Coyuntura

El retorno del sandinismo transfigurado

Después de 16 años, Daniel Ortega vuelve al poder. Su victoria en las elecciones nicaragüenses del 5 de noviembre fue consecuencia de la reforma constitucional sellada en un pacto de impunidad con el ex-presidente Arnoldo Alemán, que generó una división del tradicional partido liberal y cambió el sistema electoral para adaptarlo a las necesidades del sandinismo. Así, Ortega triunfó frente a una oposición dividida, con un porcentaje inferior al que había obtenido en elecciones anteriores, y luego de emitir todo tipo de señales de moderación. Si el sandinismo siempre fue más una denominación que una ideología, ¿por qué no un sandinismo de derecha?

El retorno del sandinismo transfigurado

El 6 de noviembre de 2006, por la tarde, era evidente que las tendencias del escrutinio en Nicaragua favorecían decididamente al candidato sandinista. La Prensa, tradicional vocero conservador, recogió la entrevista a un conocido dirigente empresarial:

–Dudo de los resultados... pudo haber fraude. ¡Exigimos un nuevo recuento, voto por voto!–No es posible hacerlo... como en México, hay que esperar el resultado final. En todo caso, el Daniel Ortega que ganó ¡es otro!–Bueno, eso me han dicho, ¿es otro?, no sé, tal vez...

Al escribir estas notas tratamos de traducir al mundo de las palabras comprensibles el significado existencial de la expresión «es otro». Trasladar al mundo de la política, en una dimensión sustantiva, el cambio personal. En inglés existe una palabra precisa –impersonation– que se traduce como «suplantación» y significa el acto de hacerse pasar por otro. ¿Cuánto influyó la impersonation de Daniel Ortega en su victoria personal? ¿Se extendió orgánicamente a todo el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)? A continuación, presentamos algunas reflexiones sobre las elecciones y la democracia en Nicaragua.

La democracia nicaragüense

El triunfo electoral del sandinismo sólo puede ser entendido como la suma de las circunstancias particularmente contradictorias que definen la naturaleza de la democracia nicaragüense. En una revisión rápida de la condición íntima, irrefutable, de su funcionamiento, hay que destacar la conversión de un proyecto participativo de democracia popular en una democracia liberal típicamente representativa. Esto ocurrió hacia la mitad del decenio revolucionario. Hay que recordar, también, que Nicaragua es el mejor ejemplo de una historia de elecciones autoritarias, aquellas que ocurren con apego a la formalidad pero que sirven para legalizar una estructura de poder no democrático. En el periodo de más de cuatro décadas de reinado de la dinastía somocista hubo siete elecciones presidenciales que, naturalmente, siempre ganó el oficialismo. Las primeras elecciones democráticas –es decir, plurales, competitivas y libres– ocurrieron en 1984. Ortega ganó con 67% del total de los votos. Un componente importante de la democracia en este país fue establecido durante el periodo revolucionario, cuando la orientación política estuvo marcada por la adhesión a la democracia participativa y por la convicción de la cúpula dirigente de que «el pueblo ya hizo su elección», en referencia a la victoria militar frente a la dictadura de Somoza en 1979. Como resultado del carácter participativo del sistema, el régimen sandinista desarrolló una poderosa estrategia de organización de las fuerzas sociales. Nicaragua tiene, por ello, la sociedad civil más organizada de la región y exhibe un alto grado de participación electoral, de alrededor de 85%, que se ubica entre los más altos de América Latina.

La presión internacional –materializada en la invasión de fuerzas mercenarias desde Honduras– y la oposición interna venían exigiendo, desde 1981, que la democracia sandinista se probara en elecciones representativas. El aspecto participativo del proceso revolucionario se había manifestado exitoso en la campaña de alfabetización y de salud y en las movilizaciones barriales de orden y seguridad local. El Frente contaba con un explicable apoyo de masas. Sostenido en esa confianza, cedió a las exigencias de los enemigos de la revolución y, en el seno de una guerra de baja intensidad, convocó a elecciones de corte liberal.

