Tema central

El regreso de Irán: del «eje del mal» al acuerdo con Estados Unidos

Los acontecimientos en Oriente Medio han llevado a Irán a ocupar un lugar central en la geopolítica regional: a la amenaza del Estado Islámico se suma el sostén que Teherán brinda al gobierno chiita de Iraq (a su vez, aliado de Washington) y el fracaso de la revolución siria contra el proiraní Bashar al Asad. Estos cambios –sumados a la llegada al poder en Teherán de un nuevo gobierno «de la prudencia y la esperanza»– explican el reciente acuerdo entre Irán y Estados Unidos, así como el nuevo rol de la república persa en una región atravesada por históricas disputas entre chiitas y sunnitas.

El regreso de Irán: del «eje del mal» al acuerdo con Estados Unidos

El reciente acuerdo interino entre Irán y el grupo 5+11 firmado en Lausana, Suiza, el 2 de abril pasado, y que debe ser finalizado el 30 de junio de 2015, representa un gran paso tanto para el futuro rol de Irán en la región como para las relaciones entre Washington y Teherán y un desafío para las relaciones tradicionales de Estados Unidos en la zona.

Con este acuerdo, lo que se había visto como el inicio de un cerco alrededor de Irán (ubicado entre Iraq y Afganistán, ocupados en la década pasada) y una probable invasión posterior terminó con la consolidación del régimen de Teherán. En efecto, la teocracia chiita no solamente no se desmoronó, sino que logró consolidar su posición geopolítica en detrimento de sus principales rivales regionales: Arabia Saudita, Turquía e Israel. En enero de 2012, George Friedman escribía:

Las crecientes tensiones en la región no son inesperadas (…) la invasión estadounidense de Iraq y la posterior decisión de retirarse han creado un inmenso vacío de poder en Iraq que Irán necesitaba –y fue capaz– de llenar. Irán e Iraq se enfrentaron en una guerra brutal en la década de 1980 que causó cerca de un millón de víctimas iraníes, y el interés nacional fundamental de Irán fue el de garantizar que ningún régimen iraquí que vuelva a emerger sea capaz de amenazar su seguridad nacional. Con la invasión de EEUU y la retirada de Iraq, Irán tuvo una oportunidad para asegurar su frontera occidental.2

Pero será la «primavera árabe» la que logre ampliar más las opciones de Teherán. En los primeros meses de la guerra civil en Siria, parecía muy probable la victoria de la revolución, pero el temor a una caída de Bashar al Asad y a una toma del poder por las fuerzas radicales islámicas como Yebhat al Nusra, próxima a Al Qaeda, o el Estado Islámico de Siria y el Levante (posteriormente conocido como Estado Islámico –EI– o Califato de Raqqa), impidió una intervención occidental para debilitar al régimen sirio, a lo que se sumó el apoyo inflexible de Rusia a Damasco. Frente a la compleja situación regional, EEUU optó por la estrategia de fortalecer a los actores locales, en particular en relación con el avance del EI, para no comprometer tropas terrestres3.

Sin embargo, son los actores regionales quienes han desplegado un mayor activismo en el conflicto mesooriental. Por un lado, el movimiento Hezbolá libanés no solamente respaldó a Asad, sino que mandó a sus militantes para retomar las ciudades fronterizas con el Líbano que estaban en manos de la oposición. Por su parte, el gobierno chiita iraquí también contribuyó al reforzamiento del régimen sirio con el envío masivo de armas desde la frontera oriental de Siria. Empero, el gran vencedor de la guerra civil siria es Irán. Con la permanencia en el poder de su aliado sirio, Teherán vio reforzada su posición en Oriente Medio, donde se consolidó un eje chiita proiraní que divide la región en una línea que va desde Irán hasta el Mediterráneo4. De este modo, el desenlace de la crisis siria, que se ve favorable al actual régimen, vino a reforzar la posición iraní frente a sus dos principales rivales sunnitas en la región: Arabia Saudita y Turquía.

