Opinión

El poder simbólico de Claudia Sheinbaum


septiembre 2026

Con el lema «Tiempo de mujeres», Claudia Sheinbaum combina reformas institucionales e intervenciones simbólicas que cuestionan las jerarquías de género en México. Sus gestos y discursos buscan transformar el lugar de las mujeres y la imagen que tienen de sí mismas.

<p>El poder simbólico de Claudia Sheinbaum</p>
Gerardo Vieyra / Getty Images

Cuando Claudia Sheinbaum Pardo asumió la presidencia de México, en octubre de 2024, llevaba décadas vinculada a la política. Se formó en las asambleas del movimiento estudiantil que defendía la universidad pública y en los laboratorios donde se doctoró en ingeniería energética, antes de dar el salto al gobierno. En 2000, Andrés Manuel López Obrador la convocó como secretaria de Medio Ambiente de la capital, y desde entonces sus trayectorias avanzaron en paralelo: en 2018, mientras él ganaba la presidencia, ella conquistaba la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Seis años después, le tocaba a ella ocupar el lugar de su mentor.  

En estos dos años de su gestión ha habido analistas políticos que la critican o la aplauden en función de indicadores económicos y sociales. Su aprobación, aunque ha caído, se mantiene cerca de 70%, mayor a la de su popular antecesor en el mismo periodo de su administración y entre las más altas de los presidentes de la región. Este texto se detiene en un aspecto de su presidencia del que se habla poco: el impacto de sus intervenciones simbólicas, que se deja sentir especialmente entre las mujeres.  

El tema «mujeres» es relativamente reciente en la agenda de Sheinbaum. A partir de 2019, enfrentó las protestas feministas más masivas en la historia del país como Jefa de Gobierno, cuando las jóvenes inundaron las calles para rechazar el machismo y la violencia. Esto supuso tensiones con algunos sectores del movimiento feminista, marcadas por reclamos sobre la actuación de la policía capitalina durante las protestas y disputas en torno a una glorieta del centro que las colectivas rebautizaron como «Glorieta de las mujeres que luchan». Desde su gobierno, sin embargo, Sheinbaum impulsó varias iniciativas de atención y acompañamiento tanto psicológico como jurídico para mujeres. Fue en su campaña para la presidencia que lanzó la consigna de que ya era «Tiempo de mujeres», comprometiéndose con atender de forma prioritaria los problemas de las mujeres.  

Sheinbaum, que no proviene del movimiento feminista, apeló a las mujeres como sujeto político mediante lo que Gayatri Spivak llamó «esencialismo estratégico»: asumir de manera provisional una identidad común con fines de movilización, sin perder de vista las diferencias de clase, etnia o edad que atraviesan a ese colectivo y que la perspectiva interseccional se ocupa de analizar. Sabedora de las múltiples diferencias que existen entre las mujeres mexicanas, y en consonancia con la agenda redistributiva de su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Sheinbaum desde un principio destacó que su prioridad sería empezar por atender la situación de las más pobres y marginadas: las jornaleras agrícolas, las obreras de la maquila y las mujeres indígenas y afrodescendientes. El mensaje del «tiempo de mujeres» circuló velozmente y podemos suponer que resonó en cada mujer en función de su vivencia en una sociedad tan machista como la mexicana.  

El lema fue un acierto político. Cuando ganó la elección presidencial con una aplastante mayoría de 59,8% declaró: «No llego sola, llegamos todas». Con esa frase se alejó del individualismo triunfalista de «Yo llegué por mis méritos» que marcó notablemente el discurso de su contrincante, Xóchitl Gálvez. Desde su primer día de gobierno inició una serie de intervenciones de orden simbólico y la primera fue su decisión de ser nombrada presidenta, con a, como antes lo hicieron en sus respectivos países Michelle Bachelet, Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff. Las palabras tienen la capacidad de prescribir bajo la apariencia de solamente describir, como explica Pierre Bourdieu en ¿Qué significa hablar?. El sociólogo francés exploró las condiciones sociales que hacen que cierto discurso tenga eficacia simbólica, y encontró que «la subversión política presupone una subversión cognitiva, una reconversión de la visión del mundo». Creo que algo así está ocurriendo en México con las intervenciones simbólicas de Sheinbaum.  

