Opinión

El socialismo democrático en Estados Unidos Sobre la victoria de Alexandria Ocasio-Cortez

El golpe sufrido por el establishment demócrata con la derrota de Hillary Clinton a manos de Donald Trump ha abierto espacios para los candidatos de izquierda que se apoyan en la vitalidad de los movimientos sociales de los últimos años y en el rechazo a las políticas del presidente de EEUU. La candidata neoyorquina expresa una agenda centrada en la defensa de los bienes públicos y la lucha contra las desigualdades sociales.

El socialismo democrático en Estados Unidos / Sobre la victoria de Alexandria Ocasio-Cortez

En 2014, un economista desconocido llamado David Brat derrotó a Eric Cantor en las primarias republicanas, cuando Cantor era el líder de la mayoría republicana en la Cámara Baja del Congreso de Estados Unidos. La sorpresiva derrota política de una de las figuras más poderosas del Partido Republicano fue una señal de la profundidad de la ira popular y de la movilización de la extrema derecha norteamericana.

El 26 de junio de 2018, Alexandria Ocasio-Cortez, que se identifica abiertamente como socialista, derrotó al destacado demócrata Joseph Crowley en el distrito 14 de Nueva York, que incluye las zonas del Bronx y Queens. Los líderes del partido le restaron importancia; Nancy Pelosi, la parlamentaria demócrata más encumbrada, dijo que la victoria «no debía verse como lo que no era». Otros atribuyeron el revés de Crowley a la juventud de Ocasio-Cortez (tiene 28 años y Crowley 56), o al «factor demográfico» (el distrito en cuestión es parte de la ciudad de Nueva York, con un 18% de población blanca y casi 50% latina).

Pero la victoria de Ocasio-Cortez no es un accidente demográfico: es significativa por lo que expresa acerca del estado de la relación de los movimientos sociales en Estados Unidos con la política electoral. El triunfo de Brat reflejó una movilización de la derecha; Ocasio-Cortez es una muestra de la movilización de quienes reivindican como una izquierda socialista en el país, que no solo se organiza contra la presidencia de Trump y el Partido Republicano que lo apoya, sino que está decidida a transformar a su vez al Partido Demócrata.

La última década ha sido fértil para los movimientos sociales en EEUU. Quizás el más exitoso de ellos surgió de la derecha: el llamado Tea Party, que dirigió su enojo contra el gobierno de Barack Obama y apareció unas semanas después de su asunción en 2009. En medio de una economía que se derrumbaba en los comienzos de la crisis financiera iniciada unos meses antes de la elección de Obama, el Tea Party objetaba airadamente el cuantioso gasto público que el gobierno iba a utilizar para responder a la crisis. Llamaba a este clásico estímulo keynesiano «socialismo» y recurría al lenguaje libertario de Ayn Rand para discriminar entre «ganadores» laboriosos y dignos y «perdedores» dependientes e indignos. Los integrantes del Tea Party se volcaron airados a las reuniones municipales para demandar posicionamientos más extremos de parte de los funcionarios electos, pero su conservadurismo económico, que reclamaba menos impuestos y un Estado más pequeño, se cruzaba con una identidad política tradicional blanca y cristiana. Los mensajes racistas proliferaban en las manifestaciones anti-Obama; los sondeos entre los adherentes al Tea Party mostraban que estos consideraban a negros y latinos menos inteligentes y trabajadores que los blancos. Temían a los musulmanes, desconfiaban de los grandes medios de comunicación y estaban a favor de soluciones drásticas para controlar la inmigración desde México y América Central.

Donald Trump recogió todos estos temas en su campaña presidencial de 2016. Pero ya en los años previos, el Tea Party había logrado empujar al Partido Republicano aún más hacia la derecha promoviendo una política casi total de no cooperación con el gobierno de Obama y llevando a las instituciones democráticas norteamericanas al borde del fracaso. La victoria de Brat sobre Cantor en 2014 produjo pocos cambios en la legislatura, pero fue significativa porque mostró que la extrema derecha seguía teniendo la sartén por el mango en el Partido Republicano.