El eje proiraní se venía construyendo desde el inicio de la década pasada por los errores estratégicos de Washington. En efecto, la crisis estadounidense y el fracaso de las intervenciones militares de la administración de George W. Bush en Oriente Medio crearon un vacío de poder en la región, con la emergencia de «Estados fallidos», como Iraq o Afganistán, a los que posteriormente –en el marco de la llamada «primavera árabe»– se agregaron Libia, Yemen y el Líbano, ya debilitado desde la guerra civil de 1975. Esta situación favoreció la consolidación de la presencia iraní en la zona e incrementó su hegemonía regional, viejo sueño del imán Ruhollah Jomeini, impedido por la guerra impuesta por Bagdad (1980-1988) y por la política de apoyo militar de EEUU al régimen de Saddam Hussein, principal escudo contra el fundamentalismo en la década de 1980. Así, la existencia de Estados fallidos y la política intervencionista, tanto estadounidense como israelí (en el Líbano y en la Franja de Gaza), favorecieron hasta ahora la emergencia de un nuevo orden más favorable a las ambiciones de Teherán.

Los cambios regionales fortalecieron la presencia iraní, cuyo peso en el marco regional e internacional ha aumentado notablemente5. Pareciera que el fracaso político de sus vecinos se ha traducido en un mayor activismo político y en un mejor marco de maniobra para Irán. Además, el temor a una victoria del EI ha empujado a Washington a moderar sus demandas frente a Teherán, sobre todo en la cuestión nuclear, lo que ha permitido el acuerdo interino del 3 de abril pasado.

En este artículo analizamos la consolidación de Irán como potencia hegemónica regional, en particular con la firma de los dos acuerdos nucleares; abordamos las repercusiones positivas de la «primavera árabe» para el régimen iraní y, finalmente, nos enfocamos en la cuestión yemení, cuyas transformaciones internas contribuyen a fortalecer el rol de Irán en la región.

Una nueva potencia hegemónica regional

Irán ha logrado consolidar, sin proponérselo, una posición hegemónica en la región. Ubicada en medio de Estados árabes y embarcada en una fuerte rivalidad con Pakistán por el control de Afganistán, la república persa adquirió un lugar importante en la dinámica regional. Con un régimen híbrido, fundamentalista-democrático, Irán rompe con los modelos clásicos de poder, da cabida a ideologías que se oponen a los moldes occidentales y se proyecta como un Estado fuerte frente al hegemón estadounidense6. Esta paradoja le ha permitido a Xavier Batalla enfatizar que Irán parece ser el «único país de Medio Oriente donde el islam está en regresión, pero la política funciona según una orientación islamista»7. Si Irán logra capitalizar su efervescencia política actual, para algunos analistas puede convertirse en el modelo de Estado radical, revolucionario e islamista que logra una transición hacia una democracia original, incluyente y funcional, y consolidar su poder frente a Occidente. Sin embargo, también existe el riesgo de que sus actores políticos de línea dura opten por la represión, lo que llevaría el país al caos8. Esta observación de Kaveh Ehsani en 2003 parece haberse materializado en parte con el triunfo del radical Mahmud Ahmadineyad en 2005 frente a la opción liberal de Mohamad Jatami, suprimida o por lo menos marginada en el país. Sin embargo, el regreso del reformismo al poder con Hasan Ruhani, el 3 de agosto de 2013, permite pensar que la mencionada transición hacia una democracia sui géneris es aún viable9.

La elección de Ruhani se debe a su propuesta original –en contraposición con el radicalismo de Ahmadineyad– de un «gobierno de la prudencia y la esperanza», centrado en la reactivación económica, una «declaración de los derechos de ciudadanía» y la adopción de una diplomacia más flexible y moderada frente al mundo occidental, sobre todo en relación con la cuestión nuclear, lo que le permitió llegar a los históricos acuerdos antes señalados.El primer acuerdo planteaba la suspensión por parte de Irán del enriquecimiento de uranio por encima de 5%, es decir, la paralización de su programa nuclear militar. En enero de 2014, el gobierno de Teherán desconectó las centrifugadoras de enriquecimiento de uranio de su planta de Natanz, conforme a lo acordado en noviembre anterior, lo que conllevó el levantamiento del veto al comercio de oro y metales preciosos por la Unión Europea, además de la repatriación de hasta 4.200 millones de dólares procedentes de la venta de crudo que permanecían en cuentas bancarias internacionales10. Por su parte, el acuerdo del 3 de abril de 2015 prevé la reducción de las centrifugadoras iraníes de las 19.000 actuales a solo 6.104, de las cuales 5.060 podrían seguir enriqueciendo uranio durante los próximos diez años (se trata además de modelos IR-1, de primera generación, que tienen una menor capacidad de enriquecimiento). Teherán aceptó también enriquecer su uranio a un nivel muy inferior al requerido para las armas nucleares11, reducir su stock de uranio de 10.000 kilogramos a 300 kilogramos y consentir «un acceso regular (de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, [AIEA]) a todas sus instalaciones nucleares, así como a su cadena de suministro del programa nuclear»12. Esta medida, nunca aplicada en ningún otro acuerdo de la AIEA, muestra el gran paso logrado en Lausana, pero aún quedan algunos obstáculos para llegar a un acuerdo final: mientras que para los países occidentales Irán debe implantar todo el acuerdo para lograr la eliminación de las sanciones internacionales impuestas en 2006, para Teherán (y lo ha remarcado el Guía Supremo Alí Jamenei), los países occidentales deben suspender sus sanciones antes de la fecha límite del 30 de junio. El acuerdo está llamado a cambiar significativamente la ecuación política y geopolítica en Oriente Medio, en lo que algunos consideraron una victoria táctica para EEUU y estratégica para la república persa:

