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​El «gran reemplazo» o las formas de la islamofobia en la Francia actual

Siguiendo los pasos del escritor Renaud Camus, el conocido periodista Éric Zemmour asegura que el pueblo francés está sufriendo un «gran reemplazo» del que debería defenderse expulsando a los musulmanes de su territorio. Este pensamiento, traspuesto a la ficción por Michel Houellebecq en su reciente novela Sumisión, no es una opinión que habría que debatir, sino una ideología potencialmente criminal. En palabras de una madre musulmana, lo peor «no es el sonido de las botas, sino el silencio de las pantuflas». Nuestro silencio. Si no logramos colectivamente evitar la catástrofe que desean Camus, Zemmour y Houellebecq, vamos a recordar con vergüenza esta alarma.

​El «gran reemplazo» o las formas de la islamofobia  en la Francia actual

La reciente cancelación del programa de iTélé en el que el conocido periodista Éric Zemmour se desempeñaba como panelista desde hacía una década fue provocada por la entrevista que este concedió al Corriere della Sera sobre su libro Le suicide français [El suicidio francés]1. Esta decisión de la cadena de información evidentemente no podría ser calificada como censura porque, lejos de ser privado de la palabra, el interesado seguirá acumulando crónicas quincenales en RTL, programas semanales en Paris Première, participaciones en el foro abierto de Le Figaro y su revista e invitaciones a otros medios de comunicación (próximamente en France Culture), sin contar sus obras en las librerías.

Lo más sorprendente, sin embargo, es que no se haya planteado antes la cuestión del amplio espacio concedido, en el campo mediático dominante, a un discurso explícitamente xenófobo y racista que estigmatiza a los individuos debido a su origen o su credo y que contraviene con ello los derechos humanos fundamentales tal como han sido proclamados en la Declaración Universal de 1948. En la entrevista con el diario italiano, Zemmour volvió a decir de manera abrupta lo que ha venido enunciando o sugiriendo estos últimos años, incluso en iTélé (por ejemplo, en abril de 2014), a saber: que «los musulmanes» no tienen lugar en Francia, formulación general que excluye de nuestro pueblo a varios millones de personas a causa de su origen, su cultura o su religión.

El dirigente de izquierda Jean-Luc Mélenchon fue quien, el 15 de diciembre de 2014, sacó a la luz en su blog esta entrevista aparecida en Italia un mes y medio antes, el 30 de octubre. La polémica entablada alrededor de la palabra «deportar» es una grosera distracción que no resiste un examen de los hechos, ya que no cambia en nada los dichos del propio Zemmour2. «Los musulmanes tienen su código civil, que es el Corán. Ellos viven entre ellos, en la periferia. Los franceses se vieron obligados a irse de allí», declara Zemmour a lo largo de esta entrevista con Stefano Montefiori. «Pero, entonces, ¿qué sugiere usted que se haga? ¿Deportar a cinco millones de musulmanes franceses?», le pregunta el periodista.

Posteriormente, por pedido de Zemmour, Montefiori modificó esta formulación en la que él resumía su interpelación. La pregunta se convirtió en: «Pero entonces, ¿qué sugiere usted que se haga? ¿No piensa que es poco realista poner en aviones [‘o en barcos’, agrega Zemmour] a cinco millones de musulmanes franceses para expulsarlos?». Más específico, el enunciado no es menos abrumador, a punto tal que amerita una contribución del propio Zemmour. De hecho, el periodista del Corriere acompaña su rectificación con este comentario: «No estoy seguro de que, ni en francés ni en italiano, ‘poner a cinco millones de musulmanes en aviones o en barcos para expulsarlos’ sea más suave o, de cualquier manera, diferente de ‘deportar a cinco millones de musulmanes’. Pero recibo evidentemente la aclaración de la persona entrevistada».

