Ensayo

Eric Hobsbawm, el marxismo y la transformación de la historiografía

Este ensayo analiza las grandes transformaciones de la historiografía contemporánea a partir de la obra de Eric Hobsbawm, fallecido en octubre de 2012 a los 95 años; unos cambios que son escudriñados a la luz del auge y la crisis del marxismo como método de análisis y herramienta de transformación sociopolítica en el siglo XX. Tras considerar la derrota de la historia narrativa y el intento de construir una historia global con un enfoque universal hasta los años 70, el artículo concluye con un balance del pesimismo tardío de Hobsbawm ante la historia neodescriptiva y relativista en boga en las últimas décadas, que para él constituyen una «gran era de mitología histórica», al calor de las políticas de la identidad actualmente en boga.

Eric Hobsbawm, el marxismo y la transformación de la historiografía

Como reflejo de los tensos vínculos entre historia global e historia intelectual, los trastornos de la historiografía contemporánea no son inteligibles sin considerar la evolución del marxismo como método de análisis y como «instrumento para cambiar el mundo a través del conocimiento». Esta era al menos la opinión de Eric Hobsbawm. Consideraremos esta problemática en tres tiempos: a) la derrota de la historiografía narrativa; b) la construcción de un punto de vista global que supere el eurocentrismo; y finalmente, c) el pesimismo y la crítica del autor ante la historia neodescriptiva y relativista hoy predominante.

Contra la historia narrativa

Entre finales del siglo XIX y la década de 1970, el campo de la historiografía fue el teatro de una lucha épica. Georges Lefebvre resumió los resultados del nacimiento de la historiografía contemporánea de la siguiente manera: «la historia dejó de limitarse a los hechos políticos, a lo que interesaba a las clases dominantes, al noble o al cura, para extender su curiosidad al conjunto de la vida, a los hechos de civilización, a la economía, a todas las clases sociales». Pero más que expresar un desdén por la historia de los acontecimientos, la extensión del territorio del historiador pretendía arraigar los hechos políticos, militares, diplomáticos, etc., en el marco de las fuerzas y tendencias profundas que moldean todo proceso histórico. La apuesta consistía en realizar síntesis y deducir ciertas conclusiones generales. La historia dejó de ser la «política del pasado», como la definía Edward A. Freeman, para convertirse en «historia de las estructuras y de las transformaciones en las sociedades y las culturas». Esta revolución epistemológica o transición de una historia narrativa a una historia-problema se plasmó metodológicamente en amplios debates sobre la integración de las ciencias sociales a la disciplina. Y pronto las dimensiones económicas y sociales de la vida humana fueron colocadas en el centro de la discusión. Ahora bien, las nuevas tendencias historiográficas –el materialismo histórico, las diversas corrientes de la escuela de Annales y de la antropología histórica, así como la más tardía escuela de Bielefeld en Alemania– no dejaron de ser heterogéneas tanto en sus métodos como en sus posiciones políticas. A diferencia de los británicos, y con excepción de algunos especialistas en la Revolución Francesa como Lefebvre o Albert Soboul, la mayoría de los franceses no se apoyaban directamente en Karl Marx, mientras que los alemanes se inspiraban en Max Weber.

No obstante sus diferencias, las distintas escuelas coincidieron en un objetivo fundamental: la modernización de la disciplina. Sus verdaderos enemigos fueron el positivismo y la predilección de los historiadores por los grandes estadistas, las batallas o los tratados diplomáticos. De esta manera se formó una alianza implícita entre las diversas escuelas modernizantes, en una lucha por la redefinición de la historia. En 1946, en su primer número, la revista Past and Present, entre cuyos miembros estaba Hobsbawm, rindió un homenaje a Annales. Recíprocamente, Jacques Le Goff, de Annales, comparó Past and Present con su propia revista. Por su parte, Hans-Ulrich Wehler, el fundador de la nueva historia sociológica en Alemania, consideró que el impacto mundial de la historiografía inglesa se debió esencialmente a la generación de historiadores marxistas. Para finales de los años 60, la integración de las ciencias sociales a la historia y la victoria de este «frente popular» de historiadores modernizadores parecían consumadas. Hobsbawm perteneció a la generación de marxistas que creció al calor de esos debates y que, tras la guerra, iba a contribuir a la formación de la historia social británica. Tuvo por maestro a Michael Postan. «Aunque apasionadamente anticomunista, era el único hombre en Cambridge que conocía a Marx, Sombart y Weber y al resto de los grandes de la Europa central y oriental, y tomaba suficientemente en serio sus trabajos para exponerlos y criticarlos». Hobsbawm le debe a la historia económica su iniciación y, en parte, su precoz lanzamiento a la vanguardia de los pioneros de la historia social. Esta se interesaba por «el movimiento obrero, las clases, los fenómenos de sociedad, así como [por] las influencias recíprocas entre los hechos económicos, políticos, jurídicos, religiosos, etc.». El apelativo «historia social» era «vago» y fue más bien una etiqueta política que podía federar a todos los historiadores modernizantes. En realidad, el papel que Hobsbawm atribuía a la historia no se distinguía del programa de historia total de Fernand Braudel, es decir una integración de las contribuciones de todas las ciencias humanas.

La metodología de Hobsbawm, marxista ortodoxo, se singulariza por su plasticidad. No debe confundirse con la historia económica y social muy en boga entre los años 40 y 60, que muchos críticos asociaron a la influencia marxista. Si bien no negó esta influencia, para Hobsbawm el ascendiente real de Marx en la historiografía fue mucho menor. «La mayor parte de lo que consideramos influencia marxista en historiografía ha sido en realidad marxista-vulgar. Consiste en la acentuación general de los factores económicos y sociales en la historia, que ha predominado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en todos los países». Para Hobsbawm, el marxismo es una teoría funcional-estructuralista que estriba en dos grandes pilares: la insistencia en «una jerarquía de los fenómenos sociales (base y superestructura) y la existencia de tensiones internas (‘contradicciones’) dentro de toda sociedad que contrarrestan la tendencia del sistema a mantenerse a sí mismo como una empresa en pleno funcionamiento». Este doble prisma moldea el tratamiento de las diversas problemáticas de su obra magna: la historia de los siglos XIX y XX. Mientras su trilogía sobre «el largo siglo XIX» (1789-1914) se despliega a partir de las consecuencias de «la doble revolución» (Revolución Industrial inglesa y Revolución Francesa), su trabajo sobre el «corto siglo XX» (1914-1991) se estructura en torno del ciclo del movimiento comunista abierto por la Revolución Rusa. Todos los fenómenos estudiados –la formación de clases sociales, de nacionalidades y de Estados, las transformaciones de las ideologías y de las religiones, así como de las relaciones familiares y sexuales, o la evolución de la literatura, de la arquitectura y del arte– testifican esta doble preocupación por descubrir la naturaleza de las interacciones dialécticas con el sustrato socioeconómico, así como los puntos de tensiones antagónicas. Para definir su relación con Marx, el omnívoro que fue Hobsbawm gustaba de emplear una imagen marcial: es mi sensei, decía.