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El intelectual latinoamericano: ¿continentalismo con sociedades fragmentadas?

La historia latinoamericana nos ha enseñado que, cuando la producción intelectual y la vida política se comunican, América Latina vive sus momentos más creativos y generosos. No obstante, la actual situación del pensamiento en la región se diferencia tanto del continentalismo de la primera parte del siglo xx como de los esfuerzos por construir una ciencia social latinoamericana, involuntariamente favorecidos por los exilios de las dictaduras militares de los años 60 y 70. Hoy, la «idea de América Latina» parece pasar más por la política que por el mundo intelectual. Paradójicamente, mientras que la región se halla integrada como nunca antes, no se puede hablar de un campo intelectual latinoamericano que defina, con más o menos solidez, un conjunto de temas comunes.

El intelectual latinoamericano: ¿continentalismo con sociedades fragmentadas?

Del intelectual casi se puede decir lo mismo que de la materia: se transforma pero no desaparece. El sujeto de ideas acompaña el proceso evolutivo de la sociedad, desde su antepasado más remoto, el sabio de la tribu, hasta la actualidad, y en ese trayecto ha asumido diversas representaciones o figuras. Por esta razón, se debe tener cuidado al momento de referirse al intelectual como si fuese una entelequia petrificada, porque ese tipo de mirada no ayuda a comprender su papel en la vida social. Todo lo contrario, el sujeto de ideas es un sujeto social dinámico, voluble, que se adapta a épocas y circunstancias. No obstante ello, existe algo que de cierta manera permanece: trabaja con las ideas, produce pensamiento, trata de encontrar sentido a las cosas y de explicar cómo funciona el mundo. Si bien debatir con ideas y producir explicaciones son funciones propias de lo que se denomina campo intelectual, históricamente el sujeto de ideas ha buscado establecer y estrechar su relación con el campo de la política.

El intelectual y el uso de la palabra son indesligables. Se puede esbozar una cronología muy gruesa, pero que puede ser indicativa, teniendo en el centro el proceso de la palabra, al menos en Occidente: la palabra hablada, con la cual ejercieron su imperio los antiguos filósofos griegos; luego la palabra manuscrita, propia de filósofos latinos y clérigos medievales; después la palabra impresa, que da origen al intelectual moderno racionalista de la Ilustración y que llega hasta poco más de mediados del siglo XX; y, en la actualidad, la palabra digital y las tecnologías de los medios de comunicación, que comienzan a cobrar predominancia y van dando lugar a un intelectual mediático. Obviamente, cada una de estas formas de la palabra ha vuelto obsoleta la anterior, pero no la ha eliminado, pues la palabra hablada sigue siendo fundamental en la transmisión de ideas (la enseñanza en las aulas o el debate público), así como la palabra manuscrita continúa siendo utilizada en ciertas correspondencias o en los primeros esbozos de reflexiones o investigaciones, y ni qué hablar de la palabra impresa o de la digital.

Lo importante para rescatar es que con las diversas modalidades de la palabra fueron tomando forma, simultáneamente, tipos de sociedades diferenciadas: la antigua, en la que los intelectuales solo dirigían su palabra a seguidores o discípulos cara a cara; la tradicional, en la que el intelectual es portador/conocedor de un enigma vinculado a la divinidad que solo él puede descifrar; la moderna, en la que gracias a la explosión del conocimiento, la alfabetización y la educación, el intelectual se puede erigir en la encarnación más elevada de la colectividad nacional; y la posmaterial, el tiempo de la globalización (la transmisión internacional del saber), en la que el acceso al conocimiento puede ser indiscriminado y aluvional, aunque se realice sobre la fragmentación social. En cada figuración social, el sujeto de ideas podía empinarse por sobre el resto de sus contemporáneos, excepto en la última, en la cual sufre un fuerte golpe a su narcisismo. En efecto, en el mundo actual debe aceptar su humanidad y que ya no es la expresión social más egregia y venerada, sino que es uno más entre muchos.En tiempos pasados, el intelectual era visto como un ser semidivino, que reemplazó a los antiguos dioses con el advenimiento de la Modernidad. La lentitud de la tecnología y de los medios de comunicación de entonces jugaba a su favor. La aparición de una obra y su apropiación por parte del lector/consumidor posibilitaba que se viera al intelectual como el poseedor exclusivo de un conocimiento único e inalcanzable para el resto de los mortales; así se constituía en el transmisor insustituible de conocimientos y portador privilegiado de la comprensión del mundo: un oráculo. Hoy en día, en cambio, la tecnología es la base de una frenética diseminación de obras (y de sus autores) que son (pueden ser) rápidamente asimiladas, pero con características específicas, ya no como las de antaño.