Esta aclaración no concierne entonces en nada al propósito de Zemmour, quien, lejos de rechazar la hipotética expulsión de su propio país de «cinco millones de musulmanes franceses», responde: «Lo sé, es poco realista pero la Historia es sorprendente. ¿Quién hubiera dicho en 1940 que un millón de pieds-noir3, 20 años más tarde, partirían de Argelia para volver a Francia? ¿O bien, que después de la guerra cinco o seis millones de alemanes abandonarían Europa central y oriental donde vivían desde hace siglos?». «Usted habla de éxodos provocados por inmensas tragedias», le replica el periodista italiano. Ahora bien, la respuesta de Zemmour es simplemente una apelación a la repetición de esas tragedias: «Pienso que nos dirigimos hacia el caos. Esta situación de un pueblo dentro del pueblo, de musulmanes dentro del pueblo francés, nos conducirá a un caos y a la guerra civil. Millones de personas viven acá, en Francia, y no quieren vivir ‘a la francesa’».

No estamos aquí en presencia de una opinión que haya que discutir o refutar, sino de una ideología criminal cuyos mecanismos son los mismos que, mediante la construcción ilusoria de una cuestión judía, han arrastrado en el pasado a Europa a un abismo del crimen contra la humanidad. Antes de organizar, a partir de 1941, su destrucción por medio de la «solución final», la ideología nazi construyó a los judíos como un pueblo aparte, peligroso y amenazador, cuya sola presencia arruinaba y corrompía una supuesta identidad inmutable que había que defender y restaurar a través de la expulsión de ese cuerpo alógeno y extraño.

Antes del genocidio, cuyo programa se mantuvo en secreto, el antisemitismo europeo, que no se limitaba a Alemania ni mucho menos, afirmaba fuerte y claro su proyecto de exclusión y expulsión de los judíos. Tanto es así que la isla de Madagascar, entonces colonia francesa, fue considerada como destino último para los judíos europeos, previamente estigmatizados y discriminados, o dicho de otra manera, excluidos de pueblos nacionales que eran los suyos.Las palabras de Zemmour instalan un imaginario similar, mediante la construcción arbitraria de una «cuestión musulmana»: la de un «pueblo dentro del pueblo», alógenos que amenazan a los nativos, individuos extranjeros por esencia, nacimiento y naturaleza, que viven separados y son mantenidos a la distancia, a los que es preciso hacer invisibles excluyéndolos de la ciudad, luego expulsándolos del país. En suma, a los que es preciso hacer desaparecer. Que estos delirios criminales, en Francia, ya no sean pensamientos marginales sino que sirvan de opinión aceptable en el debate mediático es la problemática planteada a raíz del caso Zemmour. La de una gran regresión francesa que progresivamente ha vuelto aceptable, bajo nuevas máscaras, la ideología no igualitaria e identitaria que la derrota del nazismo había relegado a los márgenes del espacio público desde 1945. Y la de las cegueras que, sobre todo en la derecha pero también en la izquierda, han permitido esta derrota intelectual.

Renaud Camus y la invención del «gran reemplazo»

Aun si son potencialmente criminales, las ideologías tienen su lógica interna que hace entrar a la fuerza la realidad en sus ficciones. Popularizado por Zemmour, el razonamiento que conduce a la necesidad vital de una expulsión de los musulmanes tiene como punto de partida la afirmación de que Francia sería víctima de un «gran reemplazo», es decir, de un cambio de pueblo solapado y silencioso, lo que exigiría en respuesta, como reflejo de supervivencia, la partida de los supuestos invasores, una especie de gran retorno de los franceses descendientes de la inmigración llegada de las antiguas colonias francesas.

Como un pájaro de mal agüero, esta fórmula hoy se ha vuelto frecuente, mucho más allá de los círculos militantes, como lo demuestra su reivindicación en Valeurs Actuelles, semanario que vincula la extrema derecha con una derecha que se ha extremado.

«El poder de las palabras es tan grande que alcanza con utilizar términos bien elegidos para hacer aceptar las cosas más odiosas»: la invención del «gran reemplazo» da testimonio de la fecundidad de esta intuición de Gustave Le Bon, autor de Psicología de masas (1895), ensayo precursor del que los intelectuales fascistas y nazis supieron obtener útiles lecciones prácticas. El autor del «gran reemplazo» es justamente un intelectual, figura eminente de las confusiones propias de tiempos oscurecidos en los que la transgresión hace las veces de radicalidad. Símbolo de la causa homosexual en los años 70, cuando esbozaba sus primeras apariciones militantes, Renaud Camus se convirtió en el principal propagandista de la nueva ideología racista.