Como buen acuerdo, todos se sienten ganadores porque, en realidad, lo son. EEUU obtiene de Irán garantías suficientes de que su programa nuclear no terminará en bombas atómicas. Irán consigue el levantamiento del régimen de sanciones, que mantiene ahogada su economía y limita gravemente su acceso a recursos, medios y tecnologías en el mercado mundial, al tiempo que mantiene su derecho a desarrollar tecnología nuclear pacífica. Irán, además, lograría la liberación de unos 100.000 millones de dólares, retenidos en el exterior a causa de las sanciones. Libre de las mismas, podrá rehacer su economía y fortalecer todas sus estructuras, lo que, a su vez, redundaría en un mayor peso en el sistema regional y mundial. En ese sentido, el acuerdo para Irán es estratégico, pues su economía podría aspirar a ser una de las mayores de la región, dado el enorme potencial en recursos que tiene el país.13

De esta manera, entender los diversos factores que delinean la posición iraní es un paso fundamental para aprehender el juego de poder actual que se desarrolla en Oriente Medio. En términos energéticos, Irán, con sus reservas del golfo Árabe-Pérsico y del mar Caspio, se encuentra entre dos de las más importantes cuencas de hidrocarburos del mundo. Sin embargo, en términos políticos, su rol es mucho más complejo e involucra elementos culturales e históricos que nos remiten a la identidad poliédrica de los iraníes. Lo que es muy claro, frente a la actuación más reciente de la República Islámica, es que esta posee una fuerte aspiración hegemónica, que buscaría la aceptación estadounidense de «Asia central, Afganistán y el golfo Pérsico como zona de influencia iraní a todos los efectos, sin ser molestada por interferencia estadounidense alguna», y el consentimiento de Washington a la presencia iraní en Siria y Líbano14. De hecho, durante la monarquía Pahlevi, Washington aceptó y respaldó la hegemonía de Teherán y su papel de «gendarme» en la región.

La política actual iraní no representa una ruptura con su tradicional vocación hegemónica, sino, por el contrario, un regreso al expansionismo pre-Revolución Islámica de 1979. Si en vida del ayatolá Jomeini el país canceló el programa nuclear iniciado por el sha Reza Pahlevi, con Jatami, pero sobre todo con Ahmadineyad, Teherán reanudó su política hegemónica con sus ambiciosos proyectos armamentísticos.

Pese al tono amenazador de las declaraciones estadounidenses sobre Irán y su plan nuclear, la República Islámica no cede en su aspiración regional. El objetivo de transformar Irán en una potencia económica, industrial y militar a escala mundial puede rastrearse hasta el régimen del sha y su Revolución Blanca. Pahlevi buscaba, a partir del establecimiento de reformas económicas y sociales, iniciar una dinámica que avanzara hacia el progreso y el desarrollo económico, involucrando factores de seguridad social, seguridad nacional y eficiencia administrativa. Sin embargo, la Revolución Blanca no logró los resultados deseados15. Ahora, bajo el liderazgo de Ruhani, Teherán, decidido a jugar un papel protagónico, ha ido construyendo su influencia sobre la región mediante las relaciones comerciales y políticas, sin dejar de lado su autonomía, vinculada al desarrollo de la ciencia y la tecnología, sobre todo la nuclear16.

