Entrevista

El populismo y sus paradojas Entre la redención de los excluidos y el control del Estado

El politólogo César Ulloa analiza los fenómenos populistas latinoamericanos y manifiesta por qué se producen en unos países y no en otros.

El populismo y sus paradojas / Entre la redención de los excluidos y el control del Estado

Entrevista de Mariano Schuster


Durante los últimos diez años, con el desarrollo de gobiernos vinculados a la llamada «izquierda nacional-popular» en América Latina, volvió a cobrar fuerza la categoría de populismo. Sin embargo, existen divergencias sobre lo que verdaderamente expresa el concepto. ¿Cuáles son, según usted, las características fundamentales del llamado populismo y que expresiones tuvo en América Latina?

En la actualidad, el populismo no es un fenómeno exclusivo de América Latina. Su análisis es frecuente en Europa y ha cobrado sentido en Estados Unidos debido a la emergencia del republicano Donald Trump. Esto no quiere decir que sea comprendido de la misma manera en las distintas latitudes. Sin embargo, desde los años 30 hasta la actualidad ha sido recurrente en Argentina, Brasil y Ecuador, así como en Perú, Bolivia y Venezuela. Por ello, se han identificado tres olas del populismo: el «clásico», que se extiende entre las décadas de 1930 y 1970, el «neopopulismo» de la década del 90, y el «radical», que comienza a fines de los años 90 y llega hasta nuestros días. En la primera ola sobresalen las figuras de Juan Domingo Perón, Getúlio Vargas y Velasco Ibarra; en la segunda se encuentran Alberto Fujimori, Carlos Palenque, Max Fernández y Abdalá Bucaram; y en la tercera sobresalen los nombres de Hugo Chávez, Rafael Correa y Néstor y Cristina Kirchner. Antes de proponer una caracterización del populismo es necesario indicar que no hay un común denominador en la academia en cuanto a su definición. Además, este término ha sido vaciado de sentido por el uso indiscriminado de la prensa y en la conversación cotidiana. No obstante, por populismo entiendo una estrategia política que carece de ideología. Es reactivo, porque emerge como respuesta a una coyuntura de crisis institucional que evidencia el colapso del sistema político. A través de una retórica refundacional, el líder que encabeza este fenómeno promete al «pueblo» una realidad en la que se reconocen las virtudes de la clase más pauperizada y se demoniza a quienes la oprimen. Todo el tiempo genera un escenario de polarización en una lógica de suma cero. Pese a que se muestra democrático en el discurso y a que en algunas ocasiones amplía los derechos civiles y políticos, personaliza excesivamente el poder, desbarata la institucionalidad y depende en su totalidad del líder. Tiene pocas posibilidades de renovar liderazgos.

En su trabajo «El populismo en escena» usted estudia diversos casos y marca como experiencias populistas las de Venezuela y Ecuador. ¿Por qué podrían inscribirse bajo ese concepto y por qué se desarrolla este fenómeno allí, y no en países como Chile o Uruguay?

Ecuador y Venezuela mantuvieron sistemas políticos diferentes durante el siglo XX, pero en un momento de su historia (la década del 90 e inicios de los 2000) atravesaron las mismas condiciones sociales y políticas que dieron paso al populismo. Esas características comunes fueron el declive y la desaparición del sistema de partidos, la peor calificación de las instituciones del Estado por parte de la población, un contexto de antipolítica alimentado por los medios y varios sectores, y la exigencia popular de una emergencia de líderes nuevos, no necesariamente de los partidos que dominaron la escena por décadas. Hubo una apuesta popular por outsiders y personajes que se presentaron como antipolíticos. Esto no sucedió en Chile ni en Uruguay, que atravesaron la transición a la democracia en la década de 1980 con sus propias particularidades. En estos países retornaron los partidos tradicionales al poder e, incluso, en Uruguay ingresó en la contienda una nueva fuerza política como es el Frente Amplio. También se apuntaló el fortalecimiento de las instituciones y el Estado de derecho. Es decir, no hubo margen de acción para outsiders y populistas, porque la población no dio cabida a este tipo de manifestaciones. Ahí es difícil jugar por fuera de los partidos y burlar el sistema político.

¿Cuáles son, según su mirada, las principales similitudes y las principales diferencias en los procesos gubernamentales de Venezuela, Ecuador y Bolivia, analizados bajo su categoría de populismo?

Respecto de las diferencias, en Ecuador se configuró, con Rafael Correa al mando, una propuesta que juntó la tecnocracia y el populismo sin que se haya logrado escapar de una economía rentista petrolera y la tentación de controlar las instituciones. En Venezuela se produjo la configuración de un Estado de control desde una alianza cívico-militar con escaso margen de acción para el poder civil por fuera del chavismo y, al igual que en Ecuador, se exacerbó la dependencia del petróleo y la política asistencial-clientelar bajo los planes sociales. En cambio, en Bolivia se produjo la génesis y la consolidación de un Estado calificado por Evo Morales como poscolonial, que quiere reflejarse en el rostro mayoritario de su población indígena. En los tres casos, los liderazgos han sido fuertes e insustituibles dentro de sus organizaciones políticas.

