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En diálogo con "Trabajos del reino", de Yuri Herrera

¿Cómo narrar el narcotráfico en la frontera entre México y Estados Unidos sin apelar al crudo realismo? En Trabajos del reino, Yuri Herrera lo hace a través de una interesante alegoría de la vida palaciega. La historia está contada a modo de fábula, sin que pierda por ello la capacidad de calcar la inclemencia y el tenso «sonido ambiental» de la vida en la frontera, pero sin hacer mención de los lugares comunes relacionados con el narcotráfico. Sin embargo, las armas, las drogas, los prostíbulos y la desesperación del que quiere cruzar al otro lado y no puede, todo está sugerido de manera muy precisa, como si se transcribiera un angustioso «estado de ánimo».

En diálogo con "Trabajos del reino", de Yuri Herrera

Los cuerpos

Hasta donde alcance la vista llega el Rey.Yuri Herrera

Trabajos del reino es la historia de un músico marginado que va reconstruyendo el mundo interior de un cartel de narcotraficantes a través de los corridos que compone. Buena parte de la novela transcurre dentro de los límites del Palacio: un territorio delimitado por «una soberbia de murallas, rejas y jardines vastísimos» dentro del cual conviven el Rey y su comitiva. Se trata de un cuadrado simple y vigilado, con una plaza al centro y rodeado por una reja electrificada. Cada uno de los movimientos que se realizan dentro de estas demarcaciones está controlado. El Palacio, como bien dice el narrador, es una suerte de ciudad con lustre en la margen de la ciudad. Estos espacios son ranchos improductivos: extensiones de tierra que algún rico ha comprado y no explota. Tierras extensas que tienen en el centro una casa con un salón muy grande y muchísimas habitaciones. Se los llama «narcorranchos» porque muchos narcotraficantes tienen ranchos de este tipo y porque son usados por los capos como una suerte de guarnición en medio del desierto.

En la novela, este espacio podría leerse fácilmente como una materialización del estado de excepción: una zona en la que la nuda vida y la norma son una misma ambigüedad1. Quien cruza sus límites abandona sus propios derechos y le otorga al Rey el poder de usar el suyo de la manera que él crea oportuna para la preservación de todos: «Era un rey, y a su alrededor todo cobraba sentido. Los hombres luchaban por él, las mujeres parían para él; él protegía y regalaba, y cada cual, en el reino, tenía por su gracia un lugar preciso»2.

Los narcos reproducen las prácticas más oscuras de la monarquía. Estos personajes no tienen hoy en día quien los enfrente y les conteste. Como los monarcas, los capos del narcotráfico están rodeados por una suerte de aura mística que los distancia de su condición humana. En la novela de Herrera, el Rey no solo tiene el poder de decidir sobre la vida natural de cada uno de los individuos que habitan en el Palacio, aquellos que le han cedido su soberanía, sino que además está en la obligación de protegerlos.

El mayor de los poderes humanos es aquel que proviene del consentimiento de varios hombres unidos en una misma persona. Ese, según Thomas Hobbes, es el poder de un Estado. Esto quiere decir que tener siervos es tener poder: cualquier cualidad que haga que un hombre sea amado o temido por otros implica poder, porque esto constituye una forma de tener la asistencia y el servicio de varios a la vez. Tal es el caso del Rey en la novela: «Para esto servimos (…), para darle poder. A solas, ¿qué vale cualquiera de nosotros? Nada. Pero aquí somos fuertes, con él, con su sangre…»3.El soberano, como hemos dicho, resguarda la integridad de la vida, y para poder hacerlo se ve en la necesidad de reconducirla al régimen de un cuerpo social constituido por todos los súbditos que delegaron en él su destino: «Sí, eres chilo, porque te lo permite el Rey. Sí, qué valiente eres, porque te inspira el Rey»4. Al ceder su soberanía, los habitantes del Palacio dan forma a un cuerpo social sobre el cual el Rey decide5.

No es casual que la metáfora más influyente con que la política en Occidente representó la vida de la sociedad haya sido la del cuerpo. En palabras de Roberto Esposito, «en el cuerpo, y solo en el cuerpo, [la vida] puede seguir siendo lo que es, y crecer, potenciarse, reproducirse»6. El cuerpo es el lugar en el que vida y muerte se advierten simultáneamente. Es el cuerpo el que debe combatir contra las amenazas que vienen de afuera (los homicidios) y las que vienen de adentro (la enfermedad, el envejecimiento). Según Esposito, «[el cuerpo] es el frente de resistencia, simbólico y material, de la vida contra la muerte»7, y el poder soberano está en la obligación de protegerlo.

