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Entradas y salidas para armar la Bogotá ciudadana

En el resurgimiento urbano y cultural, Bogotá se ha colombianizado. Esto implica que deja de ser la ciudad encerrada en supuestos «auténticos» para dar paso a las múltiples culturas, estilos, etnias, culinarias, sones, mezclas cromáticas y hasta creencias que la habitan y que, a su vez, representan la vasta y compleja polifonía nacional. El artículo indaga las esperanzas y frustraciones de Bogotá, sus miedos y sus perspectivas de futuro, a través de un prisma que combina innovaciones en infraestructura urbana, nuevas modas musicales y hasta antiguos olores.

Entradas y salidas para armar la Bogotá ciudadana

Un poeta

En el poeta bogotano José Asunción Silva se reconoce la entrada a la modernidad de las letras colombianas al permitirnos pasar del verso rancio, costumbrista y retorista de sus antepasados, a uno musical, desprendido de calificativos innecesarios y cargado de belleza y misterio. En la introducción a una de las primeras obras completas de José Asunción Silva, solicitada en 1915 al filósofo y pensador español Miguel de Unamuno, este escribió con evidente reconocimiento al poeta americano: «No puede decirse que diga alguna cosa. Silva canta, como un pájaro triste que siente el advenimiento de la muerte a la hora en que se acuesta el sol»1. ¿Qué le ha dejado a la cultura bogotana y colombiana Silva, aquel joven que muere a los 31 años, el 24 de mayo de 1896, cuando ya el mundo se aprestaba a recibir el siglo XX? Nos dejó eso, cantos. Cantos poderosos en su ritmo que metieron nuestra cultura en otro tiempo. He aquí su melodía para estar a la par con quienes lo reconocen como símbolo bogotano de sus letras: «¡Oh la sombra de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas! ¡Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas!».

Quizá sean los versos más repetidos durante 100 años en Bogotá y desde estas tierras en eco por los espíritus universales que reconocen en el poeta bogotano a uno de los impulsores y creadores modernos del canto de la poesía y las letras. Bien se admite que el «Nocturno» de Silva provoca tal avance en la ciudad lírica de la lengua castellana desde Bogotá, como lo provoca para el inglés de Estados Unidos «El cuervo» de Edgar A. Poe. Ese gran poema nocturno que se relaciona profundamente con la vieja Bogotá gris, escrito durante una agónica y corta vida por manos tan delicadas que sin embargo pudieron dispararse el tiro mortal –dijo el otro poeta, Pablo Neruda–, abre las puertas de terciopelo de un castellano del cual siempre se ha sentido orgullosa Bogotá, magnífico y tenebroso, de un idioma hispano nunca antes usado de ese modo, conducido por un ángel nocturno desde el bogotanísimo barrio La Candelaria, donde se inicia esta urbe de la mano de los constructores españoles en 1538.

Son esos magníficos versos que repetimos los bogotanos cuando estamos tristes y alegres, cuando queremos y estamos enamorados, o cuando huimos aterrorizados ante la noche y la muerte. Con esos versos extraños, pero sin duda nuevos, frescos y juveniles, se despide Bogotá del siglo XIX, de un mundo más pastoril y campesino, y entra en otra lírica urbana que se abre al nacimiento de un siglo XX que traerá a la nación industria, maquinaria, ciudades, carreteras, nuevos medios de comunicación, progreso económico. Pero también guerras, muertes, luchas contra narcotraficantes, bombas, ataques guerrilleros a la infraestructura pública, odios entre partidos, descomposición social, corrupción de los políticos y venganzas sin fin que se extienden por toda la centuria e ingresan aún desafiantes al nuevo milenio del siglo XXI.

Un magnicidio

Desde nuestro enfoque del estudio de los imaginarios urbanos, hay cualidades determinantes en cada ciudad que la condensan y cualifican. El trazado de una ciudad es cualidad, también lo son sus letras, sus sensaciones, sus escalas cromáticas, sus sonidos, sus sitios, sus historias. Y entre todas hay una que más cualifica a Bogotá como materia cultural. Sobrevive en una gran herida colectiva: un magnicidio que le ha impreso un carácter y, no obstante sus funestas consecuencias, la hizo nacer como ciudad moderna: el asesinato del gran líder mestizo Jorge Eliécer Gaitán el 12 de abril de 1948.

El asesinato de Gaitán constituyó un sacrificio sin el consiguiente perdón social, que podría ser el destino hasta generoso de un magnicidio para una comunidad. Si lo que el sacrificio fija en el rito es la esperanza, querría decir que apunta a establecer la posibilidad colectiva de canalizar la violencia. Al no construirse esos canales, aparece en su lugar la culpabilidad colectiva que, sostenida en el tiempo, hace aparecer otra figura: la víctima siguiente. La otra víctima que repite el círculo maldito donde cualquiera que pretenda darle salida puede ser la siguiente presa. Gaitán se revela en los espíritus bogotanos como su fantasma errante que atraviesa toda la segunda mitad del siglo XX. Pagar la culpa por semejante magnicidio es una deuda todavía en proceso. Pero suenan campanas en el nuevo milenio que algo nos anuncian para despertar del penoso duelo. Por medio del sacrificio fundamentador se da acceso a la culpa, pero también a los ritos de liberación para redimirse de ella.

Trazados de ciudad y arquitectos

Bogotá ha tenido en su historia varios trazados, pero en especial debemos recordar dos para comprender sus cualidades físicas actuales. El primero, con el cual nace la ciudad hace más de 450 años (se fundó en 1538), sigue la cuadrícula hispánica sobre un centro donde se ubican los poderes civiles y religiosos, a partir del cual se construyen las manzanas en forma de cuadrados y en el que domina la construcción en teja y ladrillo; cada uno de sus cuatro lados se llama «cuadra». El segundo, por encargo que se hizo al reconocido arquitecto suizo Le Corbusier –quien fue invitado a Bogotá en 1947–, concibe una ciudad de bulevares que darían rotación y ligereza al tránsito vehicular. Se invitó a Le Corbusier para que realizara un plan piloto de Bogotá y su llegada coincide con el periodo del asesinato de Gaitán.

Esos dos trazados todavía operan como los criterios determinantes de la concepción física y así, en su mayor parte, Bogotá es recorrible por manzanas cuadradas con una numeración progresiva de sur a norte, a partir de la calle primera, y de Oriente a Occidente. Las vías paralelas a sus cerros al Oriente se llaman «carreras» y van de Sur a Norte, y las perpendiculares se denominan «calles» y circulan de Oriente a Occidente. En Bogotá, por esto mismo, se sube y baja, según nos alejemos de los cerros yendo a Occidente, hacia el Aeropuerto Eldorado, o nos acerquemos cuando estamos escalando hacia los dos cerros que la enmarcan y la nombran: Monserrate, su iglesia, y Guadalupe, la escultura de una inmensa virgen blanca. La presencia de Le Corbusier en Bogotá durante los años 50, luego del vandalismo ocasionado por el asesinato del líder Gaitán, que incendió y destruyó parte importante de la arquitectura del centro de la ciudad, dejó hechos positivos como la Oficina de Planes Reguladores para que los arquitectos se comprometieran con un desarrollo armónico de la ciudad y en la construcción integral de planes de vías.

  • 1. «Prólogo» en José Asunción Silva: Obras completas, Bedout, Bogotá, 1968, p. 5.