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El mundo y los indignados, según Penny la roja

Los llamados «indignados» han introducido nuevos repertorios de acción colectiva (como los nombra la sociología) que tienen como objetivo a las grandes corporaciones y que incluyen formas novedosas de organización y de protesta. Laurie Penny, o «Penny la roja», ha logrado desde sus columnas periodísticas construir un lenguaje capaz de captar y transmitir las nuevas sensibilidades mezclando cultura pop, política radical y feminismo, con tono incisivo y potencia narrativa. En las líneas que siguen, reproducimos tres de sus textos, escritos al calor de las protestas en Gran Bretaña y reunidos en un libro editado recientemente en español.

El mundo y los indignados, según Penny la roja

Insurrección en Oxford Street (27 de octubre de 2010)

«¡Eh! ¡Quiero mi dinero de vuelta!». El muchacho de sweater gris vino a Oxford Street a comprar un teléfono celular; no forma parte de la banda de activistas que acaba de ocupar el local insignia de Vodafone. Los manifestantes tienen poco más de 20 años, y equipados con carteles y pancartas demandan que la compañía de teléfonos celulares pague los 6.000 millones de libras en impuestos que el gobierno presuntamente les canceló a principios de este año a pesar de que el primer ministro insiste en que es «necesario» un recorte de 7.000 millones en los servicios de bienestar social.

Este joven no es parte del grupo, pero se lanza detrás del cordón policial mientras grita y agita los brazos a sus amigos; todos ellos se ríen y sacan sus propios teléfonos para sacarle fotos. Casi parece un aviso de Vodafone, salvo por la policía.

Lo primero que se advierte en esta protesta es que se organizó de un modo apenas más eficiente que una farsa francesa: los jóvenes que en este momento ocupan con determinación la entrada de la tienda Vodafone se movilizaron vía Facebook y Twitter con sus nombres verdaderos y discutieron abiertamente los objetivos a programar, y para cuando intervinieron activistas más experimentados para darles algunos consejos básicos de seguridad, ya era demasiado tarde.

Difícilmente sorprenda, entonces, que nos encontráramos a lo más granado de Su Majestad esperándonos en Oxford Street, pero en la loca carrera para evitar a la policía y formar una barricada en el frente del negocio antes de que llegue el primer cliente, los manifestantes se ríen como chicos escandalizados por su propio atrevimiento. Estos no son los alborotadores de siempre convirtiéndose como siempre en una molestia. Son muy jóvenes, están muy decididos y están seguros de que la respuesta usual de la izquierda ya no sirve más.

«No podemos pasarnos los próximos cinco años marchando a Whitehall para oír el discurso de Tony Benn1», dice Thom, 22. «Tenemos que ponernos creativos».

El segundo aspecto interesante de esta acción es que no ha ocupado un edificio del gobierno, ni una oficina del ayuntamiento o un recinto de la prensa. Vodafone no tuvo una influencia directa sobre la revisión de gastos que pronto dejará a millones de personas sin trabajo, fuera de sus casas y de sus comunidades. Vodafone no escribe las políticas del Ministerio de Hacienda. Vodafone vende teléfonos. La gente que se reunió aquí a protestar, sin embargo, busca la forma de articular una insatisfacción más profunda por la forma en que el nuevo gobierno decidió priorizar los negocios a expensas de la educación, el bienestar social y el sistema de salud. La retórica pública del Estado enfatiza «lo justo» sobre todo lo demás, pero los que están en el poder parecen creer que lo justo solo es aceptable si no interfiere con la competencia.

«Los recortes no son justos, no estamos todos juntos en esto y hay alternativas», dice otra activista, Jennyfer Kyte. «¿Por qué no comenzar por cobrar, en lugar de cancelar e ignorar, las decenas de miles de millones que adeudan en impuestos las grandes corporaciones? ¿No se supone que esa es la maravillosa Gran Sociedad?».

