Ensayo

El monstruo amable. Nuevas visiones sobre la derecha y la izquierda

Los nuevos valores de las sociedades europeas son el consumismo y el individualismo, en un marco cultural volcado al entretenimiento y dominado por el capitalismo globalizado. Semejante contexto aleja a los individuos de la izquierda de modo casi espontáneo y los inclina hacia una nueva derecha. Esa es la tesis central del influyente libro del lingüista y crítico social italiano Raffaele Simone, cuyas ideas se discuten en este artículo. De acuerdo con Simone, Europa vive bajo el imperio de un «monstruo amable» que ejerce su opresión de manera casi imperceptible, pues no se basa en la coerción, y por ello el escenario es comparable al que imaginó Alexis de Tocqueville en el siglo XIX.

El monstruo amable. Nuevas visiones sobre la derecha y la izquierda

Escrito con la desenvoltura ensayística que un académico deploraría pero un lector agradece, El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas?, de Raffaele Simone –profesor de Lingüística General en Roma–, alcanzó gran resonancia en diversos países de Europa. En un libro lleno de ideas y de interpretaciones personales sobre la condición y el porvenir de la izquierda, basadas en lecturas y discusiones puestas en evidencia en las notas al pie, Simone postula que nuestro Zeitgeist ha generado un clima irrespirable para la vieja izquierda clasista.

Los tiempos se han vuelto propicios para una «neoderecha», que se muestra completamente afín al paradigma tardomoderno dentro del cual nos movemos: globalizado y mediático, consumista e individualista. La izquierda, asegura Simone, solo parece confiar en su futuro «fuera de Occidente», lo que, en su visión, incluye Latinoamérica. Pero en esta zona del mundo paga el precio de un populismo que considera inaceptable.

El autor que guía las reflexiones de Simone es Pier Paolo Pasolini, uno de los nombres más mencionados en el libro, a quien se define como «un marxista exagerado pero genial». Otro autor muy ponderado, para sorpresa de sus lectores latinoamericanos, es José Ortega y Gasset. El último vértice del triángulo de referencias es indiscutible: Alexis de Tocqueville, un pensador cada vez más actual. De su clásico La democracia en América, Eric Hobsbawm comentó, con razón, que era el libro más profundo jamás escrito sobre Estados Unidos. Esta obra se remonta al primer tercio del siglo XIX y, sin embargo, no podría conservar más actualidad. De ella toma Simone la caracterización esencial del «monstruo amable».

Tocqueville, Ortega y Pasolini conforman una tríada curiosa: sus críticas a la Modernidad son políticamente muy disímiles: un liberal pionero del siglo XIX que visita la tierra de promisión política; un conservador-liberal en un ambiente retrógrado y a punto de estallar en una contienda civil; un comunista peculiar, a la vez transgresor y nostálgico, alarmado por el desmantelamiento de los antiguos valores de un país al que consideraba en vertiginosa mutación hacia el consumismo absoluto, y además fuertemente crítico del Partido Comunista italiano, el mayor partido comunista de Occidente de la posguerra. El único punto en común entre todos ellos parece ser geográfico, pues provienen del sur latino de Europa: Francia, España e Italia.

¿Revolución?

En su estudio sobre Lenin aparecido en 1924, poco después de la muerte del jefe bolchevique ocurrida ese mismo año, Georg Lukács sostuvo que su época era la de la actualidad de la revolución. La expresión refleja, con su característico tono hegeliano, la comprensión de la realidad histórica que orientaba a la izquierda hace casi un siglo. Se era revolucionario porque ello se adecuaba al movimiento real del espíritu histórico; o bien se era reformista porque se pretendía contener una fuerza irrefrenable y conducirla por canales menos violentos y más evolutivos.

La izquierda contemporánea, hablando en general, se volvió heterodoxa. Su fuerza remanente reside en la sofisticación teórica que aún puede exhibir y en el eclecticismo social con el cual reemplazó al clasismo. Denominó de manera diversa a los actores emergentes: nuevos movimientos sociales, multitudes, juventud indignada, pueblo. Estos «sujetos» son los que animan hoy la energía autoral de un Toni Negri o un Alain Badiou, por citar solo a dos célebres pensadores radicales de la Europa mediterránea. La lista podría ampliarse hacia casos aún más heterodoxos como el de Gianni Vattimo, comunista «débil» y católico, o menos peculiares, pero no menos intensos, como el de Slavoj Žižek, quien también se define comunista y, en ocasiones, incluso postestalinista. Curiosamente o no, un reciente número de Foreign Affairs celebra su frase: «La gran revolución que la izquierda está esperando no se producirá nunca», mientras ubica a Žižek entre los 100 «top global thinkers» del año 2012. Simone no aborda ni a estos autores ni el tema del sujeto social de la izquierda, pero expresa con claridad la condición histórica general cuando afirma que la revolución terminó de salir de la agenda de la izquierda a lo largo de la década de 1980. Para la época de la caída del Muro de Berlín, «ya nadie pensaba en ello». ¿No fue Tocqueville quien vio en su admirada «América» democrática la tierra del final de las revoluciones, esas que continuamente complicaban la vida de Francia?

