Tema central

En diálogo con "Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia", de Elizabeth Burgos (con Rigoberta Menchú)

El libro de la líder indígena guatemalteca Premio Nobel de la Paz, publicado bajo la autoría de la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos en los años 80, tuvo amplia repercusión en la academia estadounidense y en los movimientos de derechos humanos en América Latina. Para muchos inauguraba un nuevo género capaz de desafiar, desde la subalternidad, incluso a la literatura en su sentido convencional. Pero también tuvo detractores, que pusieron en cuestión su veracidad y criticaron la existencia de una «inflación mítica» al servicio de una política radical. Todas estas discusiones dieron lugar a interesantes intercambios acerca de la verdad, el cientificismo, la relación entre testimonio oral y literatura escrita, el rol de los subalternos y la construcción de los relatos sociales.

En diálogo con "Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia", de Elizabeth Burgos (con Rigoberta Menchú)

Ni siquiera los muertos están a salvo. Walter Benjamin

Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia fue publicado por primera vez en 1982, en Cuba, donde ganó el Premio Casa de las Américas en la categoría Testimonio. El texto, ampliamente difundido después en el mundo hispanohablante y en traducciones a otros idiomas, fue el resultado de una colaboración entre la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos y Menchú, quien tenía entonces 23 años, en una serie de sesiones en el apartamento de Burgos en París. Por su popularidad, pasó a ser para la crítica literaria una especie de paradigma para conceptualizar el género testimonial. Aunque no fue concebido con fines literarios, Me llamo Rigoberta Menchú llegó a ser el texto narrativo más difundido y más discutido de la literatura latinoamericana de finales del siglo XX. En algunas antologías de lectura, ya forma parte del canon de la literatura latinoamericana.

El texto narra en su propia voz la historia de vida de Menchú –es una especie de Bildungsroman– y cómo su propia formación coincide con la época de la lucha armada y la guerra contrainsurgente en Guatemala, a finales de la década de 1970 y comienzos de la de 1980. Pero el libro, que nace de la situación de lucha, también se ha vuelto un sitio de batallas interpretativas. ¿Es o no es literatura? ¿Es o no es un documento de cultura «oral»? ¿Es el producto de Menchú o de Burgos, que aparece en las ediciones como la autora? Como testimonio vivo, ¿es o no es un documento fidedigno de cierto momento de la historia?

En una de las secciones más impactantes del libro, Menchú narra la tortura y ejecución de su hermano Petrocinio a manos de miembros del Ejército guatemalteco en la plaza de un pequeño pueblo llamado Chajul, destino de una peregrinación anual de fieles al santo local. He aquí una parte de su relato:

Ya después, el oficial mandó a la tropa llevar a los castigados desnudos, hinchados. Los llevaron arrastrados y no podían caminar ya. Arrastrándoles para acercarlos a un lugar. Los concentraron en un lugar donde todo el mundo tuviera acceso a verlos. Los pusieron en filas. El oficial llamó a los más criminales, los «kaibiles», que tienen ropa distinta a los demás soldados. Ellos son los más entrenados, los más poderosos. Llaman a los kaibiles y estos se encargaron de echarles gasolina a cada uno de los torturados. Y decía el capitán, este no es el último de los castigos, hay más, hay una pena que pasar todavía. Y eso hemos hecho con todos los subversivos que hemos agarrado, pues tienen que morirse a través de puros golpes. Y si eso no les enseña nada, entonces les tocará a ustedes vivir esto. Es que los indios se dejan manejar por los comunistas. Es que los indios, como nadie les ha dicho nada, por eso se van con los comunistas, dijo.