En los primeros años de la crisis financiera, a muchos observadores les resultó extraño que la principal respuesta de los movimientos sociales a la significativa crisis del capitalismo surgiera de la derecha. Pero la campana electoral de Obama había tenido rasgos de un movimiento social: gente de todo el país se ofreció en forma masiva a participar como voluntaria: para hacer llamados telefónicos, golpear puertas y aportar conocimientos sofisticados de internet para identificar y movilizar a potenciales votantes. La campaña consiguió una gran cantidad de pequeños donantes y voluntarios, pero fueron desmovilizados casi inmediatamente después de la elección de Obama. Los voluntarios que trabajaron para apoyar su candidatura e imponer un nuevo rumbo luego de la desastrosa presidencia de George W. Bush se contaban por millones, pero Obama, que había heredado una crisis enorme, parecía tener pocos planes para aprovecharlos en forma efectiva una vez en el poder.

En los años siguientes del gobierno de Obama, los movimientos sociales que emergieron desde la izquierda lo hicieron por fuera del Partido Demócrata y lograron incidir en el discurso político y el debate público. Occupy Wall Street surgió de los sectores anarquistas; sus acampes se iniciaron en 2011 y se esparcieron por todo el mundo. Aunque sus campamentos eran desalojados, sus protestas ayudaron a colocar los salarios y la desigualdad de riqueza en el centro del debate público; fueron temas importantes durante la elección presidencial de 2012, que terminó en la reelección de Obama. En 2013, surgió Black Lives Matter [Las vidas negras importan] en respuesta a las muertes de afroamericanos a mano de policías: el movimiento sometió a la vista pública el racismo estructural vigente y los niveles de encarcelamiento masivo de EEUU, los más altos del mundo. Asimismo, en algunos municipios donde se producía una disparada de los costos de la vivienda se incrementó la presión popular para que se aprobaran ordenanzas sobre salarios mínimos. Al combinarse, estos movimientos de base le dan a la izquierda una agenda sólida y políticamente orientadora.

Entonces llegó Bernie Sanders. Este senador socialista independiente de Vermont, un pequeño estado del norte, anunció que enfrentaría a Hillary Clinton por la candidatura del Partido Demócrata en 2015. Su anuncio se hizo en un acto casi vacío y la mayoría lo vio como una quijotada. Clinton era una candidata tan fuerte que nadie esperaba que Sanders tuviera alguna oportunidad. Sin embargo, en muy poco tiempo captó y movilizó un extraordinario nivel de apoyo, recibió más de 13 millones de votos en las primarias y terminó como el político más popular del país.

En su campaña, Sanders puso el acento en la desigualdad y en la provisión estatal universal de bienes públicos, como la asistencia sanitaria y la educación. Además, se reivindicó «socialista democrático», lo que ayudó a desestigmatizar el término en EE.UU. A diferencia del pasado, muchos de sus seguidores más jóvenes crecieron en un contexto de post Guerra Fría y asocian el socialismo con el Estado de bienestar de los países escandinavos antes que con la antigua Unión Soviética. «El pueblo estadounidense elegirá el socialismo –escribió Upton Sinclair en 1951– pero sin adoptar la etiqueta». Puede que ya no sea así: muchas encuestas han mostrado que los jóvenes millennials de EEUU tienen una visión positiva del socialismo, mientras que las generaciones mayores lo ven con hostilidad (aun si gracias a prestaciones públicas como la seguridad social los estadounidenses mayores gozan de mayor apoyo estatal para mejorar sus niveles de vida).

Cuando sucedió lo impensable y Trump derrotó a Clinton en la elección general (a pesar de recibir tres millones menos de votos), esto intensificó una sensación dominante de crisis democrática. Los republicanos, aunque eran el partido minoritario en términos numéricos, aprovecharon normas electorales que datan la época de la esclavitud y mecanismos diversos para incidir en la votación y el funcionamiento normal de las instituciones y así controlar todas las ramas del gobierno. Se suponía que el ala pro-establishment del Partido Demócrata iba a ser capaz al menos de derrotar un candidato como el pintoresco Trump, y el hecho de no poder hacerlo disparó una cadena extraordinaria de recriminaciones. Así, muchos estadounidenses que analizaban el panorama poselectoral de 2016 decidieron que tenían la responsabilidad de profundizar su compromiso político. El día después de la asunción de Trump, la Marcha de las Mujeres sacó a las calles a millones de mujeres en la jornada de protesta más grande de la historia de EEUU. Surgieron grupos anti-Trump casi inmediatamente. El movimiento Indivisible fue fundado por ex-parlamentarios demócratas y se focalizó en la resistencia pacífica a Trump. Los veteranos seguidores de Sanders formaron, a su vez, Our Revolution [Nuestra Revolución], que tiene filiales en todo el país para apoyar a candidatos progresistas en la línea de Sanders.

