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El regreso de Irán: del «eje del mal» al acuerdo con Estados Unidos

Los acontecimientos en Oriente Medio han llevado a Irán a ocupar un lugar central en la geopolítica regional: a la amenaza del Estado Islámico se suma el sostén que Teherán brinda al gobierno chiita de Iraq (a su vez, aliado de Washington) y el fracaso de la revolución siria contra el proiraní Bashar al Asad. Estos cambios –sumados a la llegada al poder en Teherán de un nuevo gobierno «de la prudencia y la esperanza»– explican el reciente acuerdo entre Irán y Estados Unidos, así como el nuevo rol de la república persa en una región atravesada por históricas disputas entre chiitas y sunnitas.

El regreso de Irán: del «eje del mal» al acuerdo con Estados Unidos

El reciente acuerdo interino entre Irán y el grupo 5+11 firmado en Lausana, Suiza, el 2 de abril pasado, y que debe ser finalizado el 30 de junio de 2015, representa un gran paso tanto para el futuro rol de Irán en la región como para las relaciones entre Washington y Teherán y un desafío para las relaciones tradicionales de Estados Unidos en la zona.

Con este acuerdo, lo que se había visto como el inicio de un cerco alrededor de Irán (ubicado entre Iraq y Afganistán, ocupados en la década pasada) y una probable invasión posterior terminó con la consolidación del régimen de Teherán. En efecto, la teocracia chiita no solamente no se desmoronó, sino que logró consolidar su posición geopolítica en detrimento de sus principales rivales regionales: Arabia Saudita, Turquía e Israel. En enero de 2012, George Friedman escribía:

Las crecientes tensiones en la región no son inesperadas (…) la invasión estadounidense de Iraq y la posterior decisión de retirarse han creado un inmenso vacío de poder en Iraq que Irán necesitaba –y fue capaz– de llenar. Irán e Iraq se enfrentaron en una guerra brutal en la década de 1980 que causó cerca de un millón de víctimas iraníes, y el interés nacional fundamental de Irán fue el de garantizar que ningún régimen iraquí que vuelva a emerger sea capaz de amenazar su seguridad nacional. Con la invasión de EEUU y la retirada de Iraq, Irán tuvo una oportunidad para asegurar su frontera occidental.2

Pero será la «primavera árabe» la que logre ampliar más las opciones de Teherán. En los primeros meses de la guerra civil en Siria, parecía muy probable la victoria de la revolución, pero el temor a una caída de Bashar al Asad y a una toma del poder por las fuerzas radicales islámicas como Yebhat al Nusra, próxima a Al Qaeda, o el Estado Islámico de Siria y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico –EI– o Califato de Raqqa), impidió una intervención occidental para debilitar al régimen sirio, a lo que se sumó el apoyo inflexible de Rusia a Damasco. Frente a la compleja situación regional, EEUU optó por la estrategia de fortalecer a los actores locales, en particular en relación con el avance del EI, para no comprometer tropas terrestres3.

Sin embargo, son los actores regionales quienes han desplegado un mayor activismo en el conflicto mesooriental. Por un lado, el movimiento Hezbolá libanés no solamente respaldó a Asad, sino que mandó a sus militantes para retomar las ciudades fronterizas con el Líbano que estaban en manos de la oposición. Por su parte, el gobierno chiita iraquí también contribuyó al reforzamiento del régimen sirio con el envío masivo de armas desde la frontera oriental de Siria. Empero, el gran vencedor de la guerra civil siria es Irán. Con la permanencia en el poder de su aliado sirio, Teherán vio reforzada su posición en Oriente Medio, donde se consolidó un eje chiita proiraní que divide la región en una línea que va desde Irán hasta el Mediterráneo4. De este modo, el desenlace de la crisis siria, que se ve favorable al actual régimen, vino a reforzar la posición iraní frente a sus dos principales rivales sunnitas en la región: Arabia Saudita y Turquía.

El eje proiraní se venía construyendo desde el inicio de la década pasada por los errores estratégicos de Washington. En efecto, la crisis estadounidense y el fracaso de las intervenciones militares de la administración de George W. Bush en Oriente Medio crearon un vacío de poder en la región, con la emergencia de «Estados fallidos», como Iraq o Afganistán, a los que posteriormente –en el marco de la llamada «primavera árabe»– se agregaron Libia, Yemen y el Líbano, ya debilitado desde la guerra civil de 1975. Esta situación favoreció la consolidación de la presencia iraní en la zona e incrementó su hegemonía regional, viejo sueño del imán Ruhollah Jomeini, impedido por la guerra impuesta por Bagdad (1980-1988) y por la política de apoyo militar de EEUU al régimen de Saddam Hussein, principal escudo contra el fundamentalismo en la década de 1980. Así, la existencia de Estados fallidos y la política intervencionista, tanto estadounidense como israelí (en el Líbano y en la Franja de Gaza), favorecieron hasta ahora la emergencia de un nuevo orden más favorable a las ambiciones de Teherán.

