pero pertinente libro Contre les elections [Contra las elecciones], pone de relieve dos cuestiones. La primera, «estamos en una era posdemocrática. No se trata solamente de eurofobia o eurofilia. Es peor: los electores detestan a todos los partidos, a todas las elites». La segunda:

Europa no se construyó como un proyecto democrático. Es el fruto de un consenso en torno de un proyecto esencialmente tecnocrático. Se construyó Europa para servir a la paz, o sea a los pueblos, pero mediante una forma de despotismo iluminado. Poco a poco, ese proyecto se amplió y la tensión entre las buenas intenciones tecnocráticas y los imperativos democráticos se acentuó. La UE está confrontada hoy a dos crisis mayores: una económica, la otra democrática.

La izquierda radical avanza en el Sur

Es en este contexto donde movimientos de extrema derecha y aquellos que están a la izquierda de las socialdemocracias blandas encuentran un máximo de credibilidad. En los dos casos, y aunque con electorados distintos, la ultraderecha y la izquierda radical validaron su posición de partidos de ruptura con el orden de las elites. PollWatch, un organismo que compila las encuestas realizadas en los 28 países de la Unión, observa que el ascenso de la izquierda es notorio en los países europeos azotados por la crisis, esto es: Grecia, España, Irlanda y Portugal. Nada demuestra mejor esa resistencia a las elites que el rápido ascenso a la visibilidad democrática de dos partidos que estaban fuera del sistema: la izquierda de Syriza en Grecia y el movimiento Podemos en España. Sus trayectorias son muy distintas, pero su éxito electoral es similar: ambos fueron propulsados al primer plano a una velocidad que contradice los tiempos lentos de la política europea. Hasta 2011, Syriza era un partido testimonial, con apenas 3% de los votos en las elecciones griegas. Tras los comicios organizados a principios de 2012 como consecuencia de la prolongada crisis que derrumbó al país, Syriza llegó a 16,78% de los votos, justo detrás de la derecha de Nueva Democracia, con 18,85%, y delante del Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK), con 13,2%. Su líder Alexis Tsipras fue llamado a formar un gobierno, pero no lo consiguió. En junio, cuando se realizaron nuevas elecciones, Syriza quedó a las puertas del poder con 27% de los votos. Fue el segundo partido más votado luego de Nueva Democracia, con 29%. Se trata de una hazaña política inédita que se estructuró con la crisis abismal que atravesó Grecia y con un mensaje distinto: decir no a las políticas neoliberales sin entonar cantos revolucionarios, cambiar la estructura del euro, no aceptar las condiciones impuestas a Grecia por el trío de gendarmes compuesto por el FMI, el BCE y la UE a cambio de los planes de ayuda. Los medios de comunicación del liberalismo parlamentario, sobre todo los alemanes, le tejieron una leyenda negra. Tsipras pasó a ser el «antieuro». Los medios lo descubrieron como «el hombre que hizo temblar a Europa». Sin embargo, este dirigente político de apenas 40 años dice otra cosa:

El euro no es la única razón de la crisis, pero sí es parte de ella. El resorte de la crisis es la arquitectura del euro dentro de Europa. Necesitamos tener una moneda única, pero no una moneda controlada, que lo único que hace es hacerles favores al gran capital y a los ricos. Lo que nos hace falta es una moneda que responda a la necesidad de los pueblos. Tenemos una moneda única, pero nos falta contar con la capacidad de tener políticas para todos los países, en especial para los países de la periferia, que están sufriendo en este momento. El euro es un fenómeno mundial único: tenemos una moneda única, o sea, una unión monetaria, pero carecemos de unión política y de un BCE capaz de ofrecer ayudas a todos los países de Europa. El problema no es la moneda única sino las políticas que acompañan esta moneda. El euro se ha convertido en una cárcel para los pueblos de Europa, en especial para las economías más débiles de la periferia que están enfrentando la crisis.

El impacto de esta posición se cifra en las sucesivas elecciones, nacionales o europeas. Syriza es actualmente el grupo parlamentario a la izquierda de la socialdemocracia más importante de Europa.