Mucho más reducidos en términos numéricos que los dos anteriores, pero con una postura más explícitamente socialista, están los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés). Se trata de una organización socialista moderada formada en la década de 1970 gracias a la unión de un grupo de Nueva Izquierda con socialdemócratas anticomunistas. El principal vocero del DSA, hasta su muerte en 1989, fue Michael Harrington, quien predicaba sobre las bondades de un «ala izquierda de lo posible» que trabajara tanto dentro como fuera de las fronteras del Partido Demócrata. El DSA no era sectario, pero su número de miembros se mantuvo reducido. Tenía 6.500 afiliados en 2014 y muy poco poder político. En los meses siguientes al triunfo de Trump, el número de afiliados trepó a más de 25.000; en julio de 2018, se mantiene en más de 43.000, con más de 220 filiales en los 50 estados. Las suscripciones a revistas abiertamente socialistas también han experimentado incrementos similares. Aunque los miembros contribuyentes del DSA siguen siendo pocos en un país de más de 300 millones de habitantes, este crecimiento muestra que cada vez más gente se involucra en la política estadounidense con una identidad explícitamente socialista.

Alexandria Ocasio-Cortez está entre ellos. Ella reconoce el origen de su decisión de postularse al Congreso no en el momento de la victoria de Trump sino en el tiempo que pasó en Standing Rock, en Dakota del Sur, donde en 2016 la comunidad sioux intentó impedir la construcción de un oleoducto que atravesaría sus tierras. A sus posicionamientos suma una cautivante biografía: su madre es de Puerto Rico y ella creció en un hogar modesto en el Bronx. Estudió en la Universidad de Boston, donde fue pasante en la oficina de inmigración del senador Ted Kennedy, el hermano más joven del presidente asesinado. Su padre, arquitecto, murió en 2008 y las dejó a ella y a su madre en la situación precaria en la que debieron luchar para conservar la vivienda familiar. Cuando Ocasio-Cortez decidió entrar en política, trabajaba como camarera y ha escrito con elocuencia sobre el papel que tiene la fe católica que profesa en sus demandas por justicia social.

Su plataforma repite en muchos aspectos la de Sanders y añade problemáticas que impulsan otros movimientos sociales de izquierda. Ha reclamado un plan de asistencia sanitaria pública y universal (uno de los temas principales impulsados por el DSA desde la década de 1990), así como la gratuidad de las universidades públicas. También defiende un esquema federal de empleo garantizado y la reforma de la justicia penal y apoya el reclamo de la izquierda de abolir el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas que Trump convirtió en una fuerza de deportación. Defiende los derechos LGBTI y habla sobre la urgencia de combatir el cambio climático: su abuelo materno murió en 2017 en Puerto Rico como consecuencia del huracán María.

Desde su elección, ha habido mucha discusión sobre el significado del socialismo. Se volvió el término más buscado en los diccionarios online al día siguiente de su victoria (mientras tanto, el DSA, cuya página web figura entre las más consultadas para esclarecer el tema, sumó otros 1.000 afiliados). Algunos progresistas y también algunos marxistas insisten en que el programa de Ocasio-Cortez no es más que una forma de liberalismo –en el sentido progresista que esta palabra tiene en EEUU–, ya que no aboga por la propiedad estatal de los medios de producción. Pero sin importar cómo se lo llame, este conjunto de ideas ha llegado a ser definido en la política contemporánea estadounidense como «socialismo democrático». Y ya no es una simple posición ética defendida por los ensayistas: es una identidad política genuina. «Creo que cada norteamericano debería tener una vivienda estable y digna, asistencia sanitaria, educación; que en una sociedad moral las necesidades más básicas para sostener la vida deberían estar garantizadas», dijo Ocasio-Cortez en una entrevista antes de su triunfo en las primarias. «Cuando golpeo una puerta y le digo a la gente que ese es el mundo por el que estoy luchando, resulta obvio… esperaba que fuese un problema mayor de lo que resultó, y a la gente no se le mueve un pelo”.