Los cambios regionales fortalecieron la presencia iraní, cuyo peso en el marco regional e internacional ha aumentado notablemente5. Pareciera que el fracaso político de sus vecinos se ha traducido en un mayor activismo político y en un mejor marco de maniobra para Irán. Además, el temor a una victoria del EI ha empujado a Washington a moderar sus demandas frente a Teherán, sobre todo en la cuestión nuclear, lo que ha permitido el acuerdo interino del 3 de abril pasado.

En este artículo analizamos la consolidación de Irán como potencia hegemónica regional, en particular con la firma de los dos acuerdos nucleares; abordamos las repercusiones positivas de la «primavera árabe» para el régimen iraní y, finalmente, nos enfocamos en la cuestión yemení, cuyas transformaciones internas contribuyen a fortalecer el rol de Irán en la región.

Una nueva potencia hegemónica regional

Irán ha logrado consolidar, sin proponérselo, una posición hegemónica en la región. Ubicada en medio de Estados árabes y embarcada en una fuerte rivalidad con Pakistán por el control de Afganistán, la república persa adquirió un lugar importante en la dinámica regional. Con un régimen híbrido, fundamentalista-democrático, Irán rompe con los modelos clásicos de poder, da cabida a ideologías que se oponen a los moldes occidentales y se proyecta como un Estado fuerte frente al hegemón estadounidense6. Esta paradoja le ha permitido a Xavier Batalla enfatizar que Irán parece ser el «único país de Medio Oriente donde el islam está en regresión, pero la política funciona según una orientación islamista»7. Si Irán logra capitalizar su efervescencia política actual, para algunos analistas puede convertirse en el modelo de Estado radical, revolucionario e islamista que logra una transición hacia una democracia original, incluyente y funcional, y consolidar su poder frente a Occidente. Sin embargo, también existe el riesgo de que sus actores políticos de línea dura opten por la represión, lo que llevaría el país al caos8. Esta observación de Kaveh Ehsani en 2003 parece haberse materializado en parte con el triunfo del radical Mahmud Ahmadineyad en 2005 frente a la opción liberal de Mohamad Jatami, suprimida o por lo menos marginada en el país. Sin embargo, el regreso del reformismo al poder con Hasan Ruhani, el 3 de agosto de 2013, permite pensar que la mencionada transición hacia una democracia sui géneris es aún viable9.

  • 1. Zidane Zeraoui: profesor-investigador del Instituto Tecnológico de Monterrey (item), campus Monterrey, y autor de varios libros sobre Oriente Medio. Sus más recientes obras son: Islam y política. Los procesos políticos árabes contemporáneos (5ª ed., Trillas, México, df, 2013) y El pensamiento filosófico en el Islam clásico (Limusa, México, df, 2013).Palabras claves: Acuerdo de Lausana, islam, Estados Unidos, Irán, Oriente Medio.. Hace referencia a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (onu) más Alemania.
  • 2. G. Friedman: «Iran, the us and the Strait of Hormuz Crisis» en Geopolitical Weekly, 17/1/2012.
  • 3. Ver Hans Binnendijk y Patrick M. Cronin (eds.): Civilian Surge: Key to Complex Operations, National Defense University Press, Washington, dc, 2009. Aunque no trata de la temática particular de Oriente Medio, este estudio se enfoca en el análisis de los recursos en los conflictos regionales, las fuerzas no convencionales o militares movilizadas por Washington y el apoyo a los actores locales.
  • 4. Hay que recordar que no todos los gobiernos chiitas respaldan a Teherán. El caso de Azerbaiyán es un claro ejemplo, en virtud de una vieja rivalidad entre Bakú y Teherán que se remonta al siglo xvi, con el nacimiento del imperio de los Safávidas. Ver Bernard Lewis: The Middle East: 2000 Years of History from the Rise of Christianity to the Present Day, Phoenix Press, Londres, 2002, y Camron Michael Amin, Benjamin C. Fortna y Elizabeth B. Frierson: The Modern Middle East: A Sourcebook for History, Oxford University Press, Oxford, 2007.
  • 5. Vali Nasr: «La nueva potencia hegemónica» en Irán por dentro. Vanguardia Dossier No 24, 7-9/2007, pp. 18-26.
  • 6. Centro de Investigación para la Paz (cip): Cartografías del poder: hegemonía y respuestas. Anuario cip 2005, Icaria, Barcelona, 2005.
  • 7. X. Batalla: «Irán por dentro» en Irán por dentro. Vanguardia Dossier No 24, 7-9/2007, p. 3.
  • 8. Kaveh Ehsani: «High Stakes for Iran» en Middle East Report No 277, verano de 2003, pp. 38-41.
  • 9. Los cambios impulsados por el nuevo presidente iraní pueden ir debilitando al establishment conservador y abrir las puertas a lo que podemos denominar un «social-islamismo» al estilo del socialcristianismo.