Con su propia forma de vestirse y peinarse, Sheinbaum moldeó desde el principio y hábilmente este mensaje simbólico. Su ropa, la mayor parte vestidos o trajes con falda, retoma bordados de artesanas indígenas de todo México. Con éstos, la presidenta envía una señal de valoración que ha sido bien recibida por estas mujeres. Claudia Vásquez, bordadora oaxaqueña que elaboró su vestido de toma de posesión, recordó que de niña se quitaba la ropa tradicional al ir a la ciudad para evitar burlas, por lo que el gesto de Sheinbaum le resulta muy significativo; a su vez, el taller textil muxe zapoteca Biulú, de Juchitán, lo describe como un proceso de reivindicación de los pueblos indígenas. El peinado cotidiano de Sheinbaum es, al contrario, sobrio. La «cola de caballo» que recoge su cabello hacia atrás, domando sus rizos naturales, es muestra de disciplina y de falta de vanidad. El largo reportaje del periódico británico The Guardian, titulado «How did Mexico´s president become the world's most popular leftwing leader?» [¿Cómo se volvió la presidenta de México la líder de izquierda más popular del mundo?], inicia con una entrevista a la costurera de Sheinbaum, quien declara que el único problema que tiene con la presidenta es que nunca tiene tiempo para probarse la ropa. El diario elogia su estilo y recuerda que el New York Times incluyó a Sheinbaum en la lista de las «Most Stylish People de 2025» [Las personas con más estilo de 2025].  

Pero probablemente el frente en el que Sheinbaum ha desplegado su poder simbólico con más éxito y reconocimiento internacional ha sido de cara a Trump. Varios medios la consideran una rival del presidente estadounidense de gran tamaño. El New York Times encabezó un artículo en abril de 2025 con la pregunta «Is Claudia Sheinbaum the Anti-Trump?» [¿Claudia Sheinbaum es la anti-Trump?], mientras que The New Yorker tituló un largo artículo como «The Mexican President Who’s Facing Off with Trump» [La presidenta mexicana que le hace frente a Trump]. El mensaje que transmite la mandataria dentro y fuera de México es el de una mujer fuerte, con «cabeza fría», capaz de eludir las groserías del bully estadounidense.  

La politóloga mexicana Viri Ríos acierta al señalar que Sheinbaum ha sido eficaz en la relación con Trump, no solo por su personalidad y temple, sino por su habilidad para tratar a hombres engreídos y maleducados. Sheinbaum desarrolló su vida profesional dentro de la academia y la política, campos repletos de individuos narcisistas, y, como dice Ríos, triunfar en estos espacios no solo requiere una inteligencia y una capacidad excepcionales, sino también tener la pericia para no opacar a los señores. Ríos atribuye a esa misma capacidad la explicación por la cual Sheinbaum ha logrado gran aceptación en el alto empresariado mexicano. Aunque no todo es «psicología». A su personalidad se suman razones de política económica, como la creación de consejos de diálogo con el sector privado, el Plan México diseñado junto al empresariado, esquemas de inversión privada y mixta (incluso en temas delicados, como la energía) y una apuesta por la disciplina fiscal y la negociación con Estados Unidos. La habilidad de Sheinbaum, en efecto, radica en influir, sin desafiar, en persuadir, sin confrontar.  

La imagen que se preocupa por transmitir la presidenta tiene un fondo mayor. Ni su aspecto, ni su apellido ni su doctorado reflejan lo que se piensa que es «una mujer mexicana». Pese a las múltiples diferencias que tiene con la mayoría de las mujeres del país, Sheinbaum ha vivido la dificultad de conciliar familia y trabajo, hecho con el que empatizan las mexicanas y que la mandataria recuerda en público seguido. Por otro lado, ha enfrentado los escollos que viven las mujeres que participan en la realpolitik, pues ha sido frecuentemente rebajada a un supuesto «instrumento» del anterior presidente y, además, desde adentro de su partido, ha encarado ataques y obstáculos de todo tipo por parte de los integrantes de un movimiento político que se articuló en gran medida en torno al liderazgo unipersonal de AMLO. A diferencia del núcleo duro de López Obrador, integrado mayoritariamente por hombres, Sheinbaum ha ido colocando a mujeres de su confianza, muchas de ellas forjadas en su gobierno capitalino, en posiciones clave del poder: Rosa Icela Rodríguez en Gobernación, Ernestina Godoy como primera mujer fiscal general de la República y, desde 2026, Ariadna Montiel y Citlalli Hernández al frente de la presidencia y la Secretaría de Organización de Morena.  