De acuerdo con Simone, aun cuando acceda al poder mediante elecciones, la izquierda no logra imponer sus viejos valores, más bien se limita a adaptarse a los dominantes. Por tanto, solo cabe concluir que «lo que va a derecha es Occidente en su integridad». La izquierda no dejó ningún otro legado en las mentalidades europeas fuera de las instituciones del Estado de Bienestar, en aquellas sociedades donde todavía se conservan. Dichas instituciones son el gran objetivo que intentan abatir las fuerzas que, al menos por el momento, dominan las recetas de salida de la presente crisis europea. Es lamentablemente cierto que esta crisis, cuyo estallido se remonta a los años 2007-2008, «sorprendió a la izquierda sin ningún tipo de soluciones».

Problemas

Simone discute una serie de problemas que aquejan a la izquierda, recientes o históricos, sin detenerse en una consideración más detallada acerca de qué miembros de la familia izquierdista los padecen. Le parece innecesario. El principal defecto que se le puede reprochar a su perspectiva es la escasa atención a la historia y cierto impresionismo en el análisis social. Con todo, nadie podría decir que su libro sufre demasiado por esas deficiencias que una mirada izquierdista ortodoxa, en otra época, acaso hubiera considerado irremontables. Por el contrario, el texto es capaz de volver virtuosos sus defectos: adquiere una modulación ágil a la vez que enérgica, amortigua bajo cierta ironía las amargas lecciones de la realidad y asume plenamente su forma ensayística, un género popular que, sin embargo, la cultura de izquierda suele abandonar en manos de otros sectores políticos.

Con un poco de vergüenza ajena, Simone también repasa los casos de conversión poscomunista. La historia del último siglo está llena de libros que registran la desilusión de ex-comunistas (solo por mencionar a estos) con el sistema soviético. Pero lo que indigna a Simone son los recientes escritos de apparatchiks de toda la vida que buscan convencer al mundo de un súbito cambio en su Weltanschauung y ofrecen un mea culpa demasiado tardío.

Simone, empero, deplora en primer término a quienes persisten en la izquierda y buscan ocultar el sol con las manos. Porque estos siguen mirando con los ojos de una simpática mala fe a Cuba y, según afirma, también al chavismo. Venezuela operaría así como reemplazo retórico del lugar vacante que dejaron China, Libia o Vietnam. La izquierda remanente está intoxicada de sentimiento antiestadounidense y populismo, asegura Simone; justifica el terrorismo y, en general, cualquier política represiva en nombre del socialismo. «La ‘sociedad socialista’ –escribe– resultó ser un mito descarado o una impostura indecente, y en su lugar se instalaron por doquier camarillas nepotistas y clientelares, grupúsculos de poder y repugnantes nomenklaturas». ¿Quién podría refutarlo? Nacido en 1944, Simone vivió la mayor parte de su vida bajo el régimen de la Democracia Cristiana (DC) italiana, el cual se deja retratar muy bien con las mismas palabras de la cita anterior. Solo que, por supuesto, la DC estaba en la trinchera opuesta durante la Guerra Fría.

Resultan penosas las referencias al problema palestino, una causa perdida según el autor, que la izquierda retrógrada seguiría defendiendo aun al precio de caer en el antisemitismo. Una nota al pie particularmente arbitraria revela bien la insuficiencia impresionista del análisis. En apariencia, tenemos que admitir el antisemitismo de la izquierda actual porque una amiga del autor, italiana de inclinaciones propalestinas, se niega a leer los libros de un escritor israelí debido a su nacionalidad.