En La campagne de France4, Camus advirtió, alarmado, sobre una supuesta presencia judía demasiado grande en las emisiones de France Culture. La controversia que siguió fue una especie de ensayo general para futuras regresiones: la desaprobación dominante no apuntó a Camus, sino a aquellos que lo criticaban, particularmente Le Monde, cuya redacción yo dirigía en aquel momento. Lejos de ser aislado, el escritor recibió el apoyo, nunca desmentido desde entonces, de Alain Finkielkraut5, prueba de que las pasiones identitarias enceguecen, hasta el punto de que un judío autoproclamado ya no sabe reconocer a un antisemita apenas enmascarado.

Revisar esta vieja escena, donde ya aparecía Michel Houellebecq, permite tomar noción de la larga duración de este oscurecimiento del cual Zemmour es el último producto. Desde 2002, Camus ha mantenido en sordina su obsesión judía para liberar en su lugar sus obsesiones antimusulmanas, entre las cuales la cuestión religiosa es la coartada de una estigmatización generalizada de los franceses descendientes de los inmigrantes magrebíes, africanos, mediterráneos, antillanos, etc. Pero su originalidad reside en ir más allá, al dar vida nuevamente a las ideologías identitarias que produjeron la catástrofe europea entre 1914 y 1945. Desde 2005, en el sitio de su «Partido de la Inocencia», lo hace alarmándose de «la segunda carrera de Adolf Hitler», de esta «reductio ad Hitlerum» que debe afrontar, la cual, con falsa ingenuidad, él mismo muestra que le impediría pensar como Hitler, es decir, en términos de «distinciones étnicas», de «dimensiones hereditarias de civilizaciones», de «pertenencias nativas», de «orígenes», de «razas»… Ocurrió cinco años antes de su hallazgo, en 2010, de esta invención del «gran reemplazo», expresión convertida en eslogan de adhesión al nuevo racismo.En el mismo sitio encontramos su discurso de apoyo, en 2012, a la candidatura de Marine Le Pen, pronunciado en el primer congreso de Soberanía, Independencia y Libertades (Souveraineté, Indépendance et Libertés, SIEL), pequeña formación de la Unión Azul Marino (Rassemblement Bleu Marine) fundada por Paul-Marie Coûteaux, ex-seguidor de Jean-Pierre Chevènement6. Retratándose delante de la candidata de extrema derecha como «productor de conceptos, expresiones o temas, muchos de ellos muy utilizados o frecuentados, tal vez hasta por usted, señora», Camus consagra toda su declaración a «la cuestión, para nosotros primordial, esencial, fundamental del Gran Reemplazo o, para hablar de manera secular, de la inmigración».

Llama allí a «modificar profundamente la ley e incluso los compromisos internacionales de Francia» para «poner fin, a través de todas las medidas apropiadas, al Gran Reemplazo del pueblo francés por otros pueblos de cualquier origen y a la sustitución, en su territorio mismo, de otras culturas y otras civilizaciones, incluso aquellas que él mismo había llevado tan alto».

«Francia no es una tierra del islam», insiste, deseando en consecuencia una política que haga desaparecer a los musulmanes del paisaje francés, ya sea haciéndolos renunciar a su fe o abandonar el territorio; ya que todas esas palabras son potencialmente actos, y la violencia simbólica de las primeras es un llamado a la violencia concreta de los últimos. El «gran reemplazo» de Camus, que popularizan tanto Zemmour a través del ensayo como Houellebecq mediante la novela, se convirtió así en el mantra del Bloque Identitario, formación radical de extrema derecha que posee numerosos cuadros también en el Frente Nacional, especialmente en sus municipalidades.

Orador principal de las primeras «Asambleas de la Remigración», organizadas el 15 de noviembre de 2014 por estos grupos identitarios, Camus apadrina también el Observatorio del Gran Reemplazo, recientemente lanzado en internet por ellos mismos. «Saludo con tanto placer y entusiasmo su gestión actual», le escribe a Fabrice Robert, presidente del Bloque Identitario, «ya que para mí la constatación y el rechazo absoluto del Gran Reemplazo –ese ‘concepto’ cuya acuñación usted me atribuye– siempre han implicado como su complemento indispensable, y su esencia misma, la Remigración, ya que es la palabra que usted eligió utilizar: yo decía, por mi parte, ‘la inversión de los flujos migratorios’, pero es lo mismo».

