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El islam saudita y el nudo gordiano en Oriente Medio

¿Cuál es el rol de la monarquía saudita en Oriente Medio? ¿Por qué Estados Unidos y Occidente miran para otro lado frente a su régimen represivo, en el que las mujeres no tienen derechos, los homosexuales son perseguidos y las condenas a muerte se cumplen mediante ejecuciones públicas con sables? ¿Cuál es su rol en el mercado mundial del petróleo y en la «regulación» de sus precios? La monarquía de Riad sigue siendo una aliada clave de Washington, que la considera un «productor de equilibrio» en la región, pese a que el islam que exporta tiene consecuencias fatales en todo el mundo islámico.

El islam saudita y el nudo gordiano en Oriente Medio

En 2003, el entonces presidente George W. Bush envió tropas estadounidenses a Iraq para que promovieran allí un cambio de régimen y un orden democrático. Apenas 12 años después, partes de ese país supuestamente liberado sufren los estragos causados por la espada ejecutora del Estado Islámico (EI), un grupo terrorista que parece haber surgido de la nada. En febrero de 2015, los asesinos del EI quemaron vivo al piloto jordano Moaz al Kassasbe. Acto seguido, Jordania envió a la horca a dos yihadistas que desde hacía años estaban condenados a muerte. La nueva guerra en Oriente Medio se lleva a cabo con métodos arcaicos: con la espada, el fuego y la horca.Días antes del asesinato del piloto jordano, mujeres y hombres de Estado de todo el mundo se habían reunido en París para homenajear a las víctimas del atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo y a los muertos por el ataque perpetrado contra un supermercado judío. Al poco tiempo, representantes de esos mismos países se encontraron en Riad para ofrecer sus condolencias a los sauditas por el fallecimiento del rey Abdalá. Aunque la estrecha relación temporal entre la masacre de París, el asesinato del piloto jordano, la muerte del monarca y los viajes de importantes delegaciones a París y Riad es casual, resulta evidente que la situación se enmarca dentro de un contexto político. Muchos puntos de la crisis de Oriente Medio se concentraron en Arabia Saudita.

Este hecho, que solo sorprende en un primer momento, se ve ratificado por el viaje a Riad de una delegación estadounidense que no bastaría con calificar como «de alto nivel». El presidente Barack Obama, quien se enteró del deceso de Abdalá durante una visita a la India, partió desde allí con su comitiva hacia la capital saudita, no sin antes convocar a otros referentes en Washington. El enorme contingente incluyó al secretario de Estado John Kerry y a James Baker, uno de sus predecesores, a la consejera de Seguridad Nacional Susan Rice, a la anterior funcionaria Condoleezza Rice, al director de la CIA John Brennan, a los ex-responsables del cargo Stephen Hadley y Brent Scowcroft, y a Lisa Monaco, asesora de Obama en la lucha contra el terrorismo.

La presencia en la capital saudita de toda la cúpula dirigente de la principal potencia del mundo indica que, para EEUU, la visita protocolar se convirtió en un debate de fondo sobre los graves problemas existentes entre ambos países. Washington y Riad muestran discrepancias en torno de las dos principales exportaciones de Arabia Saudita: el petróleo y la transmisión masiva de la ideología islámica del país, basada en la variante wahabí del islam.

La familia real saudita sigue apoyándose en esa versión del islam, propagada en el siglo XVIII en la región de la actual Riad por el predicador Abdul Wahhab. En el marco de la corriente wahabí, las mujeres no tienen derechos, los homosexuales son perseguidos y las condenas a muerte se cumplen mediante ejecuciones públicas con sables. Los atentados de París también se amparan en la ideología del EI, cuyo origen está en Riad. Ante tal contexto, parece cínico que un alto miembro de la dinastía saudita se haya incorporado al cortejo fúnebre en la capital francesa. Y mientras los mandatarios políticos de todo el mundo se hacían presentes frente a la familia real de Arabia Saudita y adulaban al nuevo rey Salman, mientras Angela Merkel calificaba al difunto Abdalá como un líder inteligente, el bloguero saudita Raif Badawi languidecía en un calabozo tras haber sido condenado a diez años de prisión y 1.000 azotes. ¿Cuál había sido su delito? Denigrar al islam y a la familia real.

