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El futuro de la economía desde una perspectiva feminista: con cuidado y sostenibilidad

Los multifacéticos debates sobre cuidado y sostenibilidad aún no han logrado combinar estas dos problemáticas. Mientras algunos promueven una economía más verde que mantiene las estructuras y la lógica capitalista del lucro, las organizaciones feministas afirman que es necesario realizar cambios estructurales en el sistema económico. Desde esta perspectiva, el cuidado constituye una responsabilidad social y no es solo una actividad, sino también una práctica que abarca una dimensión ética, emocional y relacional. A la vez, la naturaleza se transforma en un agente de cooperación con igual valor y en un fin en sí mismo.

El futuro de la economía desde una perspectiva feminista: con cuidado y sostenibilidad

La Conferencia Río+20 presentó el concepto de «economía verde» como respuesta a las múltiples crisis existentes. El objetivo era mostrar que a través de la convergencia de políticas económicas y ambientales se podía alcanzar la compatibilidad entre el crecimiento económico y una sociedad con bajas emisiones de carbono. La iniciativa apuntaba no solo a modificar los patrones de producción y de consumo con una mayor eficiencia en materia de energía y recursos, sino también a establecer programas para reducir la pobreza y mejorar la seguridad alimentaria en los países en desarrollo. La mayoría de las organizaciones de la sociedad civil, incluidos los movimientos feministas, han rechazado el concepto propuesto porque creen que no logrará la drástica reducción en el uso de recursos que se requiere para disminuir las emisiones de dióxido de carbono (CO2), detener la pérdida de biodiversidad y evitar la destrucción general de nuestro ecosistema. Además, la economía verde definida en la conferencia no contribuye demasiado a promover un desarrollo sostenible con justicia de género e inclusión social. Los sectores críticos señalan que la iniciativa casi no tiene en cuenta las cuestiones de género: se apoya fuertemente en las tecnologías verdes y los mecanismos de mercado para alcanzar la meta de un mayor respeto al medio ambiente, pero el modelo económico sigue recurriendo a los cuidados no remunerados o mal remunerados (a cargo sobre todo de las mujeres) para satisfacer las necesidades básicas y proporcionar asistencia a adultos dependientes, niños y seres no humanos. Mientras algunos promueven una economía más verde que preserva las estructuras y la lógica capitalista del lucro, las organizaciones feministas afirman que es necesario realizar cambios estructurales en el sistema económico, poniendo énfasis en aspectos del desarrollo sostenible vinculados a la integración y la distribución.

El sistema actual solo considera productivas las labores pagas y las transacciones efectuadas dentro del mercado. Los trabajos de cuidado, llevados a cabo principalmente por mujeres y niñas en el ámbito del hogar y en sus comunidades, se encuentran fuera del mercado; lo mismo ocurre con la naturaleza, que queda excluida. Sin embargo, tanto la tarea reproductiva como los recursos naturales son esenciales para que las economías de mercado funcionen de manera adecuada; son elementos inherentes a la operación del sistema, pero no son reconocidos como tales. Por lo tanto, los mercados no se preocupan por conservar y regenerar esos recursos vitales. Sucede todo lo contrario: por un lado, se agotan los recursos naturales, se destruye la biodiversidad y crecen las emisiones de gases de efecto invernadero; por el otro, el cambio demográfico en los países de ingresos altos y medios, el recorte en los servicios sociales y la disminución de las prestaciones en materia de asistencia traen aparejado un aumento en la necesidad de cuidados. Este sistema produce su riqueza y crecimiento destruyendo continuamente la base de sustento de cualquier economía: el cuidado y la naturaleza. En consecuencia, no puede asegurar la sostenibilidad ni el cuidado.

Los multifacéticos debates sobre cuidado y sostenibilidad aún no han logrado construir un puente entre estos dos temas. Sin embargo, para asegurar la sostenibilidad del nuevo sistema económico, es necesario convertir todo el campo de las fuerzas reproductivas en ejes centrales del pensamiento y la acción. Este artículo promueve entonces una economía sostenible y solidaria, en la cual la sociedad reconozca el valor de las actividades de cuidado y, por ende, organice, recompense y distribuya dichas actividades de una manera justa. Del mismo modo, busca incluir a la naturaleza como actor cooperativo dentro de los procesos económicos y como partícipe en los emprendimientos humanos, pero con una capacidad limitada que debe respetarse. Sobre la base de un análisis crítico de las economías capitalistas modernas, el presente artículo intenta desarrollar la comprensión de una economía sostenible, en la cual los principios de cuidado se integran con los principios de sostenibilidad.