«La remigración o la guerra, una operación quirúrgica»

Con la «remigración», Camus y sus epígonos, entre ellos Zemmour, preparan a Francia y, un poco más allá, a Europa justamente para una guerra. Una guerra civil, una guerra de Francia y de Europa contra sí mismas, contra una parte de sus pueblos, contra esos hombres, esas mujeres, esos niños que viven, habitan y trabajan aquí mismo y a los que, mediante las armas del prejuicio y la ignorancia, han convertido en extranjeros debido a su origen, su apariencia o sus creencias.

Quien dude de esto debe atravesar la lectura de los textos que lo testimonian. Una literatura triste y gris que no tiene otro hilo conductor más que la obsesión desigualitaria, esta pasión racista de la jerarquía de orígenes, culturas, civilizaciones, religiones, en la que quien enuncia se coloca por encima de la humanidad. De la exigencia de humanidad, de los derechos de la humanidad, de la humanidad concreta.

«La remigración o la guerra: he ahí los términos del debate»: así escribe Camus después de su participación en las Asambleas de la Remigración. «Habría incluso un tercer término, pero es más aterrador que aquellos: la sumisión, la aceptación de la conquista por los conquistados, del reemplazo por los reemplazados, de la colonización por los colonizados; la conversión, ¿quién sabe? A falta de consentimiento al estatus de dhimmi7, la guerra es inevitable». No hay nada azaroso evidentemente si damos con el escenario de la nueva novela de Houellebecq, precisamente titulada Sumisión8, escenario muy próximo a esta retórica violenta escrita con anterioridad a la publicación de la novela. «La remigración –continúa Camus– es una manera de tratar el mal, una solución [subraya la palabra], incluso la única que se ha propuesto hasta ahora».

«Una operación quirúrgica», insiste dirigiéndose a ciertas almas sensibles a las cuales «la perspectiva de ciertos tratamientos [podría] preocupar». En su discurso de noviembre de 2014 en las Asambleas de la Remigración, jugaba con esta perspectiva violenta, deseándola al sobreentenderla, a través de la mención de «todo un arsenal que no es fácil, que tal vez no es oportuno, y que en todo caso, no es urgente detallar ahora; lo dejo al cuidado de mis amigos identitarios, que tienen una cabeza más práctica que la mía y que son tan precisos sobre las vías y los medios que en todas partes se disputan, a mi parecer, sus habilidades».

Basta con remitirse a las «26 medidas para una política de remigración» propuestas por el Bloque Identitario para comprender de qué habla Camus. La primera es la «abrogación del derecho a la tierra», la última, la «creación de un gran ministerio de la identidad y del arraigo». Prohibiendo especialmente la visibilidad, y por lo tanto la presencia, del culto musulmán, todas estas medidas tienden a imponer «el regreso a sus países de origen a una mayoría de inmigrantes extraeuropeos presentes en nuestro territorio». Esta Francia supuestamente eterna que se trataría de restablecer no es más que la antítesis de la república tal y como la proclama todavía la Constitución, democrática y social, sin hacer distinción según el origen, la apariencia o la religión, respetando todas las creencias, reivindicando la universalidad de los derechos humanos.

Convertido así en el intelectual de referencia de la nueva ideología racista, en sus variantes militantes y mediáticas, el identitario Camus no puede sino tomarse en serio. En 2013, antes de participar a comienzos de 2014 de la manifestación «Día de Ira» bajo este estandarte, había lanzado él mismo una petición para decir «No al cambio de pueblo y de civilización». «Hay que ofrecer resistencia», concluía.

Hay que volverse lo suficientemente fuertes para cambiar las leyes, denunciar los tratados, retirar oficialmente a Francia de convenciones que la atan de pies y manos –lo mismo que a todos los países de Europa– a la sustitución demográfica y al cambio de civilización. Revisión del derecho de asilo, cierre de fronteras, defensa del territorio, vuelta a una concepción de Francia y de Europa como potencias y no como derechos del hombre.