Más allá de su crítica a cierta «paleoizquierda», Simone avanza en la exploración de las miserias de la izquierda «moderna». Esta no exhibe ninguna idea sólida «desde la época del Estado de Bienestar»; sus dirigentes ya ni siquiera escriben libros dignos de mención, sus propuestas se limitan al corto plazo. Pero, por cierto, algo tremendo ocurrió y quebró el limbo de la mediocridad: la profunda crisis económica desatada en 2007. Dicha crisis reveló, en parte, lo que ya se sabía: la perspectiva de cualquier izquierda reformista descansa en la soberanía del Estado, y era justamente tal idea la que hacía agua con la crisis. El socialismo parece acabado –afirma Simone–, pero no la izquierda; nadie puede sorprenderse de que la izquierda reformista se haya vuelto liberal y se concentre en «los derechos» y la conquista de nuevas zonas para la libertad individual.

El autor pareciera celebrar este giro, pues, por una vez, la izquierda no está involucrada en el mero resentimiento y el malhumor. Aquí la referencia –fallida– a Anthony Giddens alcanza toda su extensión. Resultan poco menos que increíbles las evocaciones de la «tercera vía» propuesta por el sociólogo inglés, intransitable desde que su conductor político, Tony Blair, ató su destino al carro militarista de George Bush Jr. Giddens propagaba su tercera vía como la manera mediante la cual la izquierda –finalmente– tendría algún éxito, se modernizaría y saldría de su marginación histórica. Resultó todo lo contrario: Blair acabó capitulando ante el neoliberalismo rampante de la época; Hobsbawm lo terminó catalogando como un «Thatcher con pantalones».

«Algo de izquierda»

En una famosa escena de Aprile (1998), el director y protagonista de la película, Nanni Moretti, solo ante su TV, exigía a los gritos que Massimo D’Alema, ex-dirigente comunista devenido candidato de centroizquierda, atinase a reaccionar diciendo «algo de izquierda» frente al discurso de Berlusconi (luego de un rato solo le pedirá que diga «algo»). El módico pero también irónico reclamo caló hondo en la tradición a la que el cineasta apelaba. Porque, por caso, la lucha de clases se había vuelto una expresión extemporánea, a veces solo violenta y desubicada. Pero también la noción de progresismo sufrió una súbita desactualización. Pasó de moda o se volvió vergonzosa: «la izquierda debería convencer a los demás de que su papel en la modernidad no es crear fracturas ni resentimientos, sino construir sobre otras bases y con otros métodos». Simone parece dar por descontado que el capital estaría encantado con estas nuevas maneras. D’Alema, por su parte, se volvió el símbolo de la reconversión política a un izquierdismo que se inspiraba en la derecha y se volvía súper light, cuando no abiertamente liberal y complaciente con los poderes establecidos en el país, como la Iglesia católica. El «factor jacobino» de la izquierda quedó como una imagen de archivo que genera temor y con la que no se desea quedar identificado.

Más allá de estos desvaríos reales, el libro plantea cuestiones urgentes. La izquierda en el siglo XXI se encuentra en un proceso de «muerte y transfiguración». Su vida social de base se ha evaporado; Simone llega a preguntarse si todavía existe en Europa un diario socialista. El entero panorama parece dominado por el «monstruo amable» que Tocqueville fue el primero en imaginar. Se trata de un Leviatán que no funciona a partir del miedo que genera su infinita capacidad de coerción –principio operativo del monstruo de Thomas Hobbes–, sino que seduce, estimula la diversión, promueve el confort y el higienismo en los hábitos. El marxismo se preocupó por desentrañar la verdad de la producción capitalista, pero dejó de lado el hechizo que despierta el consumo. Y eso es lo que hoy atrapa a las sociedades. Pasolini fue posiblemente el primero en extraer de ello conclusiones políticas radicales, pero no tuvo seguidores. En su ensayística política, Pasolini logró plasmar la primera descripción de una neoderecha que se apoderaba del ambiente: populista, juvenilista, antiintelectual y fundada en la hegemonía de la imagen. La neoderecha cree en el dios-mercado, es privatista a ultranza, global, apologista de la tecnología y de un neoindividualismo descaradamente egoísta. Por añadidura, se ve a sí misma como el partido del amor, de la alegría y la diversión vis-à-vis el partido del odio, el tedio y el anacronismo representado por cualquier tipo de izquierda combativa. Se trata de la emergencia de un archicapitalismo fundado en el consumo y el espectáculo tecnológico, con «un rostro afable, festivo y friendly».