Cuidado y naturaleza en la economía global de mercado

Para construir un esquema caracterizado por la sostenibilidad y el cuidado, es necesario extender la ética y la racionalidad del cuidado a todas las relaciones sociales y económicas, incluidas las relaciones humanas con la naturaleza. El nuevo sistema económico debe basarse en la equidad de género, el respeto de los derechos humanos y la aceptación de la naturaleza como partícipe dentro del proceso. En la actualidad, sin embargo, nos enfrentamos a un desarrollo absolutamente diferente. Por un lado, la naturaleza ha sido transformada en un bien negociable y en un objeto de la especulación financiera. En muchos países, los recursos naturales (tierra, agua, bosques) –que antes integraban el patrimonio cultural del pueblo, pero también aseguraban su vida y su sustento alimentario– se han convertido simplemente en activos financieros para los grupos multinacionales de inversión. Por otro lado, puede observarse una mayor «mercantilización de la vida íntima» como consecuencia de la tendencia a «externalizar» las tareas de cuidado1. Mediante el uso de soluciones formales e informales, los productos y servicios del mercado están reemplazando el trabajo familiar tradicional. Por ejemplo, la escasa oferta de trabajadores domésticos en Europa ha convertido a los migrantes en una solución plausible frente a la demanda de cuidados experimentada en los países más ricos. Cabe destacar el caso de Italia, donde la proporción de empleados domésticos nacidos fuera del país aumentó de 20% en 2001 a 83% en 20062.

En los países de ingresos altos y medios, los cambios en la composición demográfica de la sociedad (reducción de las tasas de natalidad, dos asalariados en el hogar) limitan la capacidad familiar para proporcionar cuidados no remunerados a quienes los necesitan. Del mismo modo, la reestructuración de los servicios públicos y la privatización de las prestaciones de asistencia social han aumentado la brecha entre la mayor demanda y la menor oferta. Para cubrir esa brecha, se desarrollan cadenas globales de cuidados, que contribuyen a ampliar las desigualdades existentes y crean nuevas inequidades. Las desigualdades de género se extienden entonces a una red global de ciudades, impulsadas por el flujo migratorio de empleadas domésticas, enfermeras y trabajadoras sexuales que se dirigen desde los países de bajos ingresos hacia los de altos3. En los países que aportan mano de obra, estas cadenas globales de cuidados crean nuevas brechas sociales, ya que las mujeres abandonan áreas rurales para efectuar tareas de cuidado y trabajos en naciones más industrializadas o en el sector exportador dentro de sus propios países; al emigrar, no solo dejan las actividades destinadas al suministro de alimentos, sino que en la mayoría de los casos también queda en el olvido el conocimiento autóctono del ecosistema, cuya protección se ve entonces imposibilitada. Parte de la brecha es cubierta por los mercados, que aceleran la destrucción de las economías de subsistencia. El conocimiento femenino autóctono de las zonas rurales se pierde así para siempre. Además, cuando las mujeres deciden emigrar a naciones industrializadas, dejan a sus familias, sus comunidades y sus países. Otras mujeres, sobre todo las de edad avanzada (abuelas), deben cuidar a las familias que permanecen en el lugar de origen. En el caso de las enfermeras capacitadas u otras trabajadoras calificadas, los recursos públicos invertidos en su formación profesional terminan siendo desaprovechados por los propios países.

  • 1. Arlie Russell Hochschild: The Commercialization of Intimate Life: Notes from Home and Work, University of California Press, Berkeley, 2003.
  • 2. Rossana Tarricone (ed.): Politiche per la salute e scelte aziendali. Impatto sull’innovazione e diffusione delle tecnologie mediche, egea, Milán, 2012.
  • 3. Barbara Ehrenreich y A. Russell Hochschild: Global Women: Nannies, Maids, and Sex Workers in the New Economy, Holt, Nueva York, 2002; Saskia Sassen: «Global Cities and Diasporic Networks: Microsites in Global Civil Society» en Marlies Glasius, Mary Kaldor y Helmut Anheier (eds.): Global Civil Society 2002, Oxford University Press, Oxford, 2002.