En esta misma línea de aspiración hegemónica, la política exterior iraní ha optado por jugar en tres niveles: el persa, el islámico y el fundamentalista17. Estos tres niveles son los pilares de la identidad del país, y la constante retro-alimentación entre ellos asegura la cohesión del nacionalismo iraní. En lo que se refiere al primero, el pasado imperial de Persia constituye un baluarte para el imaginario social y político nacional. Este espíritu de grandeza persa dota a la población iraní de un elemento clave de diferenciación frente a sus vecinos árabes. El ser persa lleva consigo toda una connotación de grandeza imperial, capacidad de dominio y, por ende, de superioridad frente a los otros grupos del escenario regional18.

Es sobre todo durante el Imperio Safávida (1501-1722) cuando se desarrolla con mayor fuerza la particularidad actual iraní. Por un lado, el grupo que tomó el poder era de origen turcomano, pero retoma la idea chiita y persa para diferenciarse de su principal rival, el Imperio Otomano, que se asume turco y sunnita. Es también durante este periodo cuando se produce la conversión total del país al chiismo y se sella la asociación entre el poder religioso de los ulemas y el poder político, primero con los safávidas y posteriormente con la dinastía Qajar (1785-1925). Sin embargo, no podemos generalizar al chiismo como aliado de Teherán. Desde los primeros tiempos del Imperio Safávida, los azeríes, a pesar de su cercanía religiosa con Irán, optaron por una alianza con el Imperio Otomano, en particular por su rivalidad con los armenios, quienes a pesar de profesar la fe cristiana, buscaron la protección de Irán, relación que se mantiene hasta la actualidad. Como sostiene Khatchik DerGhougassian,Desde la firma, el 9 de febrero de 1992 en Teherán, del acuerdo que estableció las relaciones diplomáticas con Armenia, la cooperación en el campo comercial, económico, de inversiones, energía, turismo, transporte, intercambios culturales y otros no sufrió ningún revés. Para Armenia, Irán, al igual que Georgia, ha sido una ruta para salir al mundo en el contexto del bloqueo impuesto conjuntamente por Azerbaiyán y Turquía desde 1988 y 1993 respectivamente.19

Por su parte, el nivel islámico tiene dos facetas, una incluyente y otra excluyente, al referirnos a los Estados y otros actores de la región. Es incluyente cuando considera que los países vecinos son casi todos de población mayoritariamente islámica, aunque rara vez suceda que Irán opte por esta lectura. Resulta, en cambio, excluyente cuando examinamos los diferentes grupos musulmanes en la región. En el islam existen dos grandes grupos de practicantes: los sunnitas y los chiitas. El grupo mayoritario es el primero, que comprende a 87% del total de la población musulmana, mientras que los últimos representan alrededor del 13% restante20. En Irán esos porcentajes se invierten, vale decir que el grupo musulmán mayoritario es el chiita. Ello implica que, a la vista de sus vecinos islámicos, Irán resulta diferente e incluso una amenaza, particularmente por la naturaleza de su visión e intereses nacionales. Países como Egipto y Arabia Saudita temen que el creciente poder iraní motive y apoye concretamente a sus minorías chiitas en sus luchas, tal como sucede en el Líbano con Hezbolá o en Bahrein con el levantamiento de la mayoría chiita del emirato contra el poder sunnita durante la «primavera árabe», conocido como el movimiento de la Plaza de la Perla (Lu’lua).

Finalmente, el tercer nivel, el fundamentalista, tiene un origen que puede trazarse hasta la Revolución Islámica de 1979 y el liderazgo posterior del ayatolá Jamenei. Este nivel puede vincularse a la faceta incluyente del islamismo. La relación con el movimiento palestino Hamás ilustra claramente esta posición de centrarse en lo islámico, dejando de lado la vertiente étnica o el chiismo. El fracaso de los proyectos de integración subregional con visiones más pragmáticas, tales como el Consejo de Cooperación Árabe o la no consolidada Unión del Magreb árabe, abre las puertas a un discurso panislamista radical.

