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En diálogo con "Latinoamérica: las ciudades y las ideas", de José Luis Romero

La cultura de masas y el populismo, derivados de la consolidación de las modernas urbes latinoamericanas, nunca fueron fácilmente digeribles, ni para el conservadurismo elitista ni tampoco para amplios sectores de las izquierdas. En eso radica uno de los grandes aportes de José Luis Romero, quien, sin ser populista –era un militante socialista–, entendió el idioma en que se expresaban las masas y comprendió como pocos el tipo de energía que ellas contenían. Su sutil análisis de lo que llamó creativamente el «folclore aluvial» no es solo un análisis histórico, sino un herramental para entender situaciones contemporáneas, esas que a su vez generan crisis y cambio social.

En diálogo con "Latinoamérica: las ciudades y las ideas", de José Luis Romero

Este texto recoge una larga comunicación con el libro Latinoamérica: las ciudades y las ideas, del historiador argentino José Luis Romero. Y la palabra «comunicación» significa aquí una lectura-conversación en la que, hablando de las mismas cosas, con el paso del tiempo se dicen/escuchan cosas nuevas, pues varias ideas de ese libro no solo no pierden vigencia sino que se renuevan, esto es, se tornan capaces de iluminar situaciones y procesos que están aconteciendo mucho después de su aparición, procesos que, viniendo a trastornar gran parte del instrumental analítico más «actual», hallan sin embargo atisbos, claves y pistas de comprensión en ese libro, publicado en junio de 1976. En el prólogo, el también historiador Luis Alberto Romero recuerda que

Dos meses después del golpe que inició en la Argentina la más sangrienta dictadura militar, Siglo XXI-Argentina, la editorial que lo publicó, acababa de ser allanada por los militares; varios de sus directivos fueron puestos en prisión y otros abandonaron el país, siendo finalmente cerrada la editorial (…) La repercusión inicial de ese libro fue escasa. Las aulas universitarias estaban vacías y quienes podían leerlo con interés estaban muertos o exiliados. En el mundo académico internacional prácticamente no hubo comentarios, quizá porque el libro no seguía los cánones formales: no tenía citas a pie de página ni recogía las cuestiones en debate.1

La ausencia de lectores en el tiempo de su aparición –salvo un pequeño grupo de visionarios como él: Tulio Halperin Donghi, Jorge E. Hardoy, Ángel Rama, Leopoldo Zea– nos da, paradójicamente, una de las más certeras pistas para entender todo lo que en ese libro había/habría de anticipaciones: de un lado, se evidencia que el libro hablaba menos para su tiempo que para el de hoy; y de otro, que apostaba a una temporalidad larga, como larga fue la duración en que inscribió su concepción de la historia, o mejor, de la «vida histórica», no conformada por hechos sino por procesos, por el entramado de procesos, y muy especialmente por aquellos que generan la crisis y el cambio.

En ese mismo prólogo se afirma que J.L. Romero fue ante todo «un historiador de las crisis –desde las del imperio romano a las del mundo burgués– persiguiendo en cada una de ellas el instante de la emergencia de lo nuevo por entre los resquicios del mundo constituido, el momento de tensión entre lo creado, consolidado en estructuras, y la creación, el impulso creador de la acción humana»2. Se trata entonces de la comprensión de la inteligibilidad de las crisis que desvertebraron el mundo occidental –primero, la del orden feudal del Medioevo con la emergencia de las burguesías, y luego, las del mundo burgués a partir del romanticismo y el socialismo–, hasta la comprensión de la formación de Argentina como nación y la nueva complejidad histórica que emerge con el mundo urbano latinoamericano.

Como Walter Benjamin, Romero se interesa primordialmente por lo que en el pasado desestabiliza el presente pues es fermento del futuro. De ahí que en lugar de hablar de historia introdujera como concepto clave de su trabajo el de vida histórica, que es ya un fuerte indicador del modo en que los diversos tiempos se entrelazan y comunican entre sí. En lugar de atribuir al pasado algún tipo de razón o verdad especial en la que residiría el secreto del presente, Romero se propone más bien lo contrario: lo que puede buscarse en el pasado son las señales de cómo y con qué materiales se dibuja el futuro. El gesto de pensar el pasado desde el futuro, en el militante socialista que fue Romero, dinamizaba su osadía intelectual hasta permitirle pensar –contra el eurocentrismo que hegemonizaba las ciencias sociales– la historia de la cultura occidental desde América Latina. En ello se adelantaba a los muy famosos franceses de los Annales, pues como reconoció, tardía pero noblemente, Jacques Le Goff, el historiador argentino había sido un pionero de las representaciones y del imaginario y había ido aún más lejos que ellos.

