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En diálogo con "Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos", de Hugo Vezzetti

En los últimos años ha crecido el número de documentales, libros, conferencias y artículos que promueven balances y miradas más o menos críticas sobre la violencia revolucionaria de los años 60 y 70. Sin embargo, prevalecen narrativas nostálgicas de la experiencia revolucionaria y relatos que han aprendido a conjugar –en forma alternativa o simultánea– las figuras del héroe bélico y la víctima martirizada. En este marco, \"Sobre la violencia revolucionaria\" busca reponer en las memorias autocomplacientes lo que hay de olvidos, postergaciones y hechos y debates sepultados, desmenuzando los puntos nodales de las autocríticas amables y poniendo en discusión tanto problemas éticos como políticos con reflejo en las izquierdas contemporáneas.

En diálogo con "Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos", de Hugo Vezzetti

Ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir. Porque ahora, (…) se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo (…). Ahora, sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia (…). Porque esta gran humanidad ha dicho «¡Basta!» y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá...

2º Declaración de La Habana, 4 de febrero de 1962Así se iniciaba la década de 1960 en América Latina: con el anuncio –que era, en rigor, promesa– de una inminente emancipación colectiva. Si tras el fin de la Segunda Guerra Mundial los distintos procesos de liberación nacional que tuvieron lugar en Asia y África parecían colocar al Tercer Mundo en los albores de un nuevo tiempo que ponía fin a la invencibilidad de los más poderosos, en América Latina la Revolución Cubana ratificaba el comienzo de esa etapa para el continente y, al mismo tiempo, indicaba un camino preciso en la prosecución del cambio: la voluntad y las armas.

Quedaba claro, en principio, que la transformación revolucionaria era posible incluso en sociedades donde el capitalismo industrial no había alcanzado su madurez; pero más importante aún, el tiempo de espera de las llamadas «condiciones subjetivas» quedaba arrasado por la urgencia de las voluntades, puesto que la acción de los revolucionarios podía crearlas. Y esa acción, se entendía, llevaba el signo de la violencia; de una violencia nueva y necesaria, destructora de la opresión y creadora de un nuevo orden y de un hombre nuevo. Una violencia aceleradora de los buenos tiempos venideros y que, para muchos, llevaba el sello del sacrificio de sangre.

La experiencia de Cuba –que a menos de tres años de la toma del poder por el Ejército Rebelde declaraba el carácter socialista de su revolución– no podía menos que trastocar profundamente el mundo de las izquierdas latinoamericanas y erigirse como fuente de debates y modelo de referencia de distintas organizaciones revolucionarias que, en nombre de los aplastados por el hambre y el poder, se lanzaban al combate.

Así, en el continente, la década de 1960 se iniciaba con un salpicado florecer de guerrillas, en su mayoría rurales. En Venezuela, surgían las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), dirigidas por Douglas Bravo, y el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), liderado por Américo Marín. En Guatemala, Turcios Lima conducía las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre se internaba en la Sierra de las Minas conquistando a los campesinos; su comandante, Marco Antonio Yon Sosa, proclamaba «a todas las masas de América Latina (...) que Guatemala está en pie de lucha por el socialismo, con las armas en la mano, y Guatemala no fallará»1. En Colombia, Fabio Vázquez Castaño lideraba el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Manuel Marulanda Vélez («Tirofijo»), las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).«Desde las montañas del Perú milenario, con las armas a la mano y con la fe revolucionaria fortalecida»2: así Luis de la Puente Uceda, al mando del Movimiento de Izquierda Revolucionaria del Perú, iniciaba las acciones guerrilleras en la Sierra Central; y lo hacía con un manifiesto programático de contenido socialista. También se organizaba en Perú el Ejército de Liberación Nacional, dirigido por Héctor Béjar, y en Nicaragua, lo hacía el Frente Sandinista de Liberación, al mando de Carlos Fonseca.

Antes de finalizar la década de 1960, la mayoría de esos movimientos guerrilleros habría de fracasar total o parcialmente. Algunos de ellos, incluso, sin haber logrado animar lazo de solidaridad alguno con campesinos y explotados, como en el caso del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), liderado por Jorge Masetti en Argentina. Pero ni aun el golpe más sentido por los revolucionarios, la detención y el fusilamiento en Bolivia del comandante Ernesto Che Guevara (en octubre de 1967), hacía mella en la certeza por tantos compartida de que una «gran humanidad», la de los oprimidos, la de los pequeños, la de los postergados, había ingresado definitivamente, y por fin, en los senderos de una historia inexorable que comenzaba a desplegarse.

De esa convicción participaban también numerosos intelectuales de izquierda del Primer Mundo, que no dudaban en afirmar que solo el camino de la emancipación de esa periferia empobrecida y explotada pondría fin a un capitalismo en manifiesta decadencia y extinción, lo que daría lugar entonces a nuevas relaciones humanas. De ahí también que sus plumas, tan estremecidas como estremecedoras, alentaran el alzamiento en armas de los oprimidos, porque allí comenzaba –insistían– la profunda y verdadera liberación del hombre. Así, por ejemplo, desde las cautivantes páginas de Los condenados de la tierra, Franz Fanon, psicólogo caribeño que participó de la guerra de liberación argelina, afirmaba que «el hombre colonizado se libera en y por la violencia»3; al tiempo que, desde el prólogo de la misma obra, el filósofo existencialista francés Jean-Paul Sartre concluía que «en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre»4.

Paralelamente, hacia mediados de la década, se publicaba la obra del joven filósofo francés Régis Debray, quien desarrollaba las ideas implícitas en la corriente castrista en ese momento: ¿Revolución en la Revolución? (1966). La obra de Debray tendría un fortísimo impacto en el continente, y sus principales proposiciones –prioridad de lo militar sobre lo político, el foco de guerrilla como núcleo o reemplazante del partido político y como conductor del proceso revolucionario– serían adoptadas por una parte importante de las organizaciones armadas que procuraban replicar la gesta cubana.

  • 1. En Adolfo Gilly: La senda de la guerrilla (Por todos los caminos/2), Nueva Imagen, México, df, 1986, p. 88.
  • 2. Carta de Luis de la Puente a A. Gilly, agosto de 1965, cit. ibíd., p. 156.
  • 3. Fondo de Cultura Económica, México, df, 1963, p. 77.
  • 4. Ibíd., p. 20.