Coyuntura

El triunfo de Bachelet y el ascenso político de las mujeres

Aunque puede interpretarse cínicamente como la necesidad de emitir una señal de cambio por parte de una coalición que ya lleva quince años en el poder, el triunfo de Michelle Bachelet también puede leerse como parte del proceso de cambio cultural que atraviesa Chile: la victoria de la líder socialista derriba los estereotipos acerca del lugar de las mujeres en la política pero implica, también, la continuidad con una estrategia económica neoliberal que las discrimina en el mercado laboral. Fruto de las paradojas y tensiones de la modernización chilena, el gobierno de Bachelet producirá auténticas transformaciones en la medida en que los movimientos de mujeres se activen y la fuercen a avanzar en una agenda que permita reducir la desigualdad de género.

El triunfo de Bachelet y el ascenso político de las mujeres

En América Latina se están produciendo grandes cambios. Como parte de una tendencia que seguramente continuará en las próximas elecciones, algunos de los países más importantes están siendo gobernados por líderes políticos de centroizquierda. El giro a la izquierda ha captado la atención internacional, y muchos lo interpretan como un creciente rechazo hacia el neoliberalismo y la hegemonía de Estados Unidos. Una segunda tendencia también notable, que sin embargo ha atraído menos la atención, es el gran número de mujeres que está ingresando en la arena política latinoamericana. En una región históricamente dominada por el machismo, las mujeres han sido figuras destacadas en muchos comicios presidenciales. El 15 de enero de 2006, los chilenos eligieron presidenta a Michelle Bachelet; en Perú, Lourdes Flores tiene posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de abril; algunos de los líderes políticos más importantes de Argentina son mujeres, e incluso se ha especulado con que la senadora Cristina Fernández, esposa del actual presidente Néstor Kirchner, puede ser la próxima candidata presidencial del peronismo.

Las dos tendencias antes señaladas –el giro a la izquierda y el ascenso de las mujeres– son evidentes en Chile. Desde el regreso de la democracia en 1990, los chilenos se han inclinado por la Concertación, la coalición de centroizquierda entre la centrista Democracia Cristiana (de donde provenían los dos primeros presidentes) y el Partido Socialista (de donde proviene Ricardo Lagos). Recientemente elegida, la socialista Bachelet forma parte de la tendencia hacia una mayor participación de las mujeres en política: se trata de la primera mujer que ocupa la Presidencia en la historia chilena y la primera presidenta de un país latinoamericano que ha alcanzado ese cargo sin estar casada con un líder de alto perfil.

Estos sucesos han generado análisis acerca de los enormes cambios políticos y culturales ocurridos en Chile, muchos de los cuales han señalado un progreso sustancial en dirección a una mayor igualdad de las mujeres. Aunque sin restar importancia al triunfo de Bachelet, creo que debemos ser prudentes a la hora de interpretar los recientes episodios como una evidencia contundente de que las mujeres han triunfado en su lucha por la igualdad.

La presencia creciente de las mujeres en la política

América Latina ha estado a la cabecera de una tendencia mundial a la expansión del acceso de las mujeres a la política. Once países de la región han adoptado una legislación de cuotas o cupos de género, algo verdaderamente fenomenal si se lo compara con las tímidas medidas aplicadas en Norteamérica y Europa. Entre las causas que explican estos avances encontramos una combinación compleja de factores nacionales y transnacionales. En muchos países, los movimientos de mujeres estuvieron a la vanguardia de las luchas por la democracia y los derechos humanos, lo que condujo a los gobiernos democráticos a responder positivamente a algunas de las demandas de igualdad. Fue en este contexto que varios países adoptaron la legislación de cuotas de género y que se crearon agencias para promover la igualdad de las mujeres a través de políticas públicas.

Algunos factores internacionales también jugaron un papel importante. Las nuevas democracias estaban ansiosas por mejorar su legitimidad internacional y obtener la confianza de los inversores extranjeros. En consecuencia, los gobiernos adoptaron de buen grado las políticas de promoción de la igualdad de género alentadas por las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. Como resultado, las mujeres latinoamericanas obtuvieron grandes progresos durante los 90: legislación sobre violencia doméstica, planes de igualdad de oportunidades y programas que apuntaban a las fuentes de pobreza específicas de género. Todos los gobiernos proclamaron su compromiso con la ampliación de la presencia femenina en la política, aunque la representación de las mujeres creció de manera más significativa en aquellos países con leyes de cuota efectivas (como Argentina y México) que en los países que carecen de ellas (como Chile).

En Chile, al no existir una ley de cuotas, la representación femenina en el Parlamento sigue siendo baja. En las últimas elecciones parlamentarias, en diciembre de 2005, apenas 15% de los candidatos eran mujeres. Sin embargo, en el Poder Ejecutivo las cosas lucen diferentes: tanto el gobierno de Eduardo Frei como el de Ricardo Lagos incluyeron una proporción importante de mujeres en sus gabinetes. Fue justamente Lagos quien designó a Bachelet como ministra de Salud en 2000, y de Defensa en 2002, en el mismo gabinete que incluía a Soledad Alvear como ministra de Relaciones Exteriores. Resulta significativo que estos dos últimos ministerios, los más tradicionalmente masculinos, hayan quedado a cargo de dos mujeres, un desafío importante a las ideas acerca del rol femenino en el ámbito político. Las dos funcionarias pronto se convirtieron en las figuras más populares y apreciadas de la política chilena.

Pese a que el aumento en los niveles de representación política de las mujeres en América Latina debería ser percibido como un gran avance hacia la igualdad, es importante observar que algunos de los progresos en este sentido son el resultado de cálculos cínicos de los líderes políticos. Por ejemplo, se ha especulado con que los líderes partidarios apoyan la legislación de cuotas de género como una estrategia para retener el control centralizado sobre el proceso de nominación de candidatos. Al enfrentar demandas de democratización de las estructuras partidarias, muchos líderes prefieren «parecer» democráticos, por ejemplo instituyendo cuotas de género, que son muy difíciles de conciliar con las elecciones primarias. En Perú, algunos de los avances más importantes, como la legislación de cuotas y las políticas sociales para las mujeres pobres, se produjeron durante la presidencia de Alberto Fujimori, como parte de una estrategia orientada a ganar votos femeninos y profundizar los lazos clientelares con las mujeres de menores recursos.