Dirigida contra los derechos humanos, esta resistencia es, obviamente, la negación de la Resistencia y de la Francia Libre, que dieron la bienvenida a muchos combatientes extranjeros y coloniales que hoy Camus y Zemmour expulsarían tanto como a sus descendientes. «El payaso no se ríe», decía David Rousset sobre esta literatura baja, propagandística o administrativa, que acompañaba el acostumbramiento europeo al antisemitismo bajo el nazismo. Esta indiferencia, esta inconsciencia. Y es así como en Francia, hoy en día, sin que nos preocupe, el histrión racista Renaud Camus puede, sin reír, sustituir la «Canción de los partisanos» por la «Canción de los reemplazados», para reivindicar mejor «el derecho de sangre»9.

Oficialmente, al menos a través de la voz de su presidenta, el Frente Nacional no adopta la pretendida «teoría del gran reemplazo», juzgada por Marine Le Pen como un poco «complotista». Sin embargo, en su diversidad, la extrema derecha, los funcionarios elegidos, cuadros y militantes, entre ellos el Frente Nacional, disfrutan de estos imaginarios mientras que el electorado de derecha extremada o el desorientado no es insensible a ellos. Hacer pasar el racismo como una cuestión religiosa y cultural, desviar la laicidad liberal en laicismo sectario y facilitar la promoción de un imaginario identitario contra la esperanza igualitaria constituyen armas formidables de hegemonía ideológica.

El mensaje de suicidio de Dominique Venner

En efecto, Camus ayer, Zemmour hoy, Houellebecq mañana no son en absoluto marginales. Volviendo difusa la frontera entre derecha e izquierda, los apoyos –intelectuales, mediáticos, políticos– que han recibido o que reciben dan crédito a la ideología racista que propagan: estaremos de acuerdo en que es ciertamente discutible, pero primero proclamaremos que es aceptable y tolerable, si no respetable. Testimonio de ello es, por ejemplo, una apacible conversación organizada en 2011 por Finkielkraut en la sintonía de France Culture, entre Camus y el socialista Manuel Valls. Hay que esperar hasta el final del programa para que el futuro –y actual– primer ministro se emocione un poco con las consecuencias del «gran reemplazo», al término de tres cuartos de hora de cortés intercambio durante los cuales el filósofo no esconde su afinidad de pensamiento con el escritor10.

Finkielkraut no está preocupado, ya que «el fascismo murió en 1945», murió definitivamente. Es lo que escribe en Causeur a propósito del libro de Zemmour, en un artículo en el que lamenta los «extravíos» respecto del régimen pronazi de Vichy, pero juzga «pertinente» la constatación presente en El suicidio francés de una Francia que «se separa», especialmente bajo el efecto «de la inmigración de la población». Para retomar a Camus, no se trata de una segunda carrera de Hitler, y entonces podemos, a partir de ahora, volver libremente a nuestras obsesiones identitarias, sin memoria de los crímenes a los que ellas nos condujeron en el pasado.

Pero los herederos intelectuales de los «derechos revolucionarios» que acompañaron esta modernidad terrible que fue la revolución conservadora fascista y nazi no necesitan esta coartada. Saben bien que es la misma historia que vuelve a ponerse en marcha, aquella a la que han permanecido fieles y cuyos ideales han preservado, esta visión del mundo que levanta al pueblo y la sangre contra el individuo y la humanidad, esgrimiendo la identidad contra la igualdad11.

Un hecho ocurrido en 2013 da testimonio de esto. El 22 de mayo de ese año, delante del altar de Notre Dame, se suicidaba con un arma de fuego Dominique Venner, figura de esta nueva derecha, surgida de la extrema derecha que fue a la vez la más radical y la más intelectual de los años 60 y que luego optó por una estrategia gramsciana de conquista progresiva de una hegemonía cultural e ideológica. Ahora bien, en una postura estética de «samurái de Occidente», el ateo Venner pretendía mediante su sacrificio lanzar un llamado a la movilización contra… el «gran reemplazo».

