Tema central

El lugar de lo público en lo nacional-popular. ¿Una nueva experimentación democrática?

La semántica de lo público, entendida como aquella que combina los significados de lo común, lo visible y lo abierto, parece pertenecer a una familia diferente de aquella de lo «nacional-popular». Más que en matrices ideológicas, es posible pensar en discursos que tuvieron su génesis en momentos históricos concretos, pero que se extendieron mucho más allá de ellos, con una influencia decisiva en las prácticas colectivas. Aunque a menudo una semántica ha servido para cuestionar la otra, en este artículo se intenta mostrar que en algunas experiencias democráticas latinoamericanas contemporáneas se abre un campo de experimentación en el que ambas podrían llegar a ampliar su alcance político.

El lugar de lo público en lo nacional-popular. ¿Una nueva experimentación democrática?

Lo nacional-popular y la revalorización de la democracia

«Nacional-popular» es una expresión que ha sido empleada con cierta frecuencia en América Latina para aludir a experiencias políticas que, especialmente entre los años 30 y 50 del siglo pasado en México, Argentina y Brasil, reivindicaron los derechos de los trabajadores y de los sectores más vulnerables de la sociedad; fomentaron la organización de sindicatos fuertes y centralizados; redefinieron el papel del Estado –que pasó a ser rector de la economía, tutor y garante de la organización corporativa de la sociedad– e invocaron la Nación como espacio simbólico e imaginario de unidad.

Históricamente, se corresponde con una etapa en la que operaba una nítida distinción entre lo privado –reservado para las relaciones mercantiles y el ejercicio de derechos individuales– y lo público –que se concentraba en el nivel del Estado y estaba habilitado tanto para aplicar políticas de desarrollo como para intervenir en todos los ámbitos de la vida social–.

En años recientes, la expresión volvió a emplearse para nombrar a gobiernos que, tiempo después y en un escenario radicalmente transformado, o bien reivindican algún tipo de continuidad política respecto de aquellas experiencias, o bien suscitan en los observadores críticos (de izquierda y de derecha) la sospecha de un retorno de lo arcaico. Si unos se reconocen en esa marca de identidad nacional-popular, los otros los tipifican directamente como «populistas».

El asiduo empleo de los términos «nacional» y «popular» no se ha correspondido, sin embargo, con esfuerzos que llevaran a definirlos claramente, mucho menos a darles un estatuto conceptual.

Uno de los pocos intentos relativamente sistemáticos de tematizar y conceptualizar el campo «nacional-popular», no provino de quienes se identificaban con las expresiones políticas aludidas, sino de intelectuales de la izquierda marxista latinoamericana de inspiración gramsciana. Curiosamente, en este caso el interés teórico y la posible reivindicación política de la dimensión nacional y popular para América Latina fueron coetáneos del redescubrimiento de la democracia entendida como régimen político. Pareciera que esa izquierda se propuso, en un mismo movimiento, levantar la interdicción histórica asociada a los primeros populismos1 para valorar hasta cierto punto sus logros y pensar su superación en función de una construcción auténticamente democrática por venir.

En aquellos años, se reconoció que el desprecio por la democracia, en su dimensión formal institucional, había sido un error teórico de las izquierdas, al igual que una falla política inherente a los populismos. Pero esa era solo una manifestación más de una serie de lecturas incorrectas que se iniciaban con una inadecuada caracterización de la realidad política de la región; una desestimación del problema del Estado y una deficiente ponderación de las fuerzas sociales y de su organización. El desarrollo teórico de Antonio Gramsci permitía dibujar la especificidad de América Latina. En las sociedades occidentales más avanzadas («Occidente puro») se habría dado una fuerte articulación y compenetración entre la economía, las estructuras de clase y el Estado. Se trataba de un modelo preeminentemente societal del desarrollo político, en el que la política era el resultado de la sociedad, no como su epifenómeno, sino como la instancia en la que se podía expresar, pero también transformar, el conjunto complejo de intereses, referencias culturales e identidades. Así, esas sociedades habrían generado «un escenario reglamentado en el que las clases van articulando sus intereses en procesos crecientes de constitución de su ciudadanía a través de expresiones orgánicas que culminan en un sistema nacional de representación»2. Ello redundó en la configuración de equilibrios económicos, sociales y políticos duraderos.

Los países latinoamericanos, en cambio, cifraron su desarrollo económico y su aprendizaje político en acciones de Estados que operaban en un virtual «vacío social» (razón por la cual los ejércitos y el capital extranjero fueron los principales protagonistas de la historia del siglo XIX). Se trata de Estados que, por su grado de dependencia, aunque intentaron construir una comunidad política nacional, fracasaron3. El surgimiento de sociedades más complejas y vigorosas se dio recién a fines del siglo XIX y principios del XX, producto del crecimiento económico que posibilitó el desarrollo de una pequeña clase media y el incremento de la población urbana. Pero fue sobre todo entre los años 30 y 50, por la acción de los gobiernos llamados «populistas», cuando en algunos países se alcanzaron niveles importantes de complejidad social y de organización de las clases subalternas. Sin embargo, para esta perspectiva gramsciana, la sociedad no habría logrado articular un sistema de representación política acorde con su complejidad.

Por eso, para esos intelectuales, en algunos países latinoamericanos comparecieron rasgos típicos de sociedades a las que Gramsci llamó «occidentales periféricas» o de desarrollo tardío. En ellas, la sociedad política tiene una capacidad de iniciativa superlativa, pues sus posibilidades, tanto de crear y regular el conflicto como de modelar la sociedad, son mucho mayores que aquellas de las que dispone el «Occidente puro».

Los gramscianos latinoamericanos entendían entonces que los países de la región «todavía viven con vigor el problema de su destino nacional»4. Para ellos, lo nacional-popular expresaba una situación típica, concreta, que era al mismo tiempo un diagnóstico y la base de un proyecto de superación (de la fase populista) para países en los que la burguesía no había podido comandar un proceso civilizatorio capaz de articular y vigorizar a la sociedad civil, desarrollar la economía y construir un Estado autónomo.

Lo nacional, en clave de Gramsci, no era el dato inicial que conjunta un territorio determinado con identidades establecidas, sino el campo problemático, «necesariamente obligado del proyecto hegemónico». La Nación era entendida en su significado más amplio: como historia, cultura, psicología, estratificaciones seculares, tradiciones intelectuales, morales y religiosas, hábitos, costumbres, lenguaje, formas literarias y civiles. Era entendida como conjunto inseparable de componentes dentro de los cuales las fuerzas postulantes de la sociedad moderna, el capital y el trabajo, «se mueven buscando dominarlo y hacerlo propio»5.

  • 1. Anteriormente, los gobiernos de Lázaro Cárdenas, Juan D. Perón y Getulio Vargas habían sido caracterizados por buena parte de la izquierda como bonapartismos, cuando no como fascismos vernáculos.
  • 2. Juan Carlos Portantiero: Los usos de Gramsci, Folios, México, df, 1981, p. 124.
  • 3. José M. Aricó: La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, Siglo xxi, Buenos Aires, 2005.
  • 4. Horacio Crespo y Antonio Marimón: «América Latina: el destino se llama democracia», entrevista a José M. Aricó en Revista de la Universidad de México vol. xxxix No 24, 4/1983, reproducida en Vuelta Sudamericana año 1 No 2, 9/1986, correcciones de J.M. Aricó.
  • 5. J.M. Aricó: ob. cit., p. 147.