Nadie en la sentada de la tienda Vodafone espera realmente que la compañía venga corriendo y le devuelva al Estado los 6.000 millones de libras. La cuestión, sin embargo, se arregló: Vodafone pagó 1.250 millones para resolver todos los puntos destacados del CFC2 desde 2001 hasta la fecha y también llegó a un acuerdo según el cual no surgirán en el futuro próximo nuevas cargas impositivas de la CFC bajo la actual legislación. Menos aún espera nadie que la coalición, que en el acto reflejo más desalmado del capitalismo desastre parece haber decidido usar la oportunidad de la recesión para destruir de una vez y para siempre el bienestar social, accederá a usar ese dinero para asegurarse de que los pobres no se mueran de hambre este invierno. Lo que quieren los manifestantes es que el gobierno y las grandes empresas sepan que, a diferencia de Alan Johnson3, ellos saben hacer las cuentas. Saben hacer las cuentas, y no les gustan los números.

Todo esto resulta un poco más emocionante que la protesta común. Incluso la gente que pasa apurada se detiene a ver qué es lo que ocurre. «¡No… tengo… palabras!», anuncia una mujer con elegante tapado rosa. «¿Qué, yo pago mis impuestos y ellos no tienen que hacerlo porque son una gran empresa?». La mujer se mete con el cordón policial. «No digo que todo el mundo debe ser beneficiario, ok, pero yo tengo una amiga con cinco hijos, el menor tiene ocho meses y acaban de sacarle los beneficios, ¿y ahora ustedes me dicen que le perdonaron a Vodafone 6.000 millones? ¿Y mi amiga, cómo va a cuidar ahora a su bebé?».

De pronto se oyen gritos en la entrada del negocio. Caen las puertas de seguridad y la policía se mete adentro; desde ahí comienzan a arrastrar fuera a todos los que pueden, por los pies si es necesario, «por su propia seguridad». Una chica con uniforme gris recibe un fuerte empujón que la tira al suelo y se dobla fuertemente las piernas contra el pavimento resbaloso por la lluvia. Un hombre joven se abre paso con dificultad y grita hacia la multitud horrorizada «¡Brutalidad policial en las calles de Londres!». Podemos ver lo que pasa perfectamente bien.

Podemos ver a la policía arrojar estudiantes al suelo.

Podemos ver rodillas contra espaldas, brazos en torno a cuellos. La zona pequeña frente a la tienda de Vodafone fue acordonada con dos violentos vendajes de cintas policiales rojas y blancas y ahora los agentes del Estado se han metido dentro para cauterizar la herida. Algunos manifestantes han quedado atrapados en el interior; algunos enlazan los brazos delante de las formaciones policiales que ahora sellan el frente del negocio como una negra costra enmarañada. La energía se derrama por el pavimento. Como la compañía a la que apuntaron, estos jóvenes están claramente decididos a Aprovechar el Ahora al Máximo4.

Mientras los activistas balancean un pequeño mar de carteles idénticos con el logo de Vodafone y la leyenda «evasores impositivos», un círculo de observadores saca sus teléfonos y comienza a tomar fotos. Uno casi espera oír la voz suave de un actor anunciando planes de pago sobre los acordes sensibleros del último éxito indie-pop, pero la vida real está más mojada y más enojada que los avisos publicitarios. Lo único que se oye es el lamento de sirenas lejanas.

  • 1. Veterano socialista y antibelicista británico, miembro del ala izquierda del Partido Laborista, fallecido en marzo de 2014 [N. del E.].
  • 2. cfc (Controlled Foreign Companies) es un sistema impositivo diseñado para normalizar la conducta impositiva de las empresas extranjeras y para limitar el desvío artificial de impuestos a través de entidades off-shore [N. de la T.].
  • 3. Político laborista, ocupó diversos cargos importantes en los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown. Desde junio de 2009 a mayo de 2010 fue ministro del Interior.
  • 4. Alude a un eslogan de una publicidad de Vodafone.