Es lo que escribió en la víspera de su muerte en una nota en la cual, al tiempo que les da su apoyo, interpela a los participantes de la próxima «Manifestación por Todos», prevista para el 26 de mayo de 2013, contra la Ley Taubira de matrimonio entre personas del mismo sexo, llamada en Francia «Matrimonio para todos»: «El ‘gran reemplazo’ de la población de Francia y de Europa, denunciado por el escritor Renaud Camus, es un riesgo catastrófico para el futuro». En su última carta, Venner dice «sacrificarse para romper el letargo que nos agobia». «Me rebelo contra el crimen que apunta al reemplazo de nuestros pueblos», concluye. Saboreando este homenaje, Camus le devuelve el cumplido en un discurso pronunciado el 31 de mayo de 2013 frente a la catedral de Notre Dame de París: «Esta muerte de Dominique Venner, la debemos transformar en un punto de no retorno».

Al mismo tiempo, en una sala parisina, tenía lugar el homenaje de los suyos a Venner, el de esta extrema derecha a la vez intelectual y radical cuyas referencias eran explícitamente las de la revolución conservadora alemana, a la vez paganas y europeas, identitarias y elitistas. Un video lo demuestra, y amerita que se lo vea hasta al final, incluidas las pausas cantadas: « », « », « », las tres canciones seleccionadas, son todas versiones francesas de canciones estimadas por la Wehrmacht12. Entre un español falangista y un italiano rojo-marrón, escuchamos en la voz de los oradores por lo menos dos referencias al «gran reemplazo» de Camus.

Entre los intelectuales, sin duda el homenaje más fiel, porque es quien mayor afinidad de pensamiento posee con Venner, es el de Alain de Benoist, principal teórico de esta nueva derecha revolucionaria, habitada por el temor al mestizaje y la fobia a la multiculturalidad, determinada a reemplazar la ética en política por una estética de la elite. De Benoist sale con cada vez más frecuencia de su aparente torre de marfil intelectual para comentar esta victoria de la estrategia gramsciana de hegemonía ideológica de la que él fue el promotor dentro de la derecha.

En 2010, se limitaba a saludar «al anticonformista Zemmour». A finales de 2014, le atribuye no hablar «en nombre de la derecha sino del pueblo». Mejor aún, interrogado respecto de la «remigración», esta expulsión a la que llama el «gran reemplazo», y sobre el rechazo de Marine Le Pen a utilizar esta palabra, sostiene «no pensar nada al respecto, porque espero que me expliquen en qué podría consistir».

Hábil y política, su respuesta discute su viabilidad, no su eventualidad:

Leí con atención todas las medidas propuestas por los partidarios de la «remigración». Se trata de medidas que, de aplicarse, sin duda tendrían el efecto de reducir los flujos migratorios, cortar ciertas «bombas de succión», desalentar posibles candidatos para la inmigración. Lo cual es mucho. No he visto una, sin embargo, que implique la idea de obligar a regresar hacia un improbable «hogar» –con sus supuestos padres «nativos»– a millones de franceses de origen extranjero instalados aquí tal vez desde hace generaciones y que no tienen ninguna intención de moverse. Dicho esto, nadie está obligado a ser exigente con el sentido de las palabras. Y tampoco está prohibido soñar…

Contra el «todo es posible» totalitario

El sueño que evoca De Benoist es evidentemente la pesadilla de todos aquellos que siguen apegados a los valores democráticos más elementales. Pero su propuesta aclara la sombría dinámica a la que se acomoda gustosamente: poco importa el sentido de las palabras, lo esencial es que hagan posible el sueño nuestra pesadilla. Porque ¿de qué se habla aquí tan apaciblemente, como si se tratara de un problema físico de flujo y tránsito en una autopista? Nada menos que de la posibilidad práctica de una emigración forzada de franceses y de residentes en Francia ¡porque son «de origen extranjero»!

En sus escritos sobre el totalitarismo, la filósofa Hannah Arendt se refería siempre a esta afirmación de David Rousset en El universo concentracionario, publicado en 1946, a su regreso de los campos nazis: «Los hombres normales no saben que todo es posible». Lo característico de las ideologías totalitarias es hacer posible lo imposible y, por lo tanto, lo impensable. De ahí el papel fundamental de un lenguaje hábilmente criminal, de esta lengua de todos los días que habitúa, acostumbra, prepara para lo peor, al punto de volverlo deseable, aceptable, factible.