Los sauditas gastan miles de millones de dólares para financiar su exportación ideológica, que establece penas arcaicas como las impuestas a Raif Badawi. Esta difusión ideológica tiene consecuencias fatales en todo el mundo islámico: los terroristas de Al Qaeda, los talibanes en Afganistán y el propio EI invocan la vetusta jurisprudencia vigente en Arabia Saudita. Por ejemplo, este país y el EI castigan con la muerte tanto la blasfemia como la homosexualidad, imponen una pena de 100 azotes a los adúlteros y ordenan que a los ladrones se les ampute una mano. Por cierto, ninguna de las leyes islámicas tradicionales prevé una muerte en la hoguera como la que sufrió el piloto jordano.

Existen otras similitudes entre el EI y la monarquía saudita. Para ambos, por ejemplo, los chiitas son herejes que deben ser combatidos. En Iraq, el EI lleva a cabo una campaña despiadada, orientada especialmente contra la mayoría chiita de la población. Por su parte, Arabia Saudita alberga a una minoría que hasta ahora ha sido ampliamente discriminada y el reino también realizó una embestida más allá de sus fronteras cuando el rey Abdalá (considerado por todo el mundo como un gobernante moderado) envió sus tropas a Bahrein en marzo de 2011 para reprimir el levantamiento chiita local contra la monarquía sunnita.

A comienzos de febrero, los hutíes –pertenecientes a la rama zaidí del chiismo– tomaron el poder en Sanaa, la capital del Yemen. El movimiento había sido fundado en 1992 por el clan hutí en el norte del país. Después de la invasión estadounidense a Iraq en 2003, empezó a promover la agitación contra EEUU e Israel. Se presume que este movimiento político-religioso relativamente nuevo no ha quedado desprovisto del apoyo chiita de Irán.

¿Cuál es el resultado? Hoy el reino saudita se ve rodeado por actores cuyas ambiciones religiosas y políticas se consideran en Riad como muy peligrosas para el propio mantenimiento en el poder de su monarquía. Por el momento, el régimen solo atinó a construir una barrera de seguridad en la frontera con Yemen para evitar el ingreso de yihadistas. Inicialmente, esta medida apuntaba sobre todo a los miembros del grupo terrorista sunnita Al Qaeda, pero ahora los sauditas también temen la penetración de milicias chiitas hutíes.

La nueva gran guerra del petróleo

En esta situación enrevesada, EEUU se encuentra frente a un dilema como potencia protectora. Su guerra de drones contra Al Qaeda en Afganistán y en Yemen también busca eliminar las consecuencias de la exportación ideológica saudita. Sin embargo, Washington no tiene demasiados medios para ejercer presión sobre Riad. Desde 1938, cuando se descubrieron enormes reservas de petróleo en Dammam, a orillas del golfo Pérsico, surgió una estrecha alianza entre Washington y el reino desértico de la familia Saud. Hasta hace poco, EEUU dependía en gran medida de los suministros provenientes de Arabia Saudita. Por lo tanto, desde la perspectiva estadounidense, la estabilidad política del reino fue y sigue siendo un objetivo prioritario de su accionar en la región. Es por ello que se ha hecho caso omiso a la constante violación de los derechos humanos en el país. Además, Arabia Saudita opera como «productor de equilibrio»: si el precio del petróleo cae demasiado, Riad puede reducir la producción para estabilizarlo; y también tiene la posibilidad de aumentar la producción para que la mayor oferta limite el incremento de los precios. Pero desde hace unos meses, el país se niega a reducir su alto volumen de extracción para detener la caída libre del valor del petróleo. Debido al exceso de oferta, los precios se han desplomado. Algunos especialistas suponen que se trata de una política deliberada y hablan de una nueva «gran guerra del petróleo».