El intelectual busca influir en la conciencia de los individuos así como en la razón de quienes toman decisiones. Sus ideas y planteamientos solo adquieren relevancia social cuando el poder político los asume como propios y trata de dar forma a la sociedad desde los espacios privilegiados. Dicho de otra forma: ideas y decisiones se complementan para darle un sentido de unidad a la vida social. No obstante, surge un problema cuando esa pretensión de unidad no solo es percibida como una ficción, sino que además las propias instituciones del poder se reconocen incapaces de hacer creíble esa ficción. Como señalan los autores posmodernos, se trata de la crisis de los metarrelatos y de la aparición de sociedades fragmentadas, habitadas a lo sumo por tribus urbanas. No hay un público como antaño se pensaba para asimilar discursos de tipo general. Ocurre entonces una doble crisis, intelectual y política, en la que estos espacios dejan de ser las referencias del orden social.

Si bien las instituciones públicas y políticas continúan existiendo precariamente –y así es percibido por los ciudadanos, aun cuando carezcan de legitimidad–, las ideas y sus portadores (los intelectuales) de alguna manera son invisibilizados y, por lo tanto, terminan resultando inanes socialmente. ¿Cómo cumplir entonces las funciones encomendadas a los intelectuales modernos? La respuesta es seguramente que las condiciones sociales que lo permitían ya no existen o están desapareciendo, y que en consecuencia los sujetos de ideas deben mutar. A un nuevo tipo de sociedad debe corresponder otro tipo de intelectual.

Mutaciones intelectuales

El Estado nacional dejó de ser el contenedor de la cultura nacional y también perdió su capacidad de encuadrar institucionalmente sentidos de pertenencia social y política, así como de enmarcar la lucha por el poder. La dilución de las fronteras prometida por la ideología de la globalización, el neoliberalismo, no ha sido un elemento que estimulara la integración de las personas sino, por el contrario, un desbarajuste que ha contribuido a la fragmentación caótica de la vida social. Por su parte, y en consecuencia, los partidos políticos, al mismo tiempo que relajan sus estructuras organizativas, se alejan hasta prescindir de las ideas y de los intentos explicativos. Los intelectuales participan en ellos cada vez menos, y consecuentemente se potencia la crisis doble de representación: política y cultural. Partidos e intelectuales resultan debilitados. Los espacios vacíos que dejan pasan a ser cubiertos tanto por los medios de comunicación –que parecen haber dejado de lado cualquier preocupación por la opinión pública para ser expresión, casi exclusivamente, de los lobbies que los respaldan–, como por los expertos o técnicos, que no tienen como preocupación la organización social, sino la aplicación de medidas que solucionen problemas puntuales. De este modo, la plataforma social para la defensa de valores generales ya no existe, o casi, y la capacidad de movilizar a la ciudadanía se hace más difícil, salvo en momentos y por demandas específicas, pero desasidos de cualquier imagen de futuro deseado. Puede ser bueno o malo, podemos estar de acuerdo o no con ello, pero es un hecho. A una sociedad trizada le corresponde, al parecer, una política que se sostiene en lo inmediato, lo que coloca al intelectual, acostumbrado a ubicarse en el largo plazo, en un terreno inédito que debe tratar de comprender urgentemente para resituarse.