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Estados Unidos, la integración latinoamericana y el lugar de Brasil

Aunque las encuestas a veces exhiben un país dividido en mitades, una observación más detenida del mapa político de Estados Unidos de los últimos años muestra un claro predominio republicano. Se trata, en realidad, de la consolidación de una tendencia nacional-conservadora que tiene profundas implicancias. Luego del 11 de septiembre, EEUU se encuentra hiperinvolucrado en problemas transnacionales para los que ensaya respuestas nacionalistas ineficaces. En ese contexto, América Latina, y en particular Brasil, tienen la oportunidad de abandonar la mirada centrada en los Estados nacionales y profundizar la integración regional.

Estados Unidos, la integración latinoamericana y el lugar de Brasil

Introducción: el mundo antes del cambio

En el prefacio de la primera edición de Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt describe su época como un tiempo sombrío: «Nunca el futuro fue tan imprevisible, nunca dependimos tanto de fuerzas políticas que no son confiables en el cumplimiento de las reglas del buen sentido y del interés –fuerzas que parecen completamente enloquecidas–».

Arendt escribía acerca de una generación que había vivido dos guerras mundiales y comenzaba a experimentar la Guerra Fría. En aquel momento, la escalada de violencia entre los Estados nacionales parecía no tener fin. El mundo había llegado al límite de la destrucción de todo y de todos.

Pero la razón finalmente prevaleció y los 90 fueron años de optimismo. La competencia entre las dos grandes potencias terminó de forma pacífica. La invasión iraquí a Kuwait fue rechazada por una coalición liderada por Estados Unidos con el sello de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El boom de las «.com» impulsaba la economía estadounidense y la ubicaba en un lugar muy superior al de las demás. Las importaciones de EEUU aumentaban y, gracias a ello, la prosperidad alcanzaba a otras partes del globo, especialmente a algunos países asiáticos.

El mundo, en general, estaba más abierto al comercio. En América Latina, Brasil y Argentina disfrutaban, después de muchos años, de la bonanza de la estabilidad. En esos años el presidente estadounidense Bill Clinton promovió el Acuerdo de Belfast, en Irlanda, e intentó negociar la paz en el conflicto palestino-israelí.

Sin embargo, por detrás de este telón de optimismo actuaban fuerzas transnacionales que con frecuencia tomaban al mundo por sorpresa. No en vano los 90 fueron también los años de las crisis financieras de Asia, Rusia, Argentina y Brasil. Fueron los años de la peor pobreza en África, de las imágenes de la masacre de Ruanda, de la guerra en Somalia, el Congo, Angola y Sudán. África se había transformado en la cuna de la desolación y la enfermedad: 40% de la población sobrevive con menos de un dólar por día y la mitad, con menos de dos dólares por semana; la posibilidad de morir antes de los cinco años es cinco veces mayor que en el resto del planeta; 30 millones de personas están infectadas de HIV y la expectativa de vida es de 59 años. Además de la pobreza y el sida, las áreas menos favorecidas del mundo vieron crecer el extremismo religioso y el terrorismo político. Se registró, durante aquellos años, una serie de atentados de bajo costo para la sociedad global, con el (infeliz) promedio de un ataque cada 2,5 años, y unas 100 muertes.

Después, el 11 de septiembre de 2001, estallaron las torres del World Trade Center, y 3.000 estadounidenses fueron el objetivo de un odio cada vez menos nacional y más transnacional. Como escribió Arendt, parecía que la violencia había llegado a un cierto límite estructural –el fin de todo–, reelaborada ahora en los estadios más difusos de la transnacionalidad.

No hay dudas, entonces, de que hoy vivimos en un mundo totalmente diferente de aquel del siglo XX. El momento actual está caracterizado por la preeminencia de una gran potencia internacional, EEUU, y por el auge de las amenazas transnacionales difusas. ¿Cuáles son las implicancias de este nuevo escenario internacional para América Latina, para los procesos de integración regional y para Brasil? Ésas son las cuestiones que pretendo abordar en este trabajo. Para ello, me adentraré, primero, en el terreno de la política interna y externa de EEUU, con el objetivo de entender la naturaleza del poder internacional al cual me refiero. Luego, trataré de analizar la interacción entre este superpoder y su contexto, especialmente en relación con las amenazas internacionales difusas. Después, procuraré abordar lo que ese momento significa para las relaciones Brasil-EEUU, para entonces reflexionar sobre la situación de América Latina y los procesos de integración. Mi objetivo final es subrayar la dificultad que genera el abordaje nacional de problemas típicamente transnacionales, así como la necesidad de llevar a cabo una reflexión más completa acerca de la transformación del papel de la autoridad en América Latina.

Estados Unidos, cien años después

En 1901, el escritor estadounidense Mark Twain, uno de los mayores referentes de la posición antiimperialista dentro de su país, fue acusado de traidor por haberse negado a luchar en las Filipinas. El escritor alertaba acerca de los riegos de una «guerrilla distante» que amenazaba dividir a la nación entre patriotas y traidores. Cien años más tarde, los atentados del 11 de septiembre de 2001 paralizaron a EEUU y al mundo entero. Fueron, sin dudas, un episodio paradigmático para los medios de comunicación, que dejaría una marca en el pensamiento estadounidense. Las ondas generadas durante los 102 minutos –entre el choque del primer avión y la caída de las torres– todavía repercuten en los canales de noticias, en las burocracias, en los institutos de investigación, en las universidades, en los partidos, en el mercado y en el cine de EEUU.

Luego de los ataques, la expresión «guerra contra el terrorismo» ingresó rápidamente en la lista de los temas con los que los estadounidenses evalúan a su gobierno. Una investigación reciente de la Universidad de Princeton mostró, por ejemplo, que en agosto de 2006 45% de los ciudadanos de EEUU estaba insatisfecho con la forma en la que George W. Bush estaba manejando el asunto. La misma encuesta demostraba que casi la mitad de los estadounidenses (49%) aprobaba al presidente, mientras que la otra mitad lo rechazaba.

Pero aunque las estadísticas parecen exhibir un escenario de división, ésta no se traslada automáticamente al poder político estadounidense. El resultado de las elecciones presidenciales de 2000, en las que George W. Bush fue elegido por primera vez, generó la noción equivocada de que habría una «división» –o incluso una «división profunda»– en EEUU. Luego se dijo que esta división se habría reforzado por el fracaso de la intervención en el Oriente Medio. Para apoyar esta hipótesis, se señalaron tres cuestiones: que ningún partido consiguió 50% del total de los votos, tanto en el Congreso como en la Presidencia; que el Senado estaba dividido en partes iguales (50 votos para los republicanos y 50 para los demócratas), y que el voto popular había sido derrotado por el Colegio Electoral.