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Espejos y espejismos: las relaciones entre América Latina y Estados Unidos

A diferencia del pasado, Estados Unidos ya no puede imponer tan fácilmente su voluntad en América Latina. Al llamado «giro a la izquierda» sudamericano se ha sumado una serie de reconfiguraciones globales tendientes a crear un mundo multipolar. Eso ha provocado una reducción de la importancia de eeuu para la región y ha abierto la posibilidad de nuevas alianzas más allá del «mundo occidental». Aunque eeuu seguirá siendo un jugador central, una América Latina madura y más segura de sí misma podrá ver la inevitable articulación de su economía y su cultura con la del Norte sin los complejos y temores del pasado.

Espejos y espejismos: las relaciones entre América Latina y Estados Unidos

Lecciones de la historia

América Latina, de México a la Patagonia, conforma una identidad cultural de hábitos, prácticas, pensamientos, valores, visiones religiosas e idiomas comunes, una manera propia de entender el mundo −«de vivir y de morir», para usar las palabras de Octavio Paz−, que contrasta nítidamente con la sajona, que predomina en Estados Unidos. La lejanía entre ambas culturas es tan evidente que, nuevamente en palabras de Paz, «la conversación entre norteamericanos y latinoamericanos se convierte en un arriesgado caminar entre equívocos y espejismos. La verdad es que no son diálogos, sino monólogos: nunca oímos lo que dice el otro o, si lo oímos, creemos siempre que dice otra cosa»1.

A esa fisura cultural se superpusieron las estructuras sociales y económicas heredadas de la Colonia. En el Norte, una economía capitalista dinámica –eslabón en la cadena de producción textil de Gran Bretaña– basada en el protagonismo de pequeños agricultores y colonizadores, dueños de su tierra. En el Sur, un régimen semifeudal de producción, fundado en la concentración de la propiedad de la tierra2, la explotación y exclusión de los indígenas y el saqueo de los recursos naturales. En los 70 años de anarquía de las guerras de la independencia y la formación de los Estados nacionales, América Latina se estancó, al tiempo que EEUU despegaba. A partir de entonces, la división del trabajo cambió de metrópoli. Los países latinoamericanos producirían materias primas para EEUU, en una ecuación que, en la formulación clásica de Fernand Braudel, «no puede ser descrita como un acuerdo concertado entre iguales y abierto a la revisión. Se establece gradualmente con una cadena de subordinaciones, cada una condicionando a las otras»3.

EEUU usó todos los medios para estructurar esa relación y para mantenerla. Recurrió a la ayuda directa, a los mecanismos de la cooperación financiera y técnica de los organismos internacionales –Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Banco Mundial (BM), Fondo Monetario Internacional (FMI)– y a las negociaciones del GATT y la Organización Mundial de Comercio (OMC) para cristalizar la lógica de las ventajas comparativas en la relación con América Latina.

El país del Norte se atribuyó temprano un rol dominante en el Nuevo Mundo. No solo debía excluir toda influencia europea en el hemisferio, tenía que ejercer supremacía económica y política en el espacio que quedaba vacío. Robert Kagan describe ese proceso en estos términos: «décadas antes de que la frase ‘destino manifiesto’ entrara en el léxico de la política exterior, la lujuria del poder [lust for dominion] era una fuerza incontenible en la política norteamericana»4. Así tomó forma la estrategia continental de expansión territorial, económica y política que habría de convertirse en el signo histórico de la relación de EEUU con el Sur de allí en adelante.

James Monroe razonaba así en 1801: «Aunque en las presentes circunstancias debemos restringirnos a nuestros propios límites, es imposible no mirar adelante a tiempos distantes, cuando nuestra rápida multiplicación se expandirá mucho más allá de esos límites, para cubrir todo el norte del continente, si es que no el sur, con gente hablando el mismo lenguaje, gobernado de la misma forma y con las mismas leyes»5. Sobre esa idea, para justificar la política de expansión, se construyeron la Doctrina Monroe y la del «destino manifiesto». Se buscaba, desde luego, conquistar territorio, poner término al monopolio comercial de España y abrir puertos y comercio, como lo recuerda Arthur Whitaker6. EEUU anexó el territorio de Texas en 1848, tomó el puerto de Veracruz en 1914 y ocupó el Distrito Federal en medio de la persecución a Pancho Villa en 1917, aventuras a las que deben sumarse las incursiones militares en Puerto Rico, Nicaragua, Cuba, Haití, República Dominicana, Guatemala, Honduras, El Salvador, Panamá, Grenada; siempre en ejercicio de la autoridad de intervención y protectorado que este país se asignó a sí mismo.