Podemos es otro fenómeno fulgurante. Con apenas algunos meses de existencia –fue creado en enero de 2014–, esta nueva fuerza española ganó cinco escaños en las elecciones europeas, lo que equivale a 7,95% de los votos. Fundado por el profesor de Ciencia Política y analista político Pablo Iglesias Turrión, Podemos es oriundo de la zona moral que se estableció en España a partir del movimiento de los indignados y que luego ganó varios puntos del planeta. Los indignados son también «hijos» de un libro escrito por el diplomático y humanista francés Stéphane Hessel (1917-2013), Indignaos (2010). La plataforma de este grupo, presentada en enero de 2014, definía así su estrategia: «Mover ficha: convertir la indignación en cambio político». Sindicalistas, militantes de la izquierda anticapitalista, la sociedad civil y los universitarios crearon este partido alternativo totalmente alejado de los cánones partidistas tradicionales. Podemos es, con todo, al igual que el éxito de Syriza en Grecia, un hijo de la crisis financiera y de las políticas de ajuste que la acompañaron. José Antonio Gómez Yáñez, profesor de Sociología en la Universidad Carlos III, define así a la gran sorpresa española:

¿Qué es Podemos? El resultado de la crisis y, también, de la incapacidad de las elites de la Transición para crear una economía innovadora y competitiva que genere crecimiento y empleo de calidad. Lo que significa que ensambla sectores que han perdido con la crisis y jóvenes cuya experiencia es que solo pueden acceder a empleos precarios. Los une, además, la repugnancia por el [bajo] nivel ético de la política. Y no es todo. Además de Podemos, Izquierda Unida –que se presentó como Izquierda Plural– triplicó sus resultados con respecto a las elecciones europeas de 2009: pasó de 3,7% al 9,99% actual, para convertirse en la tercera fuerza política del país, detrás del Partido Popular (PP) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Reclamo ético, revuelta contra las elites, ruptura con los modelos tradicionales, reconfiguración de la política europea para recuperar el ideal, retorno a ideologías nefastas: la Europa de estos primeros 15 años del siglo XXI se presenta con los rasgos alterados. Hay cinco bloques distintivos: el oficialismo (que gobierna en alternancia, o sea, derecha, liberales y socialdemócratas), los ecologistas, la izquierda radical, la extrema derecha y un último bloque que, según el momento, puede quedarse en rueda libre o asociarse con los populistas eurófobos. Ese es el caso del naciente Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, en Italia, con 17 eurodiputados. Los ecologistas constituyen una fuerza de corrientes ideológicas mixtas que convergen en la ecología y que, a diferencia de las elecciones europeas de 2009 donde se izaron a lo más alto, ahora, en 2014, también pagan el tributo del desgaste con un visible estancamiento electoral o, en el caso de Francia, un derrumbe importante. Entre los grupos de la izquierda más radical –englobados en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea / Izquierda Verde Nórdica– hay convergencias lo suficientemente sólidas en el seno del Europarlamento como para crear un grupo parlamentario estable. Esto no ocurre con la extrema derecha. El británico Farage, jefe del partido populista UKIP, detesta a la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, a la que juzga demasiado extremista. A su vez, Marine Le Pen no quiere asociarse con los neonazis griegos de Aurora Dorada, ni menos aún con los alemanes del Partido Nacional Demócrata, los ultraderechistas húngaros del partido Jobbik o los búlgaros de Ataka. Hay un ardiente perfume de incompatibilidad entre estos nuevos «eurodemócratas» de los extremos. Lo que está en juego es un paquete de privilegios que se obtienen dentro de la Eurocámara en cuanto se puede constituir un grupo propio: dinero (tres millones de euros), secretarios y secretarias, oficinas más grandes, más tiempo para tomar la palabra, más visibilidad y puestos importantes en las comisiones. Las condiciones para contar con un grupo propio en el Parlamento europeo son drásticas: hacen falta por lo menos 25 eurodiputados oriundos de siete países distintos. «Hay una serie de movimientos que, en mi opinión, están interesados en participar en una gran fuerza política, cuya meta consiste siempre en impedir cualquier avance de la Europa Federal», explicó Marine Le Pen. Esa convergencia no deriva, sin embargo, en una hermandad automática. La confrontación más dura se da entre Marine Le Pen y Farage. El excéntrico patrón del UKIP tiene un grupo propio de la precedente legislatura (Europa, Libertad y Democracia), pero la jefa del Frente Nacional francés también quiere constituir el suyo. Las posiciones radicales del Frente Nacional, su racismo declarado y su islamofobia militante la privan de muchos apoyos, empezando por el británico. Farage acusó en varias oportunidades a la líder francesa y su movimiento –fundado en los 70 por su padre, Jean-Marie Le Pen– de ser antisemitas y excluyó por eso cualquier pacto con el Frente Nacional. El mismo reproche le hacen otros ultras europeos, especialmente los escandinavos. «No quiero ser mal educado con Marine Le Pen, no es necesario, pero no pienso que su partido forme parte de nuestra familia política», dijo Farage en Bruselas. En esta pugna política en la cual partidos con casi el mismo ADN se rechazan, también la extrema derecha francesa marcó su línea roja: para ellos, los infrecuentables son Aurora Dorada de Grecia (con tres diputados), el Partido Nacional Demócrata alemán (un diputado), Jobbik de Hungría (tres diputados) y Ataka de Bulgaria (dos diputados). Como ya se mencionó, los cuatro núcleos proeuropeos –centroderecha, socialistas, liberales y verdes– se reparten entre sí 70% de los 751 eurodiputados. Tienen, por consiguiente, un control decisivo sobre el Parlamento europeo. Las demás fuerzas pueden complicar la legislatura, pero no dar vuelta el consenso en torno de la austeridad.

