Coyuntura

El retorno de Alan García

¿Pueden cambiar los seres humanos? El primer gobierno de Alan García concluyó con una pesadilla de inflación, colas y desorden. Sin embargo, el candidato triunfador en las elecciones presidenciales del 4 de junio parece muy diferente del joven de los 80: al igual que otros partidos de izquierda latinoamericanos, como el Partido de los Trabajadores brasileño o el socialismo chileno, el APRA ha dejado de lado el estatismo dirigista y evolucionó hacia posiciones más moderadas. Esto coincide con algunos planteos de su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre, y se refleja en las posiciones de García, quien designó a economistas ortodoxos en su gabinete y apoyó la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

El retorno de Alan García

Para muchos peruanos, en especial para aquellos influidos por las ideas económicas ortodoxas y la ideología neoliberal, la presencia de Alan García en la Presidencia de la República era vista como una pesadilla de inflación, colas y desorden económico, factores que caracterizaron los meses finales de su gestión durante la década de 1980. Sin embargo, el sentido común nos dice que los seres humanos son capaces de cambiar y madurar; la historia de la República nos recuerda a personajes como Nicolás de Piérola Villena, quien, de ser el mandatario considerado por muchos el gran responsable de la derrota peruana en la guerra de 1879, volvió al poder convertido en uno de los mejores estadistas de nuestra historia, el iniciador del más largo periodo de estabilidad institucional a partir de 1895.

En la historia reciente también encontramos ejemplos similares de mandatarios que, luego de haber gobernado sobre la base de concepciones socializantes o populistas, pasaron, en una etapa posterior de sus vidas, a poner en marcha programas de tipo ortodoxo: por ejemplo, Víctor Paz Estenssoro, líder de la revolución boliviana que en 1952 destruyó el poder militar que había operado al servicio de los sectores oligárquicos. El presidente que estatizó las minas de estaño, principal riqueza del país en aquel tiempo, y que repartió las tierras entre los campesinos, fue el mismo que, en la década de 1980 y siguiendo los consejos de Jeffrey Sachs, impuso un severo ajuste para controlar una inflación que superaba el 20.000%.

Pero también la historia política de la humanidad, a lo largo de las últimas décadas, muestra una interesante evolución en los partidos progresistas de inspiración socialista y democrática. Hemos podido observar cómo agrupaciones políticas de izquierda democrática, entre ellas la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fueron dejando de lado las políticas dirigistas y los proyectos estatizantes para confiar más en los mecanismos de mercado y asumir que es en los aspectos sociales –salud, educación, defensa del ambiente y lucha contra la pobreza– donde debe producirse la intervención del Estado.

Esta evolución en las izquierdas se ha dado en muchos casos, desde el laborismo británico hasta el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, pasando por los socialistas chilenos. ¿Hay alguna razón para que el APRA se mantenga alejado de esta saludable evolución? Como veremos más adelante, los apristas peruanos tenían más razones que sus hermanos ideológicos de otros países para este cambio, dado que su fundador y líder histórico, Víctor Raúl Haya de la Torre, fue, en cierta medida, precursor de esta transformación en las izquierdas de América Latina.

Haya y la evolución de las izquierdas

_endtitle_

Haya de la Torre era un pensador original, influido por el marxismo heterodoxo desde sus años juveniles. Su clara diferenciación del movimiento comunista –que a fines de la década de 1920 estaba empezando a caer en manos del estalinismo y su rigidez dogmática– se dio tempranamente, en el congreso antiimperialista de Bruselas, en la lejana década del 20. Los planteos económicos y sociales de Haya eran muy semejantes a los de los socialismos democráticos de Europa. En sus planteos más radicales, el APRA hablaba de la «nacionalización de la tierra y la industria» como uno de sus ejes programáticos.

Sin embargo, Haya sentía especial admiración por movimientos revolucionarios ajenos al socialismo, como la Revolución Mexicana y el Guomindang chino. De este modo, hubo un conjunto de elementos que hicieron posible la evolución de su pensamiento: el Haya maduro de los años 50 creía que, en lo esencial, la obra del aprismo debía centrarse en una modernización del capitalismo, eliminando lo que quedaba de las estructuras feudales, redistribuyendo el ingreso y buscando una relación armónica no solo con el capital extranjero –lo que denominaba el «antiimperialismo constructivo»– sino con el gobierno de Estados Unidos.

Esto era tan cierto que, durante el proceso electoral de 1962, Haya fue el candidato predilecto de la embajada estadounidense, según se puede deducir claramente de la lectura de Los mil días de Kennedy, el libro del ex-asesor presidencial Arthur Schlesinger Jr., y de la actitud del entonces embajador estadounidense en Lima, James Loeb. Para la mayor parte de la derecha peruana, éste era un «intonso» incapaz de comprender la realidad del Perú.

Haya era visto por el Washington de la «Nueva Frontera», el grupo de políticos y asesores que rodeaba a John F. Kennedy, como la alternativa democrática y progresista al castrismo, al igual que José Figueres, Rómulo Betancourt, Eduardo Frei, Rafael Caldera o los líderes de inspiración socialdemócrata o socialcristiana, posibles alternativas progresistas al leninismo. Naturalmente, Víctor Raúl no tenía el complejo de muchos progresistas latinoamericanos con el marxismo leninismo: carecía del complejo de inferioridad frente a quienes se encontraban a su izquierda y planteaban una ruptura con el orden burgués. Y no solo no se sentía en inferioridad respecto de la ultraizquierda, sino que creía que los regímenes que formaban parte del «socialismo real» carecían de solidez e impedían la libertad intelectual y la creatividad artística. Mas aún, Haya pensaba que se trataba de regímenes frágiles, que no durarían muchos años.

En consecuencia, Haya no creía que el modelo leninista fuera el futuro, ni que habría que cargar todas las baterías contra los atropellos y las injusticias del imperialismo occidental y ser ciego, sordo y mudo frente a las violaciones a los derechos humanos cometidas en los países del «socialismo real», actitud muy común en ciertos sectores de las izquierdas europeas y en la mayor parte de los progresistas de este continente, que no cuestionaron los horrores perpetrados en Kampuchea y jamás emitieron una crítica por las violaciones a los derechos humanos en Cuba. Mas aún, en su madurez Haya veía el modelo escandinavo como un ejemplo: una socialdemocracia que creía en el pluralismo político, el respeto a los derechos humanos y el mercado y que introdujo –dentro del capitalismo– reformas que elevaron de modo notable la calidad de vida de la población. Recuerdo su ensayo Suecia: un pueblo feliz, donde loaba la obra social de los socialdemócratas suecos.