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El trasero de Jennifer López

La explosión de visibilidad y consumo que siguió al asesinato de la cantante mexicano-americana Selena otorgó un nuevo sentido de optimismo y autoestima a los latinos. Y fue Jennifer López -protagonista de la película sobre la vida de Selena y dueña también de un gran trasero- quien adquirió verdadera conciencia del rol de su cuerpo como identificación cultural panlatina. El artículo ensaya una epistemología de la retaguardia para analizar el lugar de Jennifer (y de Selena) como emblema de la mujer latina revalorizada y, al mismo tiempo, como agente perturbador de los cánones estéticos y culturales estadounidenses.

El trasero de Jennifer López

Nadie lo sabía entonces, pero la nueva onda cultural latina comenzó en 1995, cuando la cantante tejana Selena Quintanilla fue asesinada por Yolanda Saldívar, la presidenta de su club de fans. A pesar de lo trágico –en el sentido clásico– del episodio, la explosión de visibilidad que siguió les dio un nuevo sentido de optimismo, posibilidad y autoestima a muchos latinos. El editor de la revista People, por ejemplo, llegó a degustar ese vasto apetito de ciudadanía cultural de más de 30 millones de latinos (y sus 190.000 millones de dólares de poder adquisitivo), cuando en 24 horas vendió cerca de un millón de copias de la edición especial dedicada a Selena. En ese instante, las miradas del capital y los anhelos de reconocimiento de los latinos se unieron en un largo beso de posibilidades, y «explotó» el boom cultural actual.

La muerte de Selena tuvo un impacto particularmente fuerte entre sus pares latinos en el mundo del entretenimiento, quienes atendían a una base leal de fanáticos necesitados de productos que inmortalizaran a la cantante. Ávidos productores de teatro latinos respondieron con gritos de ¡Selena vive! y Selena Forever (el musical), mientras que los ejecutivos de Hollywood se arriesgaron con el talento latino, algunas carreras moribundas revivieron y los sueños de crossover se convirtieron en realidad para las actrices de tez trigueña.

Este proceso lo vivió con gran intensidad, en carne propia, la actriz Jennifer López, protagonista de la película sobre la vida de Selena. Con gran entusiasmo, López predicó el nuevo evangelio del orgullo latino con (estereo)típica pasión boricua. En cumplimiento de su misión, López no solo proveyó a los fanáticos de Selena de un vehículo para un luto gozoso –su propio cuerpo– sino que también dirigió una cruzada para hacer de su cuerpo una referencia obligatoria del diálogo de raza y etnicidad impulsado por la nueva realidad demográfica. Entre los muchos que fuimos llamados a ayudarla –me incluyo–, el estado de ánimo era jovial, exuberantemente confiado y salvajemente bacanal. Y, a pesar de las connotaciones católicas de la canonización popular de Selena, el ambiente era más cercano al de una asamblea pentecostal, cantando al ritmo de una ruidosa pandereta: «¡Llevo el gozo en mi alma y en mi corazón!».

El motivo del éxito de la película quizás radique en que caímos en una intensa necrofilia ante la pérdida de una vida joven, algo frecuente en los barrios y las ciudades de América Latina. Lo excepcional de Selena, sin embargo, fue que, a diferencia de quienes son asesinados cuando falla una negociación de drogas, ella pasó a la santidad no solamente por morir joven, sino por serlo mientras viajaba hacia un lugar por tantos anhelado: el llamado «sueño americano». Sin embargo, aun para aquellos de nosotros que no creíamos ya en un sueño que se escabullía más rápido que la reforma del Estado de bienestar, la película nos evitó cualquier ansiedad psicológica, garantizando de esa manera nuestro disfrute. Por un lado, el filme nos asegura que, con trabajo duro, talento y una familia sólida, «nosotros», los latinos, podemos triunfar, igual que el resto de los estadounidenses. Por otro lado, el hecho de no pertenecer a un clan cerrado y ambicioso, procrear hijos ordinarios o carecer de la disciplina para luchar con más ahínco es atemperado por la manera en que Selena murió: los ricos también lloran.

El día que fui a ver la película, junto a tantos otros latinos, pensaba en ésta y otras disquisiciones de rigor, cuando transcurridos veinte minutos, comenzó a invadirme una extraña sensación de pavor. Como la guagua enorme que guiaba Selena Quintanilla, el pacto mimético, que por lo general une al espectador con la película biográfica, se rompió inexplicablemente. Sin importar cuánto me esforzaba, no veía a Selena. O veía a Jennifer López y a Selena, fantasmagóricamente yuxtapuestas como en una superficie de vidrio; o veía simplemente a Jennifer. Al final, «Jennifer» terminó sonando más fuerte en mi cabeza que Selena. Decidí entonces abandonar el terreno de la crítica cultural tradicional y entrar por la puerta de atrás en los placeres discursivos injustamente negados por la academia y la intelectualidad seria.

Finales postreros: Jennifer es el medio

A diferencia de la mayoría de las actrices puertorriqueñas nacidas en Estados Unidos en las últimas cinco décadas, Jennifer López ha podido jugar en los márgenes y salir al otro lado. Ni muy oscura ni muy blanca, personifica la belleza boricua ideal (algo en lo que aparentemente «fracasó» Rosie Pérez). Pero, al mismo tiempo, el sello de «puertorriqueña» (una identidad racial que se vive en EEUU como una mancha de plátano) no siempre se le adhiere sobre la frente. Una columna de la revista People, por ejemplo, se refirió a ella como «de ascendencia (…) puertorriqueña». En un puñado de artículos de otros periódicos y revistas, ella es simplemente «nativa» de Nueva York o criada en el Bronx.Irónicamente, el único momento previo al estreno de Selena en el cual López se convirtió en puertorriqueña fue cuando algunos mexicano-americanos protestaron porque le hubieran dado el papel. Interrogada por los medios sobre la desaprobación que enfrentaba por haber sido seleccionada, López insistió en que compartía con la cantante una identidad étnica más allá de sus orígenes «nacionales». «No creo que la actriz que haga el papel tenga que ser mexicano-americana porque Selena lo fuera», dijo López. «Selena y yo somos latinas, y ambas tenemos la experiencia común de haber crecido latinas en este país. Eso es suficiente.»

En esta coyuntura, López optaba por defender su latinidad por razones fundamentalmente estratégicas. Para una boricua, es mucho más conveniente identificarse como «latina» en la esfera pública nacional, ya que los puertorriqueños tienen menos influencia institucional y población general en EEUU que los mexicanos, incluso en la ciudad capital de la industria del entretenimiento, Hollywood. Esto no quiere decir que los puertorriqueños, los cubanos o los dominicanos renuncien completamente a sus ambiciones etno-nacionalistas, pero sí indica que su latinidad, aunque no sea «genuina», tiene algo de materialidad.