Vuelta de página

El momento histórico es, con todo, muy grave. El techo de todas las contradicciones se desmoronó, en particular el de los socialistas. Habría que buscar la identidad de la crisis actual no en la derecha liberal, sino en el socialismo y su cinismo apabullante. Desde el difunto presidente socialista François Mitterrand (1916-1996) y sus dos presidencias sucesivas (1981-1995), pasando por los dos mandatos del ex-primer ministro laborista británico Tony Blair (1997-2007), la igualmente doble jefatura de gobierno del ex-canciller alemán Gerhard Schröder (1998-2005), o las del ex-presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2012), los socialistas del Viejo Continente se aliaron con la ideología que combatían. Benoît Hamon, actual ministro de Educación y líder de una corriente radical dentro del PS francés, hizo un retrato sin concesiones sobre esa transformación de la socialdemocracia. En un libro publicado poco antes de la victoria del socialista Hollande en 2012, Tourner la page [Dar vuelta la página], Hamon desmenuzó la forma en que la izquierda europea renunció a sus valores históricos y colaboró con el mercado. De ello surgió un pacto implícito que, para Hamon, es una catástrofe: «La socialdemocracia es la gran perdedora de este pacto. A partir del momento en que el liberalismo económico y el liberalismo político se imponen, el acuerdo entre liberales y socialdemócratas se vuelve mortífero. Eso es lo que está por precipitar la caída de la socialdemocracia europea». En cuanto a los parámetros actuales, el ministro francés no esconde el alcance de la trampa en la que caen la izquierda y la misma Europa:

En este momento, en Europa se están plasmando características revolucionarias: crisis económica, desconexión de las elites, enriquecimiento de los más ricos, sentimiento de una suerte de fatalidad según la cual existe solo una política posible que se traduce en más esfuerzos para las clases medias y populares, corrupción de las elites y un clima contrario a las mismas. Todo esto crea un contexto muy favorable para la extrema derecha. Para la izquierda, no hay nada peor que el debate se focalice entre, por un lado, la derecha garante de la perpetuación del sistema y, del otro, la extrema derecha que aparece como la única capaz de encarnar la transformación del sistema. La síntesis es que, poco a poco, la socialdemocracia se hunde y desaparece del paisaje político.

Aún no ha desaparecido. Su destino ha sido peor: dentro del proyecto europeo, ha sido absorbida por sus rivales hasta convertirse en un instrumento más del neoliberalismo. Y así, el vacío que dejó está siendo ocupado por las extremas derechas.