Debemos a Alessandro Baricco el habernos recordado en Los bárbaros, su libro sobre la mutación contemporánea, cuál era el horizonte teórico de Benjamin más allá de sus escritos explícitos sobre filosofía de la historia:

no intentaba entender qué era el mundo sino, en todos los casos, saber en qué estaba convirtiéndose el mundo. Pues lo que le fascinaba en el presente eran los indicios de las mutaciones que acabarían disolviendo ese presente. Para él comprender no significaba situar su objeto de estudio en el mapa reconocido de lo real, definiendo qué era, sino intuir de qué manera ese objeto modificaría el mapa volviéndolo irreconocible.3

Que esa era la envergadura del proyecto y el trayecto historiográfico de Romero lo demuestra el que uno de los tres primeros artículos que publicó ya llevara el título «La inteligibilidad del mundo» (1951), y que su segundo libro, publicado en 1953, se titulara La cultura occidental. Según su amigo, y también historiador, Tulio Halperin Donghi, el proceso de fondo no se jugó en el espacio especializado del historiador sino en «la solidaridad íntima entre la elaboración de la imagen del pasado por el historiador y el trazado del paisaje político y social del presente por el ciudadano y el militante», especialmente cuando la polarización política que desgarra a Argentina quiebra esa solidaridad:

se produce en Romero la separación entre la mirada del historiador y la del ciudadano, con una consecuencia para la primera: la exploración histórica de la Argentina se resuelve (casi diría que se disuelve) en la de Latinoamérica (…). Romero había construido su historia argentina a partir del futuro, y había sido precisamente el vínculo con ese futuro el que lo había llevado a concentrar la atención en los rasgos del pasado nacional que parecían prometer a la Argentina un destino excepcional en Hispanoamérica; desatado ese vínculo los rasgos comunes pasaban necesariamente al primer plano.4

Lo que pasa al primer plano es el trasfondo latinoamericano, que ya había estado muy presente en Romero, solo que menos en términos de contenidos que de forma. Asimilo forma aquí a los tipos de sociedad en el sentido weberiano, esto es, a las modalidades en que se cohesiona una sociedad. De ahí que los trabajos de Romero sobre Latinoamérica, anteriores a sus dos grandes libros sobre las ciudades y las ideas, y sobre las situaciones y las ideologías, se hallan tanto o más entramados con la sociología que con la historia. Y no solo con la macrosociología a lo Max Weber, sino también con la microsociología a lo Georg Simmel y Benjamin. Pues solamente habiendo observado, descrito y analizado a la vez las formas de sociedad y las prácticas sociales en Latinoamérica pudo llegar Romero a tejer una historia de las ciudades y las ideas tan bien trabada en sus procesos largos como detallista en la vida cotidiana de casi todos sus países, grandes y chicos. Y si una fuente clave de nuestro libro es la literatura, es porque en ella –como se atrevió a pensar el filósofo norteamericano Richard Rorty5– tenemos la matriz moderna del discurso que posibilita la hibridación de las temporalidades, la larga de la vida social y la corta de la vida individual: es contando la vida cotidiana de alguien que se nos da cuenta del sentido en que la vida social se inscribe y se desarrolla.

  • 1. L.A. Romero: «Prólogo» en J.L. Romero: Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo xxi, Buenos Aires, 2001, p. 1.
  • 2. Íbid., p. 5. V. tb. J.L. Romero: Crisis históricas e interpretaciones historiográficas, selección, prólogo y notas adicionales de Julián Gallego, Miño y Dávila Editores, Buenos Aires, 2009.
  • 3. A. Baricco: Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, Anagrama, Barcelona, 2008, p. 24, énfasis mío.
  • 4. T. Halperin Donghi: «De la historia de Europa a la historia de América» en Homenaje a José Luis Romero. Anales de Historia Antigua y Medieval vol. 28, 1995, pp. 5-6, disponible en www.filo.uba.ar/contenidos/investigacion/institutos/historiaantiguaymedieval/aham28.htm, fecha de consulta: 2/2/2012.
  • 5. «La contingencia del lenguaje» en Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991.