Opinión

Elección, polarización y hartazgo social en México

Polarización social y política, ascenso del populismo y desdibujamiento de los partidos políticos son consecuencia de un sistema institucional deslegitimado, gobiernos ineficientes y corrupción tenaz.

Elección, polarización y hartazgo social en México

Este artículo forma parte del especial «Elecciones México 2018: despolarización y desinformación» producido en alianza con democraciaAbierta.


El hartazgo social, ¿cuál es el mal menor?

En el México de 2018, la polarización social y política trasciende la ideología para instalarse en el discurso status quo vs. antisistema. De manera más específica, estamos frente a un fenómeno en el que la decisión será entre la permanencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o el triunfo del populismo, representado por el candidato del partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Como mostró una encuesta del diario Reforma (2 de mayo de 2018), la gente prefiere sacar al PRI del gobierno a que gane AMLO, debido al hartazgo derivado principalmente de la percepción de una corrupción endémica que ha prevalecido tanto en los gobiernos federales del PRI, como en los dos períodos (2000-2006, 2006-2012) del Partido Acción Nacional (PAN). Discurso anti-PRI vs discurso anti-AMLO en los que el punto común y destacado es la ausencia de propuestas.

El candidato de Morena ha sabido interpretar y aprovechar el malestar de la sociedad mexicana, lo que lo ha llevado a adoptar y hacer popular la calificación de “La mafia en el poder”, en donde encasilla a todo aquel actor, partido, grupo empresarial, etc. que no piense como él.

El resultado ha sido que toda alianza en su contra para atacarlo, más que debilitarlo, lo fortalezca. Esa fuerza se nutre del encono social resultado de una corrupción percibida como uno de los principales factores de la desigualdad y que ha gestado un sentimiento de exclusión entre la población. Hoy por hoy, a diferencia de lo que se consideraba hace seis años, el verdadero peligro para México ya no es Andrés Manuel López Obrador, sino el PRI.

El fin de las ideologías partidistas

Las recientes alianzas entre fuerzas políticas con ideologías de origen tan distinto como la de Por México al Frente, en la que convergen el PAN (partido catalogado históricamente de centro-derecha), con los partidos de izquierda, Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el de Movimiento Ciudadano (MC), o la del mismo Morena con el Partido Encuentro Social (PES) (partido conservador de derecha), han contribuido de manera importante al desdibujamiento de las ideologías, en donde lo que prevalece es el pragmatismo por el triunfo electoral. Cabe señalar que, en elecciones locales, únicas en las que existe evidencia de los resultados entre la alianza PAN-PRD, se han obtenido importantes triunfos electorales (por ejemplo, en 2017, en la elección para gobernador en Nayarit y en la mayoría de las alcaldías en Veracruz, y en 2016 en la elección para gobernador en Quintana Roo, entre otros).

Ese desdibujamiento ideológico ha abierto un espacio al populismo. Los partidos políticos dejan de ser atajos informativos para la toma de decisiones. El escenario es que la elección se polarizará entre dos candidatos, no entre dos ideologías. Lo que importa es el voto prosistema vs antisistema. La lucha partidista ha sido sustituida por una guerra de facciones que está reconfigurando el espectro político de México.

Podemos observar que por un lado, en el caso de México, el espacio central (middle-ground) se ha convertido en el universo de convergencia de propuestas bajo un esquema de intento de “catch all voters”. Por otra parte, y de manera paradójica, también se fortalecen las propuestas radicales. En ese sentido, podríamos considerar que, la batalla electoral se polariza entre un centro-izquierda-derecha, y un radicalismo de “izquierda” que presenta numerosas características típicas de un populismo “irresponsable", pero eficaz en cuanto al acaparamiento de votos de todos aquellos inconformes que, hoy por hoy, en México son muchos.

Como en el caso de Francia, en la elección mexicana habrá al final dos opciones que aglutinarán dos visiones distintas de país. Los matices desaparecerán y las encuestas se convertirán en una especie de primera vuelta, a partir de la cual los electores antilopezobradoristas se congregarán entorno a un solo candidato.

Un país de instituciones sin instituciones

Por otro lado, cabe señalar que la política representativa cada vez está más erosionada. El encono social ha crecido en los últimos años entre una ciudadanía mexicana, en gran parte decepcionada por la prevalencia de una élite que no se ha renovado desde hace décadas, y que es percibida como corrupta y responsable de la falta de oportunidades que ha dado pie a una baja movilidad social.

El desprestigio de las instituciones es notable: no hay credibilidad, la gente se siente cada vez menos representada y el gobierno enfrenta sus más bajos niveles de aceptación en la historia moderna del país (en marzo de 2018, según Consulta Mitofsky, el nivel de aprobación del presidente Enrique Peña Nieto estaba en 21%).