Pero el poder simbólico de Sheinbaum no se limita a su figura: también se ha expresado en decisiones institucionales. Dos días después de asumir su cargo, la presidenta propuso un paquete de reformas constitucionales en materia de «igualdad sustantiva» que se aprobó por unanimidad en ambas cámaras. El paquete reformó siete artículos constitucionales para garantizar la igualdad sustantiva, el derecho de las mujeres a una vida libre de violencias, la perspectiva de género en seguridad y procuración de justicia (incluidas fiscalías especializadas), la paridad en los nombramientos de gobierno y la erradicación de la brecha salarial de género, buscando asegurar que las mujeres tengan las mismas condiciones de trato, derechos y oportunidades que los hombres en la vida práctica cotidiana. Si bien enfrentó críticas legítimas sobre la implementación y control de algunas de las medidas, con estas medidas Sheinbaum echó a circular en el imaginario social la aspiración de la igualdad real de las mujeres, dándole mayor calado a una agenda que en los años previos se había centrado en la paridad.  

Otro gesto simbólico ha sido convertir al Instituto Nacional de las Mujeres en Secretaría de Estado (Ministerio). Grupos feministas han criticado que subir de «rango» administrativo la instancia que define la política hacia las mujeres, pero sin otorgarle un mayor presupuesto, es un gesto demagógico. Si bien el poco presupuesto es un hecho, creo que las críticas pasan por alto otras dimensiones del gesto. El cambio de Instituto a Secretaría manda una señal al conjunto de la administración pública acerca de la prioridad del tema y abre canales de coordinación intersecretarial. Muestra de ello es el Plan Integral contra el Abuso Sexual, presentado en noviembre de 2025, para cuyo seguimiento la Secretaría de las Mujeres logró que los tres niveles de gobierno suscribieran el Acuerdo de Xicoténcatl, que busca homologar las leyes relacionadas con la protección, seguridad y derechos de las mujeres, niñas y adolescentes en las 32 entidades del país. En marzo de este año, la nueva Secretaría firmó, junto con la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, un acuerdo con Google, Meta y TikTok para combatir la violencia digital contra las mujeres.  

Otra iniciativa crucial tiene que ver con el trabajo de cuidados, sobre el cual en México persiste una brecha profunda, incluso mientras las vidas de las mujeres y los hombres se empiezan a igualar en terrenos laborales, políticos y culturales. Sheinbaum definió al sistema de cuidados no solo como una necesidad de las personas en lo individual, sino como un servicio imprescindible para la salud del conjunto social, en especial, para el fortalecimiento del lazo social, otorgándole así importancia política a la forma en que se lleva a cabo ese trabajo. Hay que reconocer que realmente ha sido Clara Brugada, la actual Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, también de Morena, quien ha impulsado el tema en la discusión pública y que ha desarrollado más acciones. En lugar de establecer un Sistema Nacional de Cuidados –hecho que ha generado diversas críticas– el gobierno federal ha optado por una ruta gradual, sumando programas –los Centros de Educación y Cuidado Infantil del Instituto Mexicano de Seguridad Social, con la meta de mil para 2030, una plataforma para ubicar servicios existentes y un anexo presupuestal de cuidados creado por instrucción presidencial.  Pese a que muchas ven estas acciones como insuficientes, es un hecho que, tras el compromiso de Sheinbaum, el tema ha generado iniciativas de reforma constitucional de Morena, así como de los partidos opositores. También llevó a la Comisión de Igualdad de Género del Senado a analizar el anexo presupuestal de cuidados y a organizaciones civiles, academia y organismos internacionales a debatirlo en encuentros nacionales.  

El «Tiempo de mujeres» se inspira en la convicción de Sheinbaum de que la inclusión de las mujeres es condición para una vida colectiva verdaderamente democrática. Como ocurre con todo lema exitoso, sin embargo, este también ha sido apropiado de formas que traicionan su sentido. En la política partidaria no faltan quienes lo usan como aval para su carrera personal, como si el empoderamiento consistiera en llegar y no en transformar, y como si ser mujer bastara para eximirse de la autocrítica. Esa lectura individualista es la contracara del «llegamos todas». Con todo, el saldo de la insistencia de Sheinbaum en preguntarse qué ocurre con «las mujeres» es una necesaria ampliación de la reflexión política. Rossana Rossanda, la comunista italiana, reconoció en Las otras que la intuición fundamental del feminismo consiste en percibir cómo toda la vida social está traspasada por la diferencia sexual. Sheinbaum parece compartir esa intuición, y con sus intervenciones simbólicas, sin euforias ni aspavientos, toca algo básico de lo que se habla poco: el amor propio de muchas mujeres. Si, como mostró Bourdieu, la violencia simbólica consiste en que las dominadas se miren con los ojos de quienes las dominan, cabe pensar que el poder simbólico también puede operar en sentido contrario, devolviendo a las mujeres otra imagen de sí mismas.

Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter

Democracia y política en América Latina