Así fue como en 1990 ocurrió un hecho definitorio, trascendental: el FSLN perdió la segunda elección presidencial realizada bajo el régimen revolucionario y reconoció su derrota frente a una alianza de todos los sectores antisandinistas. La aceptación de la victoria de los otros –en este caso, de los enemigos– no forma parte del orden común de las cosas: en esas elecciones no solo se jugaban la presidencia y la composición del Poder Legislativo, sino también el destino mismo del proyecto histórico de renovación social. Lo que estaba en cuestión en los comicios de 1990 era el futuro de la Revolución Sandinista, un hecho inédito en la óptica canónica que no concibe que los procesos de cambio económico-social se jueguen en un evento eleccionario. Pero, se juzgue como se juzgue esta inédita anormalidad, lo cierto es que el reconocimiento del FSLN de su derrota en las urnas en la madrugada del 16 de marzo de 2000 ha constituido un valeroso aporte a la construcción de la democracia representativa en Nicaragua.

Así, los sandinistas contribuyeron, a disgusto y seguramente sin saberlo, a fortalecer el sistema institucional de acceso democrático al poder y a consolidar el mecanismo del voto mayoritario, que los perjudicó en tres oportunidades sucesivas después de 1990. Parecía que su destino ya no pasaba por las urnas si nos atenemos al principio de que al gobierno, en un contexto democrático y en un ambiente normal, solo se accede por medios electorales. Pero suele decirse que, en la política, solo los muertos no regresan. Y así, en noviembre de 2006, se vio que la fatalidad no existe. El momento del retorno finalmente llegó. Volvió Daniel y volvió el FSLN. Pero menos por la voluntad impredecible del azar que como resultado de una de las más oscuras componendas partidarias de la política prebendaria nicaragüense.

El pacto entre enemigos y la democracia

Vale la pena recordar que en Nicaragua la población ha estado dividida por una larga tradición política en su adscripción a uno de los dos partidos históricos: el partido conservador y el partido liberal; este último siempre fue mayoritario. El largo trecho de anarquía que siguió a la independencia fue un pugnaz desencuentro entre terratenientes-generales liberales (de la región de León) y conservadores (de la zona de Granada). El liberalismo, cuyo origen se remonta a la independencia, siempre tuvo una voluntad fundadora de nación: primero con el liderazgo del general José Santos Zelaya, quien, con ánimo antibritánico, incorporó el extenso territorio de la costa atlántica a fines del siglo XIX, y luego con la insurgencia de Augusto Sandino, quien defendió la soberanía nacional con voluntad antiestadounidense. Ambos fueron liberales. Pero la tradición fue corrompida por Anastasio Somoza, y los liberales se volvieron somocistas. La victoria del FSLN fue, por lo tanto, una derrota liberal.

Sin embargo, en un recodo del camino la enemistad homicida se aligeró. En diciembre de 2000, la dirección del FSLN firmó un pacto de amistad con el partido liberal, que se encontraba en el poder. Daniel Ortega transó con Arnoldo Alemán, hasta un minuto antes su enemigo mortal. El postsomocismo y el postsandismo firmaron un pacto deleznable que incluyó una reforma constitucional con efectos negativos en el terreno de la moral pública y del debilitamiento de las instituciones democráticas. Liberal, somocista, ex-presidente y dueño del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), acusado y condenado por saquear la riqueza de un país miserable, Arnoldo Alemán logró salir del presidio y convertir su hacienda en una cárcel de lujo. Esto fue parte del pacto firmado con Daniel Ortega, representante del núcleo duro del FSLN. En virtud de este acuerdo, se decidió que la elección de los magistrados de las Cortes de Justicia, de Constitucionalidad, del Fuero Electoral y de la Procuraduría de Cuentas de la Nación, entre otros altos cargos, se hiciera en base al reparto, en cuotas iguales, para los candidatos de ambos partidos. De este modo las instituciones democráticas se politizaron con prácticas clientelares.