En Argentina, por ejemplo, durante la época de la dictadura militar, las Fuerzas Armadas que llevaron adelante el autoproclamado «Proceso de Reorganización Nacional» construyeron una suerte de relato quirúrgico en torno del cuerpo social. De este modo lo plantea Ricardo Piglia:

Los militares manejaban una metáfora médica para definir su función. Ocultaban todo lo que estaba sucediendo, obviamente, pero, al mismo tiempo, lo decían, enmascarado, con un relato sobre la cura y la enfermedad. Hablaban de la Argentina como un cuerpo enfermo, que tenía un tumor, una suerte de cáncer que proliferaba, que era la subversión, y la función de los militares era operar, ellos funcionaban de un modo aséptico, como médicos, más allá del bien y del mal, obedeciendo a las necesidades de la ciencia que exige desgarrar y mutilar para salvar. Definían la represión con una metafórica narrativa, asociada con la ciencia, con el ascetismo de la ciencia, pero a la vez aludían a la sala de operaciones, con cuerpos desnudos, cuerpos ensangrentados, mutilados.8

Haciendo uso de la misma metáfora macabra, cabe preguntarse cuál sería, en el reino, la posible «enfermedad», y de qué forma se presenta y desarrolla en la novela.

Generalmente, el colapso de un cuerpo social es causado por un mal endógeno; puede tratarse del envejecimiento natural o de lo que Esposito llama una «guerra intestina». Sin embargo, a veces el mal ataca desde afuera: una invasión extranjera, un conflicto civil. En esos casos, el mal se transmite a través de la infiltración de un elemento contagioso no generado por el propio organismo. «De aquí la necesidad, cada vez más enfatizada –postula Esposito, y podemos extenderlo a lo que sucede en el Palacio–, de barreras, protecciones y aparatos inmunitarios tendientes a reducir, si no a eliminar, la porosidad de las fronteras externas contra gérmenes tóxicos contaminantes.»9

En Trabajos del reino se presenta, por una parte, la certeza de que un enigmático elemento externo se ha infiltrado en el Palacio, y por otra, la de que este elemento es el que causa el conflicto interno que marca el declive del cartel. Desde el principio de la novela se advierte un peligro: hay una fiesta en la que el Rey debe «amarrar» una alianza con otros dos capos. Según la Niña, este enlace no se lleva a cabo: «Dicen que hay un chaca al que no le cuadró el nuevo arreglo, no sé bien, dicen que está metiendo merca a la plaza sin permiso del Señor»10. Desde entonces comienzan a aparecer en la historia elementos de violencia: el cadáver del Pocho atravesado por una daga curva traspasándole los oídos, el cadáver del Periodista ensangrentado en el medio del Palacio. Súbitamente, todo empieza a girar en torno de develar quién está detrás de la figura del Traidor. ¿El Heredero? ¿El Chaca? ¿El Gringo? ¿La Bruja? ¿Todos a la vez? No lo sabemos. Lo único que está claro es que el elemento dañino proviene de afuera y que trabaja conjuntamente con factores internos: «El Traidor anda en tratos con los del sur, pero no hay manera de saber si lo hace a nombre de alguien acá»11.

  • 1. «Cuando vida y política, divididas en su origen y articuladas entre sí a través de la tierra de nadie del estado de excepción, en el que habita la nuda vida, tienden a identificarse, toda vida se hace sagrada y toda política se convierte en excepción». Giorgio Agamben: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida vol. 1 [1998], Pre-Textos, Valencia, 2004, p. 188.
  • 2. Y. Herrera: Trabajos del reino, Periférica, Cáceres, 2010, pp. 9-10.
  • 3. Ibíd., p. 60.
  • 4. Ibíd., p. 34.
  • 5. Hay una escena hacia el final de la novela en la que el Rey decide sobre la vida del cuerpo del Artista: «Escuchó que llamaba a uno de sus guardias, escuchó los pasos del guardia hasta la cabecera de la mesa rectangular, y entonces percibió una nada aún más reveladora. Entre el último paso y el Sí, señor del guardia pasó el tiempo justo para que el Rey lo condenara. Chíngate a este pendejo, le dijo al guardia. A eso sonaba esa nada». Ibíd., p. 110.
  • 6. Immunitas. Protección y negación de la vida, Amorrortu, Buenos Aires-Madrid, 2005, p. 161. Y agrega: «Autores políticos y literarios representaron la constitución y el funcionamiento del organismo político: cada parte suya era comparada con un órgano del cuerpo humano, con todas las consecuencias normativas que tal correspondencia naturalmente implicaba en relación con la jerarquía que de este modo se establecía no solo entre el rey-cabeza y los súbditos-miembros, sino también entre las distintas clases y órdenes del reino». Ibíd., p. 162.
  • 7. Ibíd., p. 161.
  • 8. «Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)» en Casa de las Américas Nº 222, 2001, disponible en www.casadelasamericas.com/publicaciones/revistacasa/222/piglia.htm, fecha de consulta: 15/1/2011.
  • 9. Ob. cit., pp. 174-175.
  • 10. Y. Herrera: ob. cit., p. 38.
  • 11. Ibíd., pp. 70-71.