Con la victoria electoral de Hamás en 2006 y su aislamiento tanto local como internacional, Teherán se convirtió en el principal sostén del nuevo gobierno en la Franja de Gaza, no reconocido ni por Israel ni por la Autoridad Nacional Palestina. Además, las tres ofensivas israelíes contra su territorio en diciembre de 2008 (operación Plomo Fundido) y posteriormente en 2012, con la operación Pilar Defensivo y finalmente con la operación Margen Protector en julio de 2014, por un lado permitieron realzar el rol del movimiento fundamentalista palestino como escudo contra Israel, y por el otro, habilitaron a Irán a participar más activamente en el rearme de Hamás. La última ofensiva fue la que provocó el mayor número de bajas de toda la historia del conflicto palestino-israelí, con más de 1.400 muertos: del lado israelí, 14 decesos (11 militares y 3 civiles); del lado palestino, 1.434 víctimas (de las cuales 960 eran civiles y 288, menores de 18 años).

En el verano de 2006, la guerra entre Hezbolá y las Fuerzas de Defensa israelíes, que terminó después de 40 días sin que estas últimas lograran debilitar a la organización libanesa, contribuyó a consolidar aún más la presencia del movimiento fundamentalista en el escenario nacional libanés y a convertir a Hezbolá en la principal fuerza, no solo militar sino también política de Palestina.

A estos acontecimientos se suman las invasiones de Afganistán e Iraq, que eliminaron a dos importantes rivales regionales, sobre todo el líder iraquí Saddam Hussein. Los talibanes en el poder en Kabul, por su mismo origen paquistaní (fueron seminaristas en Peshawar), su orientación fundamentalista sunnita, su temor a la hegemonía tradicional persa y su oposición al chiismo, optaron por una política más propaquistaní y de oposición a la política iraní. Por su parte, Iraq, en particular bajo el liderazgo del partido Baaz, promovió una política nacionalista árabe y antiiraní, primero durante la era del sha, para contrarrestar sus pretensiones de control del golfo Árabe-Pérsico, y luego contra el fundamentalismo jomeinista, que buscaba incentivar un levantamiento de la población chiita iraquí.

Así, antes del inicio de la «primavera árabe», la posición de Teherán se había consolidado en la región, pero con una fuerte presión occidental sobre el programa nuclear iraní21.

La «primavera árabe» y la crisis siria

La «primavera árabe», al derrocar regímenes prooccidentales, vino a consolidar nuevos gobiernos con tendencias islamistas, a pesar de la caída de Mohamed Morsi en julio de 2013 en Egipto. Si bien es cierto que los nuevos grupos en el poder no están alineados con Teherán, su posición frente a la revolución iraní es menos negativa que antes.

Con la guerra civil de Siria, Irán logró apalancar a un aliado frente a la embestida de los gobiernos regionales como Turquía y Arabia Saudita. Además, el respaldo sino-ruso a Damasco alejó la amenaza de una intervención occidental. Sin embargo, es el surgimiento de Daesh (acrónimo árabe de Estado Islámico de Iraq y el Levante) lo que logró desplazar a sus rivales en la lucha por el poder en Siria, al convertirse en la principal amenaza regional para los intereses tanto de las potencias occidentales como de los gobiernos locales. Graham Wood lo sintetiza así:

Hemos entendido mal la naturaleza del EI en al menos dos formas. En primer lugar, tendemos a ver el yihadismo como monolítico, y aplicar la lógica de Al Qaeda a una organización que la ha eclipsado decisivamente (…) Bin Laden vio su terrorismo como el prólogo a un Califato que no esperaba ver en su vida. Su organización era flexible y operaba como una red geográficamente difusa de células autónomas. El EI, por el contrario, requiere territorio para mantener su legitimidad, y una estructura de arriba hacia abajo. Su burocracia se divide en brazos civiles y militares y su territorio, en provincias.22

Es decir, el EI es un cuasi Estado con muchas de las prerrogativas estatales, con la excepción del reconocimiento internacional. La ofensiva de Daesh en el verano de 2014 y sus rápidas victorias contra el gobierno chiita iraquí generaron una situación de profunda inquietud en el mundo occidental23. Sin embargo, la política adoptada por la coalición anti-EI de no mandar tropas terrestres mostró sus límites. Es en este contexto donde el papel de Irán fue revaluado. Irán, al igual que EEUU, busca preservar el gobierno chiita iraquí, mientras que Turquía y sobre todo Arabia Saudita han respaldado a los grupos radicales tanto para derrocar a Bashar al Asad como para imponer un gobierno sunnita en Bagdad.