Las similitudes en los tres casos son la sobredimensión de las virtudes de los líderes, quienes no lograron fomentar una renovación programada de cuadros políticos. Chávez, Correa y Morales privilegiaron el contacto cara a cara con el pueblo, para lo cual esquivaron las mediaciones institucionales y saturaron la política con su presencia en los medios. También fomentaron un clima de polarización y están en permanente confrontación con enemigos reales e imaginarios. Pese a su política de ampliación de derechos, se verifican lesiones a las libertades civiles y políticas. Eso explica por qué atacan y, en algunos casos, debilitan a las voces opositoras, contando muchas veces con el respaldo popular.

¿Qué papel juega la fragilidad institucional en el desarrollo de lo que usted entiende por populismo y cómo se expresa esto en los procesos de América Latina?

La fragilidad institucional es una condición necesaria para la emergencia del populismo, pues la desaparición de los partidos y la incredulidad en las funciones del Estado por su incapacidad de procesar las demandas populares provocan un escenario de desencanto que deviene en la búsqueda de algo (y alguien) transgresor, que sintonice con las exigencias sociales. Esta condición se cumple cuando el sistema político no puede sintonizar con la sociedad y, peor aún, incluir en la comunidad política a los segmentos históricamente excluidos. En los países donde los partidos siguen siendo la correa de transmisión entre la sociedad y el Estado (debido a la participación de las personas y a una tradición organizativa) el ingreso del populismo es muy difícil. Eso se observa en Uruguay porque tiene los partidos más antiguos de América Latina y porque registra los más altos niveles de participación ciudadana. Otro caso es Costa Rica, donde no solo se respalda el papel de los partidos, sino que estos tienen la capacidad de trabajar en conjunto por un proyecto de país a largo plazo en lo económico y político.

Por un lado, el populismo ha sido defendido por sus políticas de «ampliación de la democracia». Por el otro, ha sido caracterizado como un negador de esta, dados los rasgos personalistas y su apelación al «pueblo» cuando representa, en realidad, a una parte de él. ¿Es posible que sucedan ambas cosas? ¿En qué aspectos el populismo amplía la democracia y en cuáles la reduce?

El populismo juega con las reglas de la democracia en su perspectiva minimalista, es decir compite y gana las elecciones. Además, en su discurso promete remozar esa democracia mediante la ampliación de los derechos civiles y políticos, como cuando Velasco Ibarra en Ecuador combatió el fraude electoral de conservadores y liberales e incorporó a la comunidad electoral a más ciudadanos para que puedan ejercer su derecho al sufragio. O, como cuando Juan Domingo Perón y su esposa Evita incluyeron a la mujer en la vida política. Lo mismo puede decirse de Getúlio Vargas, quien incorporó al juego de la política a los sindicatos y los gremios. En los dos últimos casos, lograron crear sendos partidos políticos, pero en Ecuador funcionó mejor la extrema personalización del líder. En tiempos más actuales, Chávez y Correa introdujeron varias figuras de democracia directa en las constituciones bajo un sentido de democracia radical, en el que la participación se ubica sobre la representación liberal. En Venezuela se crearon los Consejos Comunales, las Asambleas Populares y los Comités de Defensa de la Revolución, mientras que en Ecuador se creó el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social; no obstante, estas instancias llevaron a un control de la participación por parte del gobierno, lo que genera un contrasentido, pues se entendería que cualquier propuesta progresista auspicia una participación activa, espontánea, comprometida y no condicionada por el Ejecutivo y su organización política.

En este sentido, el populismo se entrampa en su propia paradoja, pues si bien promete una democracia que redime a los excluidos, por otro lado controla que la población no escape del aparato del Estado. Castiga la disidencia como todos los populismos a lo largo de la historia y clausura las libertades de opinión y expresión. Una de las características comunes entre los gobiernos de Chávez y Correa es que confunden el papel del Estado como si fuesen sus partidos políticos, ya que dirigen todo el poder de las instituciones contra el enemigo de turno (real o imaginario), que podría amenazar el proyecto. En su faceta humanizadora, el populismo convierte al líder en una persona que está cerca del pueblo, es de carne y hueso y por eso puede romper el protocolo y las reglas ceremoniales de la clase opresora.

De ahí la necesidad de analizar con más detenimiento el discurso democratizador del populismo durante las campañas electorales y en las gestiones, así como la institucionalidad que diseña en términos de democracia directa y el papel real de la ciudadanía ante el aparataje gubernamental partidario.

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