Coyuntura

¿Éramos felices sin saberlo? Viejas y nuevas fracturas en la sociedad venezolana

Alta inflación, tensiones políticas y económicas y dependencia petrolera en un contexto de caída de los precios del hidrocarburo dibujan un escenario complicado para Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez desde 2013. No obstante, las grietas del prechavismo explican no solo la productividad del relato de Chávez sobre la «hora del pueblo», sino también la persistencia actual del chavismo en un contexto de retrocesos económicos e incluso sociales. Hoy, este fenómeno político se encuentra en crisis, pero la oposición no logra ni la estrategia ni la fuerza para desplazarlo del poder e inaugurar una era poschavista.

¿Éramos felices sin saberlo? / Viejas y nuevas fracturas en la sociedad venezolana

«Venezuela es un país dividido en dos: un país dominante y un país marginal. No ha podido integrarse en una sola nación y su realidad social está fracturada y en agonizante necesidad de unificación. Esta unificación es una cuestión de vida o muerte para el país, una cuestión de supervivencia». Lo anterior, aunque de una vigencia innegable, fue escrito hace 15 años por alguien a quien difícilmente hoy podría acusarse de chavista, y que rebatía ya ese intento de simplificar los hechos que hoy muchos encarnan cuando afirman que los venezolanos éramos felices pero no lo sabíamos.

Todo fenómeno social es complejo, polifactorial, lleno de matices, y explicarlo en pocas páginas plantea una serie de límites. En este artículo intentaremos, sin embargo, dar una mirada al quehacer político venezolano, repasando algunas etapas: la Venezuela de finales del siglo XX en la que incursiona el chavismo, la aparición de viejos fantasmas estructurales, pasando por los diferentes chavismos; por último, revisaremos las responsabilidades que tendrían las fuerzas de izquierda no chavistas en un escenario a menudo bastante entrampado y polarizado.

El quiebre de un sistema

Las variables que usaremos para ilustrar el cuadro social venezolano con el que se encontró Hugo Chávez en 1999 son tres: resultados del sistema de educación pública, gasto público social y participación política. El uso de estas tres variables responde al hecho de que están íntimamente conectadas con tres elementos esenciales del discurso y la praxis del chavismo desde su llegada al poder, a saber: un aumento pronunciado del gasto público social, una especial atención a la (re)masificación de la educación a través de misiones sociales como las llamadas Ribas y Robinson, y por último, un incentivo a la participación política de las comunidades, en un empeño por sustituir las formas representativas de la democracia por otras de participación directa.

Comencemos con la educación. Las aulas fueron, durante algunas etapas del gobierno de Chávez, un escenario de fuertes reacciones a ciertas políticas de Estado, posiblemente debido a lo inconsulto de los cambios que se introducían antes que al contenido mismo de las transformaciones. Echemos un vistazo al estado de la educación que se recibía en las escuelas de Venezuela dos o tres décadas atrás. En una investigación realizada por el Instituto Internacional para la Evaluación del Progreso Escolar durante la década de 1980, los niños venezolanos de nueve años ocuparon el último lugar en lo que se refería a las habilidades lectoras, en una evaluación en la que participaban otros 30 países del mundo, mientras que los adolescentes venezolanos lograron ubicarse solo por encima de Nigeria, Zimbabwe y Botswana. El pésimo desempeño escolar no era, sin embargo, homogéneo. Una investigación del Centro Nacional para el Mejoramiento de la Enseñanza de la Ciencia (Cenamec) halló, en 1991, en una evaluación que medía las habilidades matemáticas sobre 20 puntos, que estudiantes del sector de educación pública obtenían en promedio 4 puntos, mientras que los del sector privado alcanzaban los 10 puntos. Así, la educación, que había sido concebida como vehículo de movilidad social, se había transformado en reproductora de desigualdades. En cuanto al gasto público social, el panorama previo a la llegada del presidente Chávez tampoco era muy alentador. El porcentaje del PIB destinado al gasto público social en Venezuela estuvo durante toda la década de 1990 por debajo del promedio de América Latina. Mientras que entre 1990 y 1999 la región le dedicó en promedio 11,9% de su PIB, Venezuela asignó a esta misma área y en el mismo periodo un promedio de 8,48%. Además, Venezuela y Honduras son los únicos países de la región que llegaron al final de esa década destinando un porcentaje menor de su PIB al gasto público social que en los diez años precedentes. En este sentido, Venezuela exhibía un diferencial con tendencia a la baja en 1999, en relación con 1990, de -0,4%, al tiempo que Colombia, Paraguay y Perú, por citar tres ejemplos, reflejaban alzas de 7%, 4,3% y 3,5% respectivamente. Para 2013, el porcentaje del PIB destinado al gasto público social superaba el 20%.

Estas dos primeras variables contribuyeron sin duda a un resquebrajamiento del tejido social, que derivó en un desencanto que se expresó en niveles de participación política cada vez más bajos, lo cual se ve con claridad en el gráfico de esta página.

No es casual que el descenso más pronunciado se haya producido entre los años 1988 y 1993, luego de acontecimientos como el Caracazo de 1989, en el que se profundizó la ruptura entre las elites políticas y la sociedad, y la intentona de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 protagonizada por Chávez. A la caída de casi 20% en la participación con respecto al año 1988, hay que sumar la primera derrota que sufrían desde 1958 las fuerzas políticas que habían dominado hasta entonces el escenario: Acción Democrática y Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei). Se desconfiaba simultáneamente de los partidos tradicionales y del sistema que estos habían creado 35 años antes, en lo que se conoció como Pacto del Punto Fijo (1958). Los años previos a la llegada de Chávez al poder exhibían profundos niveles de atomización y polarización social, ligados a los efectos que las políticas neoliberales iban teniendo en los países de la región. La polarización incluso se territorializó y ha llegado a manifestarse a través de expresiones racistas que tienen hoy presencia en el escenario político. Las elites, encerradas en cosmovisiones etnocéntricas, miraban perplejas estos fenómenos sociales que no comprendían y que reducían a simplificaciones que debían explicarlo todo. Aún hoy es posible encontrar esas posturas en algunos espacios de la oposición.

Chávez y la hora del pueblo

Una de las ideas más apuntaladas y en la que se apalanca el imaginario del chavismo es la que sostiene que Chávez habría encarnado la llegada del pueblo al poder. La identificación de la clase política tradicional con cúpulas podridas frente al pueblo embaucado no solamente fue poderosa, sino que respondía en gran parte a la realidad venezolana. El chavismo tuvo, desde sus inicios, vocación de redefinir el quehacer político en un país que enviaba ya desde los años 80 mensajes que evidenciaban la inviabilidad de un mecanismo agotado de control del poder político. El llamado era a una urgente e impostergable renovación del contrato social venezolano, y no solo de ese contrato, sino de las formas en las que los «contratantes» participan en él. Ese pueblo, mayoritariamente pobre y excluido, se vio convertido de pronto en el protagonista de un relato y de una épica, mientras sus condiciones de vida mejoraban; el sistema, sin embargo, estaba anclado cada vez más en el uso exclusivo de la renta petrolera, y se alejaba simultáneamente de la generación de riqueza y de los procesos productivos. El propio Chávez se resignó ante el fracaso de la vieja idea de «sembrar petróleo» –es decir, usar ese recurso para industrializar el país, que importa la mayoría de lo que consume– y definió el modelo como «socialismo petrolero»: «Estamos empeñados en construir un modelo socialista muy diferente del que imaginó Carlos Marx en el siglo XIX. Ese es nuestro modelo, contar con esta riqueza petrolera», señaló en una de sus intervenciones en 2007.