La crisis interna en Iraq se refleja en el boicot de los diputados sunnitas (73 de 328) a las actividades del Parlamento iraquí tras el asesinato de un destacado líder tribal, según ellos a manos de una milicia chiita. Este incidente es el último de una serie de problemas relativos a la actividad de esos grupos armados paralelos que, si bien han sido decisivos para que las fuerzas gubernamentales frenen el avance de Daesh, pueden terminar debilitando esa lucha. Su creciente influencia y la percepción generalizada de que están bajo las órdenes de Irán están exacerbando las divisiones sectarias, en un momento en que el gobierno de Bagdad necesita el apoyo de la comunidad sunnita para lanzarse a la .

«Milicias respaldadas por Irán », destacaba Sinan Adnan, del (ISW, por sus siglas en inglés). Para este analista, «si las milicias se muestran eficaces en la zona, eso aumentará con toda probabilidad su influencia, así como la influencia iraní en Iraq»24. En este marco, podemos identificar a un gran número de milicias que actúan con una relación más o menos estrecha con Teherán:

Milicias proiraníes: -Asaib Ahl al Haq (La Liga de los Justos)-Kataen Hezbolá (Falanges del Partido de Dios)-Badr (escisión de la rama militar del antiguo Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, más tarde rebautizado Consejo Supremo Islámico de Iraq [CSII], que ahora cuenta con su propia milicia).-Saraya al Khorasani (Brigadas de Jorasán)-Kataeb Sayed al Shuhada (Falanges del Señor de los Mártires)-Harakat al Nujaba (Movimiento del Frente)

Milicias cercanas a Irán:-Saraya as-Salam (Brigadas de la Paz, antiguo Ejército del Mahdi de Muqtada al Sadr)-Liwa al Shabab ar Risali (vinculadas al ayatolá al Yaqubi)-Liwa Dhu al Fiqar (de tendencia sadrista)-Saraya Ashura (dirigida por Ammar al Hakim, líder del CSII)-Saraya Ansar al Aqida (dirigida por el jeque Yalal al Din as-Saghir, vinculada al CSII).

El derrumbe del Ejército iraquí frente al avance del EI, en particular con la toma de Mosul, llevó al líder espiritual de los chiitas iraquíes, el gran ayatolá Ali al Sistani, a hacer un llamamiento a las armas para defender el país. Su fetwa pedía que los hombres capaces de empuñar un arma se alistaran en las fuerzas de seguridad, pero ese llamado se convirtió en una coartada para que nunca habían llegado a desaparecer. Con la consigna de la «movilización popular» y con el apoyo de Irán, decenas de grupos armados acudieron a llenar el vacío dejado por el ejército regular. Pero este avance «no es solo el resultado de sus propias habilidades para el combate. Es en gran medida », sostiene el estudioso Aymenn al Tamimi en referencia a los Pasdarán, el cuerpo militar de elite iraní. En su opinión, «el éxito chiita en Iraq refleja la eficacia de la doctrina de la Guardia Revolucionaria respecto a la construcción, apoyo y uso de agentes políticos y militares sectarios como un instrumento clave –a veces el instrumento clave– de la política iraní en la región»25.

Es esta situación de confluencias de intereses a menudo paradójicas la que llevó a Washington a acercarse a la política iraní, alejándose de sus aliados tradicionales: Riad y Ankara, y la que permitió la renegociación de la cuestión nuclear en mejores términos26. La situación actual permite un mayor acercamiento de Irán a las potencias occidentales, en la medida en que mientras los aliados tradicionales de EEUU, como Turquía y Arabia Saudita, han respaldado a los grupos sunnitas radicales como Yebhat al Nusra o Ahrar al Sham e inclusive, en su inicio, al EI, Irán ha mantenido su política de apoyo a los gobiernos sirio e iraquí, que hoy se ven como la esperanza para impedir un triunfo del EI. Esta compleja relación entre los actores del escenario mesooriental explica la crisis en las relaciones entre Riad y Washington, en tanto el primero teme un mayor acercamiento de EEUU al régimen de los ayatolás. Sin embargo, aunque la potencia norteamericana sigue insistiendo en la salida de Asad, en la coyuntura actual, su presencia en el poder es la mejor garantía para impedir la caída de Siria en las manos del radicalismo islamista.