La incorporación de las Fuerzas Armadas a la lucha contra el narcotráfico, para hacer las veces de policía militarizada, sin un adecuado marco legal que los regule (la aprobación el año pasado de la Ley de Seguridad Interior, más que solucionar el problema, generó una enorme controversia dentro de la sociedad civil debido al temor a que la presencia continua de las fuerzas armadas en las calles pudiera generar más violencia en el largo plazo), ha contribuido al desprestigio de corporaciones, muy bien evaluadas durante muchos años, como la Marina y el Ejército.

Aunado a lo anterior, después del triunfo de Vicente Fox en 2000, resultado de las reformas electorales de 1990, 1993, 1994 y 1996, los partidos políticos dedicaron un importante esfuerzo a reventar la credibilidad del Instituto Federal Electoral (IFE), ahora Instituto Nacional Electoral (INE) (2014), debido a que se dieron cuenta del peligro que un árbitro reconocido y legitimado representaba para sus intereses. López Obrador jugó un papel protagónico en este proceso de desacreditación. La consecuencia, a la fecha, complementada por la serie de arbitrariedades cometidas por el Tribunal Federal Electoral (TRIFE), como la resolución en favor de candidatos independientes que no cumplían con los requisitos para participar en el proceso electoral, ha sido que la credibilidad de las instituciones electorales esté en niveles lamentables.

En ese sentido, un árbitro desacreditado constituye un riesgo a la estabilidad de un proceso electoral como el que se avecina.

La percepción de la gente es la de una democracia que no funciona, consecuencia de una larga historia de gobiernos ineficientes durante cuyas administraciones ha habido incremento de la violencia, pobreza, desempleo, marginación, un mediocre desempeño de la economía, etc.

El ascenso del populismo irresponsable

Toda esta situación ha servido de abono para el ascenso del señalado populismo en el país. No hay una comprensión de que los problemas multidimensionales y complejos de la realidad no pueden resolverse con soluciones sencillas u ocurrencias.

Las mentiras se convierten en el instrumento más atractivo para adquirir adeptos desinformados y enojados. Destacan el oportunismo político cuyo único fin es el de aliarse con quien sea, como con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), uno de los más importantes y desprestigiados de México, por ejemplo, y los discursos antisistema, sin apoyarse en estudios o argumentos sólidos (como el de cancelar la Reforma Educativa, o la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México).

El objetivo es ganar, independientemente del costo. Por otra parte, los otros candidatos no han sabido ofrecer una propuesta o articular un discurso que sirva de contrapeso al de Morena, y se han enfrascado de igual forma en una guerra de descalificaciones, campañas negativas y mentiras que no contribuyen a la fortaleza del proceso electoral ni a la estabilidad social.

La responsabilidad de los otros

En conclusión, un proceso electoral, en una realidad polarizada como la descrita, resulta riesgoso dado que se abren espacios para la ingobernabilidad. Más aún si el resultado llega a ser de menos de dos puntos porcentuales, y en especial, si éste no favorece al candidato de Morena, la probabilidad de un escenario de confrontación social se vuelve alta.

Es por ello que surge la urgencia de identificar y promover discursos que construyan puentes y que impulsen lógicas de despolarización. Pero hasta la fecha, los dos debates de los candidatos presidenciales han ido en el sentido contrario sin abonar a esta urgencia.

Desafortunadamente queda claro que ese tipo de discursos no provendrán de los candidatos. Por un lado, la polarización representa el principal elemento de éxito de la campaña de AMLO. Ante esta situación, al resto de los contendientes sólo les queda acomodarse, si bien no necesariamente en el extremo derecho del espectro, sí en el rango de izquierda-centro-derecha, para capitalizar el voto antilópezobradorista.

AMLO se ha convertido en una opción muy atractiva. Además, es un candidato que lleva dieciocho años en campaña, por lo que su nivel de conocimiento entre la población es muy elevado. La gente ya no tiene mucho más que aprender de su personalidad o de su discurso, por lo que es poco probable que la mayor parte de aquellos que han votado históricamente por él cambien de opinión. El resto está compuesto por la población harta de los gobiernos de los últimos años, que han estado en manos del PRI y del PAN y cuyos resultados, a los ojos de la población, han dejado mucho que desear.

Es por esa razón que los niveles de preferencia electoral del candidato de Morena difícilmente se modificarán de forma radical, a pesar de las campañas negativas en su contra (relacionarlo con Chávez y Maduro).

Ante dicho escenario, el discurso propositivo y de exhorto a la no polarización deberá provenir de la clase empresarial, medios de comunicación (incluidos los influencers de medios digitales), columnistas, sociedad civil, órganos electorales y gobiernos, tanto estatales como federal, a pesar del desprestigio de estos últimos.

Es menester que estos integrantes de la sociedad hagan un llamado a la unidad, correcta convivencia y aceptación de las reglas electorales, gane quien gane. Un pacto de civilidad para que, sea cual sea el resultado del primero de julio, prevalezcan el orden, la paz y la convivencia, con la intención de reconstruir la cohesión social, tan deteriorada en los últimos años.