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El poder evangélico en Brasil

Aunque Brasil es el primer país católico del mundo, los evangélicos ganan cada vez más devotos, a punto tal que se calcula que ambas religiones tendrán la misma cantidad de fieles en 2030. El voto evangélico es cortejado, en cada campaña, por los candidatos de los diferentes partidos,y sus diputados establecen alianzas y formas de bloqueo político para evitar leyes más liberales en torno del aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo. Mientras tanto, las iglesias y los pastores avanzan en diversos terrenos: política, negocios, comunicación, ya consolidados como una poderosa fuerza sociopolítica.

El poder evangélico en Brasil

Nota: una versión anterior de este artículo fue publicada en Le Monde diplomatique edición Cono Sur No 196, 10/2015. Traducción del portugués de Teresa Garufi.

«Si de aquí al lunes Marina no toma posición [sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo], el martes será el peor de los discursos que yo haya pronunciado sobre un candidato a la Presidencia». El mensaje que el pastor Silas Malafaia publicó en Twitter el sábado 30 de agosto de 2014 se convirtió en uno de los principales episodios de la historia política brasileña reciente. La víspera, la progresista y ecologista Marina Silva –catapultada a la batalla electoral tras la muerte en un accidente de avión de Eduardo Campos, el candidato del Partido Socialista Brasileño (psb)– había presentado su programa y roto un tabú al proponer, si era elegida, defender una legislación favorable al matrimonio igualitario. Los homosexuales, en los hechos, pueden casarse en Brasil desde mayo de 2013, después de una decisión de la Corte Suprema. «Pero se trata de una jurisprudencia susceptible de ser cuestionada por jueces conservadores. Mientras no haya ley, nuestros derechos no estarán protegidos», detalla Jean Wyllys, diputado federal de la izquierda y el único abiertamente homosexual. Ese día, Silva pareció romper el molde y personificar esta «otra política» que prometía y que hasta entonces parecía ilusoria. Lo que es notable, porque la ex-candidata se muestra como miembro practicante de la Asamblea de Dios, una iglesia evangélica pentecostal que se caracteriza por su conservadurismo social1.

Unas horas después del tuit del pastor, Silva dio marcha atrás. El entusiasmo dejó lugar a la frustración y, luego, a la indignación. «Usted nos mintió, jugó con la esperanza de millones de personas, no merece la confianza del pueblo brasileño», declaró entonces Wyllys quien, a pesar de que en la carrera por la Presidencia apoyaba otra candidatura, la del Partido Socialismo y Libertad, había elogiado el programa de Silva.

¿Acaso Marina Silva estaba demasiado cerca de los evangelistas? En los hechos, todos los candidatos –empezando por Dilma Rousseff– montaron «comités evangélicos» para intentar seducir a esos millones de votantes que parecen en continuo aumento. Se asiste, en efecto, a una revolución. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (ibge), en 1970 92% de la población se declaraba católica; en 2010, apenas 64,6%. «Brasil es un caso singular: se trata del único gran país que conoce una profunda mutación de su paisaje religioso en un lapso tan corto», señala José Eustaquio Alves, demógrafo en la Escuela Nacional de Ciencias Estadísticas de Río de Janeiro (ence). Punto de partida de este fenómeno: la expansión de las iglesias evangélicas, impulsada por los pentecostales y neopentecostales, ya que la participación de los protestantes tradicionales (luteranos, baptistas y metodistas) se mantuvo estable. En 40 años, su proporción en la población pasó de 5% a 22%. Con 123 millones de fieles, Brasil continúa siendo el primer país católico del mundo. «Pero no por mucho tiempo», asegura Eustaquio Alves, quien calculó que de aquí a 2030 ambos grupos estarán a la par.

El paisaje urbano ofrece el mejor ejemplo de esta transformación. En Río de Janeiro, la plaza Cinelandia, cercana al Teatro Municipal y a la Biblioteca Nacional, debe su nombre a los cines que aparecieron a principios del siglo xx. Hoy casi todos desaparecieron. En lugar de los afiches que ayer exaltaban a Marlon Brando o Cary Grant, florecen plegarias a Jesús iluminadas con neón, y el nombre de las capillas: «Iglesia Universal», «Dios es amor», «Iglesia Universal del Reino de Dios»… Lo mismo sucede en todos los centros de las metrópolis. En la periferia, el fenómeno es diferente: brotan una multitud de salitas, entre un garaje y un café, por ejemplo.

Durante siglos, la geografía de las ciudades latinoamericanas se caracterizaba por una plaza central que reunía la municipalidad y la iglesia. Pero el acelerado crecimiento de las ciudades, alimentado por oleadas de migrantes, cambió esta disposición, a la que supieron adaptarse las iglesias evangelistas –una ductilidad «de la que los católicos demostraron carecer», subraya Cesar Romero Jacob, profesor de Ciencias Políticas en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro–. Lo mismo se constata en Amazonia, a lo largo de la frontera agrícola en curso de ocupación, verdadero Far West. El geógrafo francés Hervé Théry, profesor en la Universidad de San Pablo, es testigo de los procesos de implantación. «Cada vez que llego a un sitio que acaba de ser ocupado, hay tres barracas construidas con tablas, un dispensario y un templo, es decir donde curarse y una fuente de consuelo moral en esas difíciles regiones», cuenta. El investigador encuentra la misma lógica en la periferia de las grandes ciudades, esas montañas de ladrillos abandonadas por el poder público. Y señala: «Las iglesias evangélicas aportan una forma de ayuda social, entretenimiento y contención, cosas que la Iglesia católica prácticamente dejó de hacer. Es una de las claves de su éxito». Mientras que en el centro de Río más de 75% de los habitantes se dicen católicos, en los suburbios la proporción cae a 30%.

En la Ciudad Maravillosa, «el origen de los cambios reside menos en la pobreza que en la segregación», resume Romero Jacob. Aquí, la ciudad es caótica. Edificadas sin autorización, las construcciones son insalubres, los centros de salud, lejanos, los desagües, inexistentes. El transporte se encuentra dominado por una mafia vinculada a los líderes políticos locales. La seguridad depende de narcotraficantes o de milicias reclutadas entre ex-miembros de las fuerzas del orden. Y después, es el aburrimiento total. En Queimados, en la periferia de Río, Elaine Souza no tiene ninguna actividad que proponer a su hija adolescente. Treinta y dos años, bautizada católica, figura entre los convertidos de la última década. Como empleada doméstica, Souza pasa casi cinco horas diarias en los transportes públicos entre su casa y su lugar de trabajo, en Copacabana. Eso le permite ver la playa «donde muchos de mi barrio nunca han puesto los pies». En su barrio no hay biblioteca municipal, ni plaza, «ni siquiera una panadería», dice. Apenas dos bares minúsculos donde los hombres dilapidan sus salarios en dosis de cachaça.

  • 1.

    Ver Regina Novaes: «Al César lo que es de Dios en Brasil» en Le Monde diplomatique edición Cono Sur No 70, 4/2005.