La variable hutí

La consolidación del eje Irán-Iraq-Siria-Líbano se vio reforzada en 2015 con la victoria hutí en Yemen. El movimiento religioso-político-militar hutí nació en la década de 1980 en la región norteña de Saada, bajo la dirección de Hussein Badreddin al Houthi (ya fallecido), y representa la rama zaidí del chiismo27. Así, a la caída de Ali Saleh en 2012, Ansarullah, el movimiento político hutí, participó en el proceso de «diálogo nacional» para reformar la Constitución con el objetivo de ampliar la autonomía del grupo28. En agosto de 2015, las milicias hutíes utilizaron como pretexto la reducción gubernamental de los subsidios a los combustibles para ocupar la capital, Saná. Esta ocupación, inicialmente pacífica, conllevó el inevitable enfrentamiento con las fuerzas de seguridad y las milicias progubernamentales. Hubo varias acusaciones de que los hutíes reciben fondos y armas de Irán, mientras que Arabia Saudita, que había apoyado a Ali Saleh al principio y luego al gobierno de transición, suspendió la ayuda financiera a Yemen. El problema para Washington es que los hutíes representan la mejor manera de contener al grupo radical AQAB en Yemen29, debido a la caída del gobierno provisional y las fuerzas armadas oficiales30.

Con la victoria de los hutíes en Yemen, la nueva dirección nacional debe repensar la Constitución del país para otorgar a los chiitas una mayor autonomía. Sin embargo, ningún acuerdo podría ser duradero mientras exista la amenaza de Al Qaeda de la Península Arábiga.

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De este modo, los acontecimientos descriptos en Oriente Medio han llevado a Irán a ocupar un lugar central en cualquier estrategia regional. En el Líbano, su influencia con Hezbolá impide la elaboración de una solución sin su consentimiento. En Siria, parece que la opción más viable para los intereses de las potencias occidentales es la permanencia en el poder del aliado de Teherán, Bashar al Asad. La supervivencia del gobierno chiita iraquí se debió más al apoyo de Irán y al rol de las milicias que a la presencia de las tropas de EEUU. Finalmente, con los cambios políticos en Yemen, Irán logra consolidar su estrategia geopolítica regional. En este marco, el acuerdo 5+1 de abril de 2015 viene a fortalecer aún más su papel en la región.