Y continúa Menchú describiendo las acciones de los militares contra los indígenas:

Al mismo tiempo quería convencer al pueblo pero lo maltrataba en su discurso. Entonces los pusieron en orden y les echaron gasolina. Y el ejército se encargó de prenderles fuego a cada uno de ellos. Muchos pedían auxilio. Parecían que estaban medio muertos cuando estaban allí colocados, pero cuando empezaron a arder los cuerpos, empezaron a pedir auxilio. Unos gritaron todavía, muchos brincaron pero no les salía la voz. Claro, inmediatamente se les tapó la respiración. Pero, para mí era increíble que el pueblo, allí muchos tenían armas, sus machetes, los que iban en camino del trabajo, otros no tenían nada en la mano, pero el pueblo, inmediatamente cuando vio que el ejército prendió fuego, todo el mundo quería pegar, exponer su vida, a pesar de todas las armas Ante la cobardía, el mismo ejército se dio cuenta que todo el pueblo estaba agresivo. Hasta en los niños se veía una cólera, pero esa cólera no sabían cómo demostrarla. Entonces, inmediatamente el oficial dio orden a la tropa que se retirara. Todos se retiraron con las armas en la mano y gritando consignas como que si hubiera habido una fiesta. Estaban felices. Echaban grandes carcajadas y decían: ¡Viva la patria! ¡Viva Guatemala! ¡Viva nuestro presidente! ¡Viva el ejército!1

En buena medida, la fuerza de este pasaje deriva del hecho de que pretende ser el relato de un testigo, es decir, un testimonio en el sentido legal. Menchú estuvo allí; ella y su familia viajaron toda la noche por los senderos de la montaña para llegar a Chajul; como los Evangelistas, ella vio con sus propios ojos las terribles heridas infligidas en el cuerpo de su hermano, lo vio ser quemado vivo, sintió la rabia de la muchedumbre contra los kaibiles. Cuando alguien se dirige a nosotros de esta manera –con la voz propia–, incluso aunque se trate de alguien a quien normalmente no haríamos caso, se nos pone en la obligación de responder; como respuesta a esa obligación, podemos actuar o no, podemos tomarla a mal o aceptarla con agrado, pero no podemos hacer caso omiso de ella. El testimonio nos reclama una reacción.

Esta voz, ¿es tranquilizadora o perturbadora? En parte es tranquilizadora, incluso en su expresión de estados de desesperación, sufrimiento y abyección extremos, como en este caso, porque ha sido producida para nosotros, en cierto sentido, y por gente como nosotros, people like us, como se dice en inglés: etnógrafos como Elizabeth Burgos, periodistas, Amnistía Internacional, psicoterapeutas, pequeñas editoriales feministas, comisiones de la verdad, y en un género narrativo –la autobiografía o el Bildungsroman–, que es la forma que probablemente le daríamos a la historia de nuestra propia vida.

Pero esta voz también nos llega del sitio de un otro, un otro que está reprimido u ocultado por nuestras propias normas de autoridad e identidad cultural y de clase, y desde una situación de urgencia extrema, parecida a lo que Walter Benjamin y Giorgio Agamben entienden por «vida desnuda» o «nuda vida» (blosses Leben)2. Se dirige a nosotros de manera similar a como la ideología, según Louis Althusser, interpela a los sujetos. Pero mientras que, en ese caso, la enunciación del policía –«¡Eh, usted, oiga!»– nos interpela como subalternos (sujetos a la autoridad del Estado o de la ley), en el testimonio somos de hecho interpelados desde un sujeto subalterno. Por lo tanto, hay momentos en el testimonio en los que escuchamos algo que no se ajusta a nuestro sentido de lo ética o políticamente correcto o cómodo. Estos momentos nos invitan a una nueva forma de relacionarnos con otros, a una nueva forma de la política. Aunque surge precisamente en los espacios de lo no hegemónico (y este hecho marca su distinción con la literatura), el testimonio tiene una vocación hegemónica. Quiere, necesita (porque está conectado con un problema concreto de supervivencia) «cambiar el mundo».

  • 1. E. Burgos-Debray (con R. Menchú): Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, Siglo xxi, México, df, 1988, pp. 204-205.
  • 2. Giorgio Agamben: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, Valencia, 1999. Benjamin introduce el concepto en su ensayo «Para una crítica de la violencia» (1921), publicado en Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, Madrid, 1991.