La neoderecha –el monstruo amable– consiguió colonizar con éxito al antiguo «pueblo de la izquierda». Este cambio «antropológico» (como lo denominaba Pasolini), sumado al fenómeno sociológico de la disolución de la clase obrera como clase universal (la izquierda en general la «esconde», afirma Simone; ya no le brinda orgullosa visibilidad pública), da como resultado unas condiciones objetivas que no podrían ser más hostiles para la supervivencia de la izquierda.

La combinación del naufragio del comunismo con la ola de desprestigio y derrota que significó para toda la izquierda, y el surgimiento de esta sólida neoderecha que pronto se convirtió en una especie de segunda naturaleza en buena parte del mundo desarrollado, volvieron las cosas muy difíciles para cualquier perspectiva política emancipatoria. Simone apenas le dedica espacio al aumento de la desigualdad, un fenómeno cuyas cifras en EEUU, por ejemplo, han empeorado hasta acercarse a las de 1928. La lucha contra la desigualdad, de acuerdo con una influyente visión de Norberto Bobbio, constituye la diferencia específica de la izquierda respecto de la derecha. Y es posible que el constante crecimiento de la desigualdad ocurrido a partir del final de los golden years del capitalismo de posguerra, es decir, desde inicios de los años 1970, esté en el centro de cualquier modelo explicativo de la crisis actual (los trabajadores de EEUU, por ejemplo, debieron endeudarse para mantener su nivel de vida ante la baja de sus ingresos reales, y eso generó la prosperidad y una especulación alucinada en las finanzas).

Simone, sin embargo, alcanza a constatar ciertas consecuencias sociales. Menciona la emergencia de una «plebe parasitaria y violenta» como consecuencia de la degradación del mundo del trabajo, que es indiferente a la formación profesional o cultural y solo está interesada en ingresar en el circuito del consumo. ¿Cómo se comunicaría con ella la izquierda? ¿Qué podría ofrecerle a esta «plebe», casi tardorromana, bien retratada por los jóvenes de la periferia de las grandes ciudades, no integrados ni al empleo ni a la educación?

Así como centró sus análisis en la producción antes que en el consumo, la izquierda se abocó a la observación del hard power social y menospreció el poder blando. Y resulta que el monstruo amable es producto de una tormenta cultural antes que propiamente política, argumenta Simone. Aquí el auxilio esencial no es Karl Marx (ignorado a lo largo del libro), sino los geniales análisis del segundo tomo de La democracia en América, donde Tocqueville describe la pasión por el bienestar, el espiritualismo superficial, la inmaterialidad e impersonalidad del poder democrático, un poder benigno que amenaza con degradar a los hombres pero «sin atormentarlos». Si hubo una tradición de la izquierda que se tomó en serio las advertencias de Tocqueville y las profundizó y radicalizó valiéndose también del psicoanálisis, fue la escuela de la teoría crítica. Pero Simone no menciona a Theodor Adorno o a Herbert Marcuse cuando explica que la industria cultural controla el tiempo de ocio de la gente y la infantiliza en nombre de la diversión permanente.

El monstruo amable es también, desde luego, un intento por captar algunos de los rasgos salientes de la nueva configuración cultural de Occidente establecida después de la Guerra Fría. Con este objetivo, se interna en la creciente dificultad que tienen los individuos para diferenciar la realidad de la ficción, producto de su adicción a la vida virtual hipercomunicada, y la preeminencia absoluta del sentido de la vista en la vida contemporánea, en un paisaje social saturado de pantallas. El efecto de tal privilegio sensorial es en realidad una degradación de la vista, el exhibicionismo y la disolución del sentido de la privacidad y la vergüenza acompañados de una desrealización de lo real. Se ha vuelto borrosa la distancia entre algo apenas visto y algo vivido, y aquí el autor se apoya en las profecías de La sociedad del espectáculo de Guy Debord.

Simone concluye con una propuesta para resistir el consumismo enloquecido mediante la adquisición de lo «mínimo necesario». Este alegato contra la descomposición del individuo en el mercado no puede ofrecer más que un minimalismo casi moralista. El monstruo amable nos condena a un presente continuo, desvinculado del pasado e incapaz de imaginar un futuro distinto. El libro de Simone no ofrece grandes perspectivas, sino un programa módico y un diagnóstico tremendo: el pueblo se ha vuelto impermeable a los viejos valores de la izquierda, carece de ideales respecto del futuro, se limita a ir de shopping y pasar la vida entretenido frente a algún tipo de imagen. La derecha se ha naturalizado a escala global: cada vez resulta, casi físicamente, más difícil permanecer en la izquierda.