Opinión

El round de Maduro

En la larga pelea venezolana siempre puede suceder lo impensable. Maduro acaba de ganarle un round a la oposición.

El round de Maduro

A un mes de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, dos situaciones resaltan en la coyuntura crítica de Venezuela: la práctica desaparición de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) de la escena política y el carácter cada vez más internacional de la crisis. Aunque lo primero no significa que la alianza de partidos opositores haya dejado de actuar en otros planos, ni que sea imposible su eventual retorno a la palestra, el enfriamiento de la calle y la forma en que los magistrados del Tribunal Supremo nombrados por el parlamento opositor han tenido que irse al exilio –así como lo han hecho la fiscal Luisa Ortega Díaz y algunos de los principales alcaldes opositores– parecen inclinar la balanza hacia el gobierno. De momento, Nicolás Maduro controló la situación y puede anotarse el último round como un punto a favor. Lo cual lleva a la segunda situación: sin grandes desafíos para seguir con su proyecto dentro del país, si algo parece inquietarlo en este momento es la presión exterior, con todo lo que ella suele tener de lenta y acomodaticia.

Este panorama parecía imposible cuando el 16 de julio la alianza opositora logró movilizar a siete millones y medio de personas para que expresaran su rechazo a la convocatoria a la Constituyente. Una manifestación de ese tamaño, dos paros más o menos exitosos y el apoyo de más de 40 gobiernos del mundo parecían darle a la MUD buenas herramientas para, al menos, empujar una negociación en mejores condiciones que las planteadas por Maduro. A ello hay que sumarle que el 30 de julio la afluencia de votantes fue mucho menor que la de 15 días antes: según diversos observadores, habría tenido entre dos y cinco millones y medio de participantes. Aunque el Consejo Nacional Electoral anunció que fueron ocho millones, a los dos días los representantes de Smartmatic, la empresa encargada de la transmisión de los votos, denunciaron que hubo manipulación. Sin embargo, lo ocurrido desde entonces ha sido justo lo contrario de lo que hubiera podido esperarse: la Constituyente se instaló sin grandes resistencias.

Es muy pronto para saber qué fue exactamente lo que pasó, sobre todo porque es un proceso en desarrollo que puede cambiar en cualquier momento. Pero dos cosas parecen estar claras: las movilizaciones y la presión internacional no lograron romper el bloque gubernamental, ni la oposición sabía bien qué hacer ante esa eventualidad. Defecciones como las de Ortega Díaz no se generalizaron y en general el «chavismo opositor» no ha atraído el favor de la población chavista que no apoya a Maduro y que en la actualidad carece de liderazgo visible. Con respecto a lo segundo, salvo que en el futuro, cercano o lejano, se demuestre otra cosa, la MUD no parecía tener algo preparado en el caso de la Constituyente fuera –como en efecto lo fue– finalmente convocada. Se le pidió a la gente que lo diera todo para evitarla, pintándole un armagedón si eso no se lograba. No se logró y, comprensiblemente, cundió el desánimo. Ni en la rueda de prensa que dio el 30 de julio, ni en el acto en el que se presentaron juntos líderes opositores y chavistas disidentes el 5 de agosto, se hicieron declaraciones que indicaran un camino claro a seguir. Por el contrario, el anuncio de que participaría en los comicios regionales de diciembre confundió más a sus seguidores: después de declarar ilegítimo al gobierno y al ente comicial, y de proclamar que lo ocurrido el 30 de julio fue un fraude, participar en las elecciones organizadas por ese mismo gobierno y esa autoridad electoral ha sido visto, como mínimo, como un tácito reconocimiento a ambos, como una rendición. La decisión está respaldada por argumentos tan poderosos como los de no dejarles libres todos los espacios, pero al menos requiere de un mejor tratamiento político.

Por último, el surgimiento de un movimiento insurreccional armado, cuyo debut fue el espectacular asalto al Fuerte Paramacay, en Valencia, uno de los más poderosos de Venezuela, también el 5 de agosto, pareció desvanecerse con la rápida captura de sus líderes. Hasta el momento no ha vuelto a oírse de otra acción similar. Ante este panorama, la siempre útil teoría leninista de la toma del poder nos explica bien por qué Maduro sigue en el palacio de Miraflores: no hay condiciones objetivas para sacarlo de allí –porque aún puede controlar la situación– ni las hay subjetivas –porque quienes quieren hacerlo no parecen tener claro el modo, o si lo tienen, no poseen la capacidad para conseguirlo–. Así, el principal logro de las protestas ha sido la deslegitimación internacional del gobierno. Los resultados de las sanciones suelen verse a largo plazo y a veces no se ven nunca. Si Maduro logra controlar el país por un tiempo relativamente largo, es muy probable que, al final, los otros gobiernos que lo siguen reconociendo como presidente (el desconocimiento es a la Constituyente) puedan terminar entendiéndose con él.

Por supuesto, Maduro no tiene un «seguro de vida nuclear», como Kim Jong-un.Y, en términos económicos, es mucho más débil que Irán o Siria. En este sentido, las sanciones impuestas por Estados Unidos han apuntado quirúrgicamente a impactar en la elite gubernamental –con penalidades a varios personeros sobre sus bienes y posibilidades de negocios en EEUU– o a atacar las finanzas del Estado impidiendo que se contrate más deuda en los mercados norteamericanos o que Citgo, la petrolera propiedad de PDVSA que compra la mayor parte del petróleo venezolano que se envía a EEUU, pueda repatriar los capitales. Donald Trump ha dicho que no descarta una «opción militar» en Venezuela. Fue rápidamente desmentido por otros funcionarios y criticado por la región, muchos no ven probable esta alternativa, pero el viaje de Mike Pence a Sudamérica, básicamente para hablar de Venezuela, demuestra que Washington, de no ocurrir otra cosa que concentre su atención, adoptará nuevas medidas. Maduro, por su parte, quiso aprovechar la declaración de Trump para despertar una ola nacionalista, pero hasta el momento logró pocos resultados. Los problemas económicos y su impopularidad lo distancian demasiado del Fidel Castro de los 60.

Bajo presión internacional, sin apoyo popular ni recursos, Maduro ha logrado mantener compacto el bloque gubernamental, mientras la oposición se muestra errática y sus seguidores, abatidos. Los puntos de este round parecen ser suyos. En lo subsiguiente, todo dependerá de la duración de la pelea o de que alguno de los participantes logre el nocaut con el que cada bando lleva muchos años soñando.

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