Del testigo y escritor Victor Klemperer al filósofo Jean-Pierre Faye, pasando por el historiador ya citado Johann Chapoutot, una literatura abundante nos advierte sobre esta trampa: el ideal democrático es, por el contrario, la afirmación de que no todo es posible, en especial la destrucción de la humanidad por los seres humanos.

No todo es posible y no todo es, por lo tanto, decible en el espacio público como si se tratara de una opinión que avala la otra: en especial, no es decible que los negros son inferiores a los blancos, que el islam es inferior al cristianismo, que los musulmanes no son europeos, que los judíos dominan los medios de comunicación, que la expulsión de los franceses de origen extranjero es una solución, que la estigmatización de una religión es legítima, que la discriminación en la contratación lo es también, tanto como los controles de aspecto, etc. Es lo que, por mi parte, no dejé de recordar en artículos y libros frente a esta regresión francesa comenzada hace 30 años. Es, desgraciadamente, lo que políticos, intelectuales y periodistas han renunciado a defender demasiado a menudo, concediendo sin cesar terreno a este nuevo racismo transgresor, como lo han demostrado los apoyos a Zemmour en nombre del libre debate de opinión.

Es fácil endilgarle la principal responsabilidad a Nicolas Sarkozy, cuya presidencia liberó todos los monstruos del pasado, colocándose de entrada bajo la aterradora promesa de un «Ministerio de la Identidad Nacional y de la Inmigración», sostenida por un tránsfuga socialista (Eric Besson). De hecho, la radicalización de la derecha antiguamente gaullista entre 2007 y 2012 fue la doble muerte simbólica de Charles de Gaulle: al abrir la puerta a los nostálgicos del petainismo y de la Organización del Ejército Secreto (Organisation de l’Armée Secrète, OAS), a los herederos del colaboracionismo y de la colonización, el sarkozismo mató el gaullismo resistente de 1940 y el gaullismo descolonizador de 1962. Pero habiendo hecho posible, y tan fácil, ese asesinato simbólico, esta evolución se montó sobre la aparente quietud del chiraquismo, en un paisaje político cuyo primer actor de izquierda era el actual presidente de la República, François Hollande, entonces primer secretario de un Partido Socialista derrotado en la elección presidencial de 2002.

En una gran brecha entre el mundo y Francia, entre la posición defendida en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contra las guerras civilizatorias estadounidenses y los acomodos políticos con la islamofobia francesa, la segunda presidencia de Jacques Chirac fue la oportunidad perdida para cerrar esa brecha, con la complicidad de la izquierda socialista. En lugar de ese imaginario alternativo que convocaban los trastornos del mundo, como esa tentación de la guerra sin fin de las identidades, el Parlamento francés, derecha e izquierda de forma unánime, votó en 2004 una ley discriminatoria contra una religión, el islam, con el pretexto de defender la laicidad entendida, erradamente, como la prohibición de hacer pública la creencia. A continuación, la mayoría de derecha votó, en 2005, una ley proclamando el rol positivo de la colonización. Si bien esta última ley fue luego afortunadamente corregida, la primera fue ampliada por la derecha en 2012 mediante una circular, que la izquierda no derogó, que extendió la discriminación contra el islam a las madres de los niños escolarizados en la escuela pública13.Las palabras de Zemmour, Camus o Houellebecq no son aisladas; acompañan las políticas estatales y las expresiones mediáticas que desde hace diez años legitiman una designación negativa de nuestros compatriotas musulmanes, de sus creencias, de su cultura y de su historia. Así comienza el aprendizaje de las segregaciones, y esta propedéutica infernal de la desigualdad resulta interminable, sin exceptuar por tanto ninguna minoría, diferencia o desemejanza.

Solo es posible frenarla con un imaginario que le haga frente, que movilice y reúna, que entrene y eduque. No tiene sentido oponer moralejas o lecciones a las ideologías racistas y por eso no hay que rebajarse a debatir al respecto. Nuestra opción es combatirlas en defensa de Francia tal como es, tal como vive, tal como trabaja, multicultural, plural, diversa, rica del mundo que hizo su riqueza.