La victoria de Ocasio-Cortez en la elección de noviembre está básicamente asegurada; solo 20% de los residentes de su distrito votaron por Trump en 2016. Eso la convertirá en la persona más joven en acceder a la Cámara Baja, así como también en la primera del DSA en hacerlo. (El DSA es una organización política, no un partido, por lo que Ocasio-Cortez es miembro del Partido Demócrata y también del DSA). Tiene grandes dotes para la comunicación, notables habilidades políticas y debería tener una larga carrera como defensora de las ideas y los valores del socialismo democrático. Maneja sus apariciones en los medios con gracia y facilidad y tendrá un papel más importante en el diálogo político de lo que podría sugerir su voto individual en el Congreso.

Como el triunfo de Brat en 2014, el éxito de Ocasio-Cortez es significativo porque muestra que el poder se está desplazando dentro de un partido y que todos son potencialmente vulnerables. Los congresistas demócratas, presionados por sus bases, van dando su apoyo a parte de la agenda de la izquierda, y lo mismo ocurre con los candidatos que se van posicionando para la carrera presidencial de 2020. No solo lo hacen porque son superados por la fuerza de los argumentos. Los políticos buscan ser elegidos: en el sistema estadounidense, que no tiene financiación pública para las elecciones, dependen de donaciones de gente adinerada y de las empresas para pagar a los empleados y la publicidad. La alternativa es ofrecer al país un programa atractivo de cambios sustanciales, que genere pequeñas donaciones a través de internet y el apoyo entusiasta de voluntarios. Ese fue el modelo de Sanders y también el de Ocasio-Cortez.

La campaña de Crowley fue diez veces más costosa que la de Ocasio-Cortez, quien finalmente ganó a fuerza de una ardua labor. Luego de su triunfo, tuiteó una foto de los zapatos que había usado para caminar durante el proceso preeleccionario que mostraba las suelas gastadas de tanto ir de puerta en puerta. Pero no solo fue el resultado de su esfuerzo: también fue el fruto del trabajo de los miembros del DSA, Our Revolution y otras organizaciones socialistas y cercanas al socialismo que participaron en la campaña y llamaron a votarla. Este modelo funciona particularmente bien en las primarias, cuando la participación en las urnas es baja y el entusiasmo es crítico para alcanzar la victoria. Este tipo de movilización tiene el potencial para alejar al Partido Demócrata de sus donantes adinerados y acercarlo a sus voluntarios, lo que hace posible el desarrollo de una nueva clase de política.

Ocasio-Cortez no es el único ejemplo: el DSA no siempre apoya a candidatos, pero aquellos a los que apoya han ganado en la mayoría de las elecciones. Y victorias como esta obligarán incluso al establishment demócrata a adoptar posturas más progresistas, en un intento de atraer el entusiasmo popular y desactivar la amenaza de la izquierda. El establishment demócrata tendrá que explicar por qué Ocasio-Cortez tiene un plan para combatir el cambio climático, por ejemplo, y ellos no. Los demócratas de centro ya no volverán a ser el polo de izquierda del debate popular. Hillary Clinton y el Partido Demócrata en general no pudieron reunir una mayoría gobernante con un mensaje de campaña que se enfocó en lo espantoso de Trump en lugar de una visión positiva del futuro. La izquierda ha dado un paso para llenar ese vacío y mediante el miedo y la vergüenza intenta obligar a los demócratas a ofrecer una alternativa.

El triunfo de Trump desintegró a los demócratas; no así a la izquierda. Esta ofrece una visión a largo plazo para convertir EEUU en un país más justo, más igualitario y más responsable. Mientras prolifera una multiplicidad de grupos con estrategias y prioridades a menudo diferentes (aun dentro del DSA, que no impone exámenes ideológicos y contiene múltiples corrientes), por el momento hay un acuerdo amplio para trabajar de manera constructiva en pos de objetivos comunes. Y la potencial fortaleza de la izquierda radica en la actualidad en que no se canaliza en nombre de un candidato determinado sino en un conjunto de objetivos y valores. Queda por ver, por supuesto, qué significado tendrá esto para la política y las políticas. Entre los demócratas todavía se incluyen más votantes de centro que los identificados con la izquierda. Por ahora, sin embargo, mientras cada día parece traer un nuevo horror del gobierno de Trump, el DSA local en Madison, Wisconsin –donde vivo– terminó la reunión más grande de su historia coreando el nombre de Ocasio-Cortez al son de «Seven Nation Army», la canción de los White Stripes. Después, se reanudó el trabajo. Alguien tiene que saber cómo luchar.

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