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En diálogo con "Los ríos profundos", de José María Arguedas

¿Cómo escribir en castellano lo que es concebido y resuena en quechua? Ese es uno de los desafíos de José María Arguedas al componer sus novelas. Lo resuelve creando un idioma literario, basado en el castellano, que no deja de transmitir la extranjeridad de las mayorías indígenas dentro de la identidad nacional peruana. El oficio del escritor y su capacidad para oír «voces a través de las voces» se entremezclan en este artículo con el dilema político: ¿qué hacer con los fantasmas que siguen habitando el Perú andino, dar cuenta de ellos en una nueva construcción nacional o exorcizarlos como una «utopía arcaica»?

En diálogo con "Los ríos profundos", de José María Arguedas

El extranjero te permite ser tú mismo al hacer de ti un extranjero. Edmond Jabès, En su blanco principio

1. El nacionalismo es un sistema de ideas y creencias fundado en la distinción entre la propia comunidad nacional y las restantes –los extranjeros que pueblan el ancho mundo– y en la suposición de la especificidad –real– y la superioridad esencial –imaginada– de esa comunidad sobre todas las otras. De ahí la proliferación en América Latina de expresiones que denotan esta diferencia específica e insinúan el orgullo de la implícita superioridad esencial: «mexicanidad», «bolivianidad», «peruanidad» «argentinidad», «colombianidad». Que a cada una de estas esencias nacionales corresponda una literatura (una narrativa, una ensayística, una poesía) y una historiografía, parecería ser un corolario ya contenido en el mismo enunciado y tan evidente como el hecho de que les corresponde un territorio.

Contra tal corolario este extranjero se inscribe en falso.

El nacionalismo supone el orgullo por la nación propia, esa invención de los siglos recientes, un idioma común, ese destilado de los tiempos antiguos, y un sentimiento de pertenencia y protección, esa necesidad sin tiempo de los humanos. La que será la lengua nacional va desplazando, subordinando y aplastando a las que antes coexistían en el mismo territorio y se afirma, única, como la lengua del mando y de los intercambios. La nación, una e indivisible, y el Estado en el cual encarna aborrecen la diversidad. Esta operación de desplazamiento y anulación de las otras lenguas sobre un mismo territorio fue realizada en lo fundamental en América Latina por la Conquista y las repúblicas del siglo XIX. El despojo de las lenguas indígenas y de sus mundos de imágenes y significados fue parejo con el despojo de los territorios y las tierras, este siempre unos cuantos pasos delante de aquel.

Las dos dimensiones constitutivas del espacio de existencia del Estado-nación: la relación de mando-obediencia y la relación de intercambio mercantil (el poder y el dinero, el soberano y el mercante), ambas sancionadas en códigos y leyes, requieren esa lengua común como vehículo de las órdenes y de los intercambios, así como un ejército para aquellas y una moneda para estos. La comunidad estatal-nacional es un producto histórico; es decir, se funda en un pasado común, como todas las comunidades humanas, e imagina un destino común. Es, como ha sido llamada, una «empresa histórica nacional».

El nacionalismo es la ideología que exalta esos valores. Para ello necesita, además de un cuerpo de leyes, una literatura que unifique el sentimiento de pertenencia a esa comunidad y una historiografía que imagine y recree ese pasado común y lo convierta en patrimonio mítico de todos. «Idioma nacional» e «historia nacional» son materias en todos los niveles formativos de la educación elemental. Conocidas y repetitivas son las largas disputas historiográficas y literarias a las cuales aquella necesidad ha dado origen o alimento. El nacionalismo supone la existencia de una comunidad estatal, existente o en ciernes; una comunidad, esto es, entre gobernantes y gobernados en términos políticos; entre dominadores y dominados en términos sociales; entre propietarios y no propietarios en términos económicos. En esta comunidad doble e internamente separada –de ahí la necesidad de la relación estatal, no como administración sino como cohesión–, el nacionalismo es el conjunto de creencias e ideas compartidas por todos sobre un pasado común, una empresa común y un destino común, el de la nación en la cual todos se reconocen y a la cual todos pertenecen.

El nacionalismo es la ideología que une en una comunidad imaginaria esas partes diversas en conflicto –ellos los ricos, nosotros los pobres–, que en la vida real saben bien por dónde pasa en cada caso la línea divisoria, una línea que es movediza y cambiante por naturaleza. El nacionalismo no habla del ser humano en tanto tal, sino de una identidad compartida y delimitada por una frontera. Es una de las formas modernas de la inmemorial «sed de comunidad», de protección, de pertenencia. El nacionalismo, como lo eran la religión y los vínculos de sangre en las sociedades de Antiguo Régimen, es un límite que nos define, nos separa y nos protege de Ellos, los Extranjeros, los Judíos, los Musulmanes, los Extraños Portadores del Mal.

Desesperadamente, la nación necesita ordenar la literatura según su unidad y sus relaciones de mando. El uso nacionalista de la literatura de autores nacionales contribuye a crear el territorio imaginario de la comunidad donde se reconocen superiores e inferiores, quienes viven el pacto no escrito de mando y obediencia. La imaginación literaria forma parte del tejido conectivo de la comunidad imaginaria y, al vivir en esa zona de conexión, de ella saca también materia de trabajo.

El nacionalismo es real e intenso en las comunidades nacionales. Y al mismo tiempo es una construcción imaginaria para cubrir o paliar desgarraduras reales, fronteras internas, tiempos diferentes, relaciones asimétricas y desiguales, e impedir que estas desintegren la comunidad nacional imaginada, aquella de la cual un himno dice que «en el cielo tu eterno destino por el dedo de Dios se escribió». Como cualquier otro producto del espíritu y del trabajo, la literatura puede –y suele– servir al nacionalismo, y el escritor puede creer que esa misión es suya. Pero, en su origen y en su destino, la literatura no tiene que ver con la nación, sino con los seres humanos (uno de cuyos atributos es la nacionalidad), con sus vidas y con sus palabras.

2. La literatura es una construcción abierta de palabras e ideas, cuyo sustento es una comunidad de lengua y de pasado. Es posible, digo, poner la literatura al servicio del nacionalismo (o del comunismo, o de cualquier otro sistema de ideas y creencias), pero es una operación innecesaria y ajena a su naturaleza. La literatura se nutre de un pasado humano destilado en una lengua. Se nutre, demasiado se ha dicho, de lo vivido y lo leído. «El niño dicta y el hombre escribe», dice Julien Green, sin que sea obligatorio tomarlo al pie de la letra. El hombre escribe en una lengua en cuyas palabras «el tiempo ha dejado su huella oscura y profunda», según decía Humboldt. Ese tiempo que carga de sentido las palabras, sus sonidos y sus combinaciones, es, como lo quería Fernand Braudel, el tiempo de «la historia particularmente lenta de las civilizaciones, en sus profundidades abismales, en sus rasgos estructurales y geográficos», una historia que precede a la nación y la contiene.