A cambio del voto sandinista para que Alemán cambiara su condición de reo común y saliera de la prisión, los liberales somocistas aceptaron modificar la Constitución y la ley electoral. La mayoría necesaria para ser elegido presidente bajó de 50% a 40%, o 35% si el primer candidato obtiene una diferencia de más de 5% con el segundo. La estrategia sandinista fue inteligente pero perversa. Fue una acción ajena a la política entendida como expresión moral de responsabilidad, como un ejercicio que busca realizar el bien común y el beneficio para la mayoría a través del uso del poder. La política se convirtió en un movimiento de la voluntad corrompida, ajena a la probidad, que gira impunemente en torno del abuso de poder. Los resultados electorales, en un proceso libre, abierto y justo, siempre son portadores de una decisión cuantitativa inequívoca. Gana quien obtiene un voto más, y nada puede argumentarse con razones ideológicas. El resultado no puede ser popular porque ganó X o impopular porque triunfó Y. Hay aquí una lógica implacable, pues la victoria no tiene ideología y la derrota tampoco. Lo que viene después son especulaciones plenas de sutilezas o hipótesis sin base real, como lo sucedido en Nicaragua, donde los resultados de las elecciones del 5 de noviembre, en las que se impuso Ortega, están rodeados de interpretaciones que pueden ser verdaderas y al mismo tiempo falsas.

El recorrido ideológico electoral

Aunque Ortega se impuso en las elecciones, en Nicaragua el pueblo es mayoritariamente antisandinista o, en todo caso, mayoritariamente liberal. Pero, aun así, el liberalismo no logró llegar al ballottage, donde habría barrido a su opositor. Se dice también que no fue un triunfo de la izquierda, ya que el marxista Ortega ahora comulga tres veces por semana y en el Congreso los diputados sandinistas hicieron una alianza contra natura con la extrema derecha para votar conjuntamente la ley que penaliza el aborto terapéutico. Pero también es cierto que Ortega es amigo íntimo de Hugo Chávez y visita La Habana como invitado especial.

La anécdota se atasca en el detalle pero revela particularidades. Los colores rojinegros de la bandera guerrillera fueron sustituidos por un rosa inocente y el himno de combate, que aseguraba que «los yanquis son enemigos de la humanidad», enmudeció por canciones vicarias, que hablaban del amor. Los gestos que subrayaban el cambio fueron efectivos por sus aires de propaganda, lo cual explica la magnitud del cambio. La impersonation se concretó, también, en el candidato a la vicepresidencia, nada menos que Jaime Morales Carazo, un empresario ex-somocista, veterano jefe de la «contra» mercenaria, conservador y abiertamente proestadounidense.

La suma de anécdotas define un candidato revolucionario por su pasado, pero que pregona el olvido para el presente electoral. Solo con la herencia no se podía ganar. Y tres intentos fueron suficientes para que el realismo, que tanto tiene de oportunidad, lo demostrara. Fueron tantos y tan sistemáticos los gestos de cambio que al final se volvieron muecas. Aunque quizás no ayude mucho, es bueno recordar que el sandinismo siempre fue más una denominación que una ideología, y que fue revolucionario mientras en su nombre se hacía la revolución. ¿Por qué no, entonces, un sandinismo de derecha?

¿Se reconoce a la cúpula del FSLN como izquierdista? La pregunta carece de importancia, pues la respuesta no pertenece al orden de la política sino al de la ética. El factor de triunfo no fue la ideología de Ortega sino su radical inmoralidad, que no se explica pero que sí se asocia con su profunda ambición de poder. ¿Tiene sentido discutir si Daniel es revolucionario? Su victoria electoral fue objetivamente un triunfo popular, de masas que permanecen leales a los viejos ideales por los que murieron centenares de familiares y amigos. Ideales elementales que se resumen en el antisomocismo, el antiimperialismo, las demandas de participación libre y las esperanzas de una vida mejor.

Una valiosa fracción de militantes abandonó el Frente y se organizó en el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). Su líder, Herty Lewites, murió tres meses antes de las elecciones y fue reemplazado por Edmundo Jarquín, distinguido intelectual residente en Madrid. La división se llevó fuera del FSLN a una parte sustantiva de los intelectuales, la clase media urbana y los cuadros con una larga tradición revolucionaria. De los nueve legendarios comandantes guerrilleros, solo dos permanecieron junto a Ortega. Uno murió, dos se han retirado a la vida privada y tres se pasaron al MRS.

La verdad de las cifras

Como se dijo, las reformas introducidas a la Constitución establecieron la segunda vuelta. Para evitar el ballottage es necesario obtener 40% del total o 35% y una diferencia de 5% con el segundo candidato. Derrotado tres veces sucesivas, el ex-comandante Ortega triunfó por segunda vez, 22 años después, con 38%. En su primer triunfo había obtenido 67%. La pregunta, entonces, es si en el transcurso de una generación el sandinismo permanece como una fuerza política decisiva o si, a la vista de estos porcentajes, se debilitó.