Henry Kissinger resumió la esencia de esta visión en una frase: «Los imperios no tienen necesidad de balance de poder. No tienen interés en operar dentro de un sistema internacional. Aspiran a ser el sistema internacional. Esta es la forma en que EEUU ha conducido su política exterior con América Latina»7. Con otras palabras, casi 200 años antes, John Quincy Adams afirmaba lo mismo: «No hay un sistema interamericano. Nosotros tenemos el sistema, nosotros constituimos la integridad del sistema»8.

Si el libre comercio guió la política económica de EEUU en su relación con América Latina, el sistema democrático representativo fue la bandera que enarboló constantemente en el plano político. Su impulso idealista no fue muy lejos, sin embargo. Aceptó o promovió dictaduras militares o civiles, se alió con los dueños del poder y no tuvo inconveniente en forjar lazos duraderos con las oligarquías latinoamericanas. Y cuando era necesario intervenir, intervenía. Kagan recuerda que, en el siglo XIX, «oficiales en Londres y Washington asumían que, para ganar autoridad en América Latina, era importante y tal vez inclusive necesario afectar la forma de gobierno adoptada por las nuevas naciones latinas»9. Como se puede ver, la doctrina de «cambio de régimen» que Ronald Reagan aplicó en Centroamérica y George W. Bush en Iraq tiene raíces antiguas. Los republicanos actuaron con más frecuencia en esa línea, pero los demócratas tampoco la evitaron. En la opinión políticamente correcta de Robert Pastor,

la principal diferencia entre el lente conservador [del Partido Republicano] y el liberal [del Partido Demócrata], es que el primero tiende a ver las amenazas a la seguridad nacional más intensamente y el segundo trata de entender y responder mejor a los latinoamericanos. Eso no quiere decir que los conservadores no tengan interés ético o no comprendan los intereses latinoamericanos o que los liberales no se preocupen por el orden o no protejan la seguridad norteamericana, a veces por la fuerza. Significa simplemente que cada una de las perspectivas escucha diversas voces latinoamericanas y asigna distinto énfasis a las diferentes expresiones del interés norteamericano.10

  • 1. O. Paz: El laberinto de la soledad, fce, México, df, 1993, p. 266.
  • 2. En 1910, 75% de las familias estadounidenses eran propietarias de predios rurales; en México, 3%. Jorge I. Domínguez: «Explaining Latin America’s Lagging Development in the Second Half of the Twentieth Century» en Francis Fukuyama: Falling Behind, Oxford University Press, Oxford, 2008.
  • 3. F. Braudel: Civilization and Capitalism: The Perspective of the World, Fontana Press, Londres, 1984, p. 48.
  • 4. R. Kagan: Dangerous Nation, Knopf, Nueva York, 2006, p. 131.
  • 5. Citado por R. Kagan: ob. cit., p. 127.
  • 6. A.P. Whitaker: The United States and the Independence of Latin America. 1800-1830, The Norton Library, Nueva York, 1964, p. 124 y ss.
  • 7. H. Kissinger: Diplomacy, Simon and Schuster, Nueva York, 1994, p. 21. [Hay edición en español: La diplomacia, fce, México, df, 2001].
  • 8. J. Quincy Adams, citado por R. Kagan: ob. cit, p. 162.
  • 9. R. Kagan: ob. cit., p. 176.
  • 10. R.A. Pastor: Whirlpool: us Foreign Policy toward Latin America and the Caribbean, Princeton University Press, Princeton, 1992, p. 32.