Tema central

¿Especial, desdeñable, codiciada o perdida?

Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina han sido interpretadas tradicionalmente a partir de diferentes visiones: la de «hemisferio occidental», que convoca a cooperar sobre la base de supuestos valores compartidos; la de la irrelevancia de la región, que alude al aparente desinterés de Washington; y la de la práctica imperialista, en referencia a la voluntad de dominio militar y económico. El artículo argumenta que se trata de simplificaciones groseras de una relación más densa y compleja, caracterizada por la dinámica propia de los vínculos entre una potencia y su zona de influencia. Entenderlo implica comprender que Washington está dispuesto a establecer «esferas de responsabilidad» y cierta división del trabajo en la región, lo cual abre un espacio para una mayor autonomía que, hasta ahora, los países latinoamericanos no han sabido aprovechar.

¿Especial, desdeñable, codiciada o perdida?

Introducción

Las relaciones entre América Latina y Estados Unidos han sido interpretadas de distinto modo a partir de tres visiones dominantes. La primera es la llamada «idea del hemisferio occidental». La segunda alude a la supuesta «irrelevancia creciente» de la región para Washington, mientras que la tercera –y opuesta a la anterior– se apoya en la «voluntad y práctica imperialista» estadounidense en América Latina. Empleo aquí el término «visión» en dos de las acepciones que le asigna la Real Academia Española: como punto de vista particular sobre un tema, y como creación de la fantasía o imaginación, que no tiene realidad y se toma como verdadera.

La primera de las tres visiones, la idea del hemisferio occidental, convoca a los pueblos americanos a integrarse y cooperar. Nacida en la segunda mitad del siglo XVIII, se apoya en dos supuestos: la existencia de valores, intereses y metas comunes entre las dos Américas, como así también de una «relación especial» que distinguiría a las naciones del continente americano del resto del mundo. Esta idea tuvo tres momentos de auge: entre 1889 y 1906, entre 1933 y 1954, y entre fines de los años 80 y mediados de 1990. Fuera de estos periodos, Washington también apeló con frecuencia a esta idea para sustentar programas o políticas para América Latina que fueron invariablemente definidas como «nuevas». Así, los conceptos de «comunidad interamericana», «panamericanismo» y «relación especial» fueron empleados para estructurar esquemas tan diversos como la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, el Nuevo Diálogo de Richard Nixon y Henry Kissinger y la Iniciativa Empresarial para las Américas de George H. W. Bush. Actualmente, la idea del hemisferio occidental sigue presente en numerosos documentos y declaraciones oficiales estadounidenses, que destacan no solo la singularidad del vínculo interamericano, sino también el ejemplo que constituiría para el resto del mundo. Se alude incluso a un sentido de misión universal para los pueblos americanos. Vale citar, a título de ejemplo, las declaraciones de la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, formuladas en mayo de este año: «Estados Unidos ha forjado una estrategia comprehensiva de asociación con nuestros pueblos –los pueblos de nuestro hemisferio–. Esta estrategia cuenta con nuevo pensamiento y nuevos recursos, pero descansa en una aspiración compartida que es tan antigua como las Américas. Es la esperanza de un nuevo mundo».

La segunda visión sobre el tema, la tesis de la irrelevancia creciente, señala en su versión actual que América Latina es un área de escaso valor para EEUU, un fenómeno que se habría agudizado tras los atentados del 11 de septiembre y, más recientemente, debido a acontecimientos que ocurren fuera de la región, en particular en Oriente Medio y Asia. Aunque tiene antecedentes tan lejanos como la idea del hemisferio occidental, esta tesis cobró fuerza a partir de la década de 1970. Para sustentarla, sus defensores recurren a la relativa importancia y al tipo de atención que recibe América Latina de parte de los gobiernos estadounidenses en comparación con otros países o regiones del mundo. Esta tesis descarta toda «relación especial» con América Latina y considera que las políticas específicas que se despliegan hacia la región derivan, fundamentalmente, de procesos de naturaleza global o extrarregional, que son los que realmente ordenan la política exterior de Washington. De acuerdo con esta percepción, el eje alrededor del cual se estructura la política estadounidense hacia América Latina sería hoy la «guerra contra el terrorismo», como antes lo fue la contención del «expansionismo soviético».

Finalmente, la visión basada en la voluntad y la práctica imperialista sostiene que, desde sus mismos orígenes, EEUU ha procurado extender su dominio sobre América Latina por medio de la fuerza o por influjos económicos y políticos abusivos. Según esta lectura, la región jugaría en la actualidad un papel fundamental en el nuevo esquema de dominación mundial promovido por el gobierno de Bush y constituiría tanto una retaguardia militar y un mercado para las exportaciones como una fuente de cuantiosos recursos naturales.

A estas tres visiones se ha agregado recientemente una cuarta: la declinación hegemónica de EEUU en América Latina, en particular en América del Sur. Esta tesis se alimenta de dos fuentes principales: los reveses de Washington en Oriente Medio y Asia Central, anotados como una primera manifestación de la sobrextensión imperial, y la falta de comprensión –o el simple desinterés– del gobierno de Bush por América Latina.

Las tres visiones clásicas y sus principales errores

Los dos supuestos básicos en los que se apoya la primera tesis, basada en la idea del hemisferio occidental, si alguna vez tuvieron cierto sentido, ya no se sostienen. La relación interamericana carece de rasgos que la singularicen en un mundo que se globaliza. En todo caso, es la cercanía geográfica la que dota de cierta especificidad americana a cuestiones que componen la agenda global, tales como las migraciones, los acuerdos de libre comercio o las redes del crimen organizado. Pero no fue la geografía el aspecto que sustentó, durante más de dos siglos, la idea del hemisferio occidental. Por el contrario, la supuesta singularidad americana provenía de historias, valores, intereses y propósitos compartidos, que posibilitarían una nueva forma de relación entre países, alejada de las rivalidades y los modos propios de la política de poder. Sin embargo, la práctica de las relaciones interamericanas no mostraría desemejanzas con los modelos europeos que la idea procuraba superar. Antes bien, la tesis opuesta, basada en las diferencias –y hasta el conflicto– entre las Américas, fue ganando terreno, particularmente entre mediados de la década del 60 y fines de los 80. Después, los vientos de cambio que trajeron el fin de la Guerra Fría, la democratización y las reformas económicas realizadas en casi toda la región dieron un renovado vigor a la idea de hemisferio occidental, que se desvaneció nuevamente a partir de la segunda mitad de la década del 90.