El FSLN ganó las elecciones de 2006 con 930.862 votos, equivalentes a 38%. La Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), encabezada por el empresario Eduardo Montealegre, obtuvo 693.391 votos (28,3%) y el Partido Liberal Constitucionalista del ex-presidente Alemán, con José Rizo como candidato, consiguió 664.225 (27%). He aquí los efectos del vitando pacto del que se habló líneas arriba y que dividió a las fuerzas liberales que, sumadas, obtuvieron 56%. Esto permitió que Ortega se alzara con el triunfo. De haberse producido la segunda vuelta, el pueblo liberal habría ganado cómodamente. En las elecciones de 2001, el FSLN obtuvo 915.417 votos (42,3%); en las de 1996, 669.443 (37,8%); y en las de 1990, 579.886 (40,9%). Pero, pese al aumento absoluto de sus simpatizantes, perdió en las tres oportunidades.

Por otra parte, los resultados de las elecciones de 2006 revelaron algunas novedades imprevistas: la primera es que el sandinismo, que usualmente se imponía en las zonas urbanas, sobre todo en la ciudad de Managua, obtuvo un apreciado apoyo campesino. No olvidemos que «la contra» había ganado las simpatías del campesino pobre y que la derecha siempre había sido fuerte en el interior del país. La segunda novedad es el fin del bipartidismo del odio, cuyo resultado más visible era la decisión de todas las fuerzas antisandinistas de unificarse a pesar de sus reyertas internas en pos de una coincidencia: el rechazo al FSLN. Luego de los comicios de 2006, la Asamblea estará integrada por el FSLN (37 diputados), la ALN (27 bancas), el PLC (23) y el MRS (5). Así termina la polarización que caracterizó siempre a la democracia nicaragüense. La tercera novedad es el aumento de la abstención, que se incrementó 23% en relación con las elecciones de 2001. La cuarta es que hubo más de 13.000 observadores que testimoniaron la justeza del proceso.

La pregunta final es la primera: ¿por qué ganó Ortega? Las razones son muchas y se atropellan entre sí.

Las políticas neoliberales han perjudicado a los más pobres. Como ya han pasado 16 años desde que Ortega dejó el gobierno, una nueva generación votó contra los liberales responsables de su miseria. Pero las causas fundamentales son políticas. El fraccionamiento del voto antisandinista, después de tres experiencias, explica el triunfo del FSLN con un porcentaje menor al que obtuvo en elecciones anteriores. La división liberal es la causa necesaria. La suficiente ya fue mencionada: la reducción del porcentaje de votos necesarios para ganar en primera vuelta.

La duda como vacilación del ánimo argumental se filtra irremediablemente: ¿cuántos votos de las masas católicas sumó Ortega por su amistad con el cardenal Obando y Bravo y su apoyo a las leyes antiaborto? ¿Cuántos apoyos generó su discurso de campaña sobre la «revolución espiritual»? ¿Jaló votantes del sector contrarrevolucionario su oferta a los empresarios de rectificar los errores del pasado? Es difícil saberlo. Lo que al final vale es que, pese a sus fraccionamientos, el Frente retiene al menos 35% de los votantes, porcentaje constante en todas las votaciones.

Ganaron Ortega y el FSLN. Les toca gobernar un país distinto. En 1984, Ortega era el jefe de una revolución triunfante a la que el imperialismo estadounidense boicoteó salvajemente. Ahora recibe una sociedad que se mueve según los aires de la democracia liberal, pero que arrastra graves carencias. No tiene mayoría en la Asamblea y su victoria no agradó a los estadounidenses ni a los empresarios. Deberá entonces gobernar desde la desconfianza y la incertidumbre. Y, aunque parezca contradictorio, los asuntos que debe resolver son los mismos que justificaron al sandinismo original: las profundas desigualdades y la pobreza del pueblo nicaragüense, que no le ha dado un cheque en blanco sino un pagaré de poco monto y de corto plazo. Es la prueba final para la primera generación sandinista.