Opinión

Elecciones en Italia, Europa y…Maquiavelo

No es de extrañar que el ex primer ministro italiano Mario Monti, una persona proba a pesar del juicio que cada uno pueda hacer de sus políticas, no haya podido remediar por sí solo una situación de desgaste civil que se ha profundizado en Italia durante los dos últimos gobiernos de Silvio Berlusconi. Tampoco puede uno extrañarse del disgusto por la actual política de la Unión Europea, que en este momento favorece a los bancos privados a costa de los ciudadanos más desfavorecidos

Elecciones en Italia, Europa y…Maquiavelo

Este año se celebran 500 años desde que Maquiavelo escribió El príncipe, una meditación sobre cómo se adquiere, se mantiene y se pierde el poder. Alrededor de esa misma época, Maquiavelo estaba también abocado a otra reflexión política, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en la cual la historia romana le servía para ofrecer ejemplos útiles a sus contemporáneos sobre el manejo de las buenas repúblicas.

Es un texto que abunda en un adjetivo, corrotto, y en un sustantivo, corruzione, que en la mayoría de los casos no hacen referencia -como sí lo hace la acepción moderna- al hecho de robar, malversar dinero o violar la ley, sino más bien a la falta de virtus civica, o sea a la ausencia de voluntad de participar en la construcción y la conducción de la polis, de una comunidad de sentido. Es decir, la creación de un ámbito político que no sea caracterice sólo por la estrecha defensa de los intereses individuales o corporativos y el ritual del voto.

En el capítulo IX de los Discursos, Maquiavelo nos explica que “[…]si basta un solo hombre para fundar y organizar un estado, no duraría éste mucho si dispusiera de un hombre solo en vez de confiarlo al cuidado de muchos interesados en mantenerlo”. Traducido a un lenguaje moderno: la presencia de un gobernante bueno no sirve por sí misma para garantizar el éxito de un gobierno si no está respaldado por “la cura di molti”. Es decir, por el interés de muchos en que así ocurra, por la virtud cívica de los ciudadanos. Añade el autor en el capítulo XVIII que, una vez que el tejido civil se ha desgastado, nadie más que los poderosos se preocupan de promulgar leyes; sin embargo, estas no serán a favor de la libertad común sino del poder de aquellos. Los ciudadanos, por miedo, no harán revueltas pero se sentirán engañados y forzados a su propia ruina.

No es de extrañar, entonces, que el ex primer ministro italiano Mario Monti, una persona proba a pesar del juicio que cada uno pueda hacer de sus políticas, no haya podido remediar por sí solo una situación de desgaste civil que se ha profundizado en Italia durante los dos últimos gobiernos de Silvio Berlusconi (2001-2006 y 2008-2011), cuando el país fue gobernado por personajes de dudosa moralidad y cuando las aulas veneradas de Montecitorio (sede de la cámara de Diputados) tuvieron que aguantar lenguajes de prostíbulo y discusiones de ínfimo contenido.

Esta antipatía por la política no solo tuvo repercusión en el éxito de la lista del cómico Beppe Grillo sino también en el porcentaje de abstencionismo de 25%, el más alto en la historia de la Italia republicana (de hecho, el partido de los abstencionistas es el tercero de Italia, junto con la lista de Grillo). El desgaste civil lo comprobó el porcentaje que logró obtener Berlusconi a pesar del descrédito de su persona y de sus fanfarronas promesas electorales.

Tampoco puede uno extrañarse del disgusto por la actual política de la Unión Europea, que en este momento favorece a los bancos privados a costa de los ciudadanos más desfavorecidos y que logra dar muy pocas señales de su antigua propensión al equilibrio entre las exigencias económicas y sociales, entre lo público y lo privado.

Desde las noticias que salen en las crónicas (aún las de importancia simbólica, como las cifras otorgadas a ejecutivos a modo de bonus) hasta las decisiones políticas maás importantes (como aquella de no asignarle la responsabilidad legal, y consecuentemente financiera, de sus apuestas disparatadas a los bancos privados), todo lleva a pensar que la UE de hoy cuida mucho a sus banqueros. Mejor dicho, que los gobiernos que conforman la UE de hoy cuidan mucho a sus banqueros porque, claro está, la mayoría de las decisiones que tienen que ver con las finanzas nacen de reuniones intergubernamentales (donde se reúnen los representante de los gobiernos y no del “pueblo” europeo).

Por supuesto que el pueblo europeo -léase el Parlamento europeo- dio su áspera batalla en el momento del voto del pacto de estabilidad fiscal (Fiscal Compact). Perdieron, no por mucho, los que estaban a favor de complementarlo con acciones de sostén a las inversiones públicas y de flexibilizar sus parámetros.

Cuando los partidos políticos entiendan que Europa no es sino otra arena política de sus luchas cotidianas, cuando los ciudadanos entiendan que no todo en el mundo pasa por su billetera, tendremos, quizá, programas electorales dignos de este nombre y ciudadanos más virtuosos al momento del voto.

[Nota del editor: este artículo se escribió luego de las elecciones generales italianas de febrero de 2013 y antes de que comenzaran las negociaciones formales para intentar formar un gobierno.]

(*) Doctora en Historia de las Relaciones Internacionales (Universidad de Florencia, Italia). Directora del centro de información y estudios sobre integración europea Punto Europa y de la revista Puente @ Europa.

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