  • 1. Zidane Zeraoui: profesor-investigador del Instituto Tecnológico de Monterrey (item), campus Monterrey, y autor de varios libros sobre Oriente Medio. Sus más recientes obras son: Islam y política. Los procesos políticos árabes contemporáneos (5ª ed., Trillas, México, df, 2013) y El pensamiento filosófico en el Islam clásico (Limusa, México, df, 2013).Palabras claves: Acuerdo de Lausana, islam, Estados Unidos, Irán, Oriente Medio.. Hace referencia a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (onu) más Alemania.
  • 2. G. Friedman: «Iran, the us and the Strait of Hormuz Crisis» en Geopolitical Weekly, 17/1/2012.
  • 3. Ver Hans Binnendijk y Patrick M. Cronin (eds.): Civilian Surge: Key to Complex Operations, National Defense University Press, Washington, dc, 2009. Aunque no trata de la temática particular de Oriente Medio, este estudio se enfoca en el análisis de los recursos en los conflictos regionales, las fuerzas no convencionales o militares movilizadas por Washington y el apoyo a los actores locales.
  • 4. Hay que recordar que no todos los gobiernos chiitas respaldan a Teherán. El caso de Azerbaiyán es un claro ejemplo, en virtud de una vieja rivalidad entre Bakú y Teherán que se remonta al siglo xvi, con el nacimiento del imperio de los Safávidas. Ver Bernard Lewis: The Middle East: 2000 Years of History from the Rise of Christianity to the Present Day, Phoenix Press, Londres, 2002, y Camron Michael Amin, Benjamin C. Fortna y Elizabeth B. Frierson: The Modern Middle East: A Sourcebook for History, Oxford University Press, Oxford, 2007.
  • 5. Vali Nasr: «La nueva potencia hegemónica» en Irán por dentro. Vanguardia Dossier No 24, 7-9/2007, pp. 18-26.
  • 6. Centro de Investigación para la Paz (cip): Cartografías del poder: hegemonía y respuestas. Anuario cip 2005, Icaria, Barcelona, 2005.
  • 7. X. Batalla: «Irán por dentro» en Irán por dentro. Vanguardia Dossier No 24, 7-9/2007, p. 3.
  • 8. Kaveh Ehsani: «High Stakes for Iran» en Middle East Report No 277, verano de 2003, pp. 38-41.
  • 9. Los cambios impulsados por el nuevo presidente iraní pueden ir debilitando al establishment conservador y abrir las puertas a lo que podemos denominar un «social-islamismo» al estilo del socialcristianismo.
  • 10. Javier Gallego: «El acuerdo nuclear con el régimen iraní entra en vigor» en El Mundo, 20/1/2014.
  • 11. El uranio enriquecido a menos de 5% es para el uso civil; para las armas nucleares se requiere por encima de 90%.
  • 12. «Five Key Points Of Iran Nuclear Commitments» en Security-Risks Monitor, 4/4/2015, www.security-risks.com/security-issues-south-asia/nuclear/five-key-points-of-iran-nuclear-commitments-4586.html.
  • 13. Augusto Zamora R.: «Triunfo táctico de eeuu, estratégico de Irán» en Publico.es, 8/4/2015, http://blogs.publico.es/otrasmiradas/4362/triunfo-tactico-de-eeuu-estrategico-de-iran/.
  • 14. V. Nasr: ob. cit.
  • 15. Marvin Zonis: «Iran: A Theory of Revolution from Accounts of the Revolution» en World Politics vol. 35 No 4, 7/1983, pp. 586-606.
  • 16. V. Nasr: ob. cit.
  • 17. Adelia Bahena y Gabriela Cantú: «Irán y el equilibrio nuclear regional» en Norberto Consani y Z. Zeraoui (comps.): Sobre Medio Oriente, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2007, pp. 215-255.
  • 18. Graham Fuller: The «Center of the Universe»: The Geopolitics of Iran, Westview Press, Boulder, 1991. Particularmente durante el siglo xvii, el imperio persa procuró alimentar la antipatía por los árabes iraquíes y los turcos otomanos.
  • 19. Khatchik DerGhougassian: «La Historia, la geopolítica y el ‘diálogo de civilizaciones’: las relaciones entre Irán y Armenia» en Z. Zeraoui e Ignacio Klich (comps.): Irán. Los retos de la República islámica, Siglo xxi, Buenos Aires, 2011, p. 145.
  • 20. V. Nasr: «When the Shiites Rise» en Foreign Affairs vol. 85 No 4, 7-8/2006.
  • 21. Rafael Barberá y Miguel Ángel Benedicto: Estados Unidos 3.0. La era Obama vista desde España, Literaturas.com, edición digital, 10/2012.
  • 22. G. Wood: «What isis Really Wants» en The Atlantic, 3/2015, disponible en www.theatlantic.com/features/archive/2015/02/what-isis-really-wants/384980/.
  • 23. Ver Michael Glint: Can a War with isis Be Won?, Conceptual Kings, Londres, 2014, y Joseph Spark: Atrocities Committed by isis in Syria and Iraq, Conceptual Kings, Londres, 2014.
  • 24. Ángeles Espinosa: «Las milicias chiíes, un arma de doble filo para el gobierno de Bagdad» en El País, 16/2/2015.
  • 25. Ibíd.
  • 26. «Obama presiona a Irán con la negociación de su plan nuclear» en El Espectador, 12/2/2015.
  • 27. La rama zaidí del chiismo, conocida también como la Rama de los Cinco, acepta solamente hasta el cuarto Imán de los duodecimanos. Reconoce a los mismos cuatro primeros imanes que el resto de los chiitas, pero no al quinto, Muhammad al-Baqir, a quien sustituye por su hermano Ali Zayn al Abidin. Sin embargo, a finales de la década pasada, una parte de los hutíes se adhirió a la lógica duodecimana (creencia en los 12 guías sucesorios), lo que explica el mayor acercamiento de Irán al movimiento.
  • 28. Alessandro Bruno: «Yemen: The World’s Newest Failed State» en Geopolitical Monitor, 12/2/2015.
  • 29. aqab es la rama peninsular de Al Qaeda, creada en 2009. Constituye el cuarto frente del movimiento, después de Al Qaeda de Iraq (hoy el ei) y Al Qaeda del Magreb Islámico (aqmi) dividido entre Al Qaeda y el ei.
  • 30. A. Bruno: ob. cit.