Lejos de ser una idea abstracta, esta defensa exige solidaridades concretas. Una política de la empatía, una preocupación por las causas comunes, un rechazo de los silencios cómplices. Porque hoy no hay nada más desolador que la soledad que rodea a la humanidad, a estos hombres, a estas mujeres, a estos niños a quienes las ideologías racistas aquí inventariadas buscan excluir, expulsar, deportar. En un encuentro convocado por mi libro Pour les musulmans [Para los musulmanes]14, con la asociación «Mamás Todas Iguales», una de las oradoras sugirió que lo peor «no era el sonido de las botas, sino el silencio de las pantuflas». Nuestro silencio, el silencio de ustedes. Si por ventura no logramos colectivamente evitar la catástrofe que desean Camus, Zemmour y Houellebecq, vamos a recordar con vergüenza esta alarma.

  • 1. Edwy Plenel: periodista francés especializado en temas políticos. Es cofundador del periódico digital Mediapart.Palabras claves: derecha, «gran reemplazo», islamofobia, Renaud Camus, Éric Zemmour, Francia.Nota: este artículo fue publicado originalmente con el título «L’idéologie meurtrière promue par Zemmour» en Mediapart, 4/1/2015. Agradecemos a la revista y al autor la autorización para traducirlo. El artículo fue escrito antes del ataque contra la revista Charlie Hebdo; sobre la posición del autor frente a ese hecho, v. «Lettre à la France» en Mediapart, 20/1/2015. Traducción del francés de Leticia Devincenzi y Lucas Bidon-Chanal.. Albin Michel, París, 2014.
  • 2. Puede encontrarse la entrevista en italiano en el blog titulado con ironía Superdupont: Stefano Montefiori: «Zemmour e la rabbia anti-élite», 31/10/2014, en http://superdupont.corriere.it/2014/10/31/zemmour-e-la-rabbia-anti-elite/. Superdupont es una tira de historietas cuyo protagonista fusiona paródicamente a Superman con un francés caricaturesco y estereotipado [N. del T.].
  • 3. Literalmente «pies negros»; se llamaba así a los ciudadanos franceses que habitaban en la Argelia colonizada por Francia [N. del T.].
  • 4. Fayard, París, 2000.
  • 5. Conocido intelectual y polemista defensor de una forma de republicanismo neoconservador muy hostil al multiculturalismo y al islam [N. del E.].
  • 6. Chevènement (1939), fundador del partido Movimiento Republicano y Ciudadano (Mouvement Républicain et Citoyen), antiguo miembro del Partido Socialista y considerado de ideología «soberanista» [N. del E.].
  • 7. Término con que se designaba a los ciudadanos no musulmanes en Estados islámicos; significa «persona protegida» [N. del T.].
  • 8. M. Houellebecq: Soumision, Flammarion, París, 2015. [Hay edición en español: Sumisión, Anagrama, Barcelona, 2015].
  • 9. Puede escucharse el audio en el sitio del Partido de la Inocencia, http://chirb.it/7phILv.
  • 10. «Grand remplacement: Renaud Camus vs. Manuel Valls chez Finkielkraut», video, 2011, disponible en www.fdesouche.com/439827-2011-renaud-camus-vs-manuel-valls-chez-finkielkraut-video.
  • 11. V. el reciente libro de Johann Chapoutot: La loi du sang. Penser et agir en nazi, Gallimard, París, 2014. Joseph Confavreux lo reseñó en «La carte mentale du nazisme» en Mediapart, 30/12/2014.
  • 12. «Cérémonie d’hommage à Dominique Venner 31 mai 2013», video, en www.youtube.com/watch?v=a2mekaxcoye.
  • 13. Como parte de la política de «neutralidad religiosa», se prohibió que las alumnas concurran a las escuelas primarias o secundarias llevando velo. En 2013, en una «flexibilización» de la medida, se permitió a las madres con velo esperar a sus hijos en la puerta de las escuelas. «École: les mères voilées pourront accompagner les sorties» en Le Figaro, 28/10/2014 [N. del E.].